XII
Aquella noche apenas cenó. Subió pronto, despachó a la criada que quería ayudarla a desvestirse y permaneció un rato sentada al borde de la cama de la difunta señora, mirando la noche por la ventana.
Pensó en su madre, en las almenas de Dun Ailean, en aquello de elegir bien quién duerme a tu lado.
Le vinieron los cuatro pretendientes destrozados y lo cómodo que habría sido seguir siendo la que espantaba a todos, y por encima de todo, que llevaba veintidós años decidiendo ella sola lo que hacía con su cuerpo, con sus mañanas y con su viento, y que no pensaba renunciar ahora: que si cruzaba aquel pasillo no sería porque un cura hubiera atado dos manos con una cinta, sino porque ella lo había elegido.
Se bañó. Se soltó el pelo, y, descalza, con una vela en la mano y el corazón haciendo un escándalo impropio de una mujer que cruzaba ríos crecidos sin pestañear, recorrió el pasillo frío que separaba su alcoba de la del laird .
El castillo dormía. Solo el viento seguía despierto —su viento—, rondando los muros de Dunvara con una agitación que era la suya propia vuelta aire, y a cada paso descalzo sobre la piedra helada Isla pensó en dar media vuelta, y a cada paso siguió adelante.
Había cruzado ríos crecidos con menos miedo que aquel pasillo.
Pero había aprendido mucho tiempo atrás que las cosas que importan de veras se hacen igual con miedo que sin él, y que la única diferencia entre los valientes y los demás es que los valientes van temblando.
No llamó. Isla no había tocado a una puerta en su vida y no iba a empezar aquella noche. La empujó y entró.
Grant estaba despierto, sentado en el borde de la cama, todavía vestido a medias, como si no esperara dormir pronto.
Levantó la cabeza al oír la puerta, y por una vez —una sola— Isla tuvo la satisfacción de ver a aquel hombre de piedra quedarse del todo inmóvil, sin un cálculo a mano, sin una frase seca preparada, mirándola plantada en el umbral con la vela temblándole un poco en la mano.
—Dijisteis que sabría dónde encontraros —repuso Isla.
—Lo dije.
—Pues aquí estoy. —Tragó saliva, y porque el miedo siempre se le había convertido en descaro, levantó la barbilla—, y antes de que os hagáis ilusiones, milord, que quede claro que no vengo por vos.
Estoy aquí por la cabezada. Un hombre que le talla a una mujer vencejos en el cuero durante semanas y no dice nada se merece, como mínimo, que esa mujer cruce un pasillo helado a descubrir qué más sabe hacer con esas manos.
Hubo un silencio, y entonces ocurrió lo que no había pasado en todas las semanas que llevaban casados, lo que Isla no había conseguido ni con su mejor pulla en el patio de tiro ni con su descaro en la feria: Grant MacRhane se rio.
Fue una risa breve, baja, casi incrédula, una risa que pareció sorprenderlo a él tanto como a ella, salida de un sitio que llevaba mucho tiempo cerrado.
Le cambió la cara entera, y a Isla, que había visto a aquel hombre serio, calculador, contenido y tierno a su manera callada, pero nunca, jamás, riéndose, se le olvidó de golpe la mitad del miedo.
—Por la cabezada —repitió Grant, levantándose despacio, todavía con la risa rondándole la comisura—. Claro. Habría sido absurdo pensar otra cosa.
—Absurdísimo.
—¿Y si la cabezada no os hubiera gustado?
—Entonces estaríais durmiendo solo, como hasta ahora —replicó Isla—. Tenéis suerte de saber repujar.
—Es lo único que se me da bien sin pensarlo —dijo Grant—. Eso, comprar caballos y, por lo visto, esperar.
—Habéis esperado mucho.
—Tres semanas. Las llevo contadas. Lo cuento todo, ya lo sabéis. —La miró—. Pero esta vez, milady , habría aguardado tres años igual de despacio si hacía falta. Ya os lo dije: lo otro no se toma.
—Se da. —Isla avanzó un paso hacia él, y la llama de la vela tembló—. Pues estoy dándolo. Procurad no estropearlo con una de vuestras frases secas.
—No prometo nada.
Grant cruzó la habitación. No deprisa: nada en aquel hombre era deprisa.
Llegó hasta ella, le quitó la vela de la mano temblorosa y la dejó en la repisa, y solo entonces, despacio, dándole en cada instante la oportunidad de echarse atrás que ella no tomó, le puso una mano grande y callosa en la mejilla.
—Que conste —dijo, muy bajo, con la voz distinta— que no he tomado nada. Habéis venido vos. Por la cabezada.
—Por la cabezada —susurró Isla, y dejó de hablar, porque por una vez en su vida no encontró nada afilado que decir, y descubrió que tampoco lo necesitaba.
Lo que vino después no se pareció a nada que Isla hubiera imaginado en aquellas semanas de puertas cerradas.
Había esperado torpeza, o trámite, o esa solemnidad incómoda de la primera vez entre dos casi desconocidos, y en cambio hubo, sobre todo, asombro.
El asombro de descubrir que aquellas manos que tallaban vencejos en el cuero sabían leerla a ella con la misma paciencia, sin prisa, sin tomar, esperando siempre a que fuera ella la que diera el siguiente paso.
El asombro de que el hombre más callado que conocía hablara, en la oscuridad, un idioma entero que no usaba a la luz del día, y, entre la intensidad y el calor y el vértigo de todo aquello, hubo —y eso fue lo que la marcó— momentos de risa.
Un codo torpe, una trenza enganchada, un comentario suyo a destiempo que a otro hombre habría enfriado y que a Grant le arrancó otra de aquellas risas bajas e increíbles; y a Isla se le pasó por la cabeza, mientras la noche avanzaba, que jamás había leído en ninguna parte que esto pudiera ser, además de todo lo demás, divertido.
Pero no todo fue risa, ni mucho menos. Hubo, sobre todo, una intensidad que no se esperaba de un hombre tan medido: como si todo lo que Grant MacRhane callaba con palabras —cuatro años de silencio, semanas de paciencia, vencejos tallados a oscuras— lo dijera a la postre de la única manera que sabía, sin reservas y sin cálculo, con esa entrega callada y total de quien por una vez se permite no protegerse de nada.
La tocó como tallaba el cuero: despacio, con una concentración absoluta, aprendiéndola de memoria, como si pensara hacerle también a ella, con el tiempo, algo que durara el doble, y a Isla, que toda la vida había temido que la tomaran, que la domaran, que decidieran por ella, le ocurrió lo contrario de lo que temía.
No fue una mujer tomada. Fue una mujer elegida, y, lo que era más raro y peligroso, eligiendo ella.
Mucho más tarde, tendida contra el pecho de su marido en la oscuridad, escuchando el latido lento de aquel hombre grande y los postigos que por fin habían dejado de repentear, Isla se dio cuenta de que el viento se había calmado por entero.
No inquieto, como llevaba semanas. No alborotado, como cuando algo la removía.
Calmo. En paz, por primera vez desde que pisara Dunvara, como si hubiera encontrado al fin el sitio donde quería estar.
—Vuestro viento se ha callado —murmuró Grant en la penumbra, y no era una pregunta, y no había en su voz ni miedo ni asombro, solo la constatación tranquila de un hombre que llevaba semanas contando.
Isla se paralizó contra su pecho. Allí estaba. La cosa que llevaba toda la vida temiendo: un hombre que veía la luz. El momento en que se suponía que debía mentir, desviar, ponerse el escudo.
—Sí —repuso en cambio—. Se ha callado.
Grant aguardaba, en la oscuridad, por si ella quería decir más.
No preguntó. No reclamó la explicación que cualquier otro habría exigido.
Se limitó a subirle el embozo sobre el hombro desnudo, porque en Dunvara hacía frío de madrugada y porque era la clase de gesto que a aquel hombre le salía sin pensar, y a decir, muy bajo, casi para sí:
—Cuando queráis contármelo, contádmelo. Cuando no, no me lo contéis. De cualquier modo, no voy a salir corriendo. Ya os lo dije junto al pozo: yo cuento, y me quedo.
Isla cerró los ojos contra su pecho. Toda la vida había supuesto que el día en que un hombre descubriera lo que era —el viento, la sangre, la luz— sería el día en que tendría que elegir entre mentir o huir.
Nunca había imaginado una tercera puerta: la de un hombre que lo supiera, o casi, y que en lugar de exigir o de temer le subiera el embozo sobre el hombro y le dijera que no iba a salir corriendo.
Estuvo a punto de contárselo todo allí mismo, en la oscuridad: la Piedra, el pacto de su madre, la ley de la sangre, el precio de vida que costaba cada ráfaga.
Las palabras le subieron hasta la garganta.
Pero entonces recordó la otra mitad de lo que le había dicho Margaid —lo de la hoguera en el páramo, lo de la gente vieja y paciente que nunca dejaba de mirar el horizonte por si una luz ardía— y la confesión se le heló en la boca.
No por miedo a Grant. Por miedo por Grant.
Porque atar a un hombre a esa luz, contarle lo que era y dejar que la quisiera por ello, podía ser lo mismo que pintarle una diana en la espalda.
Las dos primeras hermanas habían arrastrado a sus maridos a guerras que casi los matan.
Isla no quería para Grant una guerra. Aspiraba a esto: el embozo subido, el viento en calma, un hombre grande y tibio respirando despacio bajo su mejilla.
Así que se calló. Por él, y se prometió que se lo contaría el día que entendiera bien a qué lo estaba exponiendo, ni un día antes.
Y no añadió nada más, y él tampoco preguntó nada más, y en aquella confesión a medias, en aquel «sí» soltado en la oscuridad a un hombre que no salió corriendo, Isla MacLeod entregó algo mucho más difícil de dar que lo que había cruzado el pasillo a ofrecer.
Se quedó dormida antes de asustarse de ello, y el viento, fuera, siguió en silencio toda la noche, velándoles el sueño, inmóvil, como un centinela que nadie había tenido que apostar.
Por primera vez desde que era niña y el aire le tiraba de las trenzas sin motivo, Isla durmió sin soñar que debía escapar de algún sitio.
Descansó como quien, después de mucho galopar, encuentra por fin la cuadra, y si alguien le hubiera dicho aquella noche que ese mismo viento que ahora la velaba en calma sería un día su única arma y su mayor condena, no lo habría creído.
Pero para eso faltaba aún. Esa noche solo había calma, y cuero, y un hombre que se quedaba.