El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) VI
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VI

La boda de Isla fue la última de las tres hermanas MacLeod y, con diferencia, la más ventosa.

Grant no miró al techo.

Grant la miró a ella. La sostuvo con aquella atención completa suya, sin sobresalto, sin miedo, casi —y esto fue lo que a Isla le paró el corazón— con algo parecido a la satisfacción de quien por fin junta la última pieza de un cálculo que llevaba año y medio sin cuadrar.

No dijo nada. No hacía falta. Un escalofrío recorrió a Isla: aquel hombre sabía, o estaba a un paso de averiguarlo, lo que ella era; y, lejos de soltarle la mano, se la sostenía un poco más fuerte bajo la cinta.

El cura, ajeno al prodigio, los declaró marido y mujer y les indicó que se besaran.

Y cuando los labios de Grant rozaron los de Isla —un beso breve, comedido, de boda ante testigos—, el viento, que un instante antes ponía el salón patas arriba, se calmó por completo.

De golpe. Cesaron las corrientes, dejaron de ondear los estandartes, se asentó el polvo dorado que flotaba en la luz de los ventanales, y sobre Dun Ailean cayó un silencio tan absoluto que la gente, incómoda sin saber por qué, contuvo la respiración.

El silencio se alargó lo que duró el beso.

Ni un instante más. Cuando se separaron, el aire volvió a moverse como se mueve siempre, y nadie, salvo dos personas en todo el salón, supo nunca que durante el espacio de un beso el viento de las Highlands había guardado silencio por una novia.

Hubo fiesta hasta bien entrada la noche: cordero y ciervo, gaitas que no callaron, brindis cada vez más torpes y un baile en el que Callum, ya entrado en cerveza, sacó a Margaid por primera vez en años y la hizo girar como si los dos volvieran a tener treinta.

Isla bailó con su padre, con los mozos de cuadra que le habían trenzado la fusta y, una sola vez, con su marido, que resultó moverse con la misma economía exacta con que hacía todo lo demás: sin un paso de sobra ni uno de menos, llevándola firme sin apretarla, como quien conduce un caballo de boca fina.

—No sabía que los lairds del oeste bailaran —comentó Isla.

—No bailamos. —Grant la hizo girar—. Me permito una excepción cada diez años. Aprovechadla, que no veréis la siguiente.

Más tarde, cuando la fiesta se desbordaba sin ellos, salieron un momento al patio a tomar el aire, porque a los dos les pesaba el gentío. Se detuvieron junto al pozo, con la vista alzada al cielo cuajado de estrellas y de frío.

—Lo del viento, en el altar —dijo Grant al fin, sin mirarla—, y lo del salón, el día del trato, y lo de vuestro pelo, que se mueve cuando no debe.

No era una pregunta. Algo se le heló por dentro a Isla, el viejo miedo de toda la vida: el de que un hombre viera la luz antes que a la mujer. Se preparó para mentir, como toda la vida.

—Si os molesta lo que sea que creáis haber visto —empezó, cortante—, aún estáis a tiempo de...

—No he dicho que me moleste. No he soltado una palabra.

—Grant se volvió hacia ella, y bajo la luz de las antorchas su cara no tenía miedo, solo aquella atención completa de siempre—.

Solo cuento. Como vos contáis los corvejones de un caballo antes de comprarlo, y aún no he acabado de contar.

Cuando termine, milady , si es que termino, seréis vos la primera en saber a qué conclusión llego.

No el cura, no vuestro padre, no mi clan.

Vos. Hasta entonces, no os debo preguntas y vos no me debéis respuestas.

—Hizo amago de volver dentro—. Los otros cuatro salieron corriendo sin haber contado nada.

Yo cuento, y sigo aquí. Sacad vuestras propias cuentas con eso, que para eso tenéis buena cabeza.

Y volvió a la fiesta, dejándola junto al pozo con el corazón haciendo, una vez más, justo lo que ella no le había pedido.

Lo que Isla recordaría de su boda, mucho después, en una tierra batida por el mar y en circunstancias que ni en sueños habría imaginado aquella noche, no sería la fiesta ni el baile.

Sería aquel silencio sobre el beso, y la cara de un hombre grande y callado que, cuando el viento del mundo entero la delató delante de todos, en lugar de apartarse, le sostuvo la mano más fuerte.

Ya de madrugada, cuando los invitados dormitaban sobre las mesas y las gaitas habían enmudecido a la postre, Margaid encontró a su hija junto a la puerta del salón, mirando el desorden de la fiesta con esa cara que Isla ponía cuando algo le pasaba por dentro y no sabía dónde meterlo.

—¿Asustada? —preguntó Margaid.

—Mucho.

—Bien. —Su madre le colocó bien el tartán sobre el hombro, un gesto antiguo, de cuando le ataba los lazos siendo niña—.

La que se casa sin miedo es porque no ha entendido lo que hace.

Tú lo sabes. —Le sostuvo la cara un instante—.

Lo del altar lo vi, hija, y media sala conmigo, aunque mañana todos jurarán que fue una ventana mal cerrada.

Pero solo una persona, además de mí, te miró a ti en vez de buscar el techo. ¿Te diste cuenta?

—Me di cuenta.

—Pues agárrate a eso cuando te falten certezas allá lejos.

A un hombre se le conoce por dónde mira cuando pasa algo que no entiende.

Los cobardes buscan la salida. Los necios se quedan pasmados ante el techo.

—Margaid sonrió—. El tuyo te miró a ti. Llévate eso, hija.

Pesa menos que un arcón y vale más que todos.

Partirían hacia Dunvara al amanecer. Isla subió un momento a las almenas, ya de madrugada, con el frío mordiéndole los hombros desnudos bajo el manto, a despedirse del viento que la había visto nacer.

Le pareció que soplaba más triste que otras noches, o quizás era ella la que lo escuchaba más triste.

Le puso la mano abierta a la brisa, como quien acaricia el morro de un caballo viejo, y le prometió en voz baja que volvería.

El viento de Dun Ailean, que la había peinado, despeinado y delatado durante veintidós años, le revolvió el pelo una última vez, casi con suavidad, como si también él supiera que aquello era una despedida, y a Isla, que hablaba poco de lo que sentía, pero lo llevaba todo dentro, se le hizo en la garganta un nudo que tuvo que tragarse antes de bajar a dormir las pocas horas que quedaban, casada, asustada y, por primera vez en mucho tiempo, no del todo sola.