XIII
Isla se despertó al alba, como siempre, pero por primera vez en su vida no quiso levantarse.
Le costó un momento entender por qué. La cama no era la suya —era más grande, olía distinto, a cuero y a hombre limpio en lugar de a lavanda vieja—, y había un brazo pesado y tibio sobre su cintura, y una respiración lenta en su nuca, y el cuerpo grande de Grant MacRhane curvado a su espalda como una muralla.
Fuera empezaba a clarear. El viento de Dunvara soplaba suave, en calma, sin asomo de la inquietud de las últimas semanas.
—Estáis despierta —murmuró Grant contra su pelo. No era una pregunta. Aquel hombre lo notaba todo.
—Es la costumbre. Galopo al alba.
—Hoy podéis no hacerlo. El alba volverá mañana.
—Eso suena mucho a vagancia, milord.
—Lo llamo «buena administración del tiempo». —La risa baja de Grant le retumbó a Isla en el pecho antes incluso de oírla—. Quedaos. Solo esta mañana. Las lomas no se van a ninguna parte. Yo tampoco.
—¿Y si me apetece salir?
—Salís.
—¿Sin discutir?
—Sin discutir. —Grant le apartó el pelo de la nuca con la barbilla—. Pero os habré pedido que os quedéis, y eso es distinto de mandaros.
A Isla se le paró el pecho, mirando la pared de piedra sin verla. Aquel hombre no tenía ni idea de lo que acababa de hacer.
Se quedó. No porque se lo ordenaran: porque quiso, y descubrió, en aquella media hora robada al amanecer, escuchando el corazón lento de su marido y el viento en calma, que existía una clase de libertad que ella no conocía. La de poder elegir quedarse.
Cuando al fin se levantaron, bajaron juntos a las cuadras antes del desayuno, porque los dos padecían la misma manía de necesitar ver a los caballos antes que a las personas.
Trabajaron un rato codo con codo, en el silencio cómodo de siempre: él revisando los cascos de un potro, ella cepillando a la torda.
En un momento dado, Grant le pasó el rascador sin mirarla, un instante antes de que ella se lo pidiera.
—¿Cómo lo hacéis?
—¿El qué?
—Saber lo que voy a necesitar antes que yo.
—Miro —dijo Grant, y siguió a lo suyo.
Isla lo observó de perfil, con el rascador en la mano, y cayó en la cuenta de que aquel hombre la estudiaba con la misma atención que ponía en el tiempo y en los mercados. Ser atendida así —no vigilada— era una sensación a la que una podía acostumbrarse a una velocidad peligrosa.
El castillo entero se enteró de un vistazo, como se sabe todo entre gente que vive junta, y nadie dijo nada, y todos lo contaron con los ojos.
Beathag le hizo una inclinación de cabeza en la escalera, con una sombra de sonrisa que no le había visto jamás.
Los mozos se daban codazos y disimulaban fatal, y la vieja Mòrag, cuando Isla le subió la leña aquella tarde, la miró de arriba abajo, asintió como un médico que confirma su diagnóstico y dictaminó:
—Ya era hora, mi señora.
—Mòrag.
—Que esta casa llevaba cuatro inviernos demasiado fría, y una servidora tiene los huesos delicados.
Isla se puso colorada como no le pasaba desde niña.
La vida cotidiana, por lo demás, cambió menos de lo que había temido.
Discutían de caballos en la sala de mapas con el mismo descaro; él seguía soltando sus frases secas y ella sin dejarse ganar ni una.
Lo que se dio la vuelta fue todo lo demás: la manera en que Grant le rozaba la espalda al pasar por detrás de su silla, sin aspaviento, como quien comprueba que algo suyo sigue en su sitio; la manera en que ella, sin advertirlo, empezó a guardarle el último trozo de pan o a apartarle del fuego el sillón que él prefería.
Pequeñas cosas. La gramática callada de dos personas que aprenden a pertenecerse sin decirlo.
Una tarde, a voces sobre si vender o no un semental al clan vecino, Isla se dio cuenta de golpe de que llevaban media hora peleando y de que los dos disfrutaban como críos.
—¡Estáis regalando el mejor caballo de la cuadra!
—Estoy comprando diez años de paz por un caballo.
—¡Estáis comprando diez años de que se rían de vos!
—Que se rían.
Grant ganó la discusión, por cierto. O eso creyó. Isla vendió el semental tres semanas después, a mejor precio y a otro clan, y le dejó atribuirse la idea.
Los críos fueron los primeros en ponerle nombre, a su manera, a lo que pasaba. Una mañana, el pequeño Tam se plantó delante de ella muy serio.
—Mi señora, ya sé cuándo va a llover.
—¿Ah, sí?
—Os miro a vos.
La mano de Isla se detuvo en el aire.
—¿Cómo dices?
—Cuando estáis contenta, el aire huele a limpio y los pájaros hacen tonterías en el cielo, y ese día se puede tender la ropa. Se lo conté a mi madre y ahora saca la colada cuando yo le aviso. —El niño se hinchó como un gallo—. No hemos perdido una en tres semanas.
Isla se rio, le revolvió el pelo y le pidió que no dijera bobadas.
Pero esa noche se lo contó a Grant, medio en broma, y él no se rio. Solo la miró con esa atención suya, archivando.
Isla, demasiado tarde, se mordió la lengua.
Lo del dulce vino unos días después, y empezó en una sobremesa, sin que ella se diera cuenta.
—¿Qué echáis de menos? —preguntó Grant, de pronto, con la copa en la mano.
—¿De Dun Ailean?
—De Dun Ailean.
Isla se lo pensó. Aquel hombre preguntaba tan poco que cuando lo hacía convenía contestar bien.
—El viento de las lomas. Mis hermanas. Mi padre, aunque sea un cabezota.
—Eso es lo que se responde.
—¿Perdón?
—Que eso es lo que se responde —repitió Grant, sin alterarse—. Os he preguntado qué echáis de menos.
Isla abrió la boca para soltarle una impertinencia, y en lugar de eso, se le escapó la verdad.
—Unas tortas.
—¿Tortas?
—Bobada de cría. —Se puso colorada—. La cocinera de mi madre las hacía de miel, con arándano seco. No he vuelto a comerlas en ninguna parte. Aquí nadie sabe. —Se encogió de hombros, quitándole importancia—. Tonterías. Una echa de menos las cosas más raras.
Grant no dijo nada. Siguió con sus cuentas.
E Isla lo soltó al instante, como se olvida lo que uno no espera que nadie recuerde.
Lo que no supo hasta mucho después fue lo que ocurrió abajo, en las cocinas, una mañana en que la cocinera de Dunvara se encontró al laird plantado en su puerta con la seriedad de quien viene a negociar una venta de sementales.
—Tortas —dijo Grant.
—¿Mi señor?
—De miel. Con arándano seco. Ni muy gruesas ni muy finas.
La mujer se limpió las manos en el delantal, desconcertada.
—¿Y la receta?
—No hay receta.
—Mi señor, sin receta yo no...
—Probad.
—Pero ¿a qué han de saber?
—No lo sé —repuso Grant—. No las he probado en mi vida.
La cocinera abrió la boca y volvió a cerrarla. El laird de Dunvara, que jamás discutía porque no le hacía falta, seguía allí plantado, con los brazos cruzados, esperando.
—Probad —repitió—, y otra vez. Hasta que se parezcan.
—¿A qué, mi señor, si no las habéis probado?
—A las de la casa de su madre.
La cocinera se apoyó en la artesa.
—Mi señor, con perdón: ¿y cómo sabré yo que he acertado?
—Lo sabréis.
—¿Cómo?
—Porque os lo diré yo. —Grant se dio la vuelta en la puerta—. Si acierto, esta noche desaparecerán tres de una fuente y aquí no habrá pasado nada.
Tardaron cuatro intentos. El primero salió a ladrillo. El segundo, a jabón. Al tercero, la cocinera estuvo a punto de mandar al laird a freír espárragos, cosa que en Dunvara le habría costado el puesto. Al cuarto, Grant probó media torta, masticó despacio, dejó el resto en el plato y sentenció:
—Envolvedlas en un paño limpio.
Aquella noche, al retirarse a su alcoba —porque seguía conservándola, aunque cada vez dormía menos en ella—, Isla encontró bajo la almohada un paquetito envuelto en un paño limpio.
Dentro había tres tortas de miel con arándano seco, algo más toscas que las de su casa, hechas a las claras por alguien que improvisaba sobre una receta que desconocía, pero sin duda aquello.
No había nota. No hacía falta.
Se sentó en el borde de la cama con una torta en la mano y se le hizo en la garganta un nudo del tamaño de un puño.
Aquel hombre. Aquel hombre imposible que no decía «os quiero» ni una sola vez, que lo tallaba en cuero y lo horneaba en miel y lo escondía bajo las almohadas para que ella lo encontrara sola.
Toda la vida la habían cortejado a gritos, con regalos vistosos y promesas grandes, y nunca le había temblado nada; y la desarmaba, sin remedio, un puñado de tortas torcidas envueltas en un paño.
No era el dulce. Lo entendió mordiendo la primera, con los ojos escociéndole.
Era que aquel hombre la había estado escuchando.
De verdad. Con esa atención de tasador que ponía en los caballos y en los mercados, la había oído soltar una tontería de cría en una sobremesa y la había guardado, y había removido cielo y tierra, y a una cocinera desesperada, para devolvérsela sin pedir nada a cambio.
La habían deseado muchos. Pero nunca, hasta Grant MacRhane, la había escuchado nadie con tanto cuidado como para acordarse de unas tortas.
Se comió las tres. Después cruzó el pasillo, descalza otra vez, y se metió en la cama de su marido, que fingió estar dormido y lo hizo fatal.
—Tenéis migas en la cara —murmuró él, sin abrir los ojos.
—Callaos.
—Es una observación.
—Es una impertinencia.
—Las dos cosas. —Grant le hizo sitio sin abrir los ojos siquiera—. ¿Estaban buenas?
—Fatal.
—Ya.
—Torcidas, secas y con demasiada miel. —Isla se metió bajo las mantas—. Me las he comido las tres.
—Le diré a la cocinera que insista.
—Grant.
—¿Sí?
Isla abrió la boca. Iba a darle las gracias. Iba a decirle otras cosas, más grandes y peligrosas, que llevaban semanas subiéndosele a la garganta.
—Nada —dijo—. Haceos a un lado, que ocupáis toda la cama.
Aquella noche, y muchas después, el viento de Dunvara sopló suave y limpio sobre el castillo, con esa calidad ligera que el clan empezó a asociar, sin atreverse a decirlo en voz alta, con los días buenos de la señora, y la señora, aquel invierno, andaba contenta más a menudo de lo que jamás habría reconocido.
Lo cual la asustaba. Porque Isla MacLeod sabía, desde niña, que las cosas que más se quieren son las que más duele perder, y empezaba a tener, por primera vez, demasiadas a las que agarrarse.
Esa era la trampa de la felicidad, descubría aquel invierno, y nadie se la había advertido: que cuanto más te entregas a ella, más rehén te vuelves.
Cada mañana robada en la cama de Grant, cada torta encontrada bajo la almohada, cada vez que el clan la miraba como a una de los suyos, sumaba un hilo más a la red que la ataba a Dunvara, y cada hilo era, a la vez, una alegría y una grieta por donde se podía colar el miedo.
Porque seguía sin contarle a Grant lo que era. Se guardaba aún la Piedra, el pacto de su madre, la ley de la sangre y la sombra de aquellos cuentos de Mòrag sobre un señor del norte que buscaba a las que ardían.
Una noche estuvo a punto. Grant repujaba cuero a la luz del candil; ella lo contemplaba desde la cama.
—Grant.
—Decid.
—Si os contara una cosa... —Isla se incorporó sobre un codo—. Una cosa grande. De las que cambian a un hombre de sitio.
La lezna se detuvo.
—Os escucharía.
—¿Y después?
—Después seguiría cosiendo.
Isla se rio, con la garganta apretada, y entonces lo miró de verdad —grande, tranquilo, vivo, suyo— y se lo imaginó tendido en una losa fría como la de Sìneag. Por su culpa. Por haberlo atado a una luz que cierta gente llevaba años buscando.
—No es nada —zanjó—. Cosas de la cama, que se dicen solas.
Grant no insistió. Volvió a su cuero, sin una palabra, y aquella cortesía suya, tan enorme y callada, le dolió a Isla más que cualquier reproche.
Se repetía que callaba para protegerlo, y era verdad.
Pero empezaba a sospechar que había además algo más humano y cobarde: porque mientras no lo dijera en voz alta, mientras siguiera siendo un secreto suyo a oscuras, podía fingir que aquella felicidad nueva salía gratis, y todo, lo sabía bien, tiene precio.
Sobre todo, las hogueras encendidas en mitad del páramo.