El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XI
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XI

Pasaron las semanas, y sin que ninguno de los dos lo decidiera, Isla y Grant fueron tejiendo una vida.

No era la vida que Isla había temido. Nadie le decía a qué hora levantarse ni hasta dónde galopar.

Sus mañanas eran suyas —el alba, las lomas, el patio de tiro, los críos—, y sus tardes empezaron, poco a poco, a ser de los dos.

Caía siempre, sin proponérselo, en la sala de mapas, donde Grant pasaba las horas con sus rutas de venta y sus cuentas; entraba sin llamar, se sentaba enfrente, y a veces hablaban y a veces no, y las dos cosas eran igual de cómodas.

Ella le contaba lo que había visto en las cuadras, qué potro prometía y cuál no, qué comprador del este pagaría de más por una capa rara.

Él la escuchaba con aquella atención completa, anotaba lo que ella decía como quien recoge oro del suelo, y de tarde en tarde soltaba una de sus frases secas que la hacían reír sin querer.

Habían encontrado, casi sin buscarlo, ese raro acuerdo de dos personas que disfrutan del silencio del otro tanto como de sus palabras.

A los demás no se les escapaba. Beathag, que ya la trataba de «mi señora» sin atragantarse, empezó a poner dos copas en la sala de mapas por las tardes sin que nadie se lo mandara.

Los mozos sonreían por lo bajo cuando el laird y la señora salían juntos a revisar las cuadras y volvían discutiendo de aplomos y de capas como dos viejos tratantes, y Eachann, el veterano, le dijo una mañana a Isla, con la franqueza ruda de los soldados viejos, que llevaba cuatro años sin ver a su laird quedarse a charlar después de cenar, y que, fuera lo que fuese aquello, que siguiera.

Isla no supo qué contestar, porque ella no creía haberle hecho nada: solo entraba sin llamar y se instalaba.

Pero empezaba a sospechar que, para un hombre como Grant, encerrado en sí mismo desde dos inviernos atrás, que alguien cruzara su puerta sin permiso y se quedara podía ser, en sí mismo, una especie de milagro.

Una tarde, Grant la llevó a ver la yeguada de cría a las lomas del sur, donde pastaban en libertad las madres y los potros del año.

Cabalgaron juntos, sin escolta, y fue la primera vez que estuvieron de verdad solos desde el camino de la boda.

Isla recorrió la manada con su ojo experto, señalando virtudes y defectos que a él se le habían pasado, y Grant la escuchaba con esa atención que valía más que cualquier halago.

En un momento dado, ella desmontó para examinarle el menudillo a una potra, y al incorporarse se encontró a Grant más cerca de lo que esperaba, sujetándole el estribo.

Por un instante ninguno de los dos se movió.

El viento, traidor, eligió ese momento para arremolinarse entre ambos y pegarle a Isla el cabello a la cara; Grant levantó una mano y se lo apartó, despacio, con el dorso de los dedos, sin tomar nada, solo apartándolo, y el roce áspero de aquellas manos de cuero le bajó a Isla hasta la planta de los pies.

Luego él bajó la mano, montó, y comentó, con una voz de una neutralidad perfecta, que la baya de la izquierda iba a dar un buen potro de silla.

Isla tardó más de la cuenta en recuperar el habla, y comprendió, mientras regresaban en silencio, que aquel hombre la estaba volviendo loca justo por no hacer nada, y que el muy ladino lo tenía calculado.

Aquella noche soñó otra vez con manos de cuero, se despertó de mal humor, y supo, con un fastidio resignado, que la cuenta atrás de su propia paciencia acababa de empezar.

Y, sin embargo, por las noches cada uno se retiraba a su alcoba, y la puerta seguía sin abrirse, y la cosa entre ellos —cada día más densa, más presente, más imposible de ignorar— continuaba sin nombre y sin resolver.

Grant no volvió a mencionarla. Cumplía su palabra al pie de la letra: por aquella puerta no pasaba nadie que ella no llamara, ni siquiera él.

Pero Isla empezaba a sorprenderse buscándolo con la mirada cuando entraba en una estancia, prestando atención a la curva de sus manos cuando sostenían las riendas, despertándose a medianoche con el viento inquieto golpeando los postigos —su viento, el que la delataba— y sabiendo, con un fastidio creciente, que el viento estaba inquieto porque lo estaba ella.

Una tarde entendió un poco mejor de qué madera estaban hechas las paredes de aquel hombre.

Buscándolo por el castillo, lo encontró en una pequeña capilla lateral en la que no había reparado hasta entonces, de pie ante una losa con un nombre tallado: Sìneag.

La esposa. Grant no rezaba —no parecía hombre de rezos—; solo estaba allí, quieto, con la gorra entre las manos, como quien rinde cuentas.

Isla permaneció en el umbral sin saber si entrar o marcharse, y al final fue él quien habló, sin volverse.

—Murió de fiebres, en tres días —dijo, con esa voz que no pedía compasión—.

No pude hacer nada. Un hombre que cría los mejores caballos de Escocia, que lee una tormenta, un río y el aplomo de un potro, y no fue capaz de nada de nada por la mujer que dormía a su lado.

—Hizo una pausa—. Aprendí esa semana algo que no se me ha olvidado, milady : que cuanto más amas una cosa, más te duele no poder protegerla.

Por eso hay hombres que dejan de querer. Sale más barato.

—¿Y vos dejasteis? —preguntó Isla, muy bajo, desde el umbral.

Grant tardó en contestar. Cuando lo hizo, se puso la gorra y echó a andar hacia la puerta, y solo al llegar a su altura se detuvo un instante.

—Lo había dejado —dijo—. Hasta que una mujer se rio de mí en una feria y me estropeó la cuenta.

Y se fue, dejándola en la capilla con el corazón apretado y una certeza nueva: que la paciencia de aquel hombre, su manera de no tomar y de esperar, no era frialdad.

Era miedo. El mismo miedo que el suyo. Dos personas que habían aprendido a no necesitar a nadie, calculando cada una por su lado cuánto costaba volver a tener algo que se pudiera perder.

Lo que la inclinó del todo no fue una palabra. Con Grant nunca era una palabra. Fue el cuero.

Una tarde gris bajó a la guarnicionería a buscar una correa para la torda, y encontró el taller vacío y el candil aún encendido sobre el banco, como si Grant acabara de salir un momento, y sobre el banco, a medio terminar, había una cabezada.

Isla la cogió sin pensar, como cogía todo lo que tuviera que ver con caballos. El aire se le cortó de golpe.

Era una cabezada de mujer. No por el tamaño —una cabezada es de un caballo, no de quien lo monta—, sino por el trabajo: nadie repuja durante horas, a la luz de un candil, una pieza de faena para el día a día.

Aquella estaba labrada con una delicadeza que no tenía nada que ver con su uso.

Por toda la frontalera, repujados uno tras otro con una paciencia de monje, corría una bandada de vencejos: pájaros de ala larga y vuelo rápido, los pájaros del viento, tallados en el cuero con tanto cuidado que casi parecían moverse, y en la testera, donde nadie más que el caballo y su jinete lo verían jamás, había una sola palabra grabada en letras pequeñas. No era un nombre de yegua. Era el suyo.

Isla.

Soltó la cabezada como si quemara. Le temblaban un poco las manos.

Recordó, de sopetón, todas las piezas sueltas que no había sabido juntar: las cinchas nuevas que había encontrado en su montura sin saber de dónde salían; las noches que Grant pasaba en aquel taller en lugar de en su cama caliente; «lo que hago yo dura el doble»; la lezna y el cuero la noche que le preguntó por qué no iba a su alcoba.

Llevaba semanas. Aquel hombre se había pasado semanas, noche tras noche, encorvado sobre un banco a la luz de un candil, tallándole pájaros de viento a una mujer que dormía sola al otro lado del castillo por decisión propia, y no había dicho ni una palabra.

No pensaba decirla. Si ella no hubiera bajado por casualidad a por una correa, quizás le habría dejado la cabezada terminada un día cualquiera, sin nota, encima de la montura, igual que las cinchas, y se habría encogido de hombros si ella se lo agradecía.

Grant MacRhane no decía «os quiero». Lo tallaba en cuero a oscuras, vencejo a vencejo, y confiaba en que ella supiera leerlo.

Y lo peor —pensó Isla, sentándose despacio en el banco del taller con la cabezada en el regazo, mientras fuera el viento arreciaba contra los postigos como si también él se hubiera enterado de algo— lo peor era que sí sabía leerlo.

Lo leía sin esfuerzo. Llevaba toda la vida espantando a hombres que le ofrecían joyas para que se mirara en ellas, palabras grandes que no significaban nada, promesas de protegerla de un mundo del que ella no necesitaba que la protegieran, y resultaba que la rendía, sin remedio y sin defensa posible, un hombre callado que le tallaba pájaros en una cabezada y no pensaba contárselo nunca.

Permaneció allí mucho rato, en el banco del taller, con el cuero entre las manos y el candil chisporroteando.

Pasó el pulgar una y otra vez por los vencejos repujados, por su propio nombre grabado donde nadie iba a verlo, y algo que llevaba semanas tensándose dentro de ella cedió al fin, despacio, igual que cede una correa de cuero bien curtida: sin romperse, solo aflojando hasta encontrar su sitio.

Había llegado a Dunvara dispuesta a cumplir un trato y a guardar el resto de sí misma a buen recaudo, como toda la vida, y la había desarmado, sin pretenderlo y sin saberlo, un hombre que le tallaba pájaros a oscuras.

Cuando por fin se levantó, lo había decidido. No con la cabeza —la cabeza llevaba semanas dándole largas—, sino con esa otra parte de ella que sabía cruzar un río y calmar a un semental y leer a un caballo de un vistazo, la parte que no se equivocaba nunca.

Dejó la cabezada con cuidado donde la había encontrado, para que Grant no supiera que la había visto, porque algunas cosas se entienden mejor cuando no se nombran, y aquel hombre y ella tenían eso en común.

Subió a vestirse de otra cosa que no fuera miedo.

Aquella noche, Isla MacLeod iba a abrir una puerta, y, por una vez en su vida, no porque nadie la empujara a hacerlo, sino porque le daba la gana.