El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XIX
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XIX

Hubo, en los días que siguieron al aviso del buhonero, una calma rara en Dunvara, la calma tensa de una casa que se prepara para algo sin saber cuándo llegará.

Grant cumplió todo lo que había dicho: dobló la guardia, mandó jinetes con cartas a Ironhold y a Dùn Lorne, puso a dos hombres callados a seguir a Isla de lejos cuando salía a galopar, y, cumplido todo lo práctico, las noches se les llenaron de ese silencio compartido de los que tienen mucho que decirse y no saben por dónde empezar.

Una de aquellas noches, Isla no podía dormir y subió a las almenas, su sitio de siempre cuando el viento la desvelaba.

No tardó en oír los pasos de Grant tras ella.

Ya no la seguía solo para saber dónde estaba; iba tras ella porque, descubría él, dormía mal sin el ruido de su respiración cerca.

Permanecieron los dos acodados en el parapeto, mirando el mar negro bajo un cielo cargado de estrellas, con el viento de ella envolviéndolos sin frío.

La noche estaba quieta de una manera engañosa, esa quietud densa que a veces precede a lo peor.

Abajo, en el patio, se oía el chapoteo de la guardia doblada haciendo la ronda; en las cuadras, algún caballo inquieto coceaba la madera.

Dunvara entera parecía contener el aliento.

Isla había aprendido, en aquellos meses, a descifrar los silencios de su marido tan bien como él leía su viento, y aquel no era de los cómodos.

Era de los que guardan algo. Llevaba semanas notándolo, desde la noche de las velas: una puerta entornada en Grant que no terminaba de abrirse, una habitación a la que él no la había dejado entrar todavía, y decidió, plantada en el parapeto con el mar a sus pies, que ya iba siendo hora de llamar a esa puerta, aunque doliera.

E Isla, que llevaba semanas rondando la pregunta, la hizo al fin.

—Háblame de Sìneag.

Grant no se tensó, como ella temía. Tardó un poco, eso sí, como siempre que sacaba las cosas de donde las guardaba.

—Era buena —dijo al cabo—. Callada. Buena de la manera tranquila, no de la tuya, que es buena a gritos y trepando a los árboles.

Nos casaron de jóvenes, como se hace con los lairds , por tierras y por sangre, y nos fue bien.

Le tenía cariño. Mucho. Nunca discutíamos.

—Hizo una pausa, y en aquella pausa Isla entendió, antes de que lo dijera, lo que iba a decir—.

Pero nunca, en ocho años, me hizo reír como tú la primera noche.

Eso lo he pensado mucho, y me ha dado vergüenza pensarlo, porque parece una traición.

Pero es verdad. Con Sìneag estaba en paz.

Contigo estoy vivo. No es lo mismo, y tardé en perdonarme por preferir lo segundo.

Isla no dijo nada. Sabía cuándo callar.

—Lo peor —siguió él, sin dejar de mirar el mar— no fue que muriera.

La gente se va. Lo peor fue darme cuenta, después, de que en ocho años no la había conocido de veras.

Sabía sus costumbres, sus silencios, lo que le gustaba comer.

Pero nunca le pregunté a qué le tenía miedo, ni con qué soñaba, porque nunca se me ocurrió que hiciera falta.

Vivíamos al lado, no juntos, y cuando se fue, me quedó la sensación de haber enterrado a una desconocida con la que había compartido cama ocho años.

—Apretó los labios—. Eso es lo que de verdad me juré no repetir.

Por eso te sigo. Por eso te pregunto las cosas, aunque me cueste, que ya sabes que las preguntas no son lo mío.

No pienso volver a enterrar a nadie y descubrir, demasiado tarde, que ignoraba a qué le tenía miedo.

—La fiebre se la llevó en tres días —siguió Grant, con la voz más plana, la voz que usaba para lo que más le dolía—.

Yo estaba en una feria del sur, vendiendo caballos.

Para cuando un jinete me alcanzó con la noticia y volví reventando dos monturas, ya la habían enterrado.

No le sostuve la mano. No le dije adiós.

Llegué tarde y a oscuras, como llego siempre a lo que importa.

—Apretó la mandíbula—. Me juré dos cosas en aquel entierro al que no acudí a tiempo.

La primera, no querer nunca más nada que se pudiera perder, porque dolía demasiado.

La segunda, que si alguna vez rompía aquella promesa, no volvería a llegar tarde.

Nunca más. —La miró—. La primera la rompí en una feria, por una mujer que se rio de mí.

La segunda pienso cumplirla, aunque me cueste la vida.

A Isla se le cerró la garganta. Comprendió, de golpe, mil cosas pequeñas: por qué la seguía de lejos sin agobiarla, por qué había doblado la guardia con aquella urgencia fría, por qué le había dicho «a ti voy a verte venir».

No era un marido controlador. Era un hombre que había llegado tarde una vez y había jurado sobre una tumba no volver a hacerlo.

—Yo también tengo miedo —confesó ella entonces, porque le pareció que él merecía una verdad a cambio de la suya—, y no del norte, no solo.

Me da miedo esto. —Hizo un gesto que los abarcaba a los dos, a Dunvara, a la noche entera—.

Toda la vida me las arreglé para no necesitar a nadie.

Era más seguro. Una no llora lo que no posee, y mírame ahora: tengo un clan que me quiere, unos críos que me esperan, un marido que me hornea tortas, y un don que cada vez que lo uso me arranca un trozo de vida que no recupero.

Soy más rica de lo que he sido nunca, Grant, y por eso, por primera vez, soy un blanco.

Todo lo que quiero es algo que pueden quitarme.

Incluida yo misma. —Tomó aire—, y hay algo más, que no le he dicho a nadie.

—Por una vez no había descaro en su voz, solo una niña asustada debajo de la mujer—.

El don crece aquí, Grant. En Dun Ailean movía hojas, espantaba pretendientes, calmaba un caballo.

Aquí enderezo velas a media legua, vuelo estandartes, apago el salón entero sin querer.

Es como si esta costa lo alimentara, y cuanto más crece, más me asusta, porque sé el precio.

Cada cosa grande que emprendo me arranca un trozo que no vuelve, y me consta que un día, si hace falta algo de verdad grande, no voy a quedarme a medias.

Me conozco. Lo daré entero. —Lo miró, y el viento le apartó el pelo de la cara—.

Esa es la parte que no te conté la otra noche.

Que el día que haga falta de verdad, a lo mejor no hay vuelta atrás.

Da miedo ser feliz cuando conoces el precio de perderlo. Tú lo sabes mejor que nadie.

Grant tardó en responder. Cuando abrió la boca, no le juró que nunca haría falta, porque no era hombre de prometer lo que no estaba en su mano cumplir. Le tomó la cara entre las dos manos, obligándola a mirarlo.

—Entonces escúchame bien. El día que de verdad haga falta algo grande, el día que pienses darlo entero, quiero estar yo allí.

No para impedírtelo: sé que no podría, y que si lo das será porque no queda otra.

Para sacarte de donde caigas. ¿Me oyes? Tú entregas el viento, y yo te recojo.

Ese es el trato. No vas a darlo sola, nunca más.

—Le temblaba un poco la voz, a aquel hombre de piedra—.

Búscame siempre con los ojos antes de empezar.

Asegúrate de que estoy, y yo te juro que estaré.

Isla asintió, con los ojos llenos de lágrimas, sin saber que aquella promesa —«búscame con los ojos antes de empezar»— iba a ser, muchos meses después y en la oscuridad, lo único que la mantuviera con vida.

Grant la rodeó con un brazo y la atrajo contra su costado, y por un rato largo no dijeron nada, los dos mirando el mar, dos personas que habían pasado la vida aprendiendo a no necesitar a nadie y que se habían rendido, cada una a su manera, al peor momento posible para rendirse.

—Entonces tendremos miedo juntos —dijo Grant al fin, que para él era una frase larguísima—. Es lo único que sé hacer con el miedo: repartirlo. Pesa la mitad cuando se carga entre dos.

Isla se rio bajito, una risa con lágrimas dentro.

Era lo más romántico que le habían dicho nunca, y salía de un hombre que consideraba un derroche cualquier frase de más de diez palabras.

«Tendremos miedo juntos». No «te protegeré», ni «no te pasará nada», ni ninguna de las mentiras grandes que dicen los hombres para tranquilizar a las mujeres.

La verdad, pequeña y compartida: tendremos miedo, pero juntos.

Se podía construir una vida entera sobre una frase así, mucho mejor que sobre cualquier promesa.

Isla apoyó la cabeza en su hombro, y estuvo a punto, allí mismo, de decirle las tres palabras que llevaba semanas tragándose.

No lo hizo. No por miedo, esta vez, sino porque le pareció que una noche tan honesta no necesitaba que la adornara nada, y que ya se lo había dicho de mil maneras sin pronunciarlo, igual que él.

El viento, eso sí, había cambiado, aunque ella no le dio importancia.

Soplaba ahora del noroeste, húmedo y cargado, empujando hacia tierra una pared de nubes negras que se comían las estrellas una a una desde el horizonte.

Olía a sal y a lluvia y a algo más, algo eléctrico y viejo que a Isla le erizó la nuca sin que supiera por qué.

—Va a haber tormenta —dijo Grant, mirando el mismo cielo—, y de las gordas. Mañana habrá que recoger la yeguada de las lomas altas antes de que se desboque.

Isla asintió, distraída, sin darle importancia.

La yeguada llevaba meses pastando arriba; se recogería por la mañana, como tantas veces.

Era una de esas frases domésticas que se sueltan y se borran, igual que «si no lo veo, no lo manejo», igual que «a un caballo con los ojos tapados se le va medio miedo».

El viento, en cambio, no la olvidó. Arreció un punto, húmedo y cargado, como si quisiera avisarla de algo que ella, abrazada a su marido bajo las estrellas que se apagaban una a una, no estaba en condiciones de escuchar.

Bajaron juntos a la alcoba y se durmieron abrazados, y el viento veló su sueño una noche más: la última, en mucho tiempo, que cuidaría algo tan sencillo como dos personas en paz.

Ninguno de los dos lo sabía todavía, pero el amanecer venía ya cargado de truenos, y tras los truenos vendrían cosas peores que ninguna tormenta. Aquella fue la última noche tranquila que conocería Dunvara en mucho, mucho tiempo.