El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) V
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Y, para su fastidio, se sorprendió haciéndose a él con una facilidad sospechosa.

Pero los días de la despedida no eran solo de él. Eran, sobre todo, de todo lo demás.

—Yo tampoco, padre. —Isla apoyó la cabeza en su hombro, cosa que no hacía desde niña—. Pero tú me enseñaste a montar. Así que la culpa de que sepa marcharme es tuya.

Callum la abrazó entonces más tiempo del que ninguno de los dos habría reconocido necesitar.

Fue aquella misma noche cuando su madre vino a buscarla a la alcoba. Margaid cerró la puerta, se sentó en el borde de la cama y le tomó las manos, y a Isla se le erizó la nuca, porque su madre solo cerraba puertas para las cosas serias.

—Mañana te casas —dijo Margaid—, así que hay algo que tienes que llevarte contigo, y no cabe en ningún arcón. ¿Te acuerdas de lo que te dije, lo de la hoguera en el páramo?

—Que un don que se queda solo se ve de lejos. Que no siempre acuden a él los que uno querría.

—Eso. —Margaid le apretó las manos—. Vas a ser, dentro de poco, la única de las tres que aún lo conserve entero, y eso, hija, no es solo un regalo.

Es un faro. Hay en este mundo gente que lleva mucho tiempo buscando esa luz, gente vieja y paciente que nunca dejó de mirar al horizonte por si alguna ardía.

Yo creía haberos puesto a salvo a las tres apagándoos un poco a cada una, repartiéndoos. Contigo no funcionó. Tú ardes entera.

—Madre, me estás asustando.

—Bien. Un poco de miedo afila. —Pero le sonrió, y le apartó un mechón de la cara con la ternura de siempre—.

No te lo cuento para que tiembles. Te lo digo para que elijas bien quién duerme a tu lado.

Porque la noche que vengan a por esa luz, Isla, y puede que no ocurra nunca, pero por si acaso, vas a necesitar al lado a un hombre que se ponga delante sin pensárselo.

No a uno que te quiera por lo que brillas.

A uno que te ame lo bastante como para meterse él en lo oscuro para que tú no tengas que apagarte.

Isla pensó en un laird del oeste remendando una cincha bajo la lluvia, diciendo que lo que arregla uno mismo dura el doble.

—¿Y cómo sé si él es de esos? —preguntó.

—No lo sabes. Todavía. —Margaid se levantó y, antes de salir, se detuvo en la puerta—.

Pero a ese hombre el aire ya le importa, aunque aún no sepa por qué.

Lo vi mirarte el pelo cuando el viento te lo movía a destiempo, en el salón, el día del trato.

No le miraba el pelo, hija. Se fijaba en el aire, y un hombre que atiende al viento en vez de a lo que el viento despeina es un hombre que, con tiempo, aprenderá a quererte entera.

Dale ese tiempo. Es lo único que te pido.

Y se fue, dejando a Isla despierta en la última noche de su vida en Dun Ailean, escuchando el viento conocido golpear las troneras, preguntándose si en Dunvara el viento la conocería a ella tan bien como la conocía aquel.