El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XVI
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A partir del acantilado, todo cambió entre ellos, aunque por fuera nada lo delatara.

Seguían sin nombrarlo —Isla aún no le había contado la Piedra, ni el pacto, ni la ley de la sangre—, pero ya no había entre los dos aquel muro de cosas calladas.

Grant sabía lo esencial: que el viento le obedecía, y a partir de ahí empezó a hacer algo que ningún otro hombre habría intentado con semejante información.

No la encerró. No la exhibió. La metió en el negocio.

Era, cuando Isla se paraba a pensarlo, lo más extraordinario de aquel hombre excepcional.

Otro, al descubrir lo que ella era, habría optado por una de dos cosas: temerla y apartarla, o codiciarla y exhibirla, presumir ante los demás lairds de tener una esposa a la que el viento obedecía.

Grant no hizo ni lo uno ni lo otro. Escogió lo único que de verdad la desarmaba: tratar su don igual que todo lo valioso que caía en sus manos, fuera un buen semental o una ruta nueva.

Con respeto, con cabeza, y con la pregunta práctica de un hombre de negocios: «¿y esto para qué nos sirve? ».

La primera vez que Isla entró en el consejo de los caballos —la reunión en que Grant y sus capataces decidían qué animales vender, a quién y por cuánto—, lo hizo como en todas partes: sin llamar, sin pedir permiso, sentándose en un taburete al fondo de la sala de mapas con la naturalidad de quien va a ver llover.

Los capataces, Tormod entre ellos, intercambiaron miradas.

Una cosa era que la señora mandara en las cuadras, y otra que se sentara en el consejo.

Grant no dijo nada. Siguió con la reunión.

Discutían el precio de Faolán, un semental tordo magnífico que el clan MacAlpin del sur llevaba meses queriendo comprar.

Los capataces defendían pedir un precio alto pero prudente, no fuera a ser que los MacAlpin se echaran atrás.

Tormod hablaba de cifras concretas, de lo que se había pagado por sementales semejantes en las últimas ferias, de lo insensato que era tentar la suerte con un comprador tan importante; los demás asentían, y Grant escuchaba sin decir nada, con los codos sobre la mesa y los dedos cruzados, dejando hablar a sus hombres como siempre antes de decidir.

Isla aguantó un rato en silencio, cosa rara en ella, y al fin abrió la boca desde su rincón.

—Pedid el doble.

Se hizo el silencio. Tormod resopló.

—Con todo respeto, mi señora, el doble es una locura. Nadie paga el doble por un semental, por bueno que sea. Los MacAlpin se irán a comprar a otra parte.

—Los MacAlpin no se irán a ninguna parte —dijo Isla, tranquila—, porque la yegua estrella de su cuadra, la que da todos sus campeones, está vieja y este es su último año de cría, y lo saben.

Me consta porque su caballerizo mayor es primo de un mozo de Dun Ailean y en las ferias se habla.

Necesitan sangre nueva y la necesitan este año, no el que viene.

Faolán es el único semental de esta costa que iguala lo que ellos van a perder.

—Se encogió de hombros—. Pedidles el doble.

Pagarán el doble, y os lo agradecerán, porque seguirán teniendo campeones diez años más.

Hubo un silencio distinto, esta vez. Grant miró a Isla. Después a Tormod, y dijo, con su economía de siempre:

—Pedidles el doble.

Vendieron a Faolán por el doble. Los MacAlpin pagaron sin rechistar, como Isla había dicho, y mandaron además un regalo de agradecimiento.

A partir de aquel día, nadie en Dunvara volvió a poner cara rara cuando la señora entraba en el consejo, y Grant dejó de hacer las reuniones sin ella: la esperaba, sin más, antes de empezar.

No fue la única vez. Semana tras semana, Isla fue demostrando que su ojo no servía solo para juzgar un corvejón, sino para entender el negocio entero: qué clan necesitaba qué y cuándo, qué comprador iba de farol, en qué feria del sur se pagaba mejor una capa rara.

Sabía cosas que ningún hombre del consejo conocía, porque las mujeres de las cocinas y los mozos de las cuadras hablaban delante de ella como no lo hacían delante del laird , y porque Isla, que parecía no escuchar nunca, en realidad lo oía todo.

Tormod, el viejo capataz, pasó de mirarla con recelo a guardarle el taburete bueno junto al fuego, y un día, sin que nadie lo viera venir, le pidió consejo a la señora sobre una yegua suya delante de toda la cuadra.

Fue su manera, ruda y total, de rendirse.

En cuestión de un invierno, Isla MacLeod había pasado de ser la dama del este que dormía sola a ser la voz sin la que el clan MacRhane ya no tomaba una sola decisión sobre sus caballos.

Pero fue una tarde, las dos solos sobre los mapas de las rutas, cuando ocurrió lo que de veras iba a cambiar el futuro del clan.

Grant le mostraba a Isla, con una mezcla de orgullo y de fastidio, el problema de siempre: las rutas terrestres por las que llevaban los caballos a los compradores del sur eran lentas, caras y duras para los animales, que llegaban flacos y agotados y a veces lisiados, perdiendo la mitad de su valor en el camino.

Isla seguía con el dedo las líneas del mapa, y su dedo se detuvo, casi sin querer, en el ancho azul que bordeaba toda la costa.

—¿Y por qué no por mar? —propuso—. Por barco.

Grant levantó la vista.

—Los caballos y los barcos no se llevan bien, milady . Un mal temporal a bordo y pierdes la carga entera. Nadie transporta caballos de valor por mar si puede evitarlo.

—Los caballos y los barcos no se llevan mal —corrigió Isla, despacio, y algo se le aceleró dentro al ver hacia dónde iba aquello—.

Los caballos y el mal tiempo, eso sí. Es distinto.

Con buen viento y mar en calma, un barco hace en tres días lo que una recua en quince, y los animales llegan descansados, gordos y enteros, valiendo más, no menos.

—Levantó la vista del mapa y lo miró—. Lo único que necesitaríais es la garantía de buen viento.

El silencio que siguió fue largo. Grant miró el mapa.

Después a ella. Después el mar dibujado en el margen, y luego, muy despacio, volvió a buscarla a ella, y en sus ojos color avellana se encendió algo que Isla no le conocía: la chispa de un hombre que acaba de ver, de golpe, un futuro entero que no existía un momento antes.

—Garantía de viento —repitió en voz baja.

—Sí —dijo Isla, y no añadió nada más, porque no hacía falta.

Grant permaneció un buen rato callado, mirando el mapa, y a Isla le pareció verle cavilar como debía de pensar cuando elegía un cruce de sangres: hacia adelante, varias generaciones por delante.

Porque no era solo un viaje más rápido. Era, si funcionaba, convertir a Dunvara en el único criadero de Escocia capaz de entregar sus caballos al sur descansados y en tres días; era poder venderlos al doble, como Faolán, no por suerte sino por sistema; era riqueza, poder, y un futuro que ningún otro clan podría copiar, porque el secreto no estaría en los barcos —los barcos los podía construir cualquiera — sino en el viento que los movería, y ese viento dormía cada noche en la cama del laird .

Aquella tarde, Grant MacRhane sacó un pliego en blanco y empezó a escribir la primera nota sobre la posibilidad de construir barcos.

No barcos cualesquiera: barcos para llevar caballos, rápidos, ligeros, pensados para una ruta de tres días con viento garantizado.

Calculó maderas, costes, puertos. Isla lo miraba escribir, inclinada sobre la misma mesa, aportando lo que sabía de animales y de cuánto aguanta un caballo embarcado, y en algún momento de aquella tarde, sin que ninguno de los dos lo dijera, dejó de ser el proyecto de Grant para ser el de los dos.

Él construía el barco. Ella era el viento que iba a moverlo, y mientras él trazaba cascos y cuadernas a la luz de la tarde, con aquella concentración feliz, aquel hombre callado le estaba haciendo, sin decirlo, el mayor regalo de su vida: no la protegía de lo que era.

Construía un futuro entero alrededor de lo que era.

La metía en el centro mismo de la vida del clan, no a pesar del viento, sino gracias a él.

En las semanas que siguieron, el proyecto dejó de ser un pliego garabateado para empezar a tener forma.

Grant mandó llamar a un maestro de ribera de un puerto del sur, un viejo cascarrabias que escupió en el suelo cuando le dijeron que querían barcos para transportar caballos, y que tres días después, tras oír a Isla explicarle cuánto espacio necesitaba una bestia para no romperse en una marejada, se rascó la barba y admitió que, bueno, que quizás no fuera tan disparate.

Eligieron un cobertizo en la cala que se abría al pie del castillo, al abrigo del viento, y empezaron a acopiar madera.

Por las tardes, Isla y Grant repasaban juntos los planos: él discutía cuadernas y arboladuras; ella, la altura de los pesebres a bordo y la manera de tranquilizar a un animal embarcado.

«A un caballo, con los ojos tapados, se le va medio miedo», dijo una tarde, de pasada, inclinada sobre el plano, sin sospechar siquiera lo que esas palabras llegarían a pesarle.

Trabajaban hasta tarde, a la luz del mismo candil bajo el que él repujaba el cuero, y a menudo los sorprendía la noche discutiendo de bordas y de bridas, y a menudo la discusión terminaba en otra cosa, y a la mañana siguiente el maestro de ribera fingía no darse cuenta de que la señora aparecía en el cobertizo con el pelo aún sin trenzar.

El día que se colocó la quilla del primer barco, medio clan bajó a la cala a mirar, porque corría la voz de que el laird y la señora estaban levantando algo que enriquecería a todos, y porque a aquellas alturas el clan MacRhane habría seguido a Isla MacLeod a construir una escalera a la luna si ella lo hubiera propuesto con esa cara de saber lo que hacía.

Toda la vida había huido de los hombres porque todos, antes o después, querían recortarla para que encajara en el hueco que tenían pensado para ella, y acababa de encontrar al único que, en lugar de podarla, estaba rediseñando el hueco —el clan, el negocio, el futuro— para que cupiera ella entera, con viento y todo.

Isla MacLeod miró a su marido dibujar barcos, y supo, con un vértigo dulce y aterrador, que se había enamorado de él sin remedio, y que no pensaba decírselo todavía, porque algunas cosas, como los buenos cruces, necesitan su tiempo de gestación.