XXIV
La carta llegó a Dunvara una mañana de primavera, y lo cambió todo.
El jinete entró en el patio con el caballo echando espuma y los colores de Ironhold hechos jirones de barro.
—¡De Dun Ailean! —gritó, antes de tocar el suelo—. ¡Para la señora! ¡En mano!
Beathag salió de las cocinas secándose los dedos en el delantal.
—Bebe agua primero, muchacho.
—En mano, señora. Me lo han hecho jurar.
—¿Quién?
—La madre —dijo el jinete, y a Beathag se le borró la cara.
Venía de Dun Ailean, de puño y letra de Margaid MacLeod, y el solo hecho de que su madre escribiera —Margaid, que detestaba la pluma, que sostenía que las cosas importantes se dicen a la cara— le encogió a Isla el estómago antes de romper el lacre.
En veintidós años solo había recibido dos cartas suyas: una cuando murió su abuela, otra el día de su propia boda.
Que llegara una tercera a galope tendido solo podía significar que ocurría algo lo bastante grave como para vencer aquella repugnancia.
La leyó de pie, en la sala de mapas, con Grant al lado. A medida que avanzaba, la primavera entera pareció apagarse al otro lado de la ventana.
Su madre había recibido, por la red de avisos de los cuatro clanes, la descripción de los jinetes sin tartán que rondaban la costa del oeste: hombres del norte profundo, callados, que preguntaban por una mujer a la que obedecía el viento, y Margaid, que llevaba veintidós años temiendo aquel día, había reconocido al instante de quién se trataba.
No hacía falta que le pusiera nombre en la carta: lo conocía de sobra desde aquella noche junto al fuego de Dun Ailean, cuando Lachlan se lo contó a la familia entera y Margaid dejó, por fin, de callarlo.
Tenía rostro, y nombre, y por fin la había encontrado.
Ròric Cinaed. El tío de Isla.
La carta no repetía lo que ya sabían juntas desde aquella noche junto al fuego, sino lo que nunca habían tenido calma para contarse con detalle, con la letra apretada y temblona de una mujer que escribe lo que más le ha dolido.
Que la sangre antigua venía de su propia madre, Sorcha, retenida veintitrés inviernos por un hombre llamado Torcuil que codiciaba su don.
Que Ròric era hijo de ese mismo Torcuil, varón, y que por eso —porque el don solo pasa a las hijas— tampoco a él le había tocado nada, mientras las mujeres de aquella casa ardían con un poder que la sangre le había negado.
Que aquella injusticia lo envenenó desde niño hasta convertirlo en algo frío y terrible, y que heredó de su padre la obsesión de recuperar lo perdido.
Que él, y otros como él, varones de sangre dotada a los que el don había esquivado, hicieron entre todos un oficio macabro de cazar a las mujeres de las viejas estirpes: para usarlas, para controlarlas, para criar dones que pudieran manejar, o para borrar del mundo, sin más, un poder que les había sido negado.
Que Sorcha escapó de la torre de Torcuil embarazada de ella, y la crió veinte inviernos escondida en una cabaña de las tierras del padre de Callum, hasta que Ròric, más de veinte años atrás, dio al fin con el escondite.
Que aquella noche Margaid no estaba —su madre, temiéndolo, la había mandado lejos con un recado— y que, al volver, solo encontró la cabaña ardiendo y a Sorcha dentro, y que se dejó media vida intentando sacarla sin conseguirlo, y que así, herida y con el corazón roto, la encontró Callum en la nieve.
Isla leía con las manos cada vez más frías.
Había crecido con una madre que la abrazaba fuerte sin motivo aparente, que se ponía pálida cuando un desconocido preguntaba demasiado en una feria, que les había prohibido a las tres jugar juntas con los dones «porque sí», sin más explicación.
De niña lo tomó por manías. Ahora, leyendo, entendía que cada una de aquellas manías había sido un acto de amor aterrado.
Toda su infancia, releída a la luz de aquel pliego, cambiaba de color.
No se había muerto, y las había encontrado. A la última. A la que estaba sola.
«Hija mía —terminaba la carta—, te casé lejos para alejarte de él, y mira de qué ha servido: te mandé derecha al extremo del mundo, sola, justo donde un cazador paciente iba a buscarte.
Perdóname. Escúchame ahora lo único que tengo claro: Ròric no corre.
Nunca lo ha hecho. Esperará a que tu marido se aleje, porque sabe que entre tú y un buen muro y hombre con espada no puede contigo.
Buscará la manera de sacar a Grant de Dunvara.
No le dejes irse. Por lo que más quieras, Isla: cueste lo que cueste, no dejes que ese hombre te deje sola, y si un día te ves sola y te ponen una venda en los ojos, recuerda que el viento no se gobierna solo con la vista.
Yo aprendí, al final, a sentirlo a ciegas.
Tú eres más fuerte que yo. Tú también podrás. Tu madre, que te quiere».
Isla bajó el pliego. Tenía la cara blanca.
Grant, que había leído por encima de su hombro, no dijo nada durante un rato largo. Se acercó al mapa de la costa, apoyó las dos manos en la mesa y clavó los ojos en él como quien mira una cuenta que no admite trampa.
—Vuestra madre —repuso al fin, muy bajo— es una mujer listísima.
—Sabía que este día llegaría desde aquella noche junto al fuego, y aun así no estoy lista.
—Vuestra madre acaba de decirnos con pelos y señales cómo piensa atacarnos el enemigo. —Se volvió—. Eso es más de lo que tiene la mayoría de los hombres antes de una guerra, Isla.
—No me consuela.
—No busco consolaros. Pretendo ganar. —Grant señaló la mesa con dos dedos—. Escuchadme. Se cancelan los viajes de venta. Los tratos del sur. La feria de otoño. Todo.
—Eso es medio año de ingresos.
—Eso es medio año de ingresos —admitió—. No me muevo de Dunvara.
—Grant...
—Ni un día. Ni una legua. Si vuestro tío quiere cogeros sola, va a tener que esperar sentado, porque no pienso dejaros sola ni para mear.
Isla soltó una risa rota, corta, que se le deshizo a mitad de camino.
—Sabéis lo que estáis diciendo, ¿verdad? —Se acercó a la mesa, frente a él—. Que os habéis convertido en un blanco. Que este clan se ha convertido en un blanco. Que hay críos ahí abajo que me dejan flores en la puerta y que a ese hombre no le temblará la mano si tiene que usarlos contra mí.
—Lo sé.
—Yo antes —dijo ella, y le costó decirlo— habría salido a buscarlo de frente. Sola. Sin avisar a nadie.
—Lo sé también.
—¿Y por qué no lo hago?
Grant rodeó la mesa despacio y le tomó la cara entre las dos manos.
—Porque ya no os sobra el mundo —dijo—. Ahora os cabe entero en un castillo.
Isla cerró los ojos, y por primera vez en su vida, no protestó la vigilancia, ni reclamó su independencia, ni afirmó que sabía cuidarse sola.
Le costó horrores. Pero se contuvo, y dejó que la rodearan de muros y de gente, y comprendió, con una lucidez amarga, la sabiduría de no regalarle a Ròric el placer de encontrarla sola.
Aquella noche, sin embargo, no pudo dormir.
Le daba vueltas la última frase de su madre. La venda. «El viento no se gobierna solo con la vista», y una conversación olvidada, camino del acantilado, en la que ella misma le había dicho a Grant, riéndose: «si no lo veo, no lo manejo; con los ojos cerrados solo lo siento».
Se incorporó en la oscuridad, con el corazón golpeándole las costillas.
—¿Grant?
—Mmm.
—¿Cómo sabía mi madre lo de la venda?
Grant tardó en contestar. Cuando lo hizo, ya no tenía voz de dormido.
—Porque a ella se lo hicieron.
—No. —Isla se abrazó las rodillas—. Escuchadme bien. Ese hombre podría matarme. Le sería mucho más fácil. Un cuchillo, una flecha desde una loma, y se acabó la sangre antigua en esta costa. —Tragó saliva—. No es eso lo que busca. Me quiere viva. Viva y ciega.
El silencio de la alcoba se volvió espeso.
—Porque una mujer muerta descansa —continuó ella, muy despacio—.
Una mujer viva y ciega, no. Sigue ahí, encerrada en su propia oscuridad, sintiendo el viento que ya no puede mandar.
Sirviendo para lo que él quiera. Usar. Criar.
Controlar. —Se le quebró la voz en la última palabra—.
Mi madre no se atrevió a escribirlo ni siquiera a una hija.
Grant se sentó en la cama. En la penumbra, Isla le vio la mandíbula.
—Escuchadme vos a mí ahora —insistió él—. Eso no va a pasar.
—Puede pasar.
—No va a pasar.
—Grant, si algún día me ponen una venda...
—No va a pasar. —Le agarró la muñeca, y era la primera vez que aquel hombre la tocaba sin dulzura—. Si un día me equivoco, os juro por lo único que me queda de sagrado que subiré a buscaros, aunque sea el último hombre vivo de esta costa.
Isla se soltó despacio. Le apoyó la frente en el hombro.
—Antes el acantilado —murmuró—. ¿Me oís? Antes darlo todo y vaciarme en el aire que subir viva al norte.
Grant no le contestó. La abrazó, que era su manera de discutir sin ceder.
Los cuatro clanes se pusieron en pie en menos de una semana.
Salieron jinetes hacia Ironhold y hacia Dùn Lorne con la noticia y la advertencia; Lachlan MacThane y Caden MacLorne mandaron decir que reunían a sus hombres y que acudirían a Dunvara en cuanto Grant diera la voz.
Callum contestó desde Dun Ailean que la sangre antigua no había sobrevivido cuatro generaciones para rendirse ante un viejo amargado, y que defendería a su hija aunque tuviera que vaciar de caballos las cuadras de Escocia.
Margaid añadió una posdata breve y feroz: que ella misma vendría, porque a su medio hermano lo había estudiado media vida sin haberle visto jamás la cara, y porque había entre su sangre y la suya una cuenta que llevaba cuarenta y tres inviernos sin saldar.
Grant, entretanto, convirtió Dunvara en plaza de guerra sin que casi se notara.
Almacenó grano y forraje por si venía asedio.
Reforzó la guardia de la cala donde dormía el barco a medio hacer.
Repartió a sus mejores hombres en turnos que cubrían el día y la noche, y mandó vigías a las lomas altas con orden de encender almenaras al primer jinete extraño, y una tarde, a solas, hizo bajar a Eachann y a Tormod a la sala de mapas y cerró la puerta.
—Lo que voy a deciros no sale de aquí. Tampoco llega a oídos de la señora.
Los dos veteranos se miraron.
—Mi señor —dijo Eachann, incómodo.
—Si algún día caen los muros y se la llevan... —Grant se detuvo, y por primera vez en su vida a sus hombres les costó sostenerle la mirada—. Lo primero no es perseguirlos. Ni pelear. Lo primero es mandarle aviso a Margaid MacLeod.
—¿Antes que salir tras ellos?
—Antes que respirar. —Grant apoyó los nudillos en la mesa—. Porque solo ella sabe de veras cómo piensa ese hombre. Repetídmelo.
—Aviso a Margaid MacLeod —recitó Tormod, con la voz rara—. Lo primero.
—¿Y si Tormod y yo estamos muertos, mi señor? —dijo Eachann, muy tranquilo—. ¿Quién lo manda?
Grant tardó en contestar.
—Beathag.
—Beathag —repitió el veterano, y asintió despacio—. Buena elección. Esa mujer entierra a un clan entero y sigue calentando la leche.
—Lo primero.
Aquella semana, Beathag la encontró de madrugada en las cocinas, sentada sola junto al rescoldo.
—No podéis dormir.
—No.
El ama de llaves puso una olla al fuego sin que nadie se lo pidiera.
—Mi señora, ¿es cierto lo que se cuenta? ¿Que viene alguien a por vos?
Isla la miró. Habría podido mentirle. Se lo debía todo a aquella mujer y a la puerta que le abrió un dedo, un invierno atrás, con una toquilla.
—Es cierto.
Beathag asintió despacio, sin escandalizarse, y removió la leche.
—Pues que venga —dijo—. Aquí sabemos dónde están los cuchillos.
Por primera vez desde que el buhonero abriera la boca en aquella misma cocina, Isla no se sintió sola. Tenía detrás a cuatro clanes, una madre que venía a cobrarse una deuda vieja y a un ama de llaves capaz de amenazar a un cazador de brujas mientras calentaba leche.
Empezó entonces a hacer en secreto algo que no le contó ni a Grant.
Se encerraba sola en la sala de mapas cuando el castillo dormía. Se vendaba los ojos con un paño, y trataba de mover el aire sin verlo.
Le costaba horrores. A oscuras, el viento se le volvía un animal escurridizo que percibía rondar, pero no lograba agarrar.
Conseguía, como mucho, hacer temblar la llama de una vela, y eso a costa de un esfuerzo que la dejaba empapada en sudor y con un dolor de cabeza que le duraba horas.
Estaba lejísimos de lo que necesitaría si llegaba el día.
Pero su madre lo había logrado, y ella era —se lo había dicho la propia Margaid— más fuerte que su madre.
Así que practicaba. En silencio. A ciegas.
Por si acaso, y aun así, tendida por las noches contra el pecho de su marido, escuchando su propio viento rondar los muros como una sombra incapaz de descansar, Isla MacLeod no consiguió quitarse de encima la sensación de que toda aquella fuerza reunida no iba a servir de nada el día —y sabía, con la certeza fría de su madre, que llegaría— en que se viera sola, a oscuras, con los ojos tapados, teniendo que aprender en un instante lo que a su madre le costó una vida entera.