El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) IX
26%

IX

Isla no supo nunca qué era permanecer en la cama después del alba, y Dunvara no fue la excepción. La primera mañana entera en su nueva casa, mucho antes de que nadie en el castillo se moviera, ya había bajado a las cuadras, ensillado a la torda y salido al galope por las lomas de la costa.

Y comprendió, antes de la primera milla, por qué Grant le había dicho que le gustarían.

Eran lomas largas, abiertas, que subían y bajaban hacia el sur siguiendo la línea de los acantilados, con el mar a un lado rugiendo allá abajo y el cielo enorme y limpio encima.

No había setos, ni muros, ni vados traicioneros: solo hierba peinada por el viento y horizonte.

Isla soltó las riendas, se inclinó sobre el cuello de la torda y dejó que el viento de Dunvara —ansioso, constante, viejo— corriera con ellas, empujándolas, abriéndoles el aire por delante.

Galopó hasta que le ardieron los pulmones y le lloraron los ojos de frío, y cuando por fin refrenó en lo alto de una loma, jadeando, con el pelo deshecho y la cara encendida, fue, por primera vez desde que dejara Dun Ailean, ella misma del todo.

El viento le dio una última vuelta alrededor, como un perro que celebra el regreso de su dueña, y se calmó.

Desde aquella loma se veía, muy al sur, la línea de los acantilados: una pared de roca blanca que caía a plomo sobre el mar, con las gaviotas girando muy abajo como copos de ceniza.

Isla clavó los ojos en ella un buen rato, sin saber por qué la atraía tanto aquel borde del mundo.

Decidió que iría a verlo de cerca en cuanto pudiera.

No sabía —no podía saberlo— que aquel acantilado llevaba mucho tiempo esperándola, ni para qué.

Desde las almenas, un puñado de figuras madrugadoras la había visto pasar como una exhalación de cobre por las lomas grises.

No dijeron nada. Pero a partir de aquella mañana, en Dunvara empezó a darse por hecho que la señora nueva galopaba al amanecer, y que más valía no ponerse en su camino si uno no quería tragar polvo.

Lo del patio de tiro vino después, y fue lo que terminó de inclinar a los guerreros.

Isla descubrió el patio de armas la segunda mañana, vacío a aquellas horas, y le faltó tiempo para volver con su arco.

Cuando los hombres del clan empezaron a llegar para el entrenamiento, frotándose las manos contra el frío, se encontraron a la señora del laird plantada en el mejor puesto de tiro, disparando contra el viejo blanco de paja del fondo, y contemplaron la escena sin dar crédito, porque lo que veían no tenía sentido.

El viento de Dunvara, que arruinaba el tiro de cualquier arquero y que era la pesadilla de todos ellos, no parecía afectar a las flechas de la señora.

Salían rectas, una tras otra, y se clavaban en el centro del blanco con una precisión imposible a aquella distancia y con aquel vendaval.

Lo que ninguno podía ver era que el viento, en lugar de desviarlas, las acompañaba: las llevaba, las enderezaba, las dejaba justo donde Isla clavaba los ojos.

Ella tampoco lo pensaba ya, igual que uno no repara en respirar.

Solo miraba el centro del blanco, y el centro del blanco era donde la flecha iba.

Hubo un silencio espeso. Nadie se rio, y eso, en un patio lleno de guerreros que habrían encontrado motivo de burla en una mujer con un arco, lo decía todo.

—Cualquiera diría que el viento os tiene miedo, milady —dijo al fin uno de ellos, un tal Ruaridh, joven, ancho y con más confianza que seso, medio en broma medio en pulla—. ¿O es que le habéis pedido permiso?

Isla no se volvió. Encajó otra flecha, apuntó al nudo de una viga que había a treinta pasos, mucho más difícil que el blanco, y la soltó. Se clavó en el centro mismo del nudo con un golpe seco.

—El viento no me tiene miedo —replicó, recogiendo otra flecha—. El viento y yo nos entendemos. Que es más de lo que puedo decir de la mayoría de los hombres que conozco. ¿Queréis probar vos, Ruaridh? Os presto el arco. A ver si a vos también os hace caso.

El patio entero contuvo la risa. Ruaridh, colorado, fue lo bastante listo para no aceptar el reto, y a partir de aquel día fue, cosa curiosa, uno de sus defensores más fieros, que así son los hombres jóvenes cuando una mujer les gana la partida con gracia en vez de con humillación.

Grant había aparecido en la entrada del patio a mitad de la escena, y no se fijó en Isla disparando: buscó la cara de sus hombres.

Registró el silencio, la pulla de Ruaridh, la manera en que Isla la devolvió sin sacar sangre, y a los guerreros viejos del clan asentir despacio, como asienten los hombres de armas cuando reconocen a alguien de los suyos donde no esperaban encontrarlo.

Cuando el entrenamiento terminó y los hombres se dispersaron, Grant se acercó a ella, que recogía sus flechas del blanco.

—Mañana entrenarán mejor —comentó—. Para no quedar por detrás de vos. Llevaba años porfiando por que se emplearan mejor. No se me había ocurrido que solo hacía falta avergonzarlos un poco.

—No los he avergonzado. Los he retado. —Isla arrancó la última flecha—. Es distinto. A un hombre que avergüenzas lo pierdes. A uno que retas, lo enganchas.

Grant la miró un momento, con aquella atención completa suya, como si acabara de archivar otra pieza de un cálculo más grande.

—Lo sabéis todo de enganchar a los hombres y nada de no asustarlos —observó—. Es una combinación peligrosa, milady .

—¿Os estoy asustando a vos?

—Desde la feria —dijo Grant, y se fue, dejándola con la última flecha en la mano y la sensación, cada día más frecuente, de haber perdido un asalto que ni siquiera sabía que estaba peleando.

No todo, sin embargo, se ganó en el patio de tiro.

La prueba de verdad vino unos días después, en las cuadras, cuando Isla dio su primera orden de señora: mandó separar a la yegua parda preñada de los sementales y cambiar el pienso de dos potros que, a su ojo, venían cargados de manos.

Un capataz veterano de los establos, un tal Tormod que llevaba treinta años decidiendo esas cosas, se plantó.

No iba a recibir órdenes sobre caballos, dijo, de una recién llegada, mujer y del este, por muy señora que fuese.

El establo entero enmudeció, esperando a ver qué pasaba.

Lo que pasó fue que Grant, que justo entraba, lo oyó.

No alzó la voz —Grant no la levantaba jamás—. Se acercó a Tormod, lo miró desde su altura y advirtió, despacio, para que lo oyera toda la cuadra:

—En esta casa, en lo que toca a los caballos, la señora manda igual que mando yo.

Lo que ella disponga sobre una bestia es lo que yo diría.

Quien no pueda con eso que recoja sus cosas hoy mismo; le daré buenas cartas y ni una mala palabra.

Pero que no vuelva a discutirle una orden delante de los mozos. ¿Ha quedado claro, Tormod?

Tormod, que no era tonto, tragó saliva y dijo que sí, mi señor, y aquella misma tarde, cuando la yegua parda parió fuera de cuenta un potro que era, en efecto, el mejor de la añada, el viejo capataz se acercó a Isla a regañadientes y masculló que, bueno, que para algunas cosas tenía la señora buen ojo.

Viniendo de Tormod, era poco menos que una rendición incondicional.

Isla se lo agradeció a Grant aquella noche.

Él se encogió de hombros: «No os hice ningún favor.

Tenéis razón sobre los caballos y yo tengo cuadras que llenar.

Defender lo que es verdad no es galantería, milady .

Es buena administración». Pero Isla había aprendido ya a leer las versiones pequeñas de aquel hombre, y llamar «buena administración» a ponerse delante de ella ante su propia gente era, en el idioma de Grant MacRhane, casi una caricia.

Y es que había algo entre ellos que no terminaba de resolverse, y los dos lo sabían, y el clan entero lo intuía y lo cuchicheaba en las cocinas: que el laird y la señora dormían en alcobas separadas.

Que el matrimonio, una semana después de pisar Dunvara, seguía sin consumarse.

Grant no había vuelto a tocar el asunto desde la tienda en el camino, no había llamado a su puerta, no había reclamado nada de lo que la cinta del cura le daba derecho a exigir.

La trataba con una cortesía paciente que a Isla la desconcertaba más cada día, porque no sabía leerla.

¿Era respeto? ¿Era frialdad? ¿Era que aquel hombre la había traído por sus caballos, como un buen activo, y de lo demás podía prescindir?

Esa última posibilidad —y le fastidió descubrirlo— era la que peor le sentaba, y a Isla, que llevaba toda la vida huyendo de las manos ajenas, empezaba a removerle algo nuevo y absurdo el hecho de que el único hombre al que no le habría importado por completo que la tocara fuera justo el único que no lo intentaba.

Una de esas noches, sin poder dormir, Isla recurrió a lo que solía en Dun Ailean cuando el viento la desvelaba: buscar compañía.

Bajó a la sala de mapas, donde sabía que Grant trabajaba hasta tarde, y entró sin llamar, como hacía ya en todas partes.

Lo encontró no con sus cartas, sino inclinado sobre un trozo de cuero a la luz de un candil, con la lezna en la mano y una correa a medio repujar, los dedos grandes moviéndose con una delicadeza que no pegaba con el resto de él.

—¿No tenéis hombres para eso? —preguntó Isla, sentándose enfrente sin que la invitaran.

—Los tengo. Pero lo que hago yo dura el doble. Ya os lo dije. —Grant no levantó la vista.

Permanecieron un rato en silencio, ella mirándolo, él con la lezna, y al cabo Isla, que era directa como un cuchillo y no sabía ser de otro modo, preguntó lo que llevaba una semana atravesado:

—¿Por qué no habéis venido a mi alcoba?

La lezna se detuvo un instante. Luego siguió.

—Porque no me la habéis abierto —dijo Grant, sin adornos—.

Os traje a mi casa por un trato, y no os lo voy a negar ni os lo voy a dorar.

Pero un trato me otorga vuestra compañía, vuestro ojo para los caballos y vuestro apellido junto al mío.

No me da derecho a lo otro. Lo otro no se toma.

Se entrega, y el día que vos queráis darlo, si llega, sabréis dónde encontrarme.

Hasta entonces dormid tranquila, que por esa puerta no entrará nadie a quien vos no hayáis llamado.

—Volvió a clavar la lezna en el cuero—. Ni siquiera yo.

A Isla, otra vez, se le fueron las palabras.

Subió a su alcoba con el corazón haciendo ruido y se tumbó en la cama fría de la difunta señora, mirando el techo, pensando que aquel hombre acababa de quitarle, con una sola frase, la última excusa que le quedaba para tenerle miedo, y que eso, lejos de tranquilizarla, era lo más perturbador que le había pasado desde que llegó a Dunvara.