El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XXIX
79%

XXIX

Camino del norte

El norte no se dejó tomar sin más. No tuvo que pelear: le bastó con ser el norte.

La hueste de los cuatro clanes avanzó durante semanas hacia las tierras altas, y cada legua salía más cara que la anterior.

Las lomas verdes de la costa dieron paso a páramos pelados, y los páramos a montañas, y las montañas a una tierra gris y mojada donde el sol asomaba tarde, se ponía pronto y el frío no se marchaba nunca.

Los caminos se volvieron sendas, las sendas rastros, y los rastros, nada.

Perdieron caballos en los tremedales, hombres en los desfiladeros, jornadas enteras desandando lo andado al topar con un risco que no había manera de rodear.

El norte profundo no necesitaba ejércitos: tenía la geografía, y la geografía no se rinde.

Al decimoctavo día, un hombre de Ironhold soltó en voz alta lo que llevaba una semana masticándose por lo bajo.

—Esto no es una guerra, mi señor. Esto es un suicidio con provisiones.

Lachlan MacThane se volvió sobre la silla, con la mano ya buscando el cinto, pero Grant alzó dos dedos y lo detuvo.

—Decidlo entero —pidió, sin subir la voz.

El hombre se envalentonó con el permiso.

—Que llevamos dieciocho días subiendo hacia ninguna parte. Que hemos enterrado a dos y perdido nueve caballos. Que nadie ha visto esa casa negra, ni sabe si existe, y que allá abajo tengo una mujer y tres críos.

—Los tenéis —concedió Grant—. Yo tengo una esposa en una torre, con los ojos vendados, contando los días que tardo.

—Se apeó del caballo, despacio, y el silencio se hizo tan grande que se oyó el chapoteo de sus botas en el barro—.

No os voy a mentir: puede que no volváis.

Quien quiera marcharse, que lo haga esta noche.

Se le dará su parte de grano y nadie le escupirá al pasar. Tenéis mi palabra.

Nadie se movió.

—Pero mañana —añadió, montando otra vez— ensillo yo el primero, y el que se quede, sube conmigo.

No bajó ninguno. Grant no era hombre de discursos, y quizás por eso, cuando decía cuatro frases seguidas, los hombres las guardaban igual que el pan.

Lo peor no fue el frío, ni el hambre cuando las provisiones empezaron a escasear, ni dormir sobre piedra mojada. Lo peor fue el silencio de la gente. Porque allá arriba había gente —pastores, carboneros, aldeas escondidas en los pliegues de los valles—, y ninguno abría la boca.

—Buen hombre —le preguntó Caden MacLorne a un carbonero, en una vaguada llena de humo—. Solo queremos saber si hay camino hacia el norte por este lado.

—Hay camino a todas partes, señor.

—¿Y una casa de piedra negra? Grande. Vieja.

El carbonero siguió apilando ramas, sin mirarlo.

—No conozco casas.

—Te pago la respuesta a peso de plata.

—No conozco casas —repitió el hombre, y luego, muy bajo, sin levantar los ojos del carbón—: Y usted tampoco, señor, si le queda seso. Váyanse por donde han venido.

Fue el que más habló en tres semanas. Bastaba con nombrar a los hombres de la piedra negra para que las caras se cerraran como puertas, para que las mujeres metieran a los niños en casa, para que un viejo que un instante antes vendía leña se quedara de golpe sordo y mudo.

Llevaban generaciones aprendiendo que a los de Dùn Chreag no se los nombra, y ni el oro de Grant ni la autoridad de Callum les soltaron la lengua.

Aquel miedo era más viejo y fuerte que las dos cosas juntas.

Solo consiguieron algo una vez, y fue de una anciana medio ida que vivía sola en una choza al borde de un tremedal, y que, o bien no temía ya a nada, o bien había perdido el juicio lo bastante para no medir sus palabras.

Margaid entró sola. Le puso delante un pan y se sentó a esperar, como quien tiene todo el tiempo del mundo.

—Vengo de lejos, madre.

—Se le nota en las botas.

—Busco una casa de piedra negra.

La vieja levantó los ojos lechosos de la sopa. Los tuvo un rato en la cara de Margaid, sin verla del todo.

—Ah —dijo—. Los que se llevan a las que arden.

A Margaid se le paró la mano sobre la mesa.

—¿Y qué pasa con las que se llevan?

—Suben mujeres a esa casa —masticó la anciana— y no bajan nunca. De vez en cuando aparece una sirviendo, con los ojos apagados. Lo decía mi madre, y la madre de mi madre. —Se encogió de hombros—. Es lo que hay, señora. Coma usted algo.

Volvió a su sopa como quien acaba de hablar del tiempo. Margaid salió de aquella choza con la cara agria, porque su madre había sido una de las que subieron, y porque su hija era ahora otra.

Grant llevaba la marcha con una calma terrible que asustaba a sus propios hombres.

No gritaba. No se desesperaba. No dormía.

Cada noche se sentaba con Margaid y repasaban el mapa imposible; cada mañana levantaba el campamento un poco más al norte, royendo la distancia legua a legua con la paciencia de quien ha decidido que llegará, aunque tenga que cruzar el mundo a gatas.

«Cuenta el camino», le había dicho a Isla en las almenas. «Que ya sé que lo llevas contado».

Pues él también hacía la cuenta. Cada paso era un paso menos entre los dos.

La suerte cambió, como todo en la guerra, por un golpe de azar y por una mujer con buena memoria.

Una partida de exploradores de Lachlan atrapó a un hombre cerca de un vado: callado, duro, sin tartán, con un caballo de refresco demasiado bueno para un pastor y un saco de provisiones demasiado grande para un viajero solo.

Un correo. Un hombre de Dùn Chreag. Lo llevaron al campamento, y allí demostró que la lealtad de los cazadores era de la dura: no soltó una palabra ni con amenazas ni con promesas, y miraba a sus interrogadores con un desprecio sereno, seguro de que ningún sureño se atrevería a sacarle de verdad lo que llevaba dentro.

No contaba con Margaid.

La mujer entró en la tienda, se sentó frente a él y lo estuvo mirando un rato largo, sin decir nada. Después empezó a hablar. No lo amenazó.

—La sala del fuego que no calienta —dijo—.

La chimenea tira mal desde siempre, y nadie la arregla, porque a tu señor le gusta el frío.

La torre del este, la de la trampilla. El pasadizo de servicio que da a la cocina por el lado norte, ese que solo usan las criadas y los que llevan el agua. —Ladeó la cabeza—. ¿Sigo?

Al hombre se le movió algo en la cara por primera vez.

—Sí —confirmó Margaid, con una sonrisa nada amable—.

Mi madre estuvo ahí. Veintitrés inviernos encerrada en esa torre, hasta que escapó embarazada de mí, y desde entonces no pasó un solo día sin describírmela piedra a piedra, por si un día hacía falta.

Hoy hace falta. ¿Sabes cuántas mujeres han salido con vida de Dùn Chreag, muchacho?

El correo no respondió.

—Una. Mi madre. —Se inclinó hacia delante—.

Yo conozco esa casa mejor que tú, que llevas media vida en ella sin atreverte a mirar a tu señor a los ojos, porque ella me la enseñó piedra a piedra durante veinte años, esperando este día.

Así que no me hace falta que me digas cómo se llega.

Necesito saber cuántos sois ahora. Me lo vas a contar, porque acabas de entender, por esa cara que has puesto, que la única persona del mundo capaz de hundir a Ròric Cinaed está sentada delante de ti, y voy a subir, hables o calles.

El hombre habló. No mucho, pero lo justo.

Apenas dos centenares de hombres, los que habían bajado a la costa a por Isla y regresaban ahora a guarnecer la casa.

Muros fuertes y defensores escasos para tantas varas de piedra.

Un señor tan convencido de que nadie hallaría jamás Dùn Chreag que llevaba años descuidando el flanco de siempre, el del lado norte.

Cuando Margaid le hubo sacado todo, el correo le preguntó, con una especie de alivio sombrío, qué pensaban hacer con él.

—Nada —dijo ella—. Bastante has cargado ya.

Ordenó que lo ataran y lo dejaran atrás bien custodiado. No por piedad, aclaró: porque un muerto no puede confirmar después si mintió. Grant, mirándola salir de la tienda, comprendió de dónde le venía a Isla aquella mezcla suya de ternura y de filo.

Aquellas noches de marcha, el yerno y la suegra acabaron entendiéndose mejor de lo que cabía esperar entre dos personas que apenas se conocían. Hablaban poco —ninguno de los dos gastaba palabras—, pero el asunto era Isla, y con eso bastaba.

—De niña se subía a los tejados —contó Margaid una noche, con las manos abiertas al fuego—. A los tejados, fíjese, y no para escapar, que es lo que hacen los críos normales. Para ver mejor.

—Sigue haciéndolo —dijo Grant—. Ahora se sube a los acantilados.

—Ya me lo temía. —La anciana removió las brasas—. Espantó a cuatro pretendientes en un otoño. Al tercero le partió la nariz.

—Me lo contó.

—¿Y aun así vinisteis?

—Vine por eso.

Margaid lo miró de reojo, un rato largo.

—Salió a su abuela —repuso al fin—, y un poco a mí. Las MacLeod somos difíciles de domar y peores de perder. Eso ya lo sabéis.

—Me consta. —Grant no apartó los ojos del fuego—. No pretendo domarla. Solo quiero recuperarla.

Hubo un silencio de esos que se oyen. Después, la anciana asintió despacio, como quien firma algo.

—Por eso —murmuró— sois el primer hombre que me ha parecido digno de una de mis hijas.

Lo que no le sacó al correo, lo puso ella de su propia memoria: la ruta de las últimas tres jornadas, los pasos vigilados, y aquel punto ciego del lado norte por donde su madre, descalza y embarazada de ella, había huido en la nieve más de cuarenta inviernos atrás, y por donde, tal vez, cupiera un ejército.

Hubo todavía una escaramuza, días después, con una patrulla del norte que les salió al paso en un desfiladero.

Corta. Brutal. Murieron hombres de los cuatro clanes, y todos los del norte, porque Margaid dio orden de no dejar vivo a ninguno que pudiera avisar.

Fue la primera sangre de la campaña, y a Grant, viendo caer a sus hombres en aquella tierra ajena por una guerra que él había traído al casarse, se le hizo un nudo que tardó mucho en deshacerse.

Cayó un primo de Caden, un muchacho que no llegaba a los veinte.

Murió un veterano de Ironhold que llevaba toda la vida sirviendo a Lachlan.

Los enterraron deprisa, bajo mojones de piedra sin nombre, porque no había tiempo para más y porque cada hora perdida era una hora más de Isla en la oscuridad.

Aquella noche, alrededor de las hogueras, los hombres estuvieron callados, masticando por fin a qué habían venido: no a una cabalgada heroica, sino a una guerra fea en el fin del mundo, contra un enemigo que peleaba en su propia casa.

Grant pasó entre ellos sin discursos. Una mano en el hombro de este. Una palabra con aquel.

—¿Volveremos todos, mi señor? —preguntó un mozo de cuadra, muy joven, con las manos entre las rodillas.

Grant se agachó a su altura.

—No.

El muchacho tragó saliva.

—Entonces, ¿por qué subimos?

—Porque hay una mujer ciega allá arriba esperando —dijo Grant—, y porque un hombre que deja a los suyos en la oscuridad no merece que lo llamen hombre. —Le apretó el hombro al levantarse—. Duerme, muchacho.

Al día siguiente no se detuvieron. No podían detenerse.

Al fin, una tarde gris, coronando un puerto helado, la vieron.

Dùn Chreag se alzaba al fondo de un valle muerto: una mole de piedra negra contra un cielo de plomo, fea, maciza, antigua, igual que Margaid la había descrito mil veces.

Llevaba siglos allí. Parecía imposible de tomar.

En algún lugar de aquella oscuridad estaba Isla, ciega, encadenada, viva —tenía que estar viva—, esperando.

—Ahí la tenéis —musitó Margaid, a su lado, y le temblaba la voz por primera vez en toda la marcha—. Veinticuatro años soñando con esa piedra. Es más pequeña de lo que recordaba.

—Es bastante grande —murmuró Lachlan.

—Todo es grande cuando cumples veinte años y te tienen dentro.

Grant no dijo nada. Miraba la torre del este, con el viento helado del norte cortándole la cara, sin miedo. Le llegó, después de semanas de marcha y de culpa, algo limpio y sencillo: estaba cerca. Solo le quedaba lo más difícil.

Aquella noche, los lairds y Margaid se juntaron en la tienda de Grant.

No iba a ser un choque de muchos contra muchos: serían pocos contra unos muros, y eso lo cambiaba todo.

Margaid trazó en la tierra, con un palo, el plano que su madre le había grabado a fuego durante veinte años de advertencias: el portón principal, fuerte y guardado, donde habría que fingir el grueso del ataque; y el punto ciego del lado norte, el pasadizo de servicio por el que su madre había escapado de muchacha, embarazada de ella, por donde un grupo pequeño y decidido podría colarse mientras los muros miraban hacia otra parte.

—Es una locura —dijo Caden, sin acritud, midiendo la línea del palo.

—Lo es —admitió Margaid.

—Depende de la noche, de la sorpresa, de la suerte, y de que una mujer recuerde bien una huida que no vivió, pero que le contaron mil veces.

—De eso mismo.

Caden se enderezó y miró a Grant.

—¿Y bien?

—Ensillamos a medianoche —dijo Grant.

Nadie discutió. Todos, mirándose alrededor de aquel mapa de tierra pisada, supieron que se lo jugaban entero.

Más tarde, cuando la tienda se vació, Grant salió al frío. Enfrente, la casa negra no mostraba una sola luz. El viento de allí arriba era ajeno, huraño, no sabía su nombre.

—Aguanta —le pidió de todos modos, muy bajo—. Ya casi estoy. Espérame.