El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XXV
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La trampa no llegó como Grant la esperaba.

No fue un mercader del sur con una oferta imposible de rechazar, como su instinto y la carta de Margaid le habían hecho temer.

Ròric Cinaed era más listo que eso: sabía que a un hombre prevenido no se le compra con codicia. Se le doblega con miedo por los suyos.

Un hombre prevenido le cierra la puerta a la codicia, pero no puede cerrársela al deber, y Grant MacRhane, por mucho que hubiera aprendido a querer, seguía siendo un laird con aliados a los que proteger y un sentido del honor que era a la vez lo mejor de él y la grieta exacta por donde un enemigo paciente sabría meterle el cuchillo.

Ròric lo había estudiado bien. No le echó un cebo de oro, que Grant habría escupido.

Le tendió un cebo de sangre y de lealtad, el único que un hombre como él no podía rechazar sin dejar de ser quien era.

El aviso llegó a finales de la primavera, traído por un jinete reventado con los colores de Ironhold, y era malo.

Se habían visto grandes partidas de hombres armados moviéndose hacia el este, hacia las tierras de los MacThane; columnas de humo en aldeas de la frontera de Ironhold; campesinos huyendo que hablaban de jinetes del norte que quemaban y preguntaban.

Lachlan MacThane mandaba decir que creía que el golpe de Ròric iba a caer primero sobre él —sobre Fiona, la hermana mayor, la del fuego perdido—, y que reunía a sus hombres, pero que eran muchos los del norte, demasiados, y que pedía a sus aliados que acudieran antes de que fuera tarde.

El jinete añadió detalles que le pusieron a Grant la piel de gallina: que las aldeas quemadas eran reales, que los muertos eran reales, que Lachlan no era hombre de alarmarse por nada y estaba alarmado.

Todo en aquel aviso olía a verdad, y esa era su perfección: Ròric no había mandado una mentira fácil de detectar, sino una amenaza auténtica, con sangre auténtica, dirigida contra un blanco que a Grant le importaba de veras.

Había quemado aldeas reales y gastado hombres reales solo para construir un engaño lo bastante sólido como para burlar a un hombre desconfiado.

Esa era la medida de su paciencia, y Grant, que aún no la conocía por entero, la subestimó.

Grant leyó el mensaje dos veces, con la mandíbula apretada. Tenía delante la peor decisión de su vida.

Porque tenía sentido. Un sentido terrible.

Ròric atacando primero a la hermana más débil —la que ya no conservaba el don, la más fácil— para descabezar la alianza antes de venir a por Isla, era justo lo que haría un cazador paciente e inteligente.

Si Ironhold caía, los cuatro clanes quedaban rotos, y Dunvara, sola, no aguantaría.

La lógica de la guerra decía a gritos que había que concentrar las fuerzas, acudir todos a Ironhold, romperle a Ròric el espinazo allí y entre todos, antes de que los fuera cazando de uno en uno.

Y, sin embargo, estaba la carta de Margaid. «No le dejes irse. Buscará la manera de sacar a Grant de Dunvara».

Grant pasó una noche entera en la sala de mapas, midiendo lo uno contra lo otro, hasta que se le gastaron las velas.

Si era una trampa y se quedaba, vendía a Lachlan y a Fiona, y le regalaba a Ròric la alianza rota.

Si era real y no acudía, lo mismo. Si era una trampa y se iba, dejaba a Isla expuesta.

La cabeza fría de tasador le decía que el riesgo mayor estaba en Ironhold, donde había humo y muertos de verdad, no en Dunvara, donde solo había una carta y un mal presentimiento, y los muros de Dunvara eran fuertes, y dejaría una guarnición sobrada, y a Isla, avisada, tras esos muros, con el viento como último recurso, no había hueste capaz de cogerla en unos días.

Le dio mil vueltas. Llamó a Eachann en mitad de la noche y repasó con él la guarnición hombre por hombre, muro por muro.

Calculó cuántos días tardaría una hueste en plantarse ante Dunvara desde cualquier punto de la costa, y cuántos en tomar unos muros como aquellos defendidos por hombres como los suyos: más de los que él pensaba estar fuera, concluyó.

Releyó la carta de Margaid hasta sabérsela de memoria, y cada vez le pesaba más el «no le dejes irse» y menos la fría lógica de la guerra.

Pero un hombre acostumbrado a fiarse de los números y no de las corazonadas actuó como suelen los hombres así: se fio de los números.

Los números señalaban Ironhold. La corazonada decía Dunvara, y por una vez en su vida, la única que de veras importaba, Grant MacRhane se equivocó de bando.

Al amanecer había decidido. Iría a Ironhold.

Pero no se llevaría a toda la fuerza: dejaría en Dunvara la mitad de sus mejores hombres, a Eachann al mando, las puertas cerradas y a Isla con orden de no asomar la nariz fuera.

Sería cuestión de cinco días, seis a lo sumo.

Le pareció, aquella mañana gris, la decisión de un hombre prudente.

Eachann, cuando recibió las órdenes, no protestó —no era quién—, pero clavó los ojos en la columna que se preparaba para partir con una arruga entre las cejas que Grant conocía bien.

«Habla», le dijo, y el viejo, masticando las palabras, soltó lo que pensaba: que dividir la fuerza nunca le había gustado, que una hueste de verdad podía plantarse ante unos muros más deprisa de lo que marcaban los cálculos, y que él, por su cuenta, no se fiaba un pelo de un enemigo capaz de tomarse veintidós años para una venganza.

«Quizás tengas razón —admitió Grant—. Pero si la tienes y me quedo, dejo morir a Lachlan y a Fiona por una corazonada, y eso no puedo hacerlo.

Guárdame el castillo, Eachann. Guárdame a la señora.

Cinco días». Eachann asintió, y cumplió su palabra hasta la muerte.

No fue culpa suya que cinco días resultaran ser tres de más.

Fue la peor que tomó en su vida.

Isla no se lo discutió, aunque se le revolvió todo por dentro.

También ella entendía la lógica; también ella tenía a una hermana en Ironhold.

Pero el viento le llevaba días inquieto sin razón, rondando los muros, y aquella mañana, mientras Grant se ajustaba la cota, se le agarró al estómago una certeza que no supo explicar y que, por eso mismo, no se atrevió a esgrimir contra la fría lógica de su marido.

—No me gusta —le dijo, mientras le ajustaba la hebilla de la bandolera con dedos que conocían ya cada correa de aquel cuerpo—. No sé por qué, pero me revuelve algo. El viento no me deja dormir.

—A mí tampoco me gusta —dijo Grant, tomándole la cara entre las manos—.

Pero si Ròric va de verdad a por tu hermana y yo me quedo aquí abrazado a ti, no me lo perdonaría, y tú tampoco me querrías por hacerlo.

Cinco días. Eachann no deja entrar ni a una mosca.

Tú no tocas el viento si no es para salvar la vida, y si lo usas, lo usas y punto, sin medirte.

—La besó en la frente, en la sien del mechón blanco, en la boca—.

Volveré antes de que me eches de menos, y a mi regreso terminamos el barco.

Isla no contestó enseguida. Lo miró —la cota puesta, el mandoble a la espalda, la cara grave del hombre que partía a una guerra que quizás ni siquiera era la suya— y por un instante quiso agarrarse a él, encerrarlo en la alcoba, esconderle las botas como una de aquellas esposas que él despreciaba, hacer cualquier cosa con tal de que no cruzara el portón.

La detuvo el orgullo, y la lógica, y el saber que ella, en su lugar, también iría.

Pero el viento, que no tenía orgullo, se le enroscó a Grant en las piernas como una lapa que no quiere soltarse de la roca, y hubo que apartarlo casi a la fuerza.

—Júrame que volverás.

—Te lo juro. —Y, porque era Grant, añadió lo único que de verdad podía jurar—: Y júrame tú una cosa a mí.

Si algo sale mal, si me equivoco, si esto es lo que tu madre teme...

no te dejes coger entera. ¿Me oyes? Pase lo que pase, búscame.

Te dije que te recogería. Aunque tarde. Aunque sea tarde, pienso llegar. No te rindas antes de que aparezca.

Isla se lo juró, y lo vio partir al frente de cien jinetes, hacia el este, hacia el humo de Ironhold, bajo un cielo plomizo, y permaneció en lo alto de las almenas hasta que la columna fue solo una mancha y luego nada.

Los días siguientes fueron los más largos de su vida.

Intentó llenarlos: galopó al alba con sus dos guardias detrás, le subió la leña a Mòrag, enseñó a los críos, repasó con Eachann las defensas.

Pero el viento no se apaciguaba, y ella tampoco se calmaba con él.

Por las noches se vendaba los ojos en la sala de mapas y practicaba mover el aire a ciegas con una urgencia nueva, como si su cuerpo supiera, antes que su cabeza, para qué iba a necesitarlo.

No mejoró gran cosa: apenas la llama de una vela, como siempre, y cada noche se acostaba sola en la cama que olía a cuero y rezaba, ella que tampoco creía en mucho, para que aquel mal presentimiento fuera solo eso.

La última noche antes de que todo se rompiera, Isla soñó con el acantilado.

Soñó que estaba en el filo, como tantas veces, pero que el viento no acudía cuando lo llamaba por más que abriera los brazos; y que abajo, en el mar, un barco se hundía con todos sus hombres mientras ella miraba sin poder hacer nada, ciega de un modo que en el sueño no comprendía.

Se incorporó de madrugada con el corazón desbocado y la cara mojada, tanteó el otro lado de la cama buscando a Grant y encontró solo la almohada fría.

Permaneció despierta hasta el alba, con el viento gimiendo en las troneras, sin saber que aquel sueño no era un sueño, sino un aviso que llegaba, como casi todos los avisos, demasiado pronto para entenderlo y demasiado tarde para servir de algo.

El viento de ella sopló todo el día hacia el este, detrás de él, como si quisiera retenerlo o seguirlo, y por la noche, por primera vez en meses, Isla durmió sola en la cama grande que olía a cuero, abrazada a la almohada de Grant, sin saber que en aquel mismo momento, mientras su marido cabalgaba de buena fe hacia un humo que Ròric había encendido a propósito, la verdadera hueste del norte —entera, callada, paciente— ya se movía por la costa hacia una Dunvara con la mitad de sus hombres y sin laird .