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Si los guerreros se rindieron en el patio de tiro y los mozos en las cuadras, el resto del clan cayó por los niños.
Empezó por una cría de las cocinas, una renacuaja de cinco años llamada Effie que seguía a Isla a todas partes desde el primer día con la fascinación muda con que los pequeños persiguen lo que es hermoso y distinto.
Una mañana, Isla la encontró agarrada a la cerca, con los ojos como platos y las manos apretadas contra la madera.
—¿Te gustan?
La niña asintió sin soltar la cerca.
—¿Y por qué no te acercas?
—Mi madre dice que los caballos del laird son cosa de hombres.
Isla guardó silencio un momento.
—Tu madre —dijo al fin— está equivocada. Ven aquí.
La subió a la grupa de la torda antes de que a nadie le diera tiempo a protestar y la paseó al paso por el patio, sujetándola con un brazo, enseñándole dónde poner las manos y cómo dejarse llevar por el balanceo del animal en lugar de pelearse con él.
—No aprietes las rodillas. Suelta. Eso es. ¿Ves? Él va contigo, no contra ti.
—¿Y si me caigo?
—Te caes. —Isla se encogió de hombros—, y te vuelves a subir. Así se hace todo lo que merece la pena.
Cuando la bajó, Effie había decidido que de mayor sería como la señora, y media docena de criadas, que habían salido a mirar con el corazón en un puño, cambiaron por completo la idea que tenían de la dama del este.
Pero el que de veras le entregó el clan fue otro: el hijo mayor de la cocinera, un chico de ocho años llamado Tam que se moría por los caballos y a la vez les tenía un miedo cerval desde que de pequeño una mula lo arrastró por el patio.
Los otros críos se reían de él. Isla no.
Lo vio quedarse atrás, mordiéndose el labio, mientras los demás montaban.
—Tú.
El niño se puso rojo hasta las orejas.
—Yo no monto, mi señora.
—No te he pedido que montes. Me hace falta una mano. —Isla le puso el cabestro del caballo más viejo y manso de la cuadra en las manos—. Sujeta. Voy a limpiarle los cascos y necesito que no se mueva.
—¿Y si se mueve?
—Le dices que no se mueva.
—¿Y me hará caso?
—A mí me lo hace. —Isla se agachó con la legra—. Prueba.
Tam sujetó el cabestro con los nudillos blancos, y el caballo no se movió, y cuando la señora le dijo «buen trabajo» y se marchó sin darle más importancia, el crío permaneció plantado en el patio con la respiración entrecortada, como quien acaba de bajar de una montaña.
Día tras día, sin prisa, Isla le fue dando tareas que lo acercaban un palmo más al animal cada jornada, hasta que una mañana, sin que nadie lo hubiera planeado, Tam estaba subido al caballo viejo, agarrado a las crines, blanco como la cera y sonriendo como un sol.
—¡No me sueltes! —chilló.
—Ya te he soltado —replicó Isla, desde la cerca—. Llevas medio patio tú solo.
Su madre lo vio desde la puerta de las cocinas y tuvo que meterse dentro a llorar a escondidas. Aquella noche, en la mesa de Isla apareció, sin nota ni explicación, el mejor pastel de carne que se hubiera horneado nunca en Dunvara.
A partir de ahí no hubo quien la parara. Cada mañana, después de su galope, Isla dedicaba un rato a los críos que se atrevían a acercarse, que cada día eran más.
—No le gritéis nunca —les decía—. Un caballo no es sordo. Es que no le interesa lo que gritáis.
—¿Y si no me hace caso?
—Entonces es que no te has ganado su respeto. Empieza por caerle bien y luego le pides.
—¿Como con las personas?
—Igual que con las personas. Solo que el caballo no finge.
Las madres, que al principio salían a vigilar con desconfianza, acabaron dejándoselos toda la mañana, porque en Dunvara no había mejor niñera que la señora ni sitio más seguro para un crío que la grupa de un caballo manejado por Isla MacLeod.
Lo del árbol corrió de boca en boca durante semanas.
Una tarde, el pequeño de la lavandera —un mocoso de seis años con las mejillas siempre sucias— se echó a llorar a las puertas de la cocina con el desconsuelo absoluto de la infancia.
Su caballito de madera, tallado por su abuelo muerto, lo único que le quedaba de él, había ido a parar a lo más alto del viejo espino del patio, lanzado por un chico mayor en una pelea.
—Bajadlo vos, que sois el más largo —le decían al herrero.
—Bajadlo vos, que tenéis menos que perder —contestaba el herrero, chupándose las manos ensangrentadas de pinchos.
Isla volvía de las cuadras. Reparó en el crío. Después, en el árbol.
—¿Nadie ha subido?
—Tiene espinas como cuchillos, mi señora.
—Ya veo que tiene espinas. —Se estaba quitando las botas—. Pregunto si nadie ha subido.
—Mi señora, eso no es propio de...
No terminó la frase. Isla ya trepaba descalza por el espino con la agilidad de quien se ha pasado la vida encaramándose a sitios prohibidos.
Las ramas más finas parecieron apartarse de su camino, aunque nadie vio moverse el aire.
Bajó con el caballito entre los dientes, las plantas de los pies arañadas y una sonrisa de oreja a oreja, y se lo puso al niño en las manos sin darle la menor importancia.
—La próxima vez que un grandullón te tire algo a un árbol —le dijo, en cuclillas, limpiándole los mocos con su propia manga—, no llores. Ven a buscarme. Los árboles y yo también nos entendemos.
El crío la abrazó por el cuello con la fuerza desesperada de los niños. Por encima de su hombro, media docena de mujeres del clan la miraban con una expresión que no les conocía.
—Se ha subido descalza —murmuró una.
—Al espino —dijo otra.
—Por un caballito de madera.
—Por un caballito de madera —repitió la primera, y se calló, porque no había mucho más que añadir.
Ya no era evaluación. Ya no era cautela. Era el principio de otra cosa.
A la vieja Mòrag, que vivía sola en una de las cabañas de abajo y tenía las manos demasiado retorcidas por el reúma para acarrear la leña, Isla empezó a subirle las cestas ella misma, sin que nadie se lo pidiera, igual que se las había cargado a la vieja Aifric en Dun Ailean.
—¡Señora, por Dios bendito! —chilló la primera vez—. ¡La leña! ¡Que sois la mujer del laird !
—Y tengo dos brazos.
—¡Que va a hablar la gente!
—Que hable.
A la segunda visita, Mòrag ya solo le ofreció un cuenco de leche caliente.
A la tercera, mientras Isla apilaba los troncos, la vieja se sentó en el poyo y empezó a soltar las viejas historias de Dunvara, que era su manera de pagar.
Salió la del pescador que se casó con una foca.
La del cura que perdió el latín en una borrachera, y entonces bajó la voz, miró hacia la puerta como quien teme nombrar al diablo, y contó otra.
—Del norte profundo, esa.
—¿Del norte?
—De más arriba de donde sube el ganado. —Mòrag se frotó las manos deformes—. Un señor viejo, dicen. Viejo y paciente como la piedra. Cada pocos años manda hombres sin colores a recorrer las costas, haciendo preguntas.
Isla no dejó de apilar leña.
—¿Preguntas sobre qué?
—Sobre mujeres.
—Mujeres las hay en todas partes.
—No de esas. —La vieja bajó todavía más la voz—. De ciertas sangres. De ciertas casas. Aquellas, alrededor de las cuales pasan cosas raras, mi señora: el fuego que crece solo. El agua que acude si la llaman. El viento que obedece.
El tronco se le detuvo a Isla a medio camino.
—Las que arden, las llaman —susurró Mòrag—. Dicen que las busca a esas.
El silencio duró más de la cuenta. La vieja, que de tonta no tenía un pelo, se echó a reír de golpe y le dio una palmada al aire.
—Pero eso son cuentos de vieja para asustar a las mozas, no me hagáis caso. Hace años que no se oye nada de él. A lo mejor ya se ha muerto, ese.
—A lo mejor —dijo Isla.
Colocó el último tronco, se despidió y subió la cuesta hacia el castillo con las manos frías y la espalda recta.
Aquella noche, en la alcoba de la difunta señora, se acordó de su madre en las almenas de Dun Ailean, hablándole de una hoguera encendida en mitad de un páramo, y por primera vez en su vida tuvo miedo de algo que no podía ver.
Sin proponérselo, Isla se fue convirtiendo en el sitio al que la gente de Dunvara acudía.
Una madre primeriza la mandó llamar para que le calmara al recién nacido, porque corría ya la voz de que a la señora hasta el aire le hacía caso.
A los caballos enfermos la avisaban antes que al herrador, y una mañana se le plantaron delante dos pastores que llevaban seis años peleándose por una linde.
—El muro estaba tres varas más allá, mi señora. Lo puso mi abuelo.
—Lo levantó el mío —replicó el otro—, y lo puso donde está.
—¿Cuántas ovejas tenéis vos? —preguntó Isla.
—Cuarenta.
—¿Y vos?
—Sesenta y dos.
—¿Y de qué lado del muro está el agua?
Los dos hombres se miraron.
—Del mío —admitió el primero.
—Entonces el agua es de los dos —zanjó Isla—, y el pasto de las tres varas, del que tiene sesenta y dos bocas que llenar, y el que vuelva a tocar ese muro, lo levanta entero él solo. Buenos días.
Se marcharon los dos refunfuñando, pero conformes, que es lo máximo a lo que puede aspirar un juez.
Isla, que en Dun Ailean había sido siempre la pequeña, la rara, la que no cuadraba en el molde de hija de laird , descubría en Dunvara, para su propio asombro, que encajaba: no en el molde de señora, que ese seguía quedándole grande, sino en el hueco con forma de ella que aquel clan, sin darse cuenta, había empezado a abrirle.
La señal más clara del giro se la dio, sin embargo, la persona de la que menos la esperaba.
Una mañana fría encontró al pie de su cama, doblada con cuidado, una toquilla de lana gruesa que no era suya.
—¿Y esto?
La criada se puso colorada.
—La dejó Beathag, mi señora.
—¿Beathag?
—Dijo... —la muchacha buscó las palabras, aterrada— que la señora sale a galopar al alba medio desnuda, y que a ella no le da la gana lavar sábanas de enferma.
No era gran cosa. Era una toquilla. Pero Isla leía los regalos torpes de la gente de clan mejor que cualquier discurso, y Beathag —la que había guardado cuatro años la alcoba de la difunta como un altar— acababa de abrirle, un dedo apenas, una puerta cerrada con siete llaves.
Se cruzaron aquel mediodía en el pasillo.
El ama de llaves le hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Buenos días, mi señora.
Cuatro palabras. Isla tuvo que tragar saliva antes de contestar.
—Buenos días, Beathag.
Grant observaba todo aquello desde lejos, como siempre, sin meterse.
Su esposa galopaba al alba, se ganaba a sus guerreros en el patio, paseaba críos a caballo, trepaba a un espino por un juguete de madera y cargaba la leña de una anciana, y algo se movía dentro de él, despacio, en un sitio que llevaba cuatro años quieto y que había dado por apagado.
No le gustaba notarlo. Lo había archivado, como todo lo demás, bajo el rótulo cómodo de «buen acuerdo»: la había traído por sus caballos y resultaba, además, que servía para gobernar a su gente. Eso era todo. Eso se decía.
Pero una tarde, al verla bajar del espino descalza, con el pelo lleno de hojas y las plantas de los pies sangrando sin que pareciera importarle, riéndose con el crío de la lavandera, Grant MacRhane se descubrió sonriendo solo en mitad del patio, como un idiota.
—Mi señor —dijo Eachann, a su lado—. ¿Necesitáis algo?
—Nada.
—Es que lleváis un rato ahí parado.
—Reviso el estado del espino —masculló Grant, y se metió deprisa en la sala de mapas a fingir que lo reclamaba algo urgente.
No lo reclamaba nada. Permaneció de pie ante una carta de rutas que no veía, preguntándose cuándo había dejado aquello de ser un acuerdo, y descubriendo, con el fastidio de un hombre ordenado al que se le desordenan las cuentas, que no sabía la fecha.
Que se le había colado dentro sin permiso.
Que quizás llevaba colada dentro desde una feria, dos otoños atrás, cuando una desconocida se rio de él y le dijo que un caballo cojo aún servía para engendrar.
Cerró los ojos un momento, y por una sola vez, se permitió no archivar lo que sentía bajo ningún rótulo cómodo.
Lo dejó ser lo que era, y lo que era le dio tanto miedo como alegría, porque un hombre que ha enterrado a una esposa sabe mejor que nadie lo que cuesta volver a poseer algo que se pueda perder.