XV
Isla tardó más de lo que habría querido en ir al acantilado, porque el invierno trajo temporales que cerraron las lomas y porque la vida en Dunvara, de pronto, estaba demasiado llena para escaparse.
Pero en cuanto el cielo se abrió, una mañana clara y fría de las que vuelven el aire transparente, ensilló a la torda y cabalgó hacia el sur, hacia aquella línea de roca blanca que llevaba viéndose desde la primera noche en las almenas y que no había dejado de llamarla.
Eran quince minutos largos a galope, lomas arriba y lomas abajo, hasta que la tierra se acababa sin más, y Dios, qué manera de acabarse.
El acantilado caía a plomo más de cien varas sobre un mar verde y revuelto que reventaba contra la roca en explosiones de espuma blanca, y el viento subía por la pared del precipicio con una fuerza limpia y vertical que a Isla le cortó la respiración y le hinchó el pecho a la vez.
Las gaviotas colgaban del aire sin mover las alas, sostenidas por aquella corriente que ascendía sin parar.
Era, de lejos, el lugar más hermoso y peligroso que había visto en su vida, y supo, con la misma certeza con que leía a un caballo, que iba a ser suyo.
Que ya lo era. El viento que subía por la pared del acantilado no se parecía a ningún otro que hubiera conocido: era un viento que iba hacia arriba, no hacia los lados, un río de aire vertical y constante que olía a sal, a algas y a distancia, y que parecía vivo de una manera más antigua, como si llevara ascendiendo por aquella roca desde antes de que hubiera hombres para sentirlo.
A Isla se le erizó la piel, y no de frío.
Era la clase de lugar donde una entendía, sin que se lo explicaran, por qué los antiguos creían que ciertos sitios eran sagrados.
Desmontó, se acercó al borde más de lo que ninguna madre habría permitido, abrió los brazos, y dejó que el viento del acantilado la empujara y la sostuviera a la vez, como si el aire entero hubiera estado esperando a alguien que supiera plantarse en su filo sin tener miedo.
No oyó llegar a Grant. Nunca lo oía; aquel hombre tan grande se movía como un gato.
Pero estaba allí, a unos pasos, sin acercarse al borde, mirándola con aquella atención completa y sin decir nada, dándole su sitio.
La había seguido. Lo hacía a menudo, ella ya lo tenía comprobado, no para vigilarla sino para saber dónde estaba, como quien no pierde de vista lo que más le importa sin necesidad de sujetarlo.
Permanecieron así un rato, ella en el filo, él unos pasos atrás, y al fin Grant habló, y por una vez su voz no era del todo tranquila.
—Apartaos del borde, milady .
—El viento no me dejaría caer. —Isla ni se volvió—. Aquí sube derecho por la pared. Podría tirarme y me sostendría. Es lo más cerca que voy a estar nunca de volar.
—Eso —dijo Grant, y dio un paso hacia ella a su pesar— es justo lo que temo.
—Había en su voz una grieta que obligó a Isla a volverse por fin, y lo vio: al hombre que había enterrado a una esposa sin poder hacer nada, mirando a otra plantada al borde de un precipicio de cien varas, conteniéndose para no agarrarla y arrastrarla a tierra firme—.
Sé que el viento os quiere. Pero yo también, y no soy capaz de sostener a nadie en el aire.
Solo de agarrar fuerte y rezar. Así que hacedlo por mí, si no os importa: dad un paso atrás.
Isla lo miró, midió el borde, y dio el paso atrás.
No porque él se lo mandara —no obedecía órdenes—, sino porque acababa de oír, en aquellas pocas palabras torpes, lo más parecido a una declaración que aquel hombre le había hecho nunca.
«Yo también os quiero», había soltado, escondido en mitad de una frase sobre acantilados, igual que escondía las tortas bajo la almohada.
Isla guardó aquello donde ponía las cosas importantes y no dijo nada, porque entre ellos las palabras de verdad nunca iban por delante. Iban por debajo.
Y entonces Isla vio el barco.
Era una embarcación pequeña, de pesca o de cabotaje, allá abajo y lejos, mar adentro, luchando contra un viento de costado que le había vencido la vela y que la empujaba hacia las rocas del cabo.
Desde aquella altura se veían las figuritas de los hombres bregando con el aparejo, y estaba claro que iban a perder la pelea, que el viento los echaba contra la piedra.
Isla lo miró, y, sin pensarlo apenas, igual que de niña jugaba a empujar las hojas y las nubes, sopló hacia el mar.
No fue un soplido. Fue una intención. El viento del acantilado, que subía vertical, se dobló de súbito en una larga exhalación horizontal mar adentro, llenó la vela caída del barquito desde el ángulo bueno, la hinchó, la enderezó, y empujó la embarcación lejos del cabo, hacia aguas libres, hasta ponerla a salvo.
Las figuritas de abajo, que no entendieron nada, alzaron los remos al cielo en un gesto que desde arriba parecía de acción de gracias a un santo que no era el que ellos creían.
A Isla le dio un vuelco el corazón, mitad orgullo y mitad susto: nunca había usado el don para algo tan grande, ni tan lejos, ni con nadie mirando, y le había salido sin esfuerzo, como respirar.
Aquello, comprendió con un escalofrío, era mucho más de lo que jamás había movido en Dun Ailean.
El viento de Dunvara no solo la quería: la hacía más fuerte.
Isla bajó los brazos, y se acordó, demasiado tarde, de que no estaba sola.
Se volvió despacio hacia Grant, con el corazón en la garganta, lista para hallar miedo en su cara, o espanto, o aquella expresión de los que descubren que han metido a una bruja en su casa.
No encontró nada de eso. Grant miraba el barco, ya a salvo, allá lejos.
Luego se volvió hacia ella. Luego otra vez hacia el barco, y luego, al cabo, de nuevo hacia ella, y lo único que había en aquellos ojos color avellana era una calma absoluta, la calma de un hombre que termina de sumar una columna larga de números y comprueba que el total es el que esperaba.
No preguntó «¿qué eres?». Tampoco «¿cómo has hecho eso?». No soltó nada de lo que dicen los hombres asustados. Lo que salió de su boca, después de un silencio largo en el que solo se oyó el mar y el viento, fue:
—Acabáis de salvarles la vida a cuatro pescadores que jamás sabrán a quién dársela.
—Ya lo sé. —A Isla le temblaba un poco la voz, y odió que le temblara—. ¿No vais a preguntarme nada?
—No. —Grant se acercó, despacio, hasta ponerse a su lado, al borde del mundo, mirando los dos el mar—.
Os di mi palabra junto a un pozo. Cuando queráis contármelo, me lo contaréis, y si no queréis, no me lo contéis.
—Una pausa—. Pero, ya que estamos aquí, milady , y ya que el viento parece teneros en tan alta estima, dejadme deciros una sola cosa, no como marido, sino como hombre que vive de mover cosas de un sitio a otro.
—¿El qué?
Grant señaló con la barbilla el mar abierto, las velas lejanas de otros barcos en la línea del horizonte.
—Que llevo toda la vida perdiendo dinero y caballos en los caminos de tierra, lentos y malos, para arrimar mis bestias a los compradores del sur, y que acabo de ver a mi mujer enderezar una vela desde lo alto de un acantilado.
—La miró de reojo, y la comisura le hizo de las suyas—.
No sé qué sois, milady , y os juro que me importa un comino.
Pero empiezo a pensar que sois el mejor socio comercial que ha tenido este clan en doscientos años.
Isla soltó una carcajada de puro alivio, y el viento del acantilado la recogió y la llevó mar adentro, hacia los pescadores salvados, y por primera vez desde que pisara Dunvara dejó de temer que aquel hombre descubriera la luz.
Porque ya la había visto. Entera, y en lugar de salir corriendo, le había hablado de barcos.
Volvieron juntos al castillo, al paso, hablando por primera vez sin tapujos de lo que el viento podía y no podía hacer —«solo lo que veo», le explicó ella; «si no lo tengo delante, no lo manejo; con los ojos cerrados solo lo siento»—, y Grant atendía y asentía y archivaba, no ya con miedo, sino con la concentración gozosa de un hombre al que le acaban de regalar una herramienta nueva y portentosa para un oficio que ama.
Isla le contó, mientras los caballos iban al paso por las lomas, cosas que no había confiado a nadie fuera de su familia: que el don le venía de su madre, y a su madre de la suya; que sus dos hermanas tenían cada una el suyo, el fuego y el agua; que de niñas jugaban a las tres juntas, una hoguera, una lluvia y un vendaval, hasta que su madre se lo prohibió un día con una cara que entonces no supieron entender.
No le contó la Piedra, ni el pacto, ni el precio de vida que costaba cada uso, ni la sombra del norte.
Eso aún no. Pero le abrió, por primera vez, una puerta que había tenido cerrada con todo el mundo, y Grant la cruzó con el respeto callado de quien sabe que lo están dejando entrar en una habitación donde casi nadie pisa.
Para cuando avistaron las torres de Dunvara recortadas contra el atardecer, Isla iba más ligera que en meses, como si hubiera soltado un fardo que cargaba sola desde niña.
Repartir el peso del don con alguien que no se asustaba de él era, descubría, casi tan bueno como volar.
Casi. Lo único que no compartió, lo que se guardó muy hondo mientras cabalgaban hacia las primeras luces del castillo, fue el frío que le había recorrido la espalda al ver enderezarse aquella vela.
No el frío del miedo. El otro: el de empezar a intuir que un poder que crecía tanto, tan lejos de casa, quizás no fuera del todo un regalo.
Ninguno de los dos reparó, aquella tarde feliz, en la importancia mortal de una de aquellas frases dichas al desgaire.
«Si no lo veo, no lo manejo». Quedó dicha, entre risas, camino del castillo, y los dos la echaron al olvido enseguida.
El único que no la olvidaría, aunque ninguno de ellos lo supiera todavía, vivía muy al norte, era viejo y paciente como la piedra, y llevaba más de veinte años esperando a que alguien la pronunciara.