XXVI
Llegaban…
No fueron los pocos jinetes sin tartán de los avisos.
Fue una hueste: dos centenares de hombres del norte, callados y disciplinados, que Ròric había reunido a lo largo de veintidós años de favores y de miedo, y que rodearon el castillo en la oscuridad con la eficiencia silenciosa de quienes han hecho aquello muchas veces.
La primera señal de que algo iba mal fue que los perros dejaron de ladrar todos a la vez.
La segunda, que las almenaras de las lomas altas, las que debían avisar, no se encendieron: los vigías ya estaban muertos, degollados en silencio antes de poder prender la primera.
Para cuando el primer cuerno sonó en Dunvara, la hueste del norte ya estaba al pie de los muros.
Brotaron de la oscuridad sin luna como brota una marea negra: sin gritos de guerra, sin tambores, con una disciplina silenciosa más terrible que cualquier alarido, la de hombres que habían hecho aquello muchas veces y sabían que el silencio mata más que el ruido.
Traían escalas largas, ganchos de abordaje y ollas de aquel fuego espeso que arde pegado a la madera, y se repartieron alrededor del castillo como se reparte quien ha estudiado los muros de antemano, golpeando a la vez por tres puntos para que los defensores, que eran la mitad, no supieran adónde correr.
Eachann hizo lo que pudo, que fue mucho.
Despertó a la guarnición a tiempo de cerrar el portón y armar las almenas, y durante las primeras horas Dunvara aguantó, porque sus muros eran buenos y sus hombres mejores.
Pero eran la mitad de los hombres, y enfrente había el doble, y los del norte traían escalas, y ganchos, y ese fuego espeso que se pega a la madera y no se apaga con agua.
Lo que siguió fue lo más sangriento que habían visto aquellas piedras en doscientos años.
Eachann, el viejo guerrero, peleó como si quisiera compensar él solo a los hombres que faltaban.
Estuvo en todas partes: tapando brechas, levantando a los caídos, gritando órdenes con una voz que no temblaba, aunque por dentro supiera, desde la primera escala, que no podían ganar.
Cada vez que los del norte conquistaban un palmo de adarve, Eachann y los suyos se lo arrancaban a hierro, y el patio se fue llenando de cuerpos de los dos bandos.
Pero por cada hombre del norte que caía subían dos por las escalas, y por cada defensor abatido no había recambio.
Era cuestión de tiempo, y todos en aquellas murallas lo sabían, y siguieron peleando igual, porque eran gente de Isla y de Grant y no pensaban regalar Dunvara barata.
Murió Tormod en el adarve, con un hacha en el pecho, defendiendo el tramo de muro que daba a sus queridas cuadras.
Cayó Ruaridh, el joven guerrero al que Isla había retado en el patio de tiro, peleando como un león en el portón.
Murieron muchos, hombres a los que Isla había visto reír en el salón, padres de los críos a los que enseñaba a montar, y sus gritos y el olor del humo subieron hasta la torre donde Beathag había encerrado a la señora con las mujeres y los niños, suplicándole que se quedara dentro.
Isla no se quedó dentro.
Aguantó cuanto pudo, oyendo morir a su gente, hasta que oyó ceder el portón, y entonces, contra la orden de Grant, contra el ruego de Beathag, contra la promesa de su madre, Isla MacLeod hizo lo único que estaba en su mano: bajó al patio a defender a los suyos con la única arma de verdad que tenía.
Y por un momento glorioso y terrible, fue suficiente.
Levantó los brazos en mitad del patio, entre el humo y los muertos, y el viento de Dunvara —su viento, el que la quería, el que la hacía más fuerte que en ninguna otra parte— acudió a su llamada como un ejército.
Una ráfaga monstruosa barrió el portón reventado y lanzó por los aires a los primeros hombres del norte que entraban, estampándolos contra los muros.
El aire se volvió un arma sólida que tiraba escalas, apagaba el fuego espeso arrancándole el aliento, levantaba a los atacantes del suelo y los arrojaba lejos como muñecos.
Durante unos instantes, una sola mujer plantada en un patio detuvo a doscientos hombres, y los del norte, supersticiosos, empezaron a gritar y a retroceder, y el viejo coste comenzó a vaciarla, y no le importó, porque daría hasta el último dedo de vida por los suyos.
Por un instante creyó que iba a poder. Los del norte retrocedieron, el portón se despejó, sus hombres tomaron aire.
El viento le rugía en los oídos como nunca, enorme, total, obedeciéndola con una furia que era la suya propia, vuelta tormenta: en aquella costa, en su sitio, con los ojos abiertos, era capaz de detener a un ejército ella sola.
La vida se le vaciaba hacia el aire, el mechón blanco quemándole en la sien, y no le importó.
Habría dado los dos brazos, la vista, los años que le quedaran, con tal de salvar a los críos de la torre y a la gente que la había hecho suya.
Pero Ròric había contado con aquello. Lo tenía todo previsto.
Sus hombres no eran campesinos asustados; estaban avisados, entrenados para esto.
No la asaltaron de frente, donde ella miraba.
Mientras Isla volcaba el grueso del asalto en el portón, tres hombres rodearon en silencio por el flanco oscuro, por la espalda, por donde ella no tenía ojos.
No la atacaron con armas. Lo hicieron con una tela.
Cayeron sobre ella desde atrás, y antes de que pudiera volverse, antes de que pudiera dirigir hacia ellos una sola ráfaga, le echaron sobre los ojos una venda gruesa y apretada y se la anudaron con fuerza a la nuca.
Y el mundo se apagó.
No la oscuridad, que la oscuridad Isla la conocía.
Se apagó el viento. De golpe, como una vela soplada.
En el instante en que la tela le tapó los ojos, el huracán que había estado sosteniendo se desplomó, el aire volvió a ser solo aire, y la fuerza que la recorría se cortó en seco, dejándola de pronto pequeña, ciega y mortal en mitad de un patio lleno de enemigos.
Tanteó el aire con un terror nuevo, animal, buscando el viento que siempre, siempre había acudido, y no lo encontró.
Lo tenía ahí, alrededor, rozándola, pero no lo alcanzaba, y sin verlo no lo agarraba, igual que tantas tardes a oscuras en la sala de mapas no había pasado de hacer temblar una vela.
Su madre llevaba razón. Ròric también. Con los ojos tapados, Isla MacLeod no era más que una mujer.
El pánico que la recorrió no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
No era el miedo a morir —ese lo conocía, lo había mirado a la cara en un acantilado—.
Era el miedo a quedar inútil teniendo el poder entero ahí, rozándole la piel, sintiéndolo girar a su alrededor como un río al que de improviso le hubieran quitado las manos.
Sacudió la cabeza intentando aflojar la tela, gritó, llamó al viento con toda el alma, y el viento acudió, se agolpó a su alrededor, deseoso de obedecer, y se quedó ahí, informe, sin dirección, porque ella no tenía ojos para enviarlo a ninguna parte.
Era como mandar a un ejército leal después de quedarse muda de pronto.
Tantas tardes vendada en la sala de mapas, y ahora, cuando de veras hacía falta, apenas le salía un soplo.
La sujetaron entre varios. Ella peleó —mordió, pateó, gritó—, pero eran hombres grandes y entrenados, y le ataron las manos a la espalda y la levantaron en vilo.
Oyó, en la oscuridad de la venda, una voz que no había oído nunca pero que reconoció al instante, una voz vieja y tranquila y sin prisa, la voz de su sangre torcida, que dijo, muy cerca de su oído, con una satisfacción de veintidós años:
—Hola, sobrina. Cuánto tiempo esperándote.
Isla giró la cabeza ciega hacia aquella voz y lanzó un escupitajo, y oyó al viejo reírse bajito, sin rencor, como quien ha ganado una partida tan larga que ya ni siquiera disfruta del triunfo, solo lo cobra.
«Tu madre escupía igual», dijo Ròric, casi con afecto, y aquello le dio a Isla más miedo que cualquier amenaza.
Mandó que la subieran a un caballo, atada y vendada, y que comprobaran el nudo de la tela dos veces.
«Que no se le mueva la venda ni un dedo —ordenó con su calma de hielo—.
Ni para comer, ni para dormir, ni aunque llore.
El día que esta vea, nos mata a todos, y aún la necesito viva».
Lo último que Isla oyó de Dunvara, mientras se la llevaban a rastras hacia los caballos del norte, fue el llanto de los niños en la torre, el crepitar del fuego en las vigas de la casa donde había sido feliz, y su propio nombre, gritado una sola vez por la voz rota de Beathag desde lo alto, antes de que la noche sin luna y la venda sin fondo se la tragaran entera, rumbo al norte, lejos de la costa, lejos del mar, lejos del único sitio donde su viento la hacía invencible y al que no sabía si volvería jamás.
Cabalgaron toda la noche y todo el día siguiente sin apenas parar, alejándose del mar a marchas forzadas.
Isla, atada al arzón delantero de un jinete, en la oscuridad perpetua de la venda, intentó lo único que estaba a su alcance: contar.
Los pasos, los giros, las cuestas, el rumor de los ríos que cruzaban; construir en su cabeza ciega un mapa del camino por si algún día podía deshacerlo.
Era lo que habría hecho Grant. Era lo que le habría dicho su madre, y se aferró a esa tarea pequeña y fría con todas sus fuerzas, porque era lo único que la separaba del pánico absoluto, y porque, mientras contara, seguía siendo Isla MacLeod y no un animal vendado camino del matadero.
El viento la acompañó un trecho, fiel, rozándole la cara empapada de lágrimas que no podía secarse con las manos atadas, hasta que, conforme se alejaban de la costa, lo fue notando más débil, más lejano, como una voz querida que se pierde.
Cuando dejó de sentirlo del todo, habían salido ya de sus tierras, y solo entonces, en la oscuridad, sin nadie que la viera, se permitió llorar de verdad.
A tres días de camino, en Ironhold, sin un solo enemigo a la vista, Grant MacRhane empezaba a comprender, con un frío en la nuca, que el humo que había ido a apagar no llevaba a ninguna parte.