XXVIII
Dùn Chreag
Habían llegado a algún sitio: el suelo dejó de moverse bajo ella y unas manos la bajaron del caballo y la pusieron de pie sobre piedra húmeda.
Llevaba tantos días vendada que había perdido la cuenta —y eso que se había jurado no perderla—, tantos días de oscuridad y traqueteo y frío creciente, que el simple hecho de estar quieta y de pie le resultó casi un alivio, hasta que comprendió dónde estaba.
Lo comprendió por el viento.
No por la vista, que la vista seguía tapada con aquella tela apretada que no le habían quitado ni un instante.
Lo comprendió porque el viento de aquel lugar era el más triste que había sentido en su vida.
No el suyo, vivo y cálido, que jugaba con su pelo y le obedecía sin que se lo pidiera.
Este era un viento del norte profundo, viejo y helado, que aullaba contra la piedra con una furia sin alegría, un viento que no había conocido nunca a nadie a quien quisiera.
El viento pasó junto a Isla, ciega; ella lo llamó por instinto, y el viento la ignoró por completo, ajeno, dueño de sí, como un animal salvaje que nunca ha visto a un humano.
Ròric no la había arrastrado allí solo por esconderla.
La había llevado lejos del único viento del mundo que la quería.
Aquella crueldad —porque era una crueldad calculada, no una casualidad— le dijo a Isla más sobre su tío que cualquier amenaza.
Ròric no solo aspiraba a tenerla. La quería rota.
Sabía que su fuerza venía del viento del oeste, del mar, de su tierra, y la había arrancado de allí y la había arrastrado al único rincón del mundo donde el aire no la conocía, para que, aunque por un imposible se quitara la venda, ni siquiera entonces fuera del todo ella.
Era un hombre que llevaba veintidós años cavilando cómo deshacer a una mujer, y lo tenía bien pensado.
A Isla, ciega en aquella piedra húmeda, la alcanzó por primera vez algo parecido al miedo de verdad: no a morir, sino a que la oscuridad, el frío y el viento ajeno la fueran gastando, día a día, hasta dejarla siendo otra.
La metieron en una estancia. Por el eco de los pasos y el frío de la piedra, dedujo que era una torre, alta y pequeña.
Le ataron una cadena al tobillo, lo bastante larga para llegar a un jergón y a una jofaina, lo bastante corta para no alcanzar lo que debía de ser la puerta, y le sujetaron las muñecas a la espalda con una cuerda que solo le soltaban un momento, a la hora de comer y bajo vigilancia: unas manos libres, sabía Ròric, podían arrancarse una venda mucho antes de que nadie llegara a impedirlo.
Fue reconociendo su mundo nuevo a fuerza de oído y de piel, ya que no podía con los ojos ni, la mayor parte del tiempo, con las manos: el jergón de paja húmeda contra la mejilla, la pared de piedra rezumante, una tronera estrecha por la que entraba un aire helado que le decía que estaba muy alto, una jofaina de agua que sabía a metal.
Memorizó cada cosa, cada distancia, cada paso que daba la cadena, porque era lo que habría hecho Grant y porque era lo único que la mantenía siendo ella y no un fardo en la oscuridad.
Pero no le tocaron la venda. Jamás se la rozaban.
Una mujer sin nombre le acercaba la comida y le ayudaba con lo que una cautiva maniatada y ciega no puede hacer sola, en silencio, sin responder jamás a sus preguntas.
Aquella era su vida ahora: la oscuridad perpetua, la cadena, el viento ajeno aullando fuera, y la espera de lo que su tío hubiera planeado para ella.
Isla decidió, desde el primer día, que no la iban a romper.
Se lo juró con la misma terquedad con que de niña se empeñaba en cruzar un río crecido o trepar a un árbol prohibido.
Comía todo lo que le daban, aunque no tuviera hambre, porque una no pelea con el estómago vacío.
Se movía en el poco espacio que le dejaba la cadena, para no entumecerse.
Le hablaba a la criada silenciosa, aunque jamás le respondiera, por no perder la voz ni la costumbre de ser persona, y, sobre todo, contaba: los pasos de los guardias, las comidas, los cambios de frío, para saber cuántos días pasaban; los sonidos del castillo —cuántas voces, de qué lado soplaba el aire, cuándo relevaban la guardia—, construyendo en su oscuridad un plano de Dùn Chreag tan detallado como el que habría dibujado con los ojos.
Si alguna vez tenía una sola oportunidad, no pensaba desperdiciarla por no haber prestado atención.
Ròric vino al tercer día.
Isla lo oyó entrar —los pasos lentos, la respiración tranquila— y se puso de pie de cara a donde calculaba que estaba, porque no pensaba recibirlo sentada en el suelo como una bestia.
—Sé que estáis ahí —replicó—. Hueles a viejo y a rencor. Se huele desde aquí.
Ròric se rio, aquella risa baja y sin alegría.
—Tu madre tampoco perdía ocasión de afilar la lengua.
—Una pausa—. ¿Sabes lo que más rabia me da, sobrina?
Que ni siquiera me odies por las razones correctas.
Crees que soy un monstruo. No soy un monstruo.
Soy un hombre al que le robaron lo que le correspondía por nacer, y que ha dedicado su vida a corregir esa injusticia.
Vosotras lo lleváis dentro y lo despreciáis: lo escondéis, lo gastáis en salvar caballos, lo entregáis a vuestros hijos como quien tira margaritas a los cerdos.
Yo, que lo habría honrado, que lo habría usado para algo grande, no recibí nada. ¿Te parece justo?
—Me parece —dijo Isla, despacio— que un hombre que necesita encadenar a una sobrina ciega a una torre para sentirse grande nunca habría hecho nada grande con nada.
El don no te esquivó por ser hombre, tío.
Te saltó porque la sangre, que de tonta no tiene un pelo, vio lo que había dentro de ti y decidió que mejor no.
El silencio que siguió fue largo y frío. Había dado en el hueso, y se lo cobrarían, y no le importó. Prefería pagar por la verdad que callar por miedo.
—Veremos cuánto te dura el ingenio —dijo Ròric al cabo, con una calma que daba más miedo que un grito—. Tengo planes para ti, sobrina. Para tu sangre, mejor dicho, que es lo único tuyo que me interesa.
Isla no preguntó qué planes. No le daría esa satisfacción, y además, en el fondo helado del estómago, ya lo intuía: que un hombre que no podía tener el don pero que llevaba la sangre, y que ambicionaba criar dones que pudiera manejar, no la conservaba viva por compasión, sino por lo que su cuerpo podía dar.
La codiciaba igual que a una yegua de cría de sangre rara: no por ella, sino por lo que llevaría dentro.
Se le revolvió el estómago. Pensó en Grant, que la quería entera y que jamás, ni en sus peores momentos, la había mirado como a una herramienta, y agarrarse a esa diferencia —entre un hombre que la veía a ella y otro que solo veía su sangre— fue lo que le permitió mantener la cara firme y la voz quieta.
—Pero no hay prisa —añadió Ròric, como si le leyera el pensamiento—.
Nunca la ha habido. Tú piensa, mientras tanto, en lo lejos que estás del mar, en lo sola que estás, y en que tu marido tratante de caballos no tiene la menor idea de dónde buscarte.
Acostúmbrate a la oscuridad. Vas a vivir mucho tiempo en ella.
Y se fue.
Isla aguantó hasta que dejó de oír sus pasos, y entonces, sola, en la oscuridad, no lloró. Se había desahogado ya, la primera noche, cuando perdió el viento. Ahora hizo otra cosa. Se sentó en el jergón, respiró hondo, y empezó a trabajar.
Porque Ròric se había equivocado en una cosa.
En una sola, pero importante. Creía que con la venda Isla quedaba reducida a nada, igual que cualquiera de las mujeres de la sangre a las que había cazado.
Lo ignoraba —no podía adivinarlo, porque ni la propia Isla lo sabía por completo— que aquella sobrina llevaba semanas, antes de caer, entrenándose a oscuras en una sala de mapas, vendándose los ojos por las noches, peleando con un viento que no veía.
Tampoco que su madre, Margaid, había aprendido al final de su vida a sentir el aire sin mirarlo, y se lo había escrito a su hija en una carta.
No sabía que la sangre que tanto codiciaba traía, en aquella tercera nieta, algo más fuerte que en ninguna de las anteriores.
Isla estiró los sentidos hacia el viento ajeno y cruel de Dùn Chreag, el que la había ignorado al llegar, y, por primera vez, en lugar de exigirle que la obedeciera, lo escuchó.
Le cogió la voz. Pasó horas, días, sentada en aquel jergón con la cadena al tobillo y la venda en los ojos, entregada a lo único que su carcelero jamás sospecharía: aprender a ver sin ojos.
Al principio no consiguió nada. Luego, una tarde, logró temblar la llama de la vela que la criada le había dejado cerca: la encontró a ciegas, la tocó con el aire.
Una sola llama. Un temblor de nada. Pero a Isla, en aquella torre negra del fin del mundo, le supo a la mayor victoria de su vida.
Lloró entonces, sí, pero de otra cosa: no de derrota, sino de una esperanza feroz y peligrosa que no pensaba enseñarle a nadie.
Cada noche, cuando los pasos se alejaban y la torre quedaba en silencio, se ponía a domar el viento ajeno como había trabajado tantos caballos salvajes: con paciencia, sin exigir, ganándose poco a poco su confianza.
El viento de Dùn Chreag era huraño, viejo y desconfiado, como su dueño.
Pero los caballos más difíciles eran siempre los que más fieles salían cuando se rendían al cabo, e Isla, que de eso sabía más que nadie, apostó a que con el viento sería igual.
Le hablaba sin palabras, en la oscuridad.
Le contaba del mar, y el viento del norte, que no había querido nunca a nadie, empezó, muy despacio, día tras día, a escucharla.
Porque significaba que Ròric, el hombre paciente que lo había calculado todo, había pasado por alto una sola cosa: que su sobrina no era su madre, ni su abuela, ni ninguna de las mujeres rotas que él había cazado.
Que su sobrina, ciega y encadenada en lo más hondo del norte, estaba aprendiendo, despacio, a ser invencible incluso a oscuras.
Solo necesitaba tiempo, y un motivo para no rendirse.
Los dos los tenía. El tiempo se lo daba el propio Ròric, con su maldita paciencia, y el motivo cabalgaba ya hacia el norte, al frente de cuatro clanes, jurando llegar, aunque fuera tarde.
Isla no podía saberlo, ciega y sola en su torre.
Pero lo creía, y a veces la fe, cuando no queda otra cosa, es lo único que se necesita para seguir respirando un día más, y luego otro, y luego todos los que hagan falta hasta que el viento del oeste vuelva a buscar a una.