El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XVIII
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XVIII

La sombra llegó, como asoman siempre las sombras, un día cualquiera y por la puerta de servicio.

Fue un buhonero, uno de esos vendedores ambulantes que recorren la costa con un fardo de baratijas y un saco de noticias, y que valen más por lo segundo que por lo primero.

Beathag lo hizo pasar a la cocina a calentarse, como era costumbre con los caminantes, y mientras vendía cintas y agujas fue soltando lo que había visto en los caminos, y entre el precio de la sal y la muerte de no sé qué obispo, dejó caer algo que detuvo en seco la cuchara de la cocinera.

Había hombres preguntando por la costa. Hombres a caballo, bien armados, sin tartán que los nombrara, que iban de aldea en aldea y de feria en feria haciendo preguntas.

No compraban nada. No buscaban trabajo. Solo preguntaban: por el clan MacRhane, por la fuerza de su guardia, por los caminos que llevaban a Dunvara, y, sobre todo —comentó el buhonero, bajando la voz sin saber muy bien por qué la bajaba—, preguntaban por la nueva señora.

Por la del este. Por si era verdad lo que se contaba de ella.

Por si de veras le pasaban cosas raras alrededor.

Lo dijo sin malicia, como quien repite un chisme más, sin sospechar que cada palabra caía como una piedra en un pozo hondo.

Beathag, que fregaba cerca, dejó el barreño y se paralizó.

Le preguntó al buhonero, con una calma fingida, cuándo había sido eso y por dónde.

El hombre se encogió de hombros: hacía una semana, puede que dos, en las aldeas del este, camino del interior; y eran cuatro o cinco jinetes, contó, callados, de los que pagan bien por una respuesta y miran mal si no la obtienen.

No daban nombre de clan. Pero uno de los aldeanos había jurado que hablaban con el deje cerrado del norte profundo, de más allá de las montañas, de esas tierras adonde no sube ni el ganado.

Beathag, que era de pocas palabras, pero de muchas entendederas, le puso al buhonero un cuenco de caldo, le pagó las cintas que no pensaba usar para que se quedara callado y subió ella misma, sin mandar a una criada, a contárselo a la señora.

Isla escuchó el recado de pie, en la sala de mapas, con Grant al lado, y mientras Beathag hablaba, algo se le fue helando por dentro, despacio, desde el estómago hacia arriba.

Los cuentos de Mòrag. La hoguera en el páramo de su madre.

«Hay gente vieja y paciente que nunca dejó de mirar el horizonte por si una luz ardía».

No eran cuentos. Nunca habían sido cuentos.

Eran un aviso, y le habían estado dando golpecitos en el hombro desde que llegó a aquella costa, y ella, ocupada en ser feliz por primera vez en su vida, no había prestado oídos.

Pensó en su madre tomándole la cara entre las manos la víspera de la boda.

Le volvió lo de «las que arden». Cayó en que llevaba meses encendiendo, sin querer, la hoguera más grande de su vida —el viento que enderezaba velas, que volaba estandartes, que apagaba antorchas ante un clan entero— justo en el extremo del mundo donde un cazador paciente sabría verla arder.

Se había creído a salvo por estar lejos, y estar lejos, sola, encendida y sin sus hermanas cerca era justo lo contrario de estar a salvo.

Cuando Beathag terminó y se retiró, Isla clavó los ojos en el mapa de la costa sin verlo, inmóvil, y entonces la quietud se le convirtió en otra cosa, porque el miedo, en Isla, no se estaba nunca quieto: se le agriaba en rabia, en una rabia fría y antigua contra aquel señor sin rostro del norte que se atrevía a mandar hombres a husmear por la casa donde por fin, por fin, ella había sido feliz.

No dijo una palabra. Pero todas las velas de la sala de mapas se apagaron a la vez, de sopetón, como sopladas por una boca enorme, y la puerta, que estaba entornada, se cerró de un portazo que retumbó por todo el castillo.

No fue como las otras veces, las pequeñas irritaciones que apagaban un candil o batían una contraventana.

Esta vez fue todo a la vez, brusco, casi violento, como si la rabia de Isla hubiera encontrado a la postre un blanco a su altura.

El aire de la sala le obedeció como un halcón que abre las alas a una orden muda, y por un instante —solo un instante— se asustó de sí misma, de lo grande que se había vuelto su don en aquella costa, de cuánto más podía hacer allí que en Dun Ailean.

Luego respiró hondo y lo recogió, como recogía siempre el viento, hacia dentro.

Permanecieron a oscuras, los dos, con la sola luz gris de la ventana.

Grant no se sobresaltó. No buscó la corriente, ni el porqué, ni encendió nada con prisa. Se acercó a ella en la penumbra, le puso las manos en los hombros, y dijo, en voz baja, con una calma deliberada destinada a prestársela a ella:

—La próxima vez, Isla, dímelo antes de que se apaguen las velas.

—No sé de qué hablas —replicó Isla, por puro reflejo, por la vieja costumbre de toda una vida de negar.

—Claro que sí. —Grant no la soltó—. Llevo un invierno sabiéndolo.

Desde el acantilado, y antes. Lo que ignoraba hasta hoy es de quién había que protegeros.

—Hizo una pausa, y en la oscuridad su voz se volvió más dura, no contra ella, sino por ella—.

Ahora cuéntamelo. Todo. No el viento, que eso ya lo he visto.

Lo otro. Por qué un señor del norte manda hombres a preguntar por mi mujer.

Porque no puedo defenderte de algo que no entiendo, y llevo demasiados años perdiendo a la gente a la que quiero por llegar tarde y a oscuras.

Y allí, en la sala de mapas a oscuras, con las velas muertas y la puerta cerrada y el viento gimiendo fuera, Isla MacLeod le contó por fin a su marido lo que no había confiado a nadie.

La Piedra de Ailean, adonde su madre había ido a exigir lo que le faltaba.

El pacto. La sangre antigua que pasaba de madres a hijas.

Cómo el don se repartía: una hija lo recibía entero, dos lo partían, tres una parte cada una, y por eso ella y sus hermanas tenían un elemento cada una.

Cómo parir lo traspasaba a la criatura, y por eso Fiona se había quedado sin fuego y Roselyn sin agua, y le contó lo que de verdad importaba aquella noche: que cada uso del don costaba un poco de vida, un dedo de vida, y que un uso grande podía matar; y que existía, desde tiempos de su abuela Sorcha, una vieja sangre de cazadores del norte que conocía estos dones y que llevaba generaciones intentando hacerse con ellos, o borrarlos del mundo, sin que nadie supiera bien para qué.

Le contó que a su abuela Sorcha la habían tenido presa de joven, años enteros, justo por lo que era, hasta que logró escapar embarazada de la madre de Isla, y le repitió la última advertencia de Margaid, la que entonces no entendió y ahora le helaba los huesos: que no usaran jamás las tres hermanas el don a la vez, y que nunca se quedaran solas y encendidas.

«Yo soy ahora las dos cosas», dijo en la oscuridad, con una voz que no le sonó a la suya.

«Estoy sola, y no he hecho más que arder desde que pisé tu costa».

Grant la escuchó entero, en la oscuridad, sin interrumpir ni una vez, archivando como todo lo demás. Cuando ella terminó, no soltó ninguna tontería. Ni «no pasará nada» ni «son solo rumores». Dijo, sin adornos:

—Bien. Ahora ya sé contra qué. —Encendió al cabo una vela, y su cara a la luz nueva era la de un hombre que acaba de tomar una decisión y no la revisará—.

Vais a seguir galopando al alba, porque sois vos y no pienso recortaros.

Pero a partir de mañana, dos hombres irán tras vos de lejos siempre que salgáis de estos muros, os guste o no.

Doblo la guardia. Mando aviso a vuestro padre y a vuestros cuñados, que de estas cosas entienden más que yo.

Lachlan MacThane se enfrentó a una sombra parecida en su día; sabrá qué buscar, y Caden conoce los pasos de esta costa mejor que nadie.

No estamos solos en esto, Isla: las tres hermanas tienen ahora cuatro clanes detrás, y pienso usarlos todos antes que arriesgar un solo cabello tuyo, y como aparezca un solo jinete sin tartán a una legua de Dunvara, lo sabré antes de que desensille.

—Hizo una pausa, y lo que vino después lo dijo bajo, casi para sí, con una determinación que no admitía discusión ni siquiera con el destino—: No voy a perderte.

A Sìneag la perdí por llegar tarde y a oscuras. A ti no. A ti voy a verte venir.

Isla quiso protestar lo de los dos hombres —su primer instinto, siempre, era que no la encerraran—, pero le miró la cara y se calló.

Porque aquello no era un hombre encerrándola.

Era un hombre poniéndose delante. Justo lo que su madre le había dicho que buscara, la última noche en Dun Ailean, y porque, por primera vez desde que el buhonero abriera la boca en la cocina, dejó de sentirse sola frente a la sombra del norte.

Aquella noche, en la cama, Isla se descubrió contándole a Grant cosas que ni siquiera se había contado a sí misma: el peso de saberse distinta desde niña, el cuidado de no usar nunca el don delante de extraños, la soledad rara de ser tres hermanas con tres secretos a cuestas, y Grant la escuchó, y la sostuvo, y no intentó arreglarlo —porque algunas cosas no se arreglan—, solo compartirlo.

Por primera vez en su vida, Isla no cargaba sola con el viento.

Era una sensación tan nueva que tardó en reconocerla por lo que era: alivio.

El alivio puro de soltar, después de veintidós años, una mano del remo, y agazapado al otro lado de aquel alivio, esperando su turno, estaba ya el miedo nuevo, el que solo conocen los que por fin poseen algo: que ahora tenía mucho más que perder.

Aquella noche, sin embargo, el viento de Dunvara no se calmó.

Sopló inquieto hasta el alba, rondando los muros, colándose por las troneras con un gemido largo y triste, como algo vivo que husmea un peligro en la oscuridad mucho antes de que llegue, y que no sabe aullar todavía, pero ya no es capaz de dormir.