El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XXIII
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Dùn Chreag, en el norte profundo

Muy al norte, más allá de las montañas donde no sube ni el ganado, en una fortaleza de piedra negra que ostentaba el nombre que merecía —Dùn Chreag, el peñasco negro—, un hombre paciente recibió al fin la noticia que llevaba veintidós años esperando.

Llovía sobre Dùn Chreag, como casi siempre.

Era una fortaleza fea y funcional, sin un solo adorno, levantada generaciones atrás por gente que no buscaba belleza sino aislamiento; estaba tan al norte y tan adentro que ningún rey se había molestado nunca en reclamarla, y eso era justo lo que sus dueños querían.

Allí, lejos de todo, una vieja hermandad de hombres con un mismo agravio llevaba más de un siglo guardando rencores y afilando paciencia.

No tenían estandarte ni nombre que dar; preferían que se los tomara por cuentos de viejas, y en el corazón de aquella piedra negra, junto a un fuego mezquino que nunca calentaba por completo, su señor llevaba media vida sentado, esperando.

Se llamaba Ròric Cinaed, tenía cuarenta y seis años y la sangre cansada de aguardar.

Era alto, enjuto, de barba entrecana y ojos pálidos como el hielo de los charcos en invierno, y se movía con la economía de quien hace mucho que aprendió que la prisa es de los débiles.

Llevaba media vida en aquel salón frío y húmedo, sentado junto a un fuego que nunca parecía calentar del todo, recibiendo a los hombres que mandaba por toda Escocia y escuchando lo que traían.

La mayoría de las veces venían de vacío.

Aquella tarde, el jinete que se arrodilló ante él, calado y reventado de cabalgar, llegaba con oro.

—La hemos encontrado, mi señor —dijo el hombre—. La tercera. La pequeña.

Ròric no se movió. No sonrió. Pero algo se le encendió detrás de los ojos de hielo, una brasa vieja que llevaba decenios sin avivarse.

—Habla.

Y el hombre habló. Contó lo de una costa del oeste, lejana y agreste, y de un clan de criadores de caballos llamado MacRhane, y de su laird viudo que se había casado con una mujer del este a la que, decían en tres valles, hasta el viento obedecía.

Habló de una tormenta espantosa, semanas atrás, en la que —juraban los pescadores y los pastores, persignándose— una mujer sola había detenido a una manada al borde de un acantilado doblando el viento con las manos, y había caído después como muerta, y había estado tres días entre la vida y la muerte, y habló, por fin, de lo que Ròric llevaba veintidós años intentando averiguar sobre aquel maldito don: cómo apagarlo.

—Un mozo de cuadra borracho lo soltó en una feria, mi señor, sin medir sus palabras.

Que la señora le había explicado a un crío que el viento solo le obedece a lo que ve.

Que con los ojos cerrados, dijo ella misma, solo lo siente, pero no lo maneja.

—El jinete tragó saliva—. Si es verdad, mi señor... una venda. Bastaría con una venda.

Ròric levantó una mano, despacio, y el jinete se calló de repente, temeroso de haber hablado de más.

Pero el señor de Dùn Chreag no estaba enfadado; al contrario.

Por primera vez en años, en aquellos ojos de hielo había algo parecido a la avidez.

Veintidós años buscando la manera de neutralizar un don que ardía solo, que apagaba antorchas y doblaba tormentas, y resultaba que la respuesta era tan vieja y simple como una tira de tela.

Por los ojos. Claro que era por los ojos: el fuego de su hermana pequeña crecía cuando la cría miraba las brasas; el agua acudía a quien la llamaba mirándola; el aire iba adonde lo enviaba la mirada.

Lo había tenido delante toda la vida y no lo había visto.

Una venda. Tantos hombres, tantos años, tanta sangre derramada, y la llave de todo cabía en un puño.

Y había más en lo que el mensajero le había traído sin saberlo.

Tres días entre la vida y la muerte por apartar una manada: eso le decía que el don de la pequeña era enorme —el mayor que había rastreado jamás— y, a la vez, que tenía fondo, que se podía vaciar, que su propia fuerza era su mayor debilidad.

Una mujer capaz de doblar una tormenta era una mujer capaz de morir doblándola.

Ròric lo archivó todo con la frialdad de un tasador.

Ròric Cinaed cerró los ojos un largo instante.

Veinticinco años. Veinticinco años desde la cabaña, desde la noche en que le prendió fuego con Sorcha dentro y descubrió, demasiado tarde, que la hija que buscaba llevaba horas lejos de allí, a salvo de él sin saberlo siquiera.

Su media hermana. La que había recibido lo que a él, por el solo accidente de haber nacido varón, la sangre le había negado.

Toda su vida —desde niño, en aquella misma casa fría— había visto a las mujeres de su estirpe encender hogueras sin tocarlas, llamar al agua, doblar el aire, y había comprobado cómo a él, el primogénito, el más listo, el más capaz, no le tocaba nada.

Nada. Como si la sangre tuviera ojos y hubiera decidido que un hombre no merecía el regalo.

Aquella injusticia lo había convertido en lo que era.

Si no podía tenerlo, lo controlaría. Si no podía controlarlo, lo borraría del mundo.

Pero antes —y esto lo había decidido hacía mucho— se aseguraría de que ninguna de aquellas mujeres muriera tranquila creyéndose libre.

Recordaba, con la nitidez de lo que lo había definido, la primera vez que comprendió lo que era.

Tendría seis o siete años. Su hermana pequeña, una cría que apenas andaba, se había enrabietado por un juguete, y la lumbre del hogar había crecido de súbito hasta lamer el techo sin que nadie la tocara.

Su madre, en lugar de asustarse, había sonreído con orgullo y había abrazado a la niña.

A él, al primogénito, al varón, nunca lo habían estrechado por nada parecido, porque a él el aire no le obedecía, ni el fuego, ni el agua: él era, en aquella casa de prodigios, el único corriente.

Pasó la infancia aguardando su don, seguro de que le correspondía, de que la sangre no podía haberse olvidado del hijo mayor.

No llegó nunca, y el día que entendió, ya mozo, que no le tocaría jamás —que la sangre, por algún capricho cruel, solo se daba a las hembras—, algo se le rompió por dentro y se le rehízo torcido.

Si la sangre lo había despreciado a él, él la aplastaría, y a todas las que la llevaban.

A Margaid no había podido alcanzarla; llevaba toda la vida escondida tras un laird lejano, unos muros y un amor de los que jamás había llegado a olfatear el rastro.

A Sorcha la había alcanzado, sí, aquella noche en la cabaña, sola y sin nadie que la defendiera, pero cuando el humo se disipó y entró a comprobar lo que quedaba, la hija no estaba.

Un recado. Una ausencia de unas pocas horas que él no pudo prever, y con ella toda una vida de caza se le deshizo entre los dedos igual que la ceniza de aquella cabaña.

No se lo había perdonado nunca —ni a la suerte, ni a Sorcha por esconderla tan bien hasta el final, ni a sí mismo por no haber llegado antes—, y la idea de que aquella sangre antigua, la de la única presa que se le había escapado sin que él llegara siquiera a verle la cara, corriera ahora por las venas de tres mujeres jóvenes y confiadas le quitaba el sueño de pura ansia.

A sus tres sobrinas las había visto crecer de lejos, paciente, al acecho.

Dos se le habían escapado también: la del fuego, casada con los MacThane de Ironhold, había parido un varón y perdido el don; la del agua, casada con los de Dùn Lorne, había alumbrado un varón y se había quedado hueca.

Pero la tercera. La del viento. La pequeña, la salvaje, la que se había ido a casar a la postre del mundo con un tratante de caballos, lejos de sus hermanas, sola.

Sola y encendida. Justo lo que su madre les había prohibido estar.

—Reúne a los hombres —dijo Ròric al fin, abriendo los ojos—. A todos, y manda recado a los clanes que me deben favores; quiero números, no escaramuzas. Vamos a hacerle a esa costa una visita.

—¿Cuándo, mi señor? Está bien guardada. El laird ha doblado la guardia, y tiene de cuñados a Ironhold y a Dùn Lorne.

—Lo sé. —Ròric se levantó, despacio, y se acercó al fuego que no calentaba—.

Por eso no iremos aún. Un hombre que ha aguardado veintidós años puede esperar unos meses más.

Esperaremos a que el laird se confíe. A que baje la guardia.

A que se vaya. —Sonrió al cabo, y fue lo más frío que había en aquel salón frío—, y le daremos una razón para irse.

A los hombres como ese, que se ganan la vida moviendo caballos, siempre se les puede ofrecer un trato que no sepan rechazar.

Conozco a su clase: vive de comprar barato y vender caro, y un hombre así no puede dejar pasar un buen negocio aunque lo huela raro.

La codicia es la más vieja de las cerraduras, y nunca me ha fallado la llave.

Le haremos llegar la oferta de su vida, lejos, en el sur, con prisa y con plazo corto.

Querrá no ir. Irá igual, porque los hombres como él no saben quedarse quietos viendo pasar el oro, y el día que ponga un pie fuera de esos muros, su mujer dejará de contar con un marido con espada y le quedará solo un viento que, con una venda en los ojos, no le servirá de nada.

Cuando esté lejos, entraremos, y esta vez —añadió, con la misma calma seca de siempre—, esta vez me llevaré lo que es mío. Con los ojos bien tapados.

El jinete se estremeció, y no de frío. Había servido a Ròric Cinaed muchos años y le había visto ordenar cosas terribles sin que se le moviera un músculo de la cara, pero aquella calma con que aquel hombre hablaba de llevarse viva y ciega a su propia sobrina le revolvió algo que creía ya muerto de tanto servir en Dùn Chreag.

No abrió la boca, claro; a su señor no se le decía nada.

Se limitó a inclinarse y a salir a cumplir las órdenes, dejando a Ròric a solas con su fuego mezquino y su paciencia de piedra, saboreando, después de veintidós años, tener por fin la última pieza del rompecabezas en la mano.

Fuera de Dùn Chreag, el viento del norte aullaba contra la piedra negra, frío y sin dueño, muy distinto del viento del oeste que dormía aquellas noches, manso y feliz, a los pies de la cama de una mujer que no sabía que su tío acababa de pronunciar su sentencia en voz baja, en la oscuridad del norte.