XXII
Isla tardó dos semanas largas en rehacerse, y otras dos en volver a galopar al alba, y durante todo aquel tiempo el viento de Dunvara anduvo raro y callado, como un caballo que se recupera de una carrera demasiado dura.
Ella lo notaba apagado dentro de sí, dócil, lento en responder, y aunque no se lo dijo a Grant para no preocuparlo, le asustó: era la primera vez en su vida que el don no acudía entero cuando lo llamaba.
Regresó poco a poco, como vuelven las fuerzas a un convaleciente.
Pero algo había cambiado, y los dos lo sabían sin nombrarlo: el don tenía fondo, y ella había visto el fondo.
Lo que no se apagó, sino todo lo contrario, fue lo que había entre ellos.
Porque hay una clase de intimidad que solo nace de haber estado a punto de perderse, y Grant e Isla la conocieron aquellas semanas.
Él, que la había sostenido inconsciente al borde de un acantilado y la había velado tres días, ya no sabía ni quería esconder lo que sentía; la cuidaba con una ternura abierta, sin la armadura de antes, llevándole el caldo él mismo, leyéndole en voz alta —fatal, porque leía como un carro por un camino de piedras— para entretenerle las horas de cama, y ella, que toda la vida se había empeñado en no necesitar a nadie, se dejó cuidar por primera vez sin sentir que perdía nada, descubriendo que dejarse sostener por la persona adecuada no era rendirse, sino otra forma de ser fuerte.
Fueron, a su manera tranquila, las semanas más dulces que habían tenido.
Sin la urgencia del deseo no consumado de los primeros tiempos, sin la armadura de los celos ni el peso del secreto guardado, lo que quedó entre ellos fue algo más sereno y hondo: la compañía de dos personas que ya no se estaban midiendo.
Grant le confiaba cosas de su infancia que no había contado a nadie; Isla le enseñaba a leer las orejas de un caballo y se reía de lo mal que se le daba a un hombre capaz de comprarlos, pero incapaz de hablarles.
Paseaban al atardecer por el patio, ella del brazo de él para disimular que aún le flojeaban las piernas, y el clan los miraba pasar y sonreía, porque no hay nada que una más a la gente sencilla que ver felices a los que la gobiernan.
Beathag, que jamás lo habría reconocido en voz alta, empezó a poner flores en la sala de mapas, y la vieja Mòrag sentenció, ante todo el que se dejaba, que aquella era ya otra casa muy distinta de la de un año atrás, y que no había mejor medicina para un castillo viejo que una señora que supiera querer.
La noche en que volvió a sentirse ella misma otra vez, Isla no esperó a cruzar ningún pasillo.
Grant había bajado a apagar el candil de la mesa y a atrancar la ventana, dándole la espalda, cuando ella se levantó de la cama. Se volvió para reñirla —aún no debía hacer esfuerzos—, y se encontró a Isla de pie, descalza, mirándolo con una intensidad que no tenía nada de convaleciente.
—Aún estás débil —empezó él.
—Estoy viva —lo corrigió ella—. Que es distinto, y llevo tres días muerta y dos semanas en una cama sin ti, y se me ha metido en la cabeza una idea que no me deja dormir.
—¿Cuál?
—Que estuve a punto de irme sin haberte soltado en voz alta lo que tú me dijiste. —Dio un paso hacia él, y esta vez el viento, recuperado del todo, se levantó con ella—, y que no pienso volver a dejar nada importante en el aire. Por si acaso. Una aprende.
Grant abrió la boca para protestar otra vez, por costumbre, por ese médico interior que le decía que ella aún no estaba para esfuerzos.
Pero la miró —de pie, descalza, pálida todavía, pero entera, con el mechón blanco brillándole en la sien a la luz del candil y los ojos verdes encendidos de una decisión que él conocía bien— y comprendió que no había en toda Escocia argumento capaz de mover a aquella mujer cuando ponía esa cara.
Cerró la boca. Cruzó la habitación, y dejó de discutir.
Lo que vino después no se pareció en nada a la primera noche.
Aquella había sido descubrimiento, y risa, y el alivio de quitarse el miedo a algo.
Esta fue otra cosa: fue dos personas que se habían asomado al borde de perderse y habían vuelto, reclamándose con una urgencia y una hondura que no necesitaban palabras, aunque esta vez sí las hubo.
Isla las dijo, todas, sin esconderlas en mitad de nada, igual que se las había exigido a él en el lecho: te quiero, repitió, te adoro, idiota callado, hombre imposible que talla pájaros y hornea tortas, te amo como no creí que se pudiera amar a nadie, y si vuelvo a caer de un acantilado pienso agarrarme a esto, y Grant, que era de pocas palabras, le contestó con las suyas, las justas, las verdaderas, y con todo lo demás que no cabía en ninguna palabra.
Y si la primera vez Isla había descubierto que aquello podía ser, además de intenso, divertido, esta vez aprendió algo más serio: que entregarse entera a alguien no era perderse, como había temido toda la vida, sino lo contrario.
Que existía una manera de ser de otro que la hacía más ella, no menos.
Llevaba veintidós años confundiendo la libertad con la soledad y el no necesitar a nadie con la fuerza, y aquella noche, en brazos de su marido, con el viento feliz golpeando los postigos, entendió por fin la diferencia, y se preguntó cómo había podido vivir tanto tiempo sin saberla.
Después, en la oscuridad, con el viento de ella soplando manso y feliz por toda la alcoba, permanecieron mucho rato sin dormir, enredados, hablando en susurros de cosas pequeñas —del barco, de los críos, de un potro nuevo, de cómo iban a llamar al mechón blanco de Isla cuando los nietos preguntaran—, entregados a eso que hacen los amantes que ya no tienen prisa: construir, ladrillo a ladrillo y en voz baja, un futuro que dan por seguro.
Isla le habló aquella noche, por primera vez sin que se le encogiera el estómago, de tener hijos.
De cómo, según la ley de la sangre, parir traspasaría el viento a la criatura y la dejaría a ella vacía del don para siempre; y de cómo, para su propia sorpresa, la idea ya no la asustaba, sino que casi la aliviaba.
«Sería libre», dijo en la oscuridad. «Por fin una MacLeod sin el peso, y nuestro hijo lo llevaría, y nosotros le enseñaríamos a no tenerle miedo, como nadie nos enseñó a nosotras».
Grant la escuchó, la abrazó más fuerte y no dijo lo que le rondaba: que un crío con el viento de Isla sería justo lo que cierta gente del norte llevaba generaciones buscando, y que habría que protegerlo igual que la protegían a ella.
Pero aquella noche no quiso pensar en el norte.
Prefirió imaginar solo un futuro con una cuna en un rincón de la alcoba, y se durmió con esa imagen, que era, descubrió, lo más parecido a la felicidad que había sentido jamás.
Y durante unas pocas semanas, aquel futuro lo fue.
Hubo un tiempo —corto, dorado, el más feliz de la vida de los dos— en que Dunvara entera pareció exhalar y relajarse.
La señora se recuperó del todo. El barco creció en la cala hasta parecerlo de verdad.
Los esponsales de invierno dieron paso a una primavera temprana y verde, y el clan, que adoraba a Isla y tenía a su laird sonriendo por primera vez en años, vivió aquellas semanas al modo de los buenos tiempos: sin saber que lo eran, dándolos por descontados, gastándolos sin contarlos.
Hubo tardes de sol temprano en las lomas, con Isla enseñando a montar a una nueva tanda de críos y Grant fingiendo repasar cuentas mientras en realidad la miraba.
Hubo un mercader del sur que se marchó maravillado de lo que pagaba por unos caballos que llegaban, dijo, «como traídos en volandas» —y los dos se rieron de aquello hasta que les dolió la tripa, porque era justo lo que ocurría—.
Una de aquellas tardes volvieron juntos al acantilado, al sitio donde había empezado todo y donde había estado a punto de acabar.
Isla se acercó al borde —menos que antes, que algo había aprendido— y Grant se quedó a su lado, mirando los dos el mar que un día casi se la había tragado.
—¿Sabes qué es lo más raro? —preguntó ella—. Que no le tengo miedo. Debería. Casi me mata, y sigue siendo mi sitio favorito del mundo.
—Es porque aquí te vi hacer lo imposible —contestó Grant, rodeándola con el brazo—, y porque aquí te recogí. Para mí también es el sitio favorito, y por las mismas razones que tú: aquí estuve más cerca de perderlo todo y más cerca de salvarlo. A veces es el mismo sitio.
Guardaron silencio, mirando volar a las gaviotas sobre el abismo, sin sospechar que aquel acantilado no había terminado todavía con ellos.
Que faltaba un capítulo por escribir, el más sangriento de todos, y que la próxima vez que Isla se plantara en aquel filo no habría treinta caballos en juego, sino un ejército.
Solo Grant, de tarde en tarde, subía a las almenas al anochecer y miraba el norte.
Habían llegado cartas de Ironhold y de Dùn Lorne: Lachlan y Caden tomaban el aviso en serio, doblaban sus propias guardias, preguntaban detalles, prometían venir si hacía falta.
Eso lo tranquilizaba a medias. Lo que le quitaba el sueño era el silencio.
Desde el aviso del buhonero, no había vuelto a oírse nada de los jinetes sin tartán.
Habían dejado de preguntar. Ya no se los veía por la costa, y Grant MacRhane, que era hombre de leer tormentas, sabía que cuando el viento amaina de golpe y los pájaros callan, no es que la tormenta se haya ido. Es que está justo encima.
No se lo dijo a Isla. No quería robarle ni un día de aquella primavera dorada, que bien sabía Dios que se la habían ganado los dos.
Pero empezó a dormir peor, a despertarse antes del alba, a recorrer las murallas a horas en que no había nada que vigilar.
Beathag, que lo conocía desde niño, lo veía pasar embozado en la oscuridad y no le preguntaba; solo le dejaba, al volver, un cuenco de caldo caliente junto a la puerta, que era su modo de decirle que no estaba tan solo en su vigilia como suponía, y una de esas madrugadas, mirando hacia el norte invisible, se descubrió a sí mismo —el hombre que no creía en nada— rogando que la tormenta que sentía venir tardara solo un poco más.
Un poco más. Lo justo para que duraran las flores.