XXVII
Grant lo supo a mitad del segundo día en Ironhold, cuando quedó claro que el grueso de la hueste del norte no aparecía por ninguna parte, que las aldeas quemadas eran reales pero los atacantes se habían esfumado como esfuma un cebo cuando el pez ya ha picado.
Lo supo, y en ese instante el mundo se le puso del color de la ceniza.
Dio media vuelta sin terminar de explicárselo a Lachlan, que lo entendió en una sola mirada, y cabalgó hacia el oeste reventando caballos, cambiando de montura en cada aldea, sin dormir, sin comer, con una sola palabra repitiéndose en la cabeza al ritmo de los cascos: tarde, tarde, tarde.
No recordaría nunca aquella cabalgada. Le quedarían retazos: el sabor a sangre de morderse la lengua para no dormirse en la silla, las caras asustadas de los posaderos a los que sacaba caballos de refresco a punta de moneda y de espada, la lluvia, el barro, las leguas que no terminaban nunca.
Cabalgó como había corrido por el barro hacia Isla en la tormenta, con la misma desesperación inútil, sabiendo con cada legua que llegaba tarde y negándose con cada legua a aceptarlo.
Los cien hombres que había llevado a Ironhold lo seguían; los fue dejando atrás porque ninguno aguantaba su ritmo, y entró en sus propias tierras casi solo, demacrado, irreconocible, más parecido a un espectro que al laird que había salido de allí seis días antes.
Llegó a Dunvara al amanecer del cuarto día.
Olió el humo antes de avistar el castillo.
Cuando coronó la última loma —la misma desde la que había visto a Isla doblar una tormenta— y miró hacia abajo, lo que encontró le arrancó del pecho un sonido que no era humano.
El portón reventado y ennegrecido. Una de las torres con el tejado hundido, todavía humeando.
Hileras de cuerpos en el patio, cubiertos con mantas, esperando sepultura, y, sobre todo, el silencio: aquel castillo que había aprendido a estar lleno de la risa de Isla, de críos y de caballos, callado como una tumba bajo un cielo gris.
Los niños que habían aprendido a montar con Isla estaban vivos —Ròric no había venido por ellos—, pero lo miraban desde los rincones con unos ojos que ya no eran de niños: los de quien ha visto arder su mundo en una noche.
Tam, el de la cocinera, se le acercó y le tiró de la capa y le preguntó, muy serio, si iba a traer de vuelta a la señora.
Grant se agachó, lo miró a los ojos y le dijo que sí.
Fue la primera promesa que hizo aquel día, y se la dio a un niño, y fue la que más en serio se tomó de todas.
Bajó al galope, saltó del caballo antes de que parara, y cruzó el portón llamándola a gritos, aunque ya lo sabía.
Lo leyó en las caras de los pocos que quedaban en pie, y en Beathag, que salió a su encuentro con un brazo en cabestrillo, la cara cubierta de hollín y ceniza, y los ojos vacíos de quien ha visto demasiado.
No hizo falta que dijera nada. Pero habló igual, porque era leal hasta el final, y le debía a su laird la verdad entera.
Se la contó allí, de pie en el patio, entre los muertos.
La hueste de doscientos en la noche sin luna.
Las almenaras que no ardieron. Eachann peleando hasta el último aliento, muerto sobre el adarve que había jurado guardar.
Isla, que no se quedó en la torre, que bajó a defenderlos y por un momento los salvó a todos, volcando a los del norte con el viento, y luego los tres hombres por la espalda, y la venda, y cómo en cuanto la tela le tapó los ojos el huracán se desplomó y la señora se encogió, pequeña y ciega, en mitad del patio, y él.
El hombre que le habló al oído llamándola sobrina, y que ordenó que no le quitaran la venda ni para dormir, y que se la llevó al norte atada a un caballo mientras los niños lloraban en la torre.
—Hicimos lo que pudimos, mi señor —terminó Beathag, y se le quebró por fin la voz—.
Eachann hizo lo que pudo. La señora dio más de lo que ningún ser humano debería.
No fue suficiente. Eran demasiados, y traían la lección aprendida.
Lo conocían todo. —Lo miró—. Os esperaba a vos.
Hasta el último momento, mientras se la llevaban, gritaba vuestro nombre.
Grant no dijo nada. No podía. Permaneció de pie en el patio de su casa quemada, entre los cuerpos de los hombres que habían muerto por no haber estado él allí, y se le abrió dentro el mismo agujero negro que se le clavó sobre la tumba de Sìneag, el agujero del hombre que llega tarde a lo que importa.
Pero esta vez, descubrió, el agujero no lo dejó hueco.
Lo llenó de otra cosa. De algo frío y duro y absoluto que no había sentido en su vida.
Había jurado sobre una tumba no volver a llegar tarde.
Se le había hecho tarde igual, y ya solo le restaba una cosa en este mundo: que «tarde» no fuera lo mismo que «demasiado tarde».
Hubo un instante —uno solo— en que estuvo a punto de quebrarse del todo.
De caer de rodillas en aquel patio y quedarse ahí, deshecho, tal como se había estancado cuatro años junto a una tumba.
El viejo pozo negro de la rendición tiró de él, tan cómodo, tan fácil, y fue justo el recuerdo de Isla lo que no lo dejó caer: Isla, que se había subido a un árbol por el juguete de un crío, que había bajado al patio a defender a su gente sabiendo que podía morir, que en aquel mismo instante estaría en algún lugar del norte, ciega y encadenada, contando el camino para no rendirse.
Si ella no se rendía, él no tenía derecho.
Así que enterró el pozo, lo tapó con piedras, y se puso a trabajar.
Se arrodilló junto al cuerpo de Eachann, le puso una mano en el pecho frío y le prometió en voz baja que su muerte no sería en balde.
Mandó enterrar a los suyos con honor. Atendió a los heridos, consoló como pudo a los niños, reconstruyó en una mañana la cadena de mando con los hombres que quedaban, y luego subió a la sala de mapas medio quemada, desplegó las cartas del norte, y se puso a lo único que un hombre roto sabe hacer para no volverse loco: convertir el dolor en un plan.
No estuvo solo mucho tiempo.
Margaid MacLeod llegó a Dunvara diez días después —cinco tardó en llegarle el aviso que Beathag despachó la misma noche del asalto, y cinco largos en cruzar ella las Highlands sin apearse más que para cambiar de caballo—, al frente de una pequeña escolta de Dun Ailean, y entró en el patio aún ennegrecido sin derramar una sola lágrima, con la espalda recta de una reina guerrera y la cara de una mujer que llevaba veintidós años esperando aquella noticia y que, ahora que había llegado, no pensaba malgastar el tiempo en llorar lo que aún se podía pelear.
Miró a Grant de arriba abajo —al yerno al que apenas conocía, al hombre que había dejado sola a su hija— y Grant aguantó la mirada, listo para el reproche que sabía merecer.
No llegó.
—No te culpes —dijo Margaid, con una voz seca como la yesca—.
Yo lo conozco. Llevo conociéndolo toda la vida.
Si Ròric quiso sacarte de aquí, te habría sacado de mil maneras; si no era el humo de Ironhold, era otra cosa.
No perdió veintidós años para fallar por una corazonada tuya.
—Se acercó al mapa—. Lo único que importa ahora es que está viva.
La quiere viva, ya sabes para qué, y eso, por horrible que suene, es nuestra ventaja: tenemos tiempo.
Poco. Pero lo hay. Así que deja de mirarme como un perro apaleado y dime cuántos hombres puedes reunir, porque tú y yo vamos a ir a buscar a mi hija a la postre del mundo, y vamos a traerla de vuelta, y vamos a colgar a mi hermano de la almena más alta de su propia casa negra.
Y Grant MacRhane, que había pasado dos días ahogándose en culpa, miró a aquella mujer feroz que era la madre de su mujer, y algo parecido a la esperanza le llegó, por primera vez desde Ironhold.
Los días siguientes, Dunvara dejó de ser unas ruinas para convertirse en un cuartel.
Llegó Lachlan MacThane, lívido de furia al comprender que su Ironhold no había sido más que el cebo, trayendo a sus hombres y a Fiona, que abrazó a su madre en silencio.
Se presentó Caden MacLorne con los suyos, dejando a Roselyn y a la niña a buen recaudo tras muros, pero jurando vengar a la hermana que faltaba.
Llegó, desde Dun Ailean, el propio Callum, mayor ya, pero con el mismo acero en los ojos con que en su día había rescatado a una Margaid medio muerta de la nieve.
Tres clanes, cuatro lairds y una matriarca, reunidos en el patio quemado de Dunvara, con un solo propósito y una sola palabra grabada en la cara de todos: norte.
Margaid sabía adónde. No con exactitud —Ròric había escondido bien Dùn Chreag durante generaciones—, pero sí la región, el rumbo, los pasos de montaña que llevaban a las tierras altas y frías de donde había huido de joven.
Sería un camino largo, duro y peligroso, y al final esperaba una fortaleza de piedra negra defendida por una hermandad de cazadores. No importaba. Iban a ir igual.
Hubo, claro, quien dijo que era una locura.
Algunos capitanes prudentes hicieron las cuentas en voz alta: meterse en el norte profundo, en pleno territorio enemigo, a asaltar una fortaleza que nadie había visto, defendida por una hermandad que llevaba un siglo sin ser derrotada, era la clase de empresa de la que no suelen volver los ejércitos.
Margaid los escuchó a todos, y cuando terminaron, sentenció solo una cosa, con esa voz seca que no admitía réplica: «Tenéis razón.
Es una locura. Pero mi hija está ahí, ciega y sola, esperando que alguien sea lo bastante loco.
Quien no quiera venir, que se quede; nadie lo culpará.
Los demás, ensillad». No se libró nadie.
Que así son los clanes cuando una mujer con razón les habla al corazón en vez de a la cabeza.
La noche antes de partir, Grant subió por última vez a las almenas, miró hacia el norte invisible, y le habló a Isla como si pudiera oírlo a través de toda aquella distancia y aquella oscuridad.
—Aguanta —murmuró al viento, que ya no era el de ella, que soplaba frío y ajeno—. Cuenta el camino, que seguro que lo llevas contado. No te rindas antes de que llegue. Te dije que te recogería, aunque tardara.
Y al día siguiente, al amanecer, la mayor hueste que había reunido aquella costa en una generación partió hacia el norte.