El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XXX
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Dùn Chreag

Mientras los clanes coronaban el puerto, dentro de la piedra negra, Isla MacLeod libraba su propia guerra, callada y a oscuras, y la iba ganando.

Habían pasado, según su cuenta, casi seis semanas.

Seis semanas de venda, de cadena, de viento ajeno aullando en la tronera.

Seis semanas en las que cualquier otra persona se habría hundido, y en las que Isla, terca como una mula de las suyas, había hecho justo lo contrario: se había vuelto más fuerte.

Cada noche trabajaba el viento de Dùn Chreag con la paciencia de domar un potro salvaje, y el viento, poco a poco, iba cediendo.

Ya no movía solo la llama de una vela. Agitaba la cortina raída de la tronera.

Hacía girar una hoja seca por el suelo de la celda.

Una noche, para su propio asombro, apagó y volvió a encender —no, a avivar— las brasas de la jofaina del brasero, a ciegas, solo con sentir dónde estaban.

Estaba aprendiendo lo que su madre había tardado una vida en dominar, y lo lograba en seis semanas, porque la sangre, en ella, traía algo más fuerte, y porque contaba con un motivo que su abuela, encerrada y sola durante veintitrés inviernos, no había tenido: sabía que alguien venía a por ella.

Trabajaba con método, como Grant habría llevado las cuentas.

Cada noche se proponía una tarea pequeña y concreta: hoy mover la cortina; mañana sostenerla un poco más; pasado, dirigir la corriente hacia un rincón y no otro.

Fracasaba mucho. Se quedaba empapada en sudor, temblando del esfuerzo, con un dolor de cabeza que le duraba horas por haber agitado una hoja.

Pero llevaba la cuenta de cada pequeño avance como un avaro la de sus monedas, y la suma, despacio, crecía.

Comprendió aquellas noches algo que quizás su madre nunca había llegado a entender del todo: que ver con los ojos había sido siempre una muleta.

Que el viento no estaba en lo que ella miraba, sino en lo que sentía, y que los ojos, en realidad, solo le habían servido para apuntar.

Aprender a señalar sin ellos era difícil, lentísimo, agotador.

Pero no imposible, y a Isla, que se había pasado la vida haciendo lo que le decían que era imposible, eso le bastaba.

No estaba por entero sola, además. Estaba la criada.

La mujer que le llevaba la comida y la ayudaba con lo que no podía hacer atada no había respondido jamás a una palabra de Isla, en seis semanas.

Pero Isla, que se había ganado a clanes enteros hablándole a la gente sin esperar respuesta, no se rindió, y una noche, por fin, la mujer habló.

Lo que dijo le heló la sangre a Isla más que todo el frío del norte.

—Deja de hablarme —susurró la criada, con una voz quebrada, vieja antes de tiempo—.

Deja de hablarle al viento por las noches; te oigo, y quítate la esperanza.

Yo también esperaba, al principio. Yo también era de las que arden.

Agua, la mía. —Una risa sin fondo—. Llevo aquí treinta años, niña.

Él me sacó todo lo que quería sacarme y luego me dejó esto: servir, ver llegar a otras, verlas aguardar como aguardé yo.

No vienen. Nunca aparece nadie, y si asoman, es tarde.

Hazte un favor: quítate el fuego de dentro.

Apágate tú antes de que te apague él. Duele menos.

Isla escuchó aquello en la oscuridad, y el abismo se le abrió a los pies: el retrato exacto de lo que Ròric quería hacer con ella, encarnado en una mujer rota que treinta años atrás había sido como ella, fuerte, encendida, esperanzada.

Era el futuro que su tío le ofrecía, y por un instante terrible, la tentación de rendirse, de apagarse, de que doliera menos, tiró de ella.

Solo un instante.

—No —dijo Isla, con suavidad, hacia donde estaba la mujer—.

Lo siento muchísimo por ti. De verdad. Pero no.

Yo no me voy a apagar, y voy a decirte por qué: porque tú aguardabas a que apareciera alguien a salvarte, y yo no.

Yo me estoy salvando sola. Vendrán, sí, los míos, lo sé.

Pero no a sacarme: solo a abrir la puerta, y yo saldré por mi propio pie, con mi propio viento, ciega o no.

—Hizo una pausa—. Tú no te apagaste porque fueras débil.

Te consumiste por estar sola y porque nadie te enseñó que el viento, o el agua, se sienten también a oscuras.

A mí me lo enseñó mi madre, en una carta, demasiado tarde para ella y justo a tiempo para mí, y si salgo de aquí, te juro que a ti también te sacaré.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Isla en la oscuridad—.

Llevo seis semanas comiendo de tu mano y no sé tu nombre.

Él te lo quitó también, ¿verdad? Junto con el agua.

—Silencio—. Pues yo pienso llamarte como lo hacía tu madre, el día que salgamos de aquí, y vas a ser esa otra vez.

No la que sirve. La que arde. El agua no se apaga, ¿sabes?

Solo se hiela, y el hielo, con un poco de calor, vuelve a ser agua.

—Isla oyó a la mujer contener el aliento—.

Aguanta un poco más. Soportaste treinta años sola y sin esperanza.

Resiste unos días más conmigo, que esperanza traigo de sobra para las dos.

La criada no contestó. Pero aquella noche, por primera vez, le dejó a Isla la comida un poco más cerca, y le rozó la mano al hacerlo, y fue lo más parecido a una alianza que iba a darle nunca.

A partir de aquella noche, algo cambió en la torre.

La criada —Isla decidió llamarla, para sus adentros, «la del agua», hasta saber su nombre— seguía sin hablar apenas, pero empezó a dejar caer, entre el ruido de los cuencos, pequeñas migas de información, como quien no quiere la cosa: que el relevo de la guardia de la torre se hacía al alba y al anochecer; que Ròric dormía en el ala sur, lejos; que la puerta de la celda no se cerraba con llave por dentro, solo con un travesaño, porque para qué, si la presa estaba ciega y encadenada.

Cada miga, Isla la guardaba y la sumaba a su plano.

La mujer rota de treinta años se estaba convirtiendo, sin decirlo, en su espía, y a Isla se le encogía el corazón al pensar que bastaba tan poco —una palabra amable, un nombre prometido, un trato de persona— para reavivar una brasa que Ròric había creído apagada para siempre.

Ròric, por su parte, ya no acudía a regodearse.

Venía a vigilar. Porque sus exploradores le habían traído la noticia que Isla aún no tenía: que una hueste de cuatro clanes había coronado el puerto y bajaba al valle.

Lejos de inquietarle, la noticia pareció complacerle, con esa frialdad suya que era lo más espantoso de él.

—Tu marido es más terco de lo que pensaba —le dijo a Isla, una de aquellas tardes—, y tu madre lo acompaña.

Mi querida hermana, después de veintidós años, viniendo por fin a mi encuentro.

—Saboreó las palabras—. Que vengan. Dùn Chreag no ha caído jamás.

Se romperán contra esos muros, y tú los oirás romperse desde aquí, ciega, sin poder hacer nada, y cuando hayan muerto todos, tú y yo seguiremos con lo nuestro como si nada.

Es lo mejor de la paciencia, sobrina: tarde o temprano, todo el que te importa viene a ti, y entonces lo pierdes todo de una sola vez.

Isla no le contestó, esta vez. No por miedo, sino porque había aprendido en seis semanas que a un hombre como Ròric no se le vencía discutiendo, sino dejándole creer que había ganado.

Así que agachó la cabeza vendada, como una mujer que empieza a quebrarse, y dejó que su tío saliera satisfecho, convencido de que la oscuridad iba haciendo su trabajo.

Era mentira. Por dentro, Isla estaba más entera que nunca, y la noticia que él acababa de regalarle —los suyos al otro lado de los muros— le ardía en el pecho como una brasa.

Le costó un esfuerzo terrible no sonreír.

Pero llevaba toda la vida domando animales más listos que Ròric Cinaed, y sabía que el primer truco contra algo más fuerte que tú es hacerle creer que ya te ha vencido.

Y se fue, tan tranquilo, sin sospechar que acababa de cometer su único error: decirle a Isla que los suyos estaban al otro lado de aquellos muros.

Porque a partir de aquel instante, Isla dejó de entrenar para sobrevivir y se preparó para una sola cosa: para el día —el día que ahora sabía cercano— en que se abrieran las puertas y estallara el caos, y ella tuviera una única, brevísima oportunidad de convertirse, ciega y encadenada en lo más hondo del norte, en el arma que decidiera la batalla. No sabía aún cómo. Ignoraba si podría.

Ensayó el plan en su cabeza mil veces. Cuando empezara el asalto habría confusión, gritos, hombres corriendo; nadie estaría pendiente de una cautiva ciega en una torre.

Esa sería su ventana. Tendría que soltarse de la cadena —ya había notado, a fuerza de tantear, que el anillo del muro estaba flojo, comido por siglos de humedad—, llegar a una tronera o a un adarve, sentir el viento y usarlo sin verlo, a lo grande, como no lo había usado jamás a ciegas.

Moriría en el intento, a buen seguro: el uso grande mataba, y a ciegas costaría el doble.

No le importaba. Prefería gastarse entera de un soplo, libre, a apagarse despacio treinta años como la pobre mujer del agua.

Pero por primera vez en seis semanas, sentada en su jergón con la venda en los ojos y el viento huraño del norte por fin ronroneándole entre los dedos como un gato que empieza a fiarse, Isla MacLeod sonrió en la oscuridad.

Aquella noche, mientras trabajaba el viento del norte en la oscuridad, algo distinto llegó con él.

El aire huraño que llevaba seis semanas amansando trajo, por un instante, un olorcillo lejanísimo que no era de allí: a brezo, a caballo, a hombres y a hogueras de campamento, a oeste.

No supo si era real o si lo había soñado de puro desearlo.

Pero el viento del norte se agitó de un modo nuevo, alerta, como un animal que husmea forasteros en la linde, y a Isla le dio un vuelco el corazón.

Estaban cerca. No lo veía —no distinguía nada—, pero por primera vez lo supo: al otro lado de aquellos muros negros, en algún punto del valle muerto, los suyos acampaban, y entre ellos, lo sabía con la misma certeza con que leía a un caballo, un hombre grande y callado que tallaba pájaros en el cuero estaría mirando hacia su torre sin saber cuál era, prometiéndole en silencio que llegaría, aunque fuese tarde.

Su tío llevaba veintidós años esperando. A ella le bastaba con aguantar unos días más, y de aguardar sabía por la mejor maestra: por la hija de la única mujer que se le había escapado a Torcuil, y que ahora bajaba al valle a por ella.