XXXIV
El camino de vuelta fue tan largo como el de ida, pero no se pareció en nada.
A la ida los había empujado el miedo; a la vuelta los llevaba algo más lento y dulce, el cansancio de los que han cumplido aquello a lo que vinieron y vuelven a casa a curarse.
Isla mejoraba cada día. Al tercero ya se negó a la litera y exigió un caballo, aunque la sentaran delante de Grant como a una cría, porque, dijo, una MacLeod no regresa de una guerra tumbada.
Recuperaba el color, la voz, el descaro.
Lo único que tardaba en volver era el viento, y eso la tenía callada y preocupada de un modo que solo Grant notaba.
Él la observaba, claro, porque no dejaba de hacerlo nunca.
Cada tarde, Isla buscaba el viento con un gesto pequeño y disimulado de la mano, y cada tarde el aire tardaba un poco menos en responder, y él no decía nada, porque sabía que ella no quería hablar de ello hasta estar segura.
La trataba como a un caballo que se cura de una lesión: sin forzarlo, sin agobiarlo, dándole tiempo y trabajo medido, confiando en que el don, como el cuerpo, sabe curarse solo si se le deja, y mientras tanto, por las noches, junto al fuego del campamento, le hacía cosas con las manos: había empezado, con el cuero de su propia silla, una cabezada nueva, porque la de los vencejos se había quedado en Dunvara, y un hombre que no sabe decir «me alegro de que estés viva» lo talla.
Hasta que volvió.
Fue al coronar un puerto, una tarde, cuando por primera vez en meses olieron el mar a lo lejos —ese olor a sal y a algas y a libertad que Isla había creído no volver a oler—, y con el olor del mar llegó el viento.
Su viento. El del oeste, cálido y vivo, que subió por la ladera a recibirlos como un perro enorme que lleva meses esperando en la puerta y que, al ver aparecer a su dueña, no sabe si ladrar o llorar o tirarla al suelo a lametones.
Le revolvió el pelo, le secó las lágrimas que ya le caían, le dio mil vueltas alrededor, le coló el olor del hogar en los pulmones, y dentro de Isla, al sentirlo, algo que llevaba semanas dormido se desperezó por fin, entero, fuerte, suyo.
El viento había vuelto. Ella también. Isla se echó a reír y a llorar a la vez, en la silla, delante de todos, y Grant la sostuvo por la cintura y enterró la cara en su pelo de dos mechones blancos, y por un momento la hueste entera se detuvo en aquel puerto a mirar a su señora reírse con el viento, y nadie tuvo que explicarle a nadie lo que estaba pasando.
Para muchos de aquellos hombres, que habían oído hablar del don de la señora, pero nunca lo habían visto, aquel fue el momento en que lo creyeron de veras.
No el de la torre, que la mayoría no había presenciado y que sonaba a leyenda de fogata.
Este: el de una mujer riéndose en lo alto de un puerto mientras un viento que no soplaba para nadie más le revolvía a ella sola el pelo y le secaba las lágrimas.
Algunos de los más viejos se quitaron la gorra sin saber muy bien por qué.
Habían cruzado media Escocia por aquella mujer; ahora entendían, en los huesos, que había valido la pena.
—Bienvenida a casa —murmuró Grant.
—Aún no —dijo Isla, riendo—. Pero casi. Ya lo huelo.
Llegaron a Dunvara tres días después.
El castillo estaba herido. El portón seguía a medio reconstruir, una torre tenía el tejado calzado con maderas nuevas, y en el patio, donde Isla había detenido sola a un ejército, quedaban aún las cicatrices negras del fuego.
Pero estaba en pie, y estaba vivo. Porque en cuanto la columna apareció en las lomas, Dunvara entera salió a recibirla, y lo que Isla vio al cruzar aquel portón roto le compensó de sopetón las seis semanas de oscuridad: Beathag, llorando sin disimulo esta vez; las mujeres del clan; los mozos de cuadra supervivientes; y los niños, todos los niños, corriendo ladera abajo a recibir a la señora que volvía, con Tam a la cabeza, gritando su nombre.
Grant la bajó del caballo, y Tam fue el primero en llegar, y se agarró a las faldas de Isla y la miró desde abajo, muy serio, y le anunció:
—Volviste. El laird dijo que te traería y aquí estás.
—Me trajo —dijo Isla, agachándose a abrazarlo, con los ojos llenos de lágrimas—, y vosotros me esperasteis. Las dos cosas hacían falta.
Beathag llegó la siguiente, y abrazó a Isla sin una sola palabra —ella, que siempre tenía la palabra justa—, porque hay abrazos que no necesitan ninguna.
Le tocó los dos mechones blancos, los nuevos, con la punta de los dedos, movió la cabeza, y solo musitó, finalmente: «Mi señora.
Cómo está mi señora», y en aquel «mi señora», que un año atrás le había costado tanto pronunciar, cabía ahora todo el amor de una casa entera.
Luego fue el turno de los demás, de uno en uno y de todos a la vez: las mujeres que le habían enseñado a hilar, los mozos que la habían visto ganar el patio de tiro, los críos que pedían sentarse a la grupa.
Cada cara era a la vez una alegría y una pequeña punzada, porque cada cara presente le recordaba una ausente.
No todo fue alegría. Había huecos. Ya no estaba Eachann, muerto guardando aquel portón; ni Tormod, el viejo capataz que se había rendido a su buen ojo para los caballos; ni Ruaridh, el del patio de tiro; faltaban tantos.
Aquella misma tarde, antes que ninguna otra cosa, Isla pidió que la llevaran a las tumbas nuevas del cementerio del clan, y allí, todavía débil, se arrodilló ante cada una, y les dio las gracias por su nombre, uno a uno, a los hombres que habían muerto por defenderla a ella y a lo que era.
Ante la de Eachann se quedó más rato. «Le dijiste a Grant que le guardarías el castillo y a la señora —murmuró—.
Guardaste las dos cosas con tu vida. No lo voy a olvidar mientras viva, viejo.
Ni yo, ni mis hijos, ni los hijos de mis hijos».
Permaneció un momento más, arrodillada, y le hizo a Eachann una última promesa, en voz tan baja que ni Grant la oyó: que el primer hijo varón que trajera a Dunvara llevaría su nombre.
No era mujer dada a esas cosas, Isla, pero le pareció que un hombre que muere guardando una puerta merece que su nombre siga cruzándola.
Después se levantó, despacio, apoyándose en la mano de su marido, y pasó ante las demás tumbas más deprisa, no por desdén, sino porque el corazón solo aguanta cierta cantidad de gratitud rota de una sola vez.
Grant, a su lado, le puso una mano en el hombro. Habían ganado. Pero la victoria, descubrían los dos en aquel cementerio bajo el cielo gris, también tiene su precio, y se paga después, despacio, en huecos que no se llenan.
Aquella noche, sin embargo, Dunvara recurrió a lo que hace la gente de clan después de un duelo: encendió los fuegos, asó lo que tenía, y celebró estar viva.
Llegaron Eilidh y las otras rescatadas, a las que Isla instaló con todos los honores, y la vieja Mòrag tomó a Eilidh bajo su ala con la solidaridad feroz de las mujeres viejas que han visto demasiado.
Ver a Eilidh —que tres semanas atrás servía callada y rota en una cocina del norte— sentada junto al fuego de Dunvara, con un cuenco caliente entre las manos y Mòrag al lado contándole quién era quién, le hizo a Isla más bien que cualquier brindis por la victoria.
Eilidh apenas hablaba aún, se sobresaltaba con los ruidos y miraba a la gente con la desconfianza de quien lleva treinta años aprendiendo a no esperar nada bueno.
Pero comía, y escuchaba, y una vez, una sola, cuando un crío se acercó a curiosear los dos cubos de agua que la mujer había pedido tener siempre cerca «por si acaso», Isla la vio mover un dedo distraído sobre la superficie, y el agua tembló.
Solo un temblor. Pero el agua le respondió.
Isla no dijo nada. Sonrió para sí. El hielo, en efecto, empezaba a deshelarse.
Se brindó por los muertos y por los vivos.
Se lloró y se rio, a partes iguales, como se hace cuando se está demasiado cansado para una sola de las dos cosas.
En algún momento de la velada, Grant se levantó y, con la torpeza de un hombre que odia los discursos, dijo unas pocas palabras: por Eachann, por Tormod, por Ruaridh, por todos los que faltaban; por Isla, que había vuelto; y por Dunvara, que se reconstruiría más fuerte que antes, porque las casas, como la gente, a veces salen más recias de lo que las rompe.
No fue un gran discurso —Grant no daba grandes discursos—, pero a los hombres del clan, curtidos y borrachos y de luto, se les empañaron los ojos, porque hacía mucho que no veían a su laird hablarle al corazón de nadie, y porque entendieron que aquel hombre de hielo había vuelto del norte descongelado por entero.
Isla lo miró hablar desde su sitio junto al fuego, con los dos mechones blancos brillándole a la luz de las llamas, y pensó en la primera vez que lo vio, en una feria, dos otoños atrás, regateando un caballo cojo con cara de palo.
Quién le iba a decir entonces, a la mujer que espantaba pretendientes y juraba que no necesitaba a nadie, que aquel tratante seco iba a cruzar media Escocia y una guerra para recogerla de lo alto de una torre.
Quién le iba a decir que ella iba a querer a alguien tanto como para volver de entre los muertos por no dejarlo solo.
La vieja Isla se habría reído de ella. La nueva, la de los dos mechones blancos, solo sonrió, buscó por debajo de la mesa la mano de Grant, y se la apretó, y él respondió igual sin dejar de hablarles a sus hombres; y aquel apretón callado, en mitad de un duelo y una fiesta, dijo más que cualquier discurso de los dos, y al final de la noche, Isla y Grant subieron al fin, juntos, a la alcoba que olía a cuero, a la cama grande que ella había echado de menos en una torre del fin del mundo, y cerraron la puerta, y se quedaron mucho rato abrazados sin más, vivos, en casa, sin necesidad de decir nada, escuchando al viento del oeste rondar los muros heridos de Dunvara como un perro que por fin tiene otra vez a toda su manada bajo techo.