VIII
Dunvara se alzaba sobre un promontorio de piedra que avanzaba hacia el océano como la proa de un barco varado, y lo primero que Isla pensó al verla recortarse contra el cielo del atardecer no fue que fuera grande —que lo era—, ni que fuera fuerte —que también—, sino que estaba viva de viento.
Las banderas del torreón no se quedaban quietas un instante.
La hierba de las laderas se peinaba toda en la misma dirección, y muy a lo lejos, hacia el sur, una línea de acantilados blancos caía a plomo sobre un mar batido de espuma, y de allí venía la brisa constante, vieja y limpia, que Isla había empezado a oler desde el puerto.
Era un viento distinto del de Dun Ailean.
El de su casa soplaba a rachas, con opiniones, como ella.
Este no paraba nunca, con la paciencia de quien lleva mil años en el oficio y piensa seguir otros mil.
A Isla, sin saber bien por qué, se le aceleró el corazón.
Era como llegar a un sitio donde, por fin, el viento iba a tener con quien hablar.
El clan los esperaba en el patio de armas, formado sin formar, con esa manera de las gentes de clan de reunirse a curiosear sin que nadie lo hubiera ordenado.
Eran muchos: guerreros, mozos, criadas, viejos, una nube de críos conteniéndose a duras penas en las faldas de sus madres, y todos miraron a Isla descabalgar con una atención que no era hostil pero tampoco cálida.
Era evaluadora. Cautelosa. La mirada de una gente que ya había tenido una señora una vez, que la había querido y la había perdido, y que no estaba dispuesta a entregar el cariño a la primera por una desconocida del este solo porque su laird hubiera decidido casarse otra vez.
Entre la gente, una mujer enjuta y de espalda recta, con el manojo de llaves del castillo a la cintura, la miraba con más dureza que nadie: era Beathag, el ama de llaves, que había servido a la señora difunta desde que esta llegó de novia y que no había vuelto a llamar «mi señora» a nadie en cuatro años.
A su lado, Eachann, el veterano de barba gris que había ido a buscarla a Dun Ailean, le dedicó al menos una inclinación de cabeza, y entre las faldas de las madres, una marea de críos estiraba el cuello para ver a la dama del pelo de cobre, demasiado pequeños aún para la desconfianza de sus mayores y demasiado curiosos para disimularla.
Isla se fijó en los críos, y solo a ellos les sonrió, porque sabía por experiencia que los niños de un clan son la puerta de atrás del corazón de toda su gente.
Isla lo captó al instante, porque esas cosas le llegaban igual que el viento, y supo, con el mismo instinto con que adivinaba por dónde cruzar un río, que cualquier discurso, cualquier sonrisa de señora nueva queriendo agradar, sería justo lo contrario de lo que aquella gente necesitaba ver. Así que no hizo nada de eso.
Recurrió a lo único que sabía hacer de verdad.
Le pasó las riendas de la torda al primer mozo que tuvo cerca, miró por encima de las cabezas hacia el extremo del patio, donde el olor inconfundible le decía que estaban las cuadras, y echó a andar hacia allí sin pedir permiso, sin esperar a que la acompañaran, sin entrar antes a saludar el castillo.
El clan abrió un pasillo de puro asombro.
Una señora recién llegada que, antes de pisar su nueva casa, antes de quitarse el polvo del camino, se iba derecha a los establos, era algo que en Dunvara no se había visto nunca.
Y lo que Isla encontró allí la dejó, por una vez, sin palabras a ella.
Los caballos MacRhane eran todo lo que había oído y más: cuellos arqueados, ojos tranquilos, capas que brillaban incluso a la última luz.
Recorrió la nave central despacio, leyéndolos uno a uno como había leído los del cercado de la feria dos otoños atrás, y a cada box que pasaba se le iba ensanchando algo en el pecho.
Preguntó el nombre de cada animal al viejo mozo que la seguía a distancia prudente —un tal Domhnall, de manos nudosas y ojos desconfiados—, y los fue repitiendo, fijándolos, porque a un caballo se le respeta empezando por llamarlo por su nombre.
Domhnall, que iba tras ella aguardando el error de las damas —alabar al más vistoso, que casi nunca es el mejor—, la vio detenerse en cambio ante una yegua preñada de capa parda, sin nada de particular a ojos de un profano, y la oyó soltar: «Esta va a dar el mejor potro de la cuadra esta primavera.
Miradle la grupa y el aplomo. No la vendáis por mucho que os ofrezcan».
El viejo mozo no dijo nada. Pero descruzó los brazos, que en un hombre como Domhnall era casi un abrazo.
Al fondo, un semental joven y nervioso coceaba la madera del box, con las orejas echadas atrás y el ojo blanco de los animales a los que nadie ha sabido entender.
Los mozos lo evitaban. Isla se acercó, le habló bajo, le sopló suave en los ollares —y el viento del establo, que nadie vio moverse, se aquietó a su alrededor—, y al cabo de un minuto el semental dejó de cocear y le apoyó el belfo en la palma como un perro grande.
Domhnall y los otros dos mozos contemplaron aquello en un silencio espeso.
Y Grant, que había seguido a su esposa hasta la puerta del establo sin que ella lo notara, no miró al caballo amansado.
Se fijó en la cara de sus mozos. Vio en sus caras viejas y curtidas la primera grieta de la desconfianza, el primer asomo de algo que tardaría semanas en cuajar pero que acababa de empezar allí, esa tarde, con un semental imposible y una mujer que le soplaba en los ollares.
No abrió la boca. Pero algo en su postura, apoyado en el quicio con los brazos cruzados, decía que se había esperado justo eso, y que por eso, y no por la alianza ni por la paz de tres flancos, había cruzado media Escocia.
Esa noche cenaron en el gran salón, bajo las vigas ennegrecidas de las que colgaban estandartes y astas de ciervo, y comió Isla por primera vez ante el clan reunido, con el peso de cien miradas puestas en ella.
Grant, a la cabecera, no hizo lo que ella temía: no se levantó a soltar un discurso presentando a la nueva señora, no exigió a su gente que la quisieran por decreto.
Se limitó a sentarla a su derecha, a servirle él mismo el primer trozo de carne —un gesto pequeño que media mesa captó al vuelo— y a dejar que ella comiera, oyera y observara sin obligarla a actuar.
Isla se lo agradeció en silencio. Habló poco.
Escuchó mucho. Aprendió en una sola cena los nombres de la mitad de los capitanes, quién mandaba la guardia, quién las cuadras, quién las cocinas, y qué viejas rencillas dividían las mesas de abajo, porque Isla, que parecía no hacer nada, en realidad jamás dejaba de leer.
Al levantarse, algo había cambiado respecto a la llegada: ya no la miraban como a una intrusa, sino como a una incógnita, y de una incógnita, a diferencia de una intrusa, todavía cabe esperar algo bueno.
Cuando al cabo la llevaron a sus aposentos, Isla entendió mejor lo que Grant le había dicho en el camino.
Eran las habitaciones de la señora del castillo, cerradas durante cuatro años: olían a lavanda vieja y a ausencia, y conservaban, en mil detalles pequeños, la huella de la mujer que las había habitado.
Un bastidor de bordado a medio terminar junto a la ventana.
Un peine de hueso en la repisa. Una hilera de frascos de esencias resecas.
Beathag los había mantenido tal cual, como un altar, y al abrir la puerta para Isla tenía la cara de quien profana una tumba por orden ajena.
Isla no tocó nada. No mandó retirar el bastidor ni el peine.
Comprendió, con esa intuición suya, que arrasar con los rastros de la difunta sería la forma más rápida de que aquel clan no la perdonara nunca, y que el hueco de una señora muerta no se llena a empujones, sino con mucha paciencia, dejando mientras tanto que cada cosa siga en su sitio.
«Dejadlo todo como está», le dijo a Beathag, y el ama de llaves la miró por primera vez sin dureza, solo con sorpresa.
Aun así, no pudo dormir. Se echó un manto sobre los hombros y subió a las almenas, porque a las almenas iba siempre a pensar, y allá arriba el viento de Dunvara la recibió de lleno, fuerte y limpio, batiéndole el pelo y el manto, rugiendo entre las almenas con esa voz constante y antigua.
Abajo, muy abajo, el mar reventaba contra el promontorio, y más allá, hacia el sur, los acantilados blancos brillaban bajo la luna como un filo.
Isla extendió la mano abierta a aquel viento desconocido, como había hecho con el de su casa la noche de la boda, medio temiendo que no la conociera, que la ignorara, que la dejara sola en tierra extraña.
Pero el viento de Dunvara se le enroscó en los dedos al instante, ansioso, como un animal grande que llevara mucho tiempo esperando una mano que supiera acariciarlo, y a Isla, que había llegado asustada y casada y lejos de todo lo suyo, se le escapó una sonrisa en la oscuridad.
—Vaya —le dijo al viento, muy bajo—. Conque tú y yo vamos a entendernos.
El viento le respondió rizándose con más fuerza, casi con alegría, levantándole el pelo en una espiral que ningún ojo humano vio en la oscuridad.
Isla rio por lo bajo. Por primera vez desde la boda no se sintió una pieza trasplantada a tierra ajena, sino algo más parecido a una semilla que el viento hubiera traído al sitio exacto donde tenía que caer.
Aún ignoraba lo que aquel lugar le daría, y lo que le costaría: nada sabía del establo a oscuras, ni de la venda, ni del precio que un día pagaría en aquellos mismos acantilados.
Solo tenía claro que el viento de Dunvara la había aceptado, y que un viento que te reconoce no te deja nunca del todo sola.
Y por primera vez desde que saliera de Dun Ailean, mirando aquel mar enorme y aquellos acantilados de filo blanco, Isla MacLeod se dijo que aquel lugar, con su viento viejo y su gente desconfiada y su laird de pocas palabras, quizás —solo quizás— podía llegar a ser suyo.
Lo que no sospechaba, aquella primera noche en las almenas, era cuánto iba a costarle que lo fuera, ni que el precio se cobraría un día en sangre y en sal, en aquellos mismos acantilados de filo blanco.
Pero esa noche el viento la abrazaba, y con el viento de su parte, Isla MacLeod nunca había sabido tener miedo.