XXXII
Isla no llegó sola al adarve. Ròric subió tras ella.
Lo oyó salir por la trampilla, jadeando por la carrera, y era él antes de que hablara, por aquel olor a viejo y a rencor que se huele desde lejos.
Su tío había comprendido, al ver vacía la celda y rota la cadena, lo que estaba pasando, y había subido a impedirlo, porque era el único en toda Dùn Chreag que sabía de lo que era capaz su sobrina, con o sin ojos.
—Quieta —dijo Ròric, y por primera vez su voz no era tranquila; tenía un filo de miedo—.
Estás ciega, niña. No puedes hacer nada.
Apártate del borde y baja conmigo, y quizás todavía vivas.
Da igual lo que oigas ahí abajo. Poco importa quién haya venido.
Sin ojos no eres nada, te lo dije, no eres más que una mujer en la oscuridad.
—Te equivocas, tío. —Isla no se apartó del borde.
Volvió hacia él la cara vendada, y sonrió, y fue la sonrisa más terrible que había sonreído en su vida—.
Llevas veintidós años cazando a mujeres a las que asustaba su propio don, mujeres que lo escondían, que lo aborrecían, que se dejaban apagar.
Por eso te bastaba con una venda. Pero yo no le temo a lo que soy.
Jamás lo he hecho, y he pasado seis semanas en tu torre aprendiendo lo único que tú no contabas con que aprendiera.
—Levantó los brazos hacia el vendaval—. A ver sin ojos.
Y llamó al viento.
No como en la tormenta de Dunvara, con la vista clavada en lo que quería mover.
Lo reclamó a ciegas, desde dentro, desde ese lugar nuevo que su madre le había señalado en una carta y que ella había excavado a oscuras durante seis semanas con la paciencia de domar mil potros.
Llamó al viento de Dùn Chreag —viejo, huraño, solitario, el viento que no había amado nunca a nadie— y el viento de Dùn Chreag, que en seis semanas había aprendido a quererla a ella, acudió como un perro al silbido de su único amigo.
Lo que pasó después lo contarían los supervivientes de los dos bandos durante el resto de sus vidas, y nadie se lo creería nunca del todo.
El vendaval del norte, el más feroz de Escocia, se levantó de golpe a una orden que nadie vio dar, y cayó sobre Dùn Chreag como el puño de un dios.
Barrió las almenas. Arrancó a los hombres de la hermandad de los muros que defendían y los lanzó por los aires, al barranco, al vacío del valle muerto.
Apagó el fuego espeso de un soplo. Levantó a los atacantes caídos y empujó a los defensores hacia atrás, abriéndole paso a la gente de Grant como si una mano gigante despejara un tablero.
Una mujer ciega, sola, en lo alto de una torre, volcó en un instante una batalla que se estaba perdiendo, y lo hizo sin ver nada, guiándose solo por el sonido y por el alma, distinguiendo dónde estaban los suyos y dónde los otros con una certeza que no necesitaba ojos.
Era como si los seis meses de su matrimonio, las semanas de entrenamiento a oscuras, la tormenta de los caballos, la noche de las velas, todo lo que Isla había sido y aprendido y sufrido, se hubieran concentrado en aquel único instante sobre la torre.
No movía el viento con esfuerzo, como en la sala de mapas; lo era.
Por primera vez no había separación entre ella y el aire: la mujer ciega y el vendaval del norte eran una sola cosa, y esa cosa estaba furiosa, y estaba salvando a los suyos, y estaba dispuesta a gastarse hasta el último aliento en hacerlo.
Los hombres de la hermandad, supersticiosos, creyeron que se les venía encima el fin del mundo; muchos soltaron las armas y echaron a correr, y el viento los persiguió.
Abajo, Grant MacRhane, que peleaba arrinconado en el patio convencido de que iban a morir todos allí, notó el viento conocido —el viento de ella, contra toda lógica, a mil leguas de su mar— barrer a sus enemigos, y levantó la cara al cielo negro y supo, con el corazón en un puño, que Isla estaba viva, que estaba arriba, y que estaba cumpliendo lo que había jurado: salir por su propio pie.
No esperó a entender lo que pasaba. Echó a correr hacia la torre de donde venía el viento, abriéndose paso entre el caos con una fuerza que no sabía que le quedaba, subiendo escaleras de dos en dos, dejando atrás a sus hombres, guiándose como un animal por aquel aire conocido que era, en mitad del fin del mundo, el aliento de su mujer.
Si Isla lo hallaba a ciegas, él podía encontrarla a ella a través de un castillo en llamas.
Para eso se habían prometido lo que se juraron en unas almenas tiempo atrás: tú das el viento, y yo te recojo.
Pero el viento, a ciegas, costaba el doble. Isla lo sabía y no le importaba.
La vida se le vaciaba como se vacía un odre rajado, mucho más deprisa que en la tormenta, porque hacerlo sin ojos era nadar con piedras en los bolsillos.
El frío le subió por dentro, las piernas le fallaron, el mechón blanco le ardía en la sien como una brasa, y en algún punto de aquel esfuerzo imposible, el viento dejó de pesarle: no porque amainara, sino porque ella y él ya no eran dos cosas distintas, y siguió.
Entregó más. Lo vació todo, como había prometido que daría el día que hiciera falta de verdad.
Pensó en Grant mientras se vaciaba. No con miedo, sino con una especie de despedida serena.
Se dijo: si esto es lo último, que sea esto: salvarlos a todos de una vez, libre, ciega y entera, con mi propio viento, en mi propio filo, sin que nadie me lo arranque.
Pensó en el barco a medio hacer en la cala, en las tortas de miel, en la cabezada de vencejos con su nombre grabado, en la cuna que habían imaginado una noche, y por encima de todo, en la promesa de las almenas: «búscame con los ojos antes de empezar».
No podía buscarlo con los ojos. Así que lo buscó con lo único que le quedaba —con el viento, con el oído, con seis meses de quererlo— y lo encontró: ahí abajo, subiendo hacia ella, vivo.
Saber que estaba allí, que la estaba recogiendo como había jurado, fue lo que le dio fuerzas para el último soplo, el que ningún cálculo de su tío había previsto, y entre la furia del viento, oyó a Ròric gritar.
Su tío, al ver derrumbarse en un instante la obra de veintidós años, con la sobrina ciega haciendo lo que él había jurado imposible, se abalanzó sobre ella en el adarve, con las manos por delante, para arrancarle el último aliento o para arrastrarla del borde, ya nunca se supo.
No llegó. Porque en aquel preciso instante salió por la trampilla, jadeante, con el cuchillo de monte de su madre en la mano y cuarenta y tres inviernos de cuenta pendiente en los ojos, la hija de la única mujer que se le había escapado a Torcuil.
—Ròric —dijo Margaid.
Su hermano se volvió, y lo que pasó entre aquellos dos viejos en el filo de la torre fue cosa de un instante: un forcejeo, un grito, el destello del cuchillo, y el viento de Isla —que reconocía a su madre y a su enemigo igual que reconocía todo lo demás, sin verlos— dando, sin querer del todo y queriéndolo del todo, un último empujón.
Ròric Cinaed, señor de Dùn Chreag, cazador de mujeres, hombre al que la sangre había negado el don, cayó desde la torre más alta de su propia casa negra al barranco que llevaba siglos esperándolo, y el viento del norte, que había sido suyo y ahora era de su sobrina, no hizo nada por sostenerlo.
Margaid se asomó al vacío, vio caer a su hermano —el niño que había sido, el monstruo en que se había convertido, los veintidós años de miedo que le había costado— sin que nada en ella se pareciera a la pena.
Solo dijo, muy bajo, para que se lo llevara el viento: «Ya está.
Saldada». No lo soltó por Ròric, sino por Sorcha: la madre que la había parido a ella huyendo del mismo hombre que había engendrado a Ròric, y que había muerto temiendo aquel día sin llegar a presenciarlo.
Luego se volvió hacia su hija, y la vio desplomarse.
Porque Isla había dado todo, y todo, esta vez, era todo.
Cayó sobre la piedra del adarve, vacía, blanca, fría, con la venda todavía en los ojos y una sonrisa de paz en los labios, mientras el viento que había desatado amainaba poco a poco a su alrededor, su trabajo cumplido.
Margaid se arrojó sobre ella gritando su nombre, le arrancó por fin la maldita venda, le buscó el aliento y casi no lo encontró, y por la trampilla, en ese momento, subió a la carrera, ensangrentado, reventado, con la cara descompuesta de terror, un hombre grande que había peleado escalón a escalón siguiendo el rastro del viento de su mujer hasta lo más alto de la torre.
Grant llegó. Tarde, como temía. Pero apareció.
Cayó de rodillas junto a ella, la levantó del suelo helado, la apretó contra el pecho como la había sostenido una vez en el barro de una tormenta, y le repitió al oído, roto, las mismas palabras de entonces y la vieja promesa: que la había encontrado, que estaba allí, que la recogía, que no llegaba demasiado tarde, que por favor, por favor, no se atreviera a irse justo ahora que la había alcanzado.
Detrás de él subían ya los demás —Lachlan, Caden, los que aún se tenían en pie—, y se quedaron en el umbral de la trampilla sin atreverse a avanzar, comprendiendo de un vistazo lo que veían: a la señora de Dunvara desmayada y blanca como la cera en brazos de su laird , con su mechón de pelo blanco y una sonrisa de paz; a Margaid arrodillada al otro lado, sosteniéndole la cabeza; y, abajo, una batalla que un instante antes perdían y que ahora, sin que ninguno de ellos entendiera bien cómo, habían ganado.
Algunos se descubrieron. Todos supieron, sin que nadie lo dijese, que acababan de presenciar algo que contarían a sus nietos y que sus nietos no creerían.
Y, como en la tormenta, contra todo pronóstico, en lo alto de una torre negra al cabo del mundo, con su madre a un lado y su marido al otro, Isla MacLeod tosió un hilo de aliento, y respiró.
Abajo, en el patio de Dùn Chreag, los pocos hombres de la hermandad que seguían en pie arrojaban las armas. La casa negra que no había caído jamás acababa de venirse abajo, y, sobre el valle muerto, despacio, empezaba a clarear.