XX
La tormenta llegó al día siguiente, con la tarde, y fue peor de lo que ni el más viejo de Dunvara recordaba.
No fue una tormenta normal. El cielo se puso negro a mediodía, como si alguien hubiera echado una manta sobre el mundo, y el viento del noroeste arreció hasta convertirse en un muro sólido que tumbaba a un hombre si lo pillaba de costado.
El mar se levantó en montañas de agua que reventaban contra los acantilados lanzando espuma hasta lo alto del castillo, y luego empezó la lluvia, horizontal, furiosa, una lluvia que no caía, sino que atacaba.
Los relámpagos abrían el cielo negro en grietas blancas, y el trueno llegaba pisándoles los talones, tan cerca y tan hondo que se sentía en el pecho antes de oírse con los oídos.
Los árboles del patio se doblaban hasta tocar el suelo; una contraventana mal atrancada salió volando y se hizo astillas contra un muro.
En las cuadras, los caballos chillaban —ese relincho agudo y horrible de la bestia aterrorizada— y coceaban las puertas.
Era el tipo de noche en que los viejos se santiguaban y hablaban en voz baja de castigos divinos, y en que hasta los hombres que no creían en nada sentían el impulso antiguo de buscar techo y compañía.
Grant, que llevaba toda la vida leyendo el tiempo de aquella costa, supo en cuanto vio el color del cielo que se les venía encima algo capaz de arrancar tejados y hundir barcos, y dio las órdenes de costumbre: meter el ganado, atrancar los postigos, asegurar el cobertizo de la cala donde dormía la quilla del primer barco.
Pero se le olvidó —y aquello iba a perseguirlo el resto de su vida— que la yeguada de cría, las madres preñadas y los potros del año, el futuro entero del clan, seguían en las lomas altas del sur. Junto al acantilado.
Fue Tormod quien dio la voz de alarma, llegando al patio empapado y blanco como un muerto, gritando contra el viento que la yeguada se había desbocado, que el trueno los había vuelto locos, que el muro de caballos enteros galopaba ciego de pánico lomas abajo en la única dirección que tenían libre.
Hacia el borde. Hacia los cien metros de caída a plomo sobre las rocas.
Grant no recordaría nunca, después, haber decidido montar.
Solo se vería ya a caballo, bajo el agua, espoleando hacia el sur con media docena de hombres detrás, sabiendo con una certeza fría y matemática que no llegarían a tiempo.
Los caballos resbalaban en el barro, aterrados ellos mismos por la tormenta, negándose a avanzar contra el muro de viento; Grant clavaba los talones y maldecía y rezaba a la vez, y la loma del sur, que en un día seco se cruzaba en minutos, se había vuelto una cuesta interminable de lodo y agua negra.
Calculaba sin querer, con la frialdad espantosa de su cabeza de números: treinta cabezas, puede que más, a galope tendido, cien varas de loma hasta el borde, seis hombres exhaustos en monturas asustadas.
La cuenta daba siempre lo mismo. No llegaban.
Iban a coronar la loma justo a tiempo de ver caer al vacío treinta años de trabajo, y a no poder hacer nada salvo mirar.
Eran demasiados caballos, demasiado asustados, demasiado cerca del borde.
Iban a perderlos a todos. Treinta años de cría, la sangre mejor de Escocia, el futuro de Dunvara, despeñándose en la tormenta, y no había nada, nada, que seis hombres a caballo pudieran hacer contra el pánico de una manada.
Lo que Grant no sabía —lo que descubrió al coronar la loma con el corazón en la boca— era que Isla había salido antes.
La vio recortada contra el cielo negro, en el filo mismo del acantilado, allí donde él le había suplicado un día que no se acercara.
Había llegado primero, a pelo sobre la torda, y se había plantado entre la manada enloquecida y el abismo.
Una mujer sola, menuda, frente a un muro de media tonelada de músculo y miedo que cargaba directo hacia ella y hacia el vacío que tenía a la espalda.
Grant gritó. El viento se tragó su grito.
Y entonces Isla levantó los brazos.
Lo que pasó después, Grant no lo entendería jamás del todo, aunque viviera cien años para contarlo.
El viento —el viento monstruoso de la tormenta, el que tumbaba a los hombres— se dobló.
No amainó: cedió, como cede una barra de hierro al rojo, obedeciendo a aquella mujer plantada en el filo.
Toda la furia del temporal, que venía del mar hacia tierra, giró de pronto noventa grados y se convirtió en una pared de aire que golpeó a la manada de costado, de frente, deteniéndola.
El cambio ocurrió en el propio cuerpo de Grant: el viento que un instante antes le tumbaba el caballo cesó de repente en torno a él, como si toda aquella fuerza monstruosa hubiera sido recogida por una mano y arrojada en otra dirección.
El aire aulló. La lluvia misma se dobló en el aire, dibujando la forma de aquel muro invisible, y los caballos, treinta bestias enloquecidas de media tonelada cada una, que galopaban ciegas hacia su muerte, chocaron contra algo que no podían ver, se encabritaron, relincharon y empezaron a virar, todos a una, como una sola criatura, apartándose del abismo.
Isla movía los brazos despacio, con un esfuerzo visible, como quien arrastra algo enorme y reacio cuesta arriba, y la manada entera obedeció a sus brazos, lomas adentro, a salvo, y la manada entera giró con ellos, apartándose del borde, volviéndose lomas arriba, salvándose.
Grant detuvo su caballo, incapaz de avanzar contra aquel viento imposible, y miró a su mujer obrar lo que ningún ser humano debería ser capaz de hacer: domar una tormenta con las manos para salvar unos caballos.
Y entonces la vio tambalearse.
Fue un instante. La manada ya estaba a salvo, alejándose del abismo, pero Isla siguió un segundo de más sosteniendo el viento, asegurándose, y aquel segundo de más le costó lo que tenía que costarle.
La cara se le puso blanca de golpe, blanca como el papel, blanca como Sìneag en la cama.
Los brazos le cayeron. Las rodillas se le doblaron, y Grant supo, con un horror que le paró el corazón, hacia qué lado iba a desplomarse.
Hacia el borde.
Después no hubo pensamiento. Hubo solo Grant MacRhane bajando del caballo antes de que el caballo parara, corriendo por el barro y la lluvia con una velocidad que no gastaba desde joven, como jamás lo había hecho por nada en toda su vida, contra la promesa de no llegar tarde que había jurado sobre una tumba a la que acudió tarde.
La lluvia no le llegaba. Ni el barro que lo hundía a cada zancada ni el viento que aún no había amainado por completo.
Solo existía la distancia, que no se acortaba lo bastante deprisa, y el cuerpo blanco que se vencía hacia el borde a cámara lenta, mientras una voz fría dentro de su cabeza le decía, con la misma crueldad con que le decía las cuentas, que no iba a llegar, que iba a verla caer a tres pasos de su mano, que el destino tiene un sentido del humor atroz.
El mundo se redujo a la distancia entre su mano y el cuerpo que caía.
Diez pasos. Cinco. El borde estaba allí mismo, las rocas y el mar rugiendo cien metros más abajo, e Isla resbalaba ya hacia el vacío, inconsciente, sin viento que la sostuviera porque el viento se había gastado en salvar a otros.
Grant llegó.
La agarró por la muñeca cuando ya tenía medio cuerpo sobre el abismo, y el tirón estuvo a punto de llevárselos a los dos, y clavó las botas en el barro y tiró hacia atrás con toda la fuerza de un hombre que se niega, que se resiste en redondo, a llegar tarde dos veces.
Cayeron los dos hacia tierra firme, lejos del borde, él de espaldas en el barro y ella encima, floja, sin sentido, fría.
Grant la abrazó contra el pecho bajo la lluvia que los azotaba, le buscó el aliento en los labios, en el pecho, y por un instante eterno y atroz no encontró nada, y creyó que el norte le había ganado sin haber llegado siquiera, que el precio que Isla le había explicado a oscuras —un dedo de vida cada vez, y un uso grande que mata— se lo había cobrado el destino delante de sus narices, en una tormenta, por un puñado de caballos.
Y entonces ella tosió. Un hilo de aliento, débil, pero aliento. El pecho le subió, una vez, despacio.
Grant MacRhane, que no había derramado una lágrima ni en el entierro al que llegó tarde, lloró allí, en el barro, en mitad de la peor tormenta que recordaba la costa, con su mujer viva pero apenas viva entre los brazos, y el viento —el viento de ella, ahora manso y agotado como su dueña— amainando poco a poco a su alrededor, como si también él hubiera dado todo lo que tenía.
La llamó por su nombre, una vez, otra, y ella no respondió; solo aquel hilo de aliento que subía y bajaba, demasiado lento, demasiado frágil, como una vela a punto de apagarse.
Tenía los labios sin color y la piel fría como el agua de lluvia, y pesaba, entre sus brazos, menos que nunca, como si de veras hubiera dejado una parte de sí misma allá arriba, repartida entre treinta caballos que jamás sabrían lo que les había costado seguir vivos.
La levantó del suelo y la llevó hacia el castillo a través del temporal, apretándola contra él, repitiéndole al oído cosas que ella no podía oír, entre ellas, por fin, sin testigos y sin que sirviera de nada, las tres palabras que ninguno de los dos había sabido decirse a tiempo.
Detrás, las yeguas y los potros, todos vivos, bajaban solos hacia las cuadras, ajenos a lo que le había costado a una mujer que no volvieran a galopar nunca.
En el patio, cuando Grant cruzó el portón con ella en brazos, calado hasta los huesos y blanco de espanto, el clan entero salió a la lluvia sin que nadie lo llamara, y Beathag, al ver la cara del laird y el cuerpo flojo de la señora, se llevó la mano a la boca y empezó, en voz muy baja, a rezar.