El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XIV
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XIV

Grant MacRhane no creía en la magia. Su fe eran los datos.

Era hombre de contar: cabezas de ganado, sacos de cebada, jornadas de camino, monedas, lluvias.

Había enriquecido a su clan a fuerza de desconfiar de las corazonadas y de fiarse de las cuentas.

Desde que Isla entró en su vida —desde la feria, en realidad, aunque entonces no hubiera querido mirarlo de frente—, llevaba una columna abierta que no le cuadraba, y que cada día se negaba más a hacerlo.

La empezó con el pelo.

—Ahí lo tenéis otra vez, mi señor —murmuró Domhnall, sin levantar la vista del casco que estaba raspando—, y no me miréis con esa cara de laird , que llevo cuarenta años en estas cuadras y sé distinguir una corriente de lo que no lo es.

Grant no contestó. Al fondo del pasillo, Isla revisaba los dientes de un potro, de espaldas a la puerta abierta del portón, con el aire del mar entrándole de frente.

El mechón cobrizo que se le había escapado de la trenza no le caía hacia atrás, como debía.

Le flotaba hacia delante, contra el viento, despacio, igual que si alguien tirara de él con un dedo.

—Es una rendija —dijo Grant.

—Será eso.

—Este castillo está lleno de rendijas.

—Lleno —concedió el viejo, y siguió raspando—. De rendijas y de cosas que no digo.

Grant lo archivó bajo «corriente de aire». Le duró poco, porque después llegaron las velas.

Isla se irritaba con elegancia, sin alzar la voz —jamás la levantaba, y ese era justo el problema—, y cuando lo hacía, las velas de la estancia se apagaban.

No una. Todas a la vez, como si una boca enorme las soplara.

La primera vez lo anotó bajo «coincidencia».

La tercera, aquel cajón ya no cerraba, y a Grant, que odiaba las palabras vagas tanto como los tratos mal medidos, empezó a molestarle la mentira que se contaba a sí mismo.

—¿Puedo preguntaros algo? —preguntó una tarde, en la sala de mapas.

—Podéis intentarlo.

—¿Vos tenéis frío alguna vez?

Isla alzó la cabeza del pergamino, con las cejas juntas.

—Vaya pregunta.

—Contestad.

—Poco —dijo ella, despacio, y en su tono había un cuidado nuevo, el de quien camina sobre hielo delgado—. Nunca he tenido mucho frío. Ni de niña.

—Ya —Grant volvió a sus columnas—. Era curiosidad.

Aquello fue mentira, y los dos lo supieron. Isla no preguntó por qué, y él, que había jurado no hurgar, tampoco añadió nada, aunque esa noche escribió cuatro palabras en el margen de una cuenta de cebada y las miró un rato largo antes de tachar la línea entera.

Después vinieron las puertas, que se cerraban de golpe a su espalda cuando ella abandonaba una habitación con la barbilla alta.

Después, los pájaros: gaviotas, vencejos, cuervos marinos que se juntaban sobre las lomas en cuanto Isla salía a galopar, la seguían, trazaban piruetas en el aire como si jugaran, y se dispersaban en cuanto ella cruzaba el portón de vuelta.

Grant no tenía cajón para los pájaros. Lo intentó. Ninguno cerraba.

Así que, una tarde, casi avergonzado, recurrió a lo que hace un hombre de números cuando una cuenta se resiste: una prueba.

Estaban solos en las almenas. El sol caía sobre el mar, sin una brizna de aire, y el estandarte del torreón colgaba muerto del asta.

—Qué pena de estandarte —comentó él, con la vista al frente—. Lo mandé bordar en Perth, y hoy no corre ni un soplo que lo levante.

Isla, distraída, miró hacia arriba.

El estandarte se izó. Se tensó de golpe, restalló una vez, ondeó con fuerza a lo largo de tres latidos y volvió a caer, muerto otra vez, mientras en el resto de la muralla no se movía ni una brizna de hierba.

—Es un buen paño —comentó Isla, y siguió hablando de la yegua parda.

No se dio cuenta. Esa fue la parte que a Grant le heló la nuca.

No es que el viento la obedeciera: es que la obedecía sin que ella lo mandara, como un buen criado que adivina el deseo del amo antes de la orden.

«Un don así», pensó, mirándole el perfil contra la luz, «no se esconde eternamente por mucho que ella se empeñe».

Esa misma noche, en la sala de mapas, Eachann le puso delante las cuentas del heno y se quedó plantado, con esa mala cara de los soldados viejos que traen un recado que no les han encargado.

—¿Algo más? —preguntó Grant.

—Los mozos.

—¿Qué pasa con los mozos?

—Que han empezado a consultarle a la señora qué tiempo va a hacer —Eachann se rascó la barba—. Antes se lo preguntaban al cielo. Ahora suben a la cocina y llaman a su puerta.

—¿Y ella qué les dice?

—Que va a llover a media tarde. —Una pausa—, y cae el agua a media tarde, mi señor.

Grant no levantó la vista del pergamino.

—Este castillo lleva doscientos años en un acantilado —repuso—. Aquí siempre llueve a media tarde.

—Eso mismo les he contestado yo. —Eachann se dirigió a la puerta, y allí se detuvo, sin volverse—, y a fe que no me han creído, ni yo tampoco. Buenas noches, mi señor.

Lo raro, para un hombre tan poco amigo de lo que no podía anotar, fue descubrir que aquella imposibilidad no lo asustaba a él.

Temía por ella, que era distinto. Grant llevaba media vida criando bestias y sabía distinguir una tara de una casta.

Aquello no era una tara: era lo que la volvía ella, y a un hombre puede darle por amar, sin remedio, justo lo que otros temerían.

Al final estaba el viento mismo. Grant llevaba toda la vida descifrándolo como un marinero lee el mar, y en aquellos meses aprendió a distinguir en él una cosa nueva: a Isla.

El aire de Dunvara andaba inquieto cuando ella dudaba.

Soplaba limpio cuando estaba contenta. Se quedaba en una calma irreal las noches en que dormía a su lado en paz.

La suma, al fin, le cuadró, aunque diera un resultado que ningún hombre de números sabría defender ante otro hombre de números: que su esposa y el viento eran, de algún modo que se le escapaba, la misma cosa.

No se lo dijo. Había dado su palabra junto a un pozo, la noche de la boda: cuando él acabara sus cuentas, ella sería la primera en saberlo, y hasta entonces no le debía preguntas. Grant cumplía lo que juraba, así que calló, y siguió contando, y esperó.

Hubo otra noche, poco después, en que estuvo a punto de romper su palabra. Isla se había dormido con un libro sobre el pecho, y él, en el borde de la cama, se descubrió contando otra vez: el pelo, las velas, los pájaros, el estandarte.

—Estáis pensando muy alto —murmuró ella, sin abrir los ojos.

—Reviso una cuenta.

—Siempre revisáis una cuenta. —Isla se incorporó a medias, con el pelo revuelto y la voz espesa—. Preguntadme de una vez lo que queréis preguntarme, MacRhane, que os oigo rumiar desde el pasillo.

Grant la miró un buen rato. Habría bastado con abrir la boca.

—No —dijo.

—¿No?

—Di mi palabra junto a un pozo. —Le apartó el pelo de la cara con dos dedos—. Cuando termine de contar, seréis vos la primera en saberlo, y hasta entonces no me debéis explicaciones.

Isla lo miró con una expresión rarísima, algo entre el alivio y el susto, como si acabaran de perdonarle una deuda que llevaba meses temiendo pagar.

—Sois un hombre insoportable —masculló, y se dio la vuelta.

—Eso opinan todos.

El aire de la alcoba, aquella noche, alcanzó una calma tan absoluta que la llama del candil ni siquiera tembló.

La tarde que le quitó hasta la sombra de la duda, el salón estaba lleno.

Llegó un mensajero con noticias de una venta torcida en el sur: los MacAlpin habían comprado el semental a un precio que no era el pactado, y el tratante de por medio se había quedado la diferencia.

Isla, que sabía del asunto más de lo que nadie le había preguntado, dejó la cuchara despacio junto al cuenco.

—Ese hombre —comentó, muy tranquila— sigue vivo por pura desidia mía.

Entonces se apagaron las antorchas.

Todas. De sopetón, las doce a la vez, dejando el salón en penumbra a media tarde. Los dos ventanales se cerraron con un portazo que retumbó en la piedra como un trueno metido en una caja.

Hubo un silencio espeso, del grosor de un dedo.

Grant no miró las antorchas. Se volvió hacia su gente.

—Como iba diciendo —continuó Eachann, sin alterar la voz, con la escudilla en la mano—, si el tratante viene a la feria de otoño, será conveniente que lo reciba yo.

—Beathag —dijo Isla, y le tembló apenas el final de la palabra—. Las antorchas.

—Este castillo es una ruina, mi señora —repuso el ama de llaves, ya de pie, repartiendo mozos con dos gestos—. Un día se nos va a caer encima. Tú, la yesca. Tú, las de la pared, y que alguien atranque de una vez esos ventanales, que llevo pidiéndolo desde San Miguel.

—¿Y el ventanal, mi señora? —preguntó un mozo, con la voz muy fina.

—El ventanal está viejo —zanjó Beathag, sin mirar a nadie—. Como todo aquí. Como yo. Cena y calla.

Los mozos clavaron la vista en las escudillas.

Nadie levantó los ojos. Nadie preguntó nada.

En el espacio de un parpadeo y sin una sola palabra, el clan MacRhane decidió que allí no había pasado nada, que las antorchas se habían apagado por una corriente y punto, porque la señora les enseñaba a montar a sus hijos, y les subía la leña a sus viejas, y trataba al viento como otros a un perro, y porque a la gente que se quiere se la protege incluso de lo que uno no entiende.

Su clan había elegido a Isla. Sin votarlo, sin decirlo, todos a una, igual que había hecho él.

Aquella elección, comprendió, era lo más hermoso y lo más peligroso que le había ocurrido a Dunvara en años: hermoso, porque su gente la defendería con la misma ferocidad callada con que guardaba sus propios secretos; peligroso, porque una mujer a la que un clan entero decide no haber visto apagar doce antorchas es una mujer que las apaga, y esas cosas, tarde o temprano, se saben más allá de las murallas que las guardan.

Esa misma semana, el viejo Domhnall lo abordó en el patio con la gorra estrujada entre las manos y la incomodidad de quien va a decir algo que no le toca.

—Mi señor.

—Domhnall.

—No es asunto mío, y si me equivoco, castigadme. —Miraba al suelo, a las botas de Grant, a cualquier sitio menos a su cara—. Pero por si acaso: a la señora la queremos aquí.

Grant no se movió.

—Toda la cuadra —siguió el viejo—. Toda la cocina. Todos. Si algún día apareciera alguien de fuera haciendo preguntas raras sobre ella, sobre cosas de ella... este viejo no ha visto nunca nada, ni nadie en Dunvara tampoco. —Tragó saliva—. Solo quería que el laird lo supiese.

Se caló la gorra y se marchó antes de que Grant pudiera contestarle. Grant lo siguió con los ojos, con un nudo impropio de él en la garganta. No había hecho falta orden ninguna: el clan se la había dado solo.

Esa fue, quizás, la pieza que de veras le importó de toda la cuenta.

No el qué era Isla —eso seguía sin entenderlo, y había dejado de necesitarlo—, sino el hecho de que, fuera lo que fuese, él ya no concebía Dunvara sin ella, y ahí, justo ahí, donde un hombre más prudente se habría alegrado, Grant MacRhane tuvo miedo.

Porque había enterrado a una esposa. Sabía mejor que nadie en aquel salón lo que costaba querer una cosa y no poder guardarla.

Se había pasado cuatro años convenciéndose de que no volvería a exponerse a esa herida, y de pronto, sin haberlo decidido, tenía otra vez bajo su techo algo que se podía perder.

Algo que, según los cuentos que aún se susurraban en las cabañas de abajo, cierta gente del norte llevaba mucho tiempo buscando.

Subió a las almenas al anochecer. Ella estaba allí, como sabía que estaría, con los codos en la piedra y la cara al mar.

—Vais a coger frío —comentó Isla, sin volverse.

—Vos no cogéis frío nunca.

—Yo soy rara. —Le hizo sitio en la piedra—. ¿Qué contáis hoy?

—Nada. —Grant se apoyó a su lado—. Hoy no cuento.

—Mentira.

—Hoy no cuento en voz alta —corrigió, y ella se rio bajito, y el aire de la muralla se volvió tibio de golpe, y a Grant se le puso otra vez la nuca fría.

—Hoy habéis mirado el norte tres veces —señaló ella entonces—. Las he contado. Se me está pegando lo vuestro.

—Es una costumbre de laird .

—Es una costumbre de hombre preocupado. —Isla se volvió a mirarlo—. ¿Por qué el norte, Grant? Ahí arriba no hay nada. Ni puertos, ni compradores, ni ferias.

—Por eso mismo.

Guardaron silencio un buen rato. La última luz se apagó sobre el agua. El norte se convirtió en una mancha oscura, sin estrellas.

—¿Es verdad lo que cuentan las viejas? —preguntó de pronto.

—Las viejas cuentan muchas cosas.

—Lo del señor del norte profundo. El que manda hombres sin colores a preguntar por mujeres de ciertas sangres.

Isla tardó en responder. Cuando lo hizo, no lo miró.

—Es un cuento para asustar a las mozas —contestó—. Eso dice Mòrag.

—Ya. —Grant asintió, despacio—. Eso dice.

Ella apoyó la cabeza en su hombro, y él la dejó, y no preguntó más, porque lo había jurado junto a un pozo.

Pero mientras el viento de ella los envolvía a los dos, tibio y en calma, Grant MacRhane hizo por fin su última anotación, la que no pensaba enseñarle a nadie: que Dunvara era una fortaleza fuerte, sí, pero sola, plantada en el extremo oeste del mundo, con una sola luz dentro demasiado grande para taparla siempre, y que un hombre con años de horizonte a la espalda acaba viendo lo que arde.

Aquella noche, él, que no rezaba jamás, le pidió en silencio a un dios en el que no creía que, si algún día había que pagar por volver a querer algo, la cuenta se la pasaran a él, y no a ella.

Ignoraba hasta qué punto iban a tomarle la palabra.