XXI
Isla durmió tres días. Tres días en que no fue sueño, sino algo más hondo y quieto, una ausencia de la que ni la fiebre la sacaba; tres días en que el clan entero anduvo de puntillas y habló en susurros, como se hace en una casa donde alguien se está jugando la vida.
Grant no se movió de su lado. No durmió en cama, no comió en la mesa, no atendió un solo asunto del clan que no le llevaran a la puerta de la alcoba.
Se sentó en una silla junto al lecho, le tomó la mano fría entre las suyas, y permaneció allí, hora tras hora, vigilando el sube y baja de su pecho con aquella lentitud aterradora, como quien cuida una vela en una corriente de aire.
Beathag le subía caldo que él no tocaba.
Los críos del clan dejaban en la puerta cosas absurdas y conmovedoras —una flor, un caballito de madera, un dibujo— para que la señora se pusiera buena.
La vieja Mòrag entraba dos veces al día a frotarle a Isla las sienes con no se sabía qué ungüento y a murmurar oraciones en un gaélico tan viejo que ni Grant lo entendía, y abajo, en las cuadras, las treinta yeguas y potros que ella había salvado comían y dormían y vivían, ajenos a la mujer que se moría despacio por haberlos apartado del borde.
El primer día, el miedo fue callado. El segundo, cuando la fiebre subió y la respiración de Isla se volvió un hilo, el miedo se hizo grande y se extendió por el castillo como el frío por una casa sin lumbre.
Beathag mandó preparar, por si acaso y sin decírselo a nadie, las cosas que se aprestan cuando una casa teme un duelo, y luego se odió por ello y lo deshizo todo.
Los guerreros, que no sabían rezar, bajaban a la capilla de Sìneag a quedarse de pie, torpes, sin saber dónde poner las manos.
Tam, el crío que había aprendido a montar se negó a comer hasta que la señora sanara, y hubo que prometerle que lo haría.
Nadie en Dunvara recordaba haber querido tanto, y tan deprisa, a alguien venido de fuera, y nadie se atrevía a imaginar el castillo sin ella.
Grant le hablaba. Era lo único que se le ocurría, a aquel hombre que jamás abría la boca.
En la madrugada del segundo día, cuando hasta Mòrag se había ido a dormir y solo quedaban él y la respiración de Isla y el candil, Grant le soltó en voz baja todas las cosas que llevaba un invierno tallando en cuero en lugar de decir.
Le habló de la feria, de la primera vez que la vio reírse de él.
Le contó lo de la cabezada de vencejos. Le detalló, como un idiota, los progresos de la quilla del barco, por si lo oía, y en algún momento de aquella madrugada, Grant MacRhane, que no había rezado en su vida y que despreciaba a quien lo hacía solo por miedo, se sorprendió negociando en voz baja con el dios en el que no creía.
No le pidió un milagro; no era hombre de pedir lo imposible.
Le ofreció tratos, como se los ofrecía a los compradores de caballos.
Llévate los barcos, dijo. Llévate la cosecha, las cuadras, los años que me queden.
Cóbrate en mí lo que necesites. Pero a ella déjamela, y si no puedes hacer ni eso, al menos no dejes que se vaya creyendo que no se lo confesé a tiempo, y al final, con la voz rota y la frente apoyada en la mano fría de ella, le repitió las tres palabras que le había dicho en la tormenta cuando ella no podía oírlas, y que pensaba seguir diciéndole hasta que las oyera, aunque tuviera que decírselas a una mujer dormida el resto de su vida.
Isla despertó al amanecer del tercer día.
No fue dramático. Abrió los ojos, despacio, los fijó en el techo, y luego en Grant, que se había quedado traspuesto con la cabeza sobre el borde del lecho, y lo primero que hizo Isla MacLeod, recién regresada de dondequiera que hubiera estado, fue sonreír con un hilo de fuerza y susurrar, con un hilo de voz:
—Me debes una montura nueva. La torda y yo casi nos matamos por tus caballos.
Grant levantó la cabeza de sopetón. La miró, y por segunda vez en una semana, aquel hombre de piedra se deshizo: le tomó la cara entre las manos, le tocó la frente, las mejillas, los labios, como para asegurarse de que era real, y dijo su nombre dos veces, tres, con una voz que no le había oído nunca.
—Estás aquí —dijo, idiota de alivio—. Estás aquí.
—Más o menos. —Isla intentó incorporarse y no pudo; estaba vacía, hueca, como un odre del que se ha sacado todo el vino—. ¿Los caballos?
—Todos vivos. Hasta el último potro. —Grant la ayudó a recostarse mejor—. No vuelvas a hacerlo nunca. Júramelo.
—No puedo jurarte eso y lo sabes. —Isla buscó su mano—. Pero te oí, ¿me entiendes? En la tormenta. Antes de caer. Te oí decírmelo.
A Grant se le cortó la respiración.
—No lo dije para que lo oyeras.
—Lo sé. Por eso te creo. —Isla sonrió, exhausta y luminosa—. Dilo ahora. A propósito. Despierta. A ver si eres tan valiente como dicen.
Y Grant MacRhane, laird de Dunvara, hombre que consideraba un derroche cualquier frase larga, miró a su mujer a los ojos y dijo, despacio, sin esconderlo en mitad de ninguna otra cosa, sin tallarlo en cuero ni hornearlo en miel:
—Te quiero, Isla. Te quiero desde una feria, y no he hecho más que quererte más cada día desde entonces, y el otro día, viéndote caer, comprendí que prefería perder todos los caballos de Escocia, este castillo y mi propio nombre antes que perderte a ti.
Ya está dicho. A propósito, y despierto. ¿Contenta?
—Mucho —susurró Isla, y se le llenaron los ojos—. Yo también. Por si no quedaba claro.
La noticia de que la señora había despertado corrió por Dunvara antes de que el sol estuviera del todo alto, y el castillo entero, que llevaba tres días en susurros, exhaló a la vez.
Beathag entró con caldo y los ojos rojos y fingió que era por el humo de la cocina.
Mòrag declaró que sus oraciones en gaélico viejo habían sido decisivas y que más le valía a nadie discutírselo, y en la puerta de la alcoba fue apareciendo, a lo largo de la mañana, media docena de críos descalzos a los que Beathag dejaba asomarse de uno en uno para comprobar con sus propios ojos que la señora estaba viva; el primero, Tam, que entró muy serio, la miró un buen rato y luego anunció, con el alivio brutal de la infancia, que entonces ya podía volver a comer.
Fue al pasarle Grant la mano por el pelo, después, cuando lo notaron los dos.
Un mechón, justo sobre la sien derecha, había perdido todo su color.
Donde antes había rubio rojizo, ahora había una franja de blanco puro, blanco plata, blanco como el viento de invierno.
La marca de lo que había dado aquella noche.
No volvería a teñirse nunca; se la llevaría a la tumba, muchos años después, como una medalla que solo ellos dos sabrían leer.
Isla se lo miró en el reflejo de una jofaina, se lo tocó, y se rio sin ganas.
—Un dedo de vida —musitó—. Eso vale. Lo decía mi madre. Salvar treinta caballos me ha costado un dedo de vida y un mechón de pelo. Ha sido barato, viéndolo así.
Lo dijo ligera, porque así era ella, pero por dentro la recorrió un escalofrío que no enseñó.
Porque recordaba la sensación de aquel instante en el filo: el momento en que sostener el viento un segundo más había dejado de exigirle esfuerzo para empezar a costarle algo más hondo, algo que se vaciaba de ella hacia el aire sin que pudiera pararlo.
Recordaba, nítido y terrible, lo fácil que habría sido seguir entregando.
No parar. Vaciarse por entero. El don no avisaba de dónde estaba el fondo: una lo descubría cuando ya lo había tocado, y eso, más que el mechón blanco, era lo que no pensaba contarle a Grant.
Pero Grant no se rio. Porque Grant, que era hombre de cuentas, había hecho ya la cuenta que a Isla, todavía aturdida, se le escapaba.
Si apartar treinta caballos de un borde valía tres días entre la vida y la muerte y un mechón blanco, ¿qué le costaría lo de verdad grande?
¿Lo que ella misma había anunciado en las almenas, dos noches atrás, que un día tendría que dar entero?
Grant miró el mechón blanco de su mujer, después la ventana y el norte invisible, y archivó aquella cuenta donde guardaba las cosas que le quitaban el sueño.
No dijo nada. Pero a partir de aquel día, doblar la guardia le pareció poco, y empezó a pensar, por primera vez, no en cómo proteger a Isla de la sombra del norte, sino en cómo asegurarse de que jamás, bajo ningún concepto, se viera ella obligada a dar el viento entero.
Empezó a hacer planes de hombre de números aplicados al miedo.
Si la sombra venía, pensó, habría que pelear de manera que Isla no tuviera que usar el don: a acero, con hombres, con muros, con los cuatro clanes juntos.
El viento sería el último recurso, no el primero.
Se lo dijo incluso a ella, una de aquellas noches: «Si algún día vienen, tú no haces nada.
Para eso tienes un marido con espada, dos cuñados con ejércitos y un padre con más rencor guardado que sentido común.
El viento se queda en su sitio. ¿Entendido?
». E Isla le dijo que sí, y los dos sabían que mentía, porque si llegaba el momento, Isla MacLeod no iba a quedarse mirando mientras mataban a los suyos, aunque le fuera la vida en ello.
Pero les vino bien a los dos fingir que se lo creían.
Ignoraba, el pobre, que el norte había pensado en lo mismo, y que llevaba ventaja.
Porque mientras Grant urdía cómo evitar que Isla tuviese que usar el viento, muy al norte, en una sala fría que olía a piedra mojada y a siglos de espera, otro hombre paciente, con la sangre cansada de tanto aguardar, urdía justo lo contrario: no cómo impedir que ella usara el don, sino cómo robárselo, y a diferencia de Grant, él sí sabía cómo.
Lo había hecho ya con otras mujeres, en otras torres, a lo largo de demasiados años: le constaba que la luz se apaga sola en cuanto los ojos dejan de verla.
Solo le faltaba acercarse lo suficiente para contemplar aquel fuego con sus propios ojos, y para eso, un hombre tan paciente como él sabía esperar el momento exacto.