XXXIII
Esta vez Isla durmió cinco días.
Cinco días en la oscuridad sin fondo del que se ha vaciado de verdad, más hondos y quietos que los tres de la tormenta, porque esta vez había dado más, mucho más, y a ciegas, que costaba el doble.
La instalaron en la mejor estancia de Dùn Chreag —irónico, la cámara del propio Ròric, la única caliente de aquella casa fría—, y allí, en la cama del hombre que la había raptado, Isla peleó la última batalla, la callada, la de respirar un día más, y Grant, otra vez, no se movió de su lado.
Margaid se turnaba con él. Madre y marido velando juntos, en silencio, a la mujer que los había salvado a los dos y a un ejército entero.
A veces hablaban, en voz baja, de Isla de niña, de Isla en la feria, de la primera vez que cada uno la había visto reírse.
La mayor parte del tiempo callaban, escuchándola respirar.
Fuera, el viento del norte había vuelto a su antigua indiferencia, ajeno otra vez, como si la mujer que lo había domado un instante ya no estuviera allí para quererlo.
Aquellos cinco días fueron los más largos de la vida de Grant, peores incluso que los tres de la tormenta, porque entonces velaba en su casa, rodeado de su gente, y ahora lo hacía en la cama de un muerto, en lo más hondo del norte, sin saber siquiera si podrían regresar.
Los lairds , abajo, organizaban la retirada, contaban los muertos, repartían a los heridos; subían de vez en cuando a la puerta a preguntar, y Grant les daba siempre la misma respuesta: «Respira.
Sigue respirando». Era lo único que tenía.
Le hablaba, como en la tormenta; le contó, a la mujer dormida, todo el camino que habían recorrido para encontrarla, legua a legua, por si lo oía y le servía de hilo para regresar, y, otra vez, hombre que no rezaba, volvió a negociar en voz baja con el dios en que no creía, ofreciéndole los mismos tratos imposibles, suplicándole que no le cobrara a ella la cuenta de haberlos salvado a todos.
Al quinto día, Isla abrió los ojos.
Lo primero que vio —y fue glorioso, después de seis semanas de venda y cinco días de sueño— fue luz.
Luz gris del norte entrando por una tronera, pero luz, y la cara de Grant inclinada sobre ella, demacrado, sin afeitar, con los ojos hundidos de quien lleva cinco días sin dormir, y detrás, la de su madre.
Isla los miró a los dos, parpadeó, y susurró, con la voz rota pero con su alma intacta:
—Veo. —Una lágrima le rodó por la sien—. Veo otra vez.
Grant se quebró, como se había deshecho ya dos veces, y la abrazó con un cuidado infinito, y Margaid, la dura Margaid, tuvo que volverse hacia la tronera para que no la vieran llorar.
—¿Ganamos? —fue lo segundo que preguntó Isla, con un hilo de voz, y a Grant se le escapó una carcajada rota, mitad llanto, porque era tan ella, porque incluso medio muerta en la cama de su raptor lo primero que le preocupaba después de la vista era saber por los suyos.
—Ganamos —dijo Grant—. Ròric ha muerto. Tu madre está aquí.
Tu padre, vivo. Lachlan y Caden, vivos. Perdimos hombres, muchos.
Pero ganamos, Isla. Tú ganaste: tú sola, ciega, en lo alto de una torre, volcaste una batalla que teníamos perdida.
—Le apartó el pelo de la frente—. No vuelvas a hacerlo.
Sé que no me lo vas a jurar. No me lo jures. Solo... no lo repitas.
—No voy a poder, aunque quiera —susurró Isla, y por primera vez sonó asustada—. Lo he notado al despertar. No está. El viento no está, Grant. Lo he gastado del todo.
—Entonces lo gastaste salvándonos a todos —insistió Grant, sin soltarle la mano—, y si no vuelve, allá él. Yo no me casé con tu viento, Isla. Te elegí a ti. El viento siempre fue lo de menos.
Hubo, esta vez, un coste mayor. El mechón blanco de la sien se le había ensanchado: ahora eran dos, uno a cada lado, dos franjas de plata enmarcándole la cara, las medallas de las dos veces que había estado dispuesta a morir por los suyos, y el viento —su viento, cuando por fin volvieron a tierras donde lo había— tardó semanas en acudir entero a su llamada, lento, agotado, como ella.
Por un tiempo Isla temió haberlo gastado por completo, haberse quedado vacía para siempre.
No fue así. Regresó despacio, como vuelve la fuerza a un convaleciente.
Pero los dos supieron, sin decirlo, que aquella había sido la última vez: que un tercer uso como aquel no lo contaba.
Isla había mirado el fondo del pozo dos veces. No habría una tercera.
Cuando, días después, el primer soplo volvió, tímido, a su llamada, lloró de alivio como no lo había hecho por nada.
No por el poder en sí —le había costado demasiado caro como para echarlo de menos—, sino porque haberlo perdido del todo habría significado que lo de la torre fue una despedida, y ella no estaba lista para despedidas.
Quería años. Ansiaba el barco terminado, los críos de Dunvara creciendo, la cuna de la que habían hablado una noche.
Reclamaba, por primera vez en su vida, futuro, mucho futuro; y descubrir que aún le quedaba viento fue comprobar que el futuro seguía en pie.
Lo primero que pidió, en cuanto pudo tenerse en pie apoyada en Grant, no fue volver a casa. Fue cumplir una promesa.
—La mujer del agua —le dijo a su madre—. La que me servía. Llevadme con ella.
La encontraron en las cocinas, donde llevaba treinta años, sin saber qué sería de ella ahora que la casa había caído y su carcelero estaba muerto, demasiado vieja en el alma para entender que era libre.
Isla se acercó a ella, le tomó las manos retorcidas, y le hizo la pregunta que le había prometido.
—Tu nombre. El de veras. El que te puso tu madre.
La mujer la miró con unos ojos que llevaban treinta años sin que nadie los mirara de frente. Le temblaron los labios, y, como quien desentierra algo enterrado tan hondo que casi lo había olvidado, susurró:
—Eilidh. Me llamo Eilidh.
—Eilidh —repitió Isla, con dulzura—. Pues escúchame, Eilidh.
Se acabó. Ya no sirves a nadie. Vienes conmigo, al mar, a una costa donde el viento es cálido y quiere a la gente, y allí, si te resta algo del agua dentro —y te queda, te lo juro, el agua no se apaga, solo se hiela—, te ayudaré a deshelarla, y si no, da igual.
Vienes igual. Nadie que haya dejado abierta una puerta por mí en esta casa del demonio se queda a morir en ella.
Eilidh lloró entonces, al fin, treinta años de lágrimas guardadas, y se aferró a las manos de Isla como un náufrago a un madero.
—No puedo ir al sur —balbuceó entre el llanto—. Ya no sé ser otra cosa que esto. Me da miedo. Treinta años, niña. ¿Qué voy a hacer yo libre?
—Lo mismo que hice yo en tu torre —repuso Isla—.
Aprender otra vez. Despacio. Con alguien al lado que no te suelte, y yo no pienso soltarte, Eilidh; te lo juré en la oscuridad y te lo prometo ahora a la luz, y yo cumplo lo que digo, que me sale de familia.
—Le apretó las manos retorcidas—. El miedo no se quita.
Pero se va igual, con alguien al lado. Ven.
No fue la única. En las mazmorras y los rincones de Dùn Chreag, los hombres de Grant fueron encontrando a otras: dos mujeres más, jóvenes, raptadas en años recientes, y varios sirvientes quebrados de toda condición, gente sin nombre que la hermandad había ido moliendo.
A todos los sacaron a la luz gris del patio, parpadeando, incrédulos, y a todos Isla, apoyada en su marido, les dijo lo mismo: que se habían acabado los cazadores, que eran libres, que quien quisiera tenía un sitio al sur.
Fue, para los hombres de los cuatro clanes, lo que de verdad les hizo entender por qué habían cruzado media Escocia y enterrado a sus compañeros en tierra extraña.
Una cosa era una guerra por una señora secuestrada; otra muy distinta, ver salir de las entrañas de aquella casa maldita a un puñado de almas dadas por muertas hacía años, décadas, y contemplarlas levantar la cara hacia un cielo que creían perdido.
Los guerreros más curtidos se sorbían los mocos y disimulaban.
Habían venido a rescatar a una mujer; se llevaban a varias, y de propina algo que valía más que cualquier botín: la certeza de haber hecho, por una vez en sus vidas de hierro y sangre, algo limpio.
Margaid, mientras tanto, subió sola a la torre del este.
A la celda de su madre. Estuvo allí dentro un buen rato, ella sola, cerrando una puerta que su familia llevaba cuarenta y tres inviernos sin poder cerrar del todo.
Cuando bajó, tenía la cara serena de quien por fin ha enterrado a un fantasma, y dio una sola orden: que no quemaran Dùn Chreag.
«Que se quede en pie —dijo—. Vacía. Que el norte se la coma despacio, piedra a piedra, y que cualquiera que pase la vea pudrirse y sepa cómo acaban los que cazan a las que arden.
Quemarla sería hacerle un favor. Dejémosla morir de vieja, como su dueño».
Nadie le discutió la orden; era su casa, en cierto modo —la casa donde le habían robado la juventud—, y le correspondía a ella decidir su final.
Antes de partir, Margaid se ocupó de una última cosa: recorrió las estancias hasta dar, en la cámara de Ròric, un cofre con cartas, registros y nombres.
Veintidós años de cacería anotados con la frialdad de un contable: las mujeres rastreadas, las capturadas, las muertas, las estirpes vigiladas por toda Escocia.
Margaid se lo llevó todo. «Para dar con las que aún se puedan encontrar —dijo—, y para avisar a las que sigan libres.
Mi hermano hizo una lista de presas. Yo voy a convertirla en una lista de hermanas».
Y así, una mañana gris, la hueste de los cuatro clanes dio la espalda a la casa negra —ya no negra de poder, sino negra de derrota— y emprendió el largo camino de vuelta al sur, llevándose a sus muertos, a sus heridos, a unas cuantas almas rescatadas de la oscuridad, y a una mujer de dos mechones blancos que, tendida en una litera entre su madre y su marido, no dejaba de mirar el cielo —gris, encapotado, feísimo, y el más hermoso de toda su vida—, solo porque podía: porque tenía ojos para verlo y porque, contra todo pronóstico y contra la paciencia de un hombre que había aguardado veintidós años, seguía viva para mirarlo.