XXXI
Atacaron Dùn Chreag en la noche más negra, sin luna, igual que ellos habían atacado Dunvara, porque Margaid había dicho que a los cazadores había que cazarlos con su propia trampa.
El grueso de la hueste cayó sobre el portón principal con todo el ruido del mundo: cuernos, antorchas, gritos de guerra, escalas contra el muro, el fuego espeso volando sobre las almenas.
Era un ataque de verdad, encarnizado, pero también un señuelo, pensado para que la hermandad del norte volcara allí a todos sus hombres, en la cara visible de la fortaleza, y funcionó.
Los del norte, que jamás habían visto un ejército a las puertas de su casa escondida, corrieron a los muros con la furia de quien se sabe descubierto.
El portón de Dùn Chreag se convirtió en un infierno de fuego y hierro: escalas que subían y eran derribadas, hombres que caían entre los dos muros, el fuego espeso prendiendo en la madera vieja, los gritos de los heridos perdiéndose en el aullido del viento.
Lachlan y Caden mandaban allí el grueso del ataque, sosteniendo el engaño, gastando hombres de verdad para que la mentira fuera creíble, mientras rezaban para que Grant y Margaid encontrasen lo que habían ido a buscar antes de que la hermandad descubriera que el verdadero golpe venía por detrás.
Mientras los dos centenares de Ròric corrían a defender el portón, un grupo pequeño y callado —Grant, Margaid y una veintena de los mejores— se deslizaba por el lado norte, por el pasadizo de servicio comido de musgo por donde una muchacha descalza había escapado más de cuarenta inviernos atrás, y que nadie en Dùn Chreag, confiado en siglos de impunidad, se había molestado nunca en tapiar.
Dentro fue una carnicería. Pasillos estrechos, escaleras de caracol, antorchas y sombras, el hierro contra el hierro en espacios donde no cabían dos hombres de frente.
Murieron de los suyos y de los del norte, y el grupo de Grant se fue adelgazando a cada recodo, dejando un rastro de cuerpos por las tripas de la piedra negra.
Pero avanzaban. Margaid los guiaba como si lo hubiera recorrido ella misma el día anterior, de tanto que su madre se lo había descrito: por aquí a la cocina, por aquí al pozo, por aquí —y le tembló la voz solo una vez— a la torre del este.
A la torre donde habían tenido presa a su madre.
A la torre donde, rezaba sin creer, seguiría su hija.
No fue fácil llegar. Dos veces los descubrieron, y dos veces hubo que abrirse paso a hierro en escaleras donde un solo hombre podía taponar a diez.
Cayó un guerrero de Dùn Lorne con una lanza en el vientre; se desplomó otro de los de Grant.
La veintena se quedó en una docena, en diez, en ocho, y aún seguían subiendo, porque Grant iba delante como un toro, con el mandoble que él mismo había labrado abriéndoles camino, y porque Margaid, curtida y todo, no aflojaba el paso, empujada por veintidós años de pesadilla que al fin encontraban adónde ir.
«Arriba —repetía—. Está arriba. Siempre nos tenían arriba».
Arriba, en esa torre, el asalto llegó a Isla antes de que lo oyera.
El viento se lo dijo. El aire huraño de Dùn Chreag, que amansaba desde hacía seis semanas noche tras noche, se agitó de pronto, alterado, lleno de gritos y de humo y de miedo, y le trajo a Isla, ciega en su jergón, la noticia que llevaba días esperando: había llegado el momento.
Los suyos estaban dentro. El caos había estallado.
Aquella era su única ventana, la que había ensayado mil veces en la oscuridad, y no pensaba desperdiciarla.
Se puso a trabajar el anillo de la cadena con una calma que la sorprendió a ella misma.
Llevaba semanas aflojándolo a escondidas, en los instantes en que comía con las manos libres, aprovechando la humedad que comía la piedra, girándolo un poco cada vez, y ya casi bailaba en su alojamiento.
Tiró, torció, insistió otra vez, sin prisa y sin pausa, con los dedos en carne viva, hasta que el viejo anillo cedió de la pared con un crujido y la cadena cayó al suelo.
Libre. Por primera vez en seis semanas, libre.
Se llevó los dedos a la venda, un instante, por puro acto reflejo.
No tiró de ella. Seis semanas de oscuridad absoluta le habían dejado los ojos tan crudos como la piel bajo unos grilletes recién quitados; el primer resplandor de una antorcha, ahí fuera, la habría dejado más ciega que la propia venda, deslumbrada e inútil justo cuando más necesitaba moverse.
Y tenía, además, algo que seis semanas atrás no tenía: sabía sentir sin ver.
Confiaba más en eso que en unos ojos sin estrenar. Ciega, pero libre.
Permaneció un instante quieta, frotándose la muñeca despellejada, orientándose.
Seis semanas de oscuridad le habían afinado el oído y el tacto hasta extremos que ella misma no se creía: oía la batalla en tres planos distintos —el rugido lejano del portón, los gritos cercanos de las escaleras, los pasos que corrían por los pasillos de abajo— y los situaba en el plano de Dùn Chreag que llevaba grabado en la cabeza.
Sabía dónde estaba la puerta, y las escaleras, y, lo más importante, hacia dónde subía el aire para encontrar el cielo.
Respiró hondo, se tragó el miedo, y se repitió lo que se decía de niña antes de meterse en un río crecido: que el miedo no se quita, pero que una puede ir temblando y cruzar igual.
La puerta estaba sin atrancar.
Isla lo supo al tantearla: el travesaño que la cerraba por fuera no estaba echado.
La del agua. La criada lo había dejado abierto al traerle la última cena, y aquella noche, por primera vez en seis semanas, no había vuelto a atarle las manos al terminar.
Sin una palabra, jugándose la vida, devolviéndole a Isla, con aquellos dos gestos pequeños y enormes, los treinta años de esperanza que Ròric le había robado.
Isla le dedicó un pensamiento de gratitud feroz y se prometió, otra vez, que volvería a por ella.
Más tarde sabría que la del agua había hecho aún más que dejar la puerta abierta: que aquella noche, aprovechando el caos, había ido susurrando por los rincones de Dùn Chreag —a las otras criadas, a los pinches, a la gente sin nombre que aquel hombre había ido quebrando a lo largo de los años— una sola frase: «Hoy nadie mira nada.
Hoy nadie ha visto a nadie», y media docena de ojos que podrían haber dado la voz de alarma sobre una cautiva ciega recorriendo los pasillos, callaron.
Igual que el clan de Dunvara había decidido ignorar las antorchas apagadas, los rotos de Dùn Chreag acordaron, por una sola noche y por una sola mujer que les había hablado como a personas, no ver nada.
Luego empujó la puerta y salió a un mundo que no podía ver.
Lo que siguió fue una pesadilla. Avanzar ciega por una fortaleza en plena batalla, guiándose solo por el plano que había construido en la cabeza durante seis semanas, por el tacto de los muros, por el oído, por el olor del humo que le decía dónde ardía el fuego y por dónde no ir.
Tropezó con cuerpos. Se pegó a las paredes cuando pasaban hombres corriendo.
Una vez, una mano la agarró del brazo en la oscuridad —un guardia— y Isla, que no podía ver pero sí oír y sentir, le lanzó al pecho la única ráfaga que le salió, débil pero suficiente para soltarse, y siguió, con el corazón en la boca, contando pasos, trepando sin descanso, porque algo dentro de ella sabía que para lo que pensaba hacer necesitaba altura y aire libre.
Más de una vez estuvo a punto de rendirse.
Una escalera que no encontraba; un pasillo lleno de humo que la obligaba a retroceder tosiendo; el terror puro de oír acercarse pasos y no saber si eran amigos o enemigos hasta tenerlos encima.
Pero cada vez que el pánico amenazaba con paralizarla, pensaba en la mujer del agua, apagada en treinta años de servidumbre; y en Grant, que estaría peleando escalón a escalón en algún lugar de aquella piedra; y en su abuela, que había recorrido aquel mismo camino hacía más de cuarenta inviernos, sola, embarazada y con vista, y había logrado salir.
Si Sorcha lo había hecho viendo, Isla podía repetirlo a ciegas.
Era más fuerte que su abuela; se lo había dicho la propia Margaid, y por una vez en su vida, Isla decidió creérselo del todo.
Cerca ya de lo alto, lo peor estuvo a punto de ocurrir.
Una mano la agarró del pelo desde la oscuridad y una voz del norte gritó que la cautiva se había soltado.
Isla no lo pensó: se revolvió, mordió, lanzó una patada a ciegas que encontró carne por pura suerte, y mientras el hombre la sujetaba llamó al viento que ya sentía rondar más fuerte allá arriba y lo arrojó, torpe pero rabioso, contra el agarre.
No fue gran cosa —un empujón, una bocanada—, pero sirvió para que el hombre trastabillara y la soltara un instante, y un instante le bastó a Isla para zafarse y echar a correr escaleras arriba, descalza y ciega, con el corazón reventándole en el pecho y la certeza de que, si la cazaban ahora, todo —Dunvara, los muertos, las seis semanas, la mujer del agua, Grant subiendo en algún lugar de aquella piedra— habría sido en balde. No la atraparon.
Subió hacia el lugar donde el viento sonaba más fuerte y limpio: la torre más alta del norte, la que se asomaba sobre el barranco, el filo de piedra negra colgado sobre el vacío del valle muerto.
Subió a ciegas los últimos escalones, empujó una trampilla, y salió al adarve azotado por el vendaval helado, sola, en lo más alto de la casa de su enemigo, con la batalla rugiendo abajo y el viento entero de Dùn Chreag —su viento ya, el que había domado en la oscuridad— aullando a su alrededor, esperando órdenes.
El vendaval helado la golpeó con una fuerza que casi la tira, y a Isla, en lugar de asustarla, le supo a gloria.
Después de seis semanas de aire encerrado y rancio, de torre cerrada y venda apretada, aquel viento salvaje y abierto era lo más parecido a la libertad que había sentido desde el rapto.
Todo le llegó a la vez, sin ojos: la altura de vértigo, el barranco abriéndose a sus pies, el valle entero a oscuras y, abajo, muy abajo, la batalla, un hervidero de calor y de hierro y de miedo que le llegaba como el bullir de un hormiguero pisado.
Estiró los sentidos sobre todo aquello —ciega y, sin embargo, viéndolo de otra manera— y supo, con una calma absoluta, que podía hacerlo.
Que estaba lista. Que seis semanas de oscuridad la habían traído, sin que Ròric lo sospechara, hasta aquel filo justo y aquel instante.
Y allí, en aquel filo sobre el abismo, recordó de improviso, con una claridad extraña, las palabras de su madre y la profecía de la feria, y la frase que ella misma le había dicho a Grant en su propio acantilado, una vida atrás: que la próxima vez que se plantara en un filo no habría treinta caballos en juego, sino un ejército.
Su madre tenía razón. Solo se había equivocado en el sitio. El filo no era el suyo. Pero el ejército, abajo, era bien real.