VII
Camino de Dun Ailean a Dunvara, Highlands occidentales
Partieron al amanecer, con la escarcha aún blanca sobre los tejados y media servidumbre del castillo en el patio para decir adiós.
Isla montó la torda, su yegua de siempre, porque su padre se la había regalado la noche anterior con la voz tomada y la excusa de que «en Dunvara no iban a saber criarla como Dios manda», y porque a Isla ni se le pasó por la cabeza viajar de otra manera.
Detrás iban los seis hombres de Grant, dos mulas con sus arcones y, atado del diestro con el mismo cuidado de siempre, el potro bayo que la había traído hasta allí.
Grant no le ofreció carruaje. No comentó que una dama recién casada quizás debiera viajar cubierta y al paso.
Se limitó a esperar a que ella montara, a comprobar con una mirada que llevaba bien la cincha —la cincha que él mismo había remendado, reparó Isla— y a ponerse en marcha, y aquella ausencia de comentario, aquel dar por hecho que ella dominaba lo suyo, le supo mejor que cualquier galantería de las muchas que había rechazado en su vida.
La desconfianza flotaba en el aire entre los guerreros del oeste que la habían recibido en el patio de Dun Ailean con la cortesía rígida que se le debe a la esposa del laird ; sabían de ella solo que espantó a cuatro pretendientes y tiró a uno de un puñetazo.
Isla la captó al instante, pero no movió un dedo por corregirla, porque forzar a un hombre de cuadra es la manera más segura de perderlo.
Se limitó a cabalgar. A no quejarse del frío, ni del paso, ni de las horas.
A desensillar ella misma a la torda en el primer alto, a revisarle los cascos y a no pedir que nadie le hiciera lo que sabía resolver sola.
Para el final del primer día, los seis habían dejado de mirarla como a una carga y empezaban a tratarla como a una más, que era todo lo que Isla quería de cualquiera.
Los primeros días el paisaje fue el conocido: lomas pardas, brezales, ríos de aguas oscuras.
Cabalgaban en silencio buena parte de la jornada, y para sorpresa de Isla, que siempre había tenido el silencio por una cosa incómoda que rellenar, aquel silencio no lo era.
Era el silencio de dos personas que no necesitan llenar el aire para soportar la compañía del otro.
De vez en cuando Grant señalaba algo —un halcón, una formación de piedra, un atajo— con tres palabras, y de vez en cuando Isla preguntaba algo —cuántas cabezas tenía la cuadra, cuántos hombres el clan, cómo era el invierno en la costa— y él contestaba con la justa, sin adornar.
Las conversaciones empezaban siendo prácticas y, sin que ninguno se diera cuenta de cuándo, terminaban siendo otra cosa.
—¿Qué aguardan de mí? —le preguntó al segundo día, cuando el silencio entre ambos ya admitía preguntas grandes—. Vuestra gente. ¿Qué esperan de la nueva señora?
Grant tardó en contestar, como siempre, sopesando.
—Que no sea ella —repuso al fin—. Eso es lo que aguardan, aunque no lo confiesen ni siquiera a sí mismos.
Tuvieron una señora doce años. La querían.
Murió hace cuatro. —Lo dijo sin dramatismo, con los ojos en el camino—, y ahora aparezco yo con otra, joven, del este, y les pido que vuelvan a abrir la puerta que cerraron cuando la enterramos.
No aguardan nada de vos, milady . Esperan, en el fondo, que no intentéis ocupar a empujones un hueco que para ellos aún no está vacío.
Si tenéis paciencia, lo entenderán. Si intentáis agradar deprisa, tardarán el doble.
Isla cabalgó un rato digiriendo aquello.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿Qué esperáis?
—Yo ya os lo dije en el salón de vuestro padre. Aguardo que elijáis los cruces. —Grant la miró de reojo—. Lo demás lo iremos viendo. No soy hombre de esperar mucho de golpe; me sale mal.
Y aunque no fue una declaración, ni de lejos, a Isla le pareció más honesto que cualquier declaración que le hubieran hecho jamás.
Fue al tercer día, en un vado.
Las lluvias de otoño habían crecido el río, y el paso que los hombres de Grant conocían bajaba turbio y rápido, lamiendo unas piedras que asomaban resbaladizas.
Los hombres se detuvieron a estudiarlo. Grant desmontó, midió la corriente con la vara de un sauce y empezó a organizar el cruce de las mulas.
Isla, mientras tanto, recurrió a lo de siempre: leer el agua igual que a un caballo.
Vio dónde la corriente cavaba hondo y dónde se remansaba, distinguió la línea de espuma que marcaba el lecho firme, y sin esperar a que nadie le dijera por dónde, metió a la torda en el río por el lugar exacto por el que había que meterla, en diagonal contra la corriente, dejando que el agua trabajara a favor y no en contra.
Cruzó sin un tropiezo, y solo al llegar a la otra orilla, al volverse, se dio cuenta de dos cosas.
La primera, que los seis hombres de Grant la miraban con la boca entreabierta.
La segunda, que Grant había montado de nuevo y se había colocado, sin aspaviento ninguno, río abajo de su línea de cruce, en el punto exacto al que la corriente la habría arrastrado de haberse caído, listo para salirle al paso.
No había dicho una palabra. No le había pedido que esperase, no le había advertido del peligro, no había intentado cruzarla él de la mano como a una niña.
Se había colocado donde tenía que ponerse, y nada más, por si acaso, y había dejado que ella hiciera lo que dominaba.
Uno de los hombres, el más joven, dejó escapar un silbido bajo de admiración antes de poder contenerse, y el veterano que lo flanqueaba le dio un codazo para que se callara; pero el bien ya estaba hecho.
Seis guerreros del oeste acababan de ver a la dama del este leer un vado mejor que cualquiera de ellos.
En cuadra y en agua, Isla MacLeod no necesitaba que nadie la presentara.
—No hacía falta —le comentó Isla cuando él cruzó a su vez y llegó a su altura, chorreando hasta la rodilla.
—Ya lo sé —repuso Grant—. Por eso no dije nada.
Y siguió cabalgando. Algo nuevo y desconcertante se le instaló a Isla en el pecho: fastidio, porque la hubieran creído capaz de caerse, y algo cálido y peligroso, porque alguien se hubiera molestado en colocarse río abajo sin pedir las gracias a cambio.
Aquella noche acamparon al raso, porque no había aldea cerca, y los hombres levantaron dos tiendas: una para el laird y la milady , otra para ellos.
Un pinchazo de pánico atravesó a Isla —era su tercera noche de casada y aún no habían cruzado más que palabras y un beso ante un cura—, pero cuando entró en la tienda encontró que Grant había dispuesto su propio jergón al otro lado, contra la lona, dejándole a ella todo el lado del fuego.
—Nos quedan dos jornadas más hasta Dunvara —dijo él, quitándose las botas mojadas con la naturalidad de quien comparte tienda con una desconocida todas las noches—.
No hace falta que me temáis en el camino, milady .
Lo que sea que tengamos que ser el uno para el otro, prefiero que lo seamos bajo mi techo, no en el barro y con seis hombres roncando a tres varas.
—Se tumbó de espaldas a ella, un bulto grande y oscuro contra la lona—. Dormid. Mañana hay sierra.
Isla clavó los ojos en aquella espalda ancha mucho rato, a la luz de las brasas, pensando en lo fácil que habría sido para un hombre menos paciente aprovechar el derecho que le daba la cinta del cura, y en lo raro que era sentirse a la vez aliviada y, en algún rincón que no pensaba examinar, algo decepcionada.
Pensó, medio dormida, en lo distinto que era aquel hombre de todo lo que había temido de un marido.
Había imaginado que casarse sería como dejar que la domaran: que alguien decidiría por ella la hora de levantarse, el largo de sus galopes, las palabras que podía decir y las que no, y en cambio llevaba tres días viajando junto a un hombre que la dejaba cruzar ríos a su manera, montar a la suya y hablar cuanto quisiera, y que ni siquiera reclamaba lo que cualquier otro habría exigido la primera noche.
No sabía aún si aquello era respeto, indiferencia, o la paciencia de un cazador que aguarda su momento.
Pero, fuera lo que fuese, era nuevo, y a Isla las cosas nuevas le daban más curiosidad que miedo, que era justo lo que la había metido en líos toda la vida.
Cuando se durmió al fin, el viento que silbaba fuera de la tienda llevaba ya un sabor distinto, más salado, más antiguo, y soplaba sin descanso del oeste, como llamándola.
El cuarto día durmieron en una aldea de pastores, en la única casa con techo digno, y la dueña, una viuda recia que reconoció el tartán MacRhane, trató a Grant con el respeto temeroso que se le tiene a un laird y a Isla con una curiosidad que no se molestó en disimular.
Mientras servía las escudillas, no apartó la vista de la nueva señora, hasta que pudo más la lengua que la prudencia:
—¿Y es verdad, milady , lo que cuentan los hombres? ¿Que en la feria de Cairnmor le sacasteis al laird tres potros con una sola mirada?
—Le di un consejo —repuso Isla—. Los potros los puso él, que para algo es el dueño del semental.
—Yo había dado el semental por perdido —corrigió Grant, sin levantar la vista de la escudilla—. Ella vio lo que a mí se me escapó. Eso no es un consejo, mujer. Eso es tener ojo.
La viuda los miró a uno y a otro, y algo en su cara áspera se ablandó.
A Isla no se le escapó que aquella noche la mujer le sirvió a ella el mejor trozo de cordero, y no al laird .
Empezaba a entender cómo se ganaba a aquella gente: no hablando de una misma, sino dejando que el laird , de cuando en cuando y casi sin querer, hablara por ti.
Al quinto día, al coronar un puerto, lo olió antes de verlo: el mar, y supo, sin que nadie se lo dijera, que ya estaban en tierras MacRhane.
El viento que la recibió al otro lado del puerto era distinto de cuanto conocía: ancho, salado, incansable, un viento que no iba a ninguna parte porque ya estaba en todas.
Isla aspiró hondo, sin entender por qué se le había acelerado el pulso, y picó espuelas para alcanzar a Grant, que cabalgaba delante recortado contra un cielo de mar abierto. Su nueva vida olía a sal.