El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XVII
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XVII

El joven laird de los MacAlpin llegó a Dunvara a finales de invierno, con la excusa de recoger al semental Faolán que su clan había comprado por el doble, y en realidad a conocer a la mujer de la que ya se hablaba en tres valles: la dama del este que enderezaba el ojo de un caballo de un vistazo y a la que, decían, hasta el viento obedecía.

Se llamaba Niall, era joven, apuesto y hablaba por los codos, que es justo lo contrario de Grant MacRhane en las tres cosas.

Llegó con su séquito, sus mejores galas y una sonrisa fácil, y desde que le presentaron a Isla en el patio no le quitó los ojos de encima.

No de forma grosera —era demasiado fino para eso—, sino con esa atención halagadora y constante del hombre acostumbrado a gustar, que se inclina un poco de más al hablar, que se ríe un poco de más de las gracias ajenas, que encuentra excusas para dirigirse a una y solo a una de las personas de una sala.

A Isla, el muchacho le hizo gracia y nada más.

Lo caló en tres frases —vanidoso, listo para los negocios, blando para todo lo demás, un caballo de buena estampa y poco fondo— y se dispuso a pasar la cena distrayéndose con él como quien juega con un cachorro.

Lo que no esperaba era que la cena fuera a entretenerla por una razón muy distinta de la que ofrecía el joven MacAlpin.

La cena fue, en apariencia, un derroche de cortesía.

Niall desplegó todo su repertorio: contó cacerías de las que siempre salía bien parado, alabó el vino, el salón y los caballos, y reservó sus mejores lisonjas para la señora de la casa, a la que asemejó —con una galantería que él debía de creer irresistible— a una yegua de pura raza demasiado fina para tierras tan agrestes.

Isla, que había sido comparada con un caballo más veces de las que podía contar y a la que aquello, lejos de ofenderla, le parecía el único cumplido del mundo que de verdad entendía, le siguió la corriente lo justo para sonsacarle, sin que él se diera cuenta, media docena de secretos comerciales del clan MacAlpin.

Para los postres ya sabía qué yeguas pensaban cubrir esa primavera, a qué precios vendían y con qué clanes andaban a malas: información que valía oro, arrancada a un vanidoso convencido de que era él quien la estaba conquistando.

Tendría que darle las gracias, pensó Isla, divertida.

Porque Grant estaba celoso.

No lo dijo. Por supuesto que no; aquel hombre no confesaba ni que tenía hambre.

Pero Isla, que llevaba un invierno aprendiendo a leer las versiones pequeñas de su marido, lo captó todo.

La mandíbula, que se le tensó la primera vez que Niall le rio una gracia a Isla con demasiado gusto.

Registró la mano, que se le agarrotó alrededor de la copa cuando el muchacho se inclinó para servirle a ella el vino que ya le había servido un criado.

Vio la cortesía de Grant volverse, plato a plato, más fría y exacta, hasta convertirse en esa clase de cortesía glacial bajo la cual los hombres como él esconden las ganas de tirar a alguien por una ventana, y comprobó, sobre todo, que medio clan se daba cuenta: Eachann y los capataces intercambiaban miradas por lo bajo, porque hacía años que no veían a su laird molestarse por nada, y desde luego jamás por un hombre que mirara demasiado a una mujer.

Beathag, que servía la mesa, tardó el doble de lo necesario en retirar los platos del lado del laird , fascinada por el espectáculo.

La vieja Mòrag, que había subido con un recado, se asomó al salón, vio la cara de Grant, soltó un cloqueo de pura satisfacción y bajó a contárselo a quien quisiera oírla.

En las mesas de abajo, los guerreros se daban codazos.

Que el laird de Dunvara, el hombre de hielo, el viudo que llevaba cuatro inviernos sin levantar una ceja por nada de este mundo, estuviera apretando los dientes por un MacAlpin de lengua larga era el mejor entretenimiento que había tenido el clan en meses, y todos lo disfrutaron con la discreción justa para que el laird no los descabezara.

Y a Isla —que se conocía bien y no se engañaba— le pasó algo de lo que no se enorgulleció: que le gustó.

Una barbaridad. Descubrir que aquel hombre de piedra, que la había cortejado a base de cuero y tortas y silencios, que nunca tomaba nada y siempre esperaba, era capaz de ponerse celoso como un mozo por un MacAlpin parlanchín, le calentó por dentro de una manera impropia de una mujer casada y sensata.

Llevaba toda la vida espantando hombres y sintiéndose, en el fondo, un poco sola en aquella habilidad suya de no necesitar a nadie, y resultaba que ver a Grant arder en silencio por ella le contaba algo que ninguna palabra le había dicho jamás: que no era la única que había caído.

Que aquel hombre medido estaba tan perdido como ella, solo que se le notaba menos.

Saberlo le dio una valentía nueva, casi temeraria.

Así que hizo lo que cualquier persona honesta consigo misma: aprovecharse un poco.

Se rio de las gracias de Niall un punto más de lo necesario.

Le preguntó por sus cuadras con un interés que el muchacho confundió con otra cosa, y cuando, ya en los postres, el joven laird le tomó la mano para alabar lo finos que debían de ser unos dedos capaces de juzgar un caballo, Isla no la retiró de inmediato, y captó —porque estaba atenta a ello— el instante exacto en que a Grant se le acabó la paciencia.

No hubo escena. Grant no hacía escenas. Se levantó sin más, rodeó la mesa con esa lentitud suya de tormenta que se acerca, puso una mano grande en el respaldo de la silla de Isla —no en ella; en la silla, marcando territorio sin tocarla— y dijo, con una voz cordial que no engañó a nadie:

—Mi señora tiene que madrugar. Los caballos de cría no se revisan solos, y nadie en esta costa los entiende como ella. —Miró a Niall, y la sonrisa no le llegó a los ojos—. Faolán estará listo al amanecer. Os deseo buen viaje de vuelta, MacAlpin.

Era una despedida, dicha como una cortesía, y el joven laird fue lo bastante listo para entenderla y lo bastante prudente para soltar la mano de Isla y batirse en una retirada digna. A la mañana siguiente se marchó con su semental y sin más miradas largas.

Isla, que no necesitaba que nadie la defendiera de un cachorro como Niall y que en otras circunstancias se habría erizado ante semejante despliegue de marido posesivo, descubrió con cierta alarma que no había saltado en absoluto.

Al contrario. Había algo en ver a Grant cruzar el salón con aquella calma de tormenta, plantar la mano en el respaldo de su silla y despachar al pretendiente sin levantar la voz, que le había gustado mucho más de lo que pensaba reconocer jamás en voz alta.

Subió la escalera mordiéndose la sonrisa y maldiciéndose por dentro: la mujer que había tardado veintidós años en dejar que un hombre le pusiera una mano encima estaba, a todas luces, disfrutando como una loca de que aquel en concreto la considerara suya.

Pero la noche aún tenía cola.

Porque cuando Isla subió a la alcoba, conteniendo la risa, se encontró a Grant ya allí, de pie junto a la ventana, mirando la noche con la espalda muy recta.

—¿Estabais celoso, milord? —preguntó, incapaz de resistirse.

—No.

—Mentís fatal para ser un hombre tan callado.

Grant se volvió, y por una vez no había en su cara ni cálculo ni cortesía ni frase seca; había algo más crudo, más simple, que a Isla le borró de repente la sonrisa burlona.

—No estaba celoso de que os mirara —dijo, despacio—.

Lo hacen todos. Estoy acostumbrado a que el mundo contemple lo que es mío y no puede tener.

—Dio un paso hacia ella—. Estaba celoso de otra cosa.

De que le rierais vos a él. De que le dierais, aunque fuera de mentira, un solo trozo de lo que a mí me ha costado un invierno entero merecer. Eso, milady , no me ha gustado nada.

A Isla se le secó la garganta. El juego se le había vuelto del revés en la mano, como una hoja afilada por los dos lados.

—Era de mentira —dijo, y le tembló un poco la voz.

—Lo sé. Por eso sigue el MacAlpin con la mano pegada al brazo. —Grant estaba ya muy cerca—. Pero hacedme un favor, Isla. La próxima vez que queráis ver hasta dónde llega mi paciencia, preguntádmelo a la cara. No me gusta enterarme de lo que siento por culpa de un imbécil con buenas botas.

Y la besó, sin pedir permiso por una vez, con una intensidad que no tenía nada que ver con la paciencia de las semanas anteriores, y a Isla se le olvidaron de golpe Niall, los MacAlpin y su propio nombre.

El viento, fuera, se levantó de pronto y golpeó los postigos toda la noche, y por una vez no estaba inquieto: estaba encendido, igual que ella.

Aprendió Isla aquella noche dos cosas. La primera, que pinchar a un hombre que no tiene fondo solo enturbia el agua, mientras que provocar a uno que lo guarda todo debajo es jugar con fuego del bueno. La segunda, que aquello le encantaba.

Mucho después, ya en la quietud, con la cabeza sobre el pecho de Grant y el viento por fin amansado al otro lado de los postigos, Isla le dio vueltas a lo que él había dicho: «estoy acostumbrado a que el mundo mire lo que es mío y no puede tener».

Una parte de ella, la vieja Isla, la que de niña había mordido a un primo por decidir a qué jugaban, debería haberse erizado ante aquel «lo mío».

No lo hizo, y eso la dejó pensativa. Porque ser «de» alguien siempre le había sonado a jaula, y aquella noche, en cambio, le supo a otra cosa: a tener por fin un sitio, una manada, alguien dispuesto a ponerse delante.

La diferencia, comprendió medio dormida, no estaba en la palabra.

Estaba en que Grant nunca, ni una sola vez, había intentado que ella fuera menos para poder tenerla más.

La quería entera o nada, y entera era, justo, como Isla MacLeod no había logrado gustarle a nadie en veintidós años.

Se durmió con aquella idea dándole vueltas, y soñó, por primera vez en mucho tiempo, no que escapaba de algún sitio, sino que por fin llegaba a uno.