IV
Grant MacRhane llegó a Dun Ailean al día siguiente, con el sol ya bajo, vestido con las galas oscuras de su padre y montando un caballo que valía por la mitad de la cuadra de Callum.
Isla había pasado el día entero fingiendo que aquella visita le daba lo mismo.
Había galopado al alba más rato del acostumbrado, había cepillado al potro bayo dos veces, y le había contestado de malos modos a la criada que quiso peinarla «para la ocasión», porque no había ninguna ocasión, había dicho: no era más que un tratante de caballos con ínfulas, y, sin embargo, lo vio cruzar el portón desde la ventana de la torre —alto y quieto sobre el caballo, con aquel pelo cobrizo que el viento del atardecer le revolvía— y el corazón le hizo justo lo que llevaba todo el día prohibiéndole.
Bajó al salón porque la mandaron llamar, y porque quedarse arriba habría sido reconocer que tenía miedo, y eso Isla no pensaba reconocerlo ni bajo tortura.
Mientras descendía la escalera de caracol de la torre, se obligó a recordar quién era aquel hombre: un tratante de caballos, viudo, que la pretendía por su ojo para el ganado igual que habría querido una buena romana para pesar la lana.
Un trato. Una transacción con faldas. Se lo repitió en cada peldaño, como un rezo, y para cuando puso el pie en el salón casi se lo creía.
— Milady . —Grant no se movió de la chimenea.
—Milord. —Isla cruzó el salón sin prisa y se plantó al otro lado del fuego—. Veo que al final no vendisteis al tordo.
Algo se movió en la comisura de Grant. No llegó a sonrisa. En él, supo Isla más adelante, casi nada alcanzaba esa categoría; había que aprender a leer las versiones pequeñas.
—No lo vendí. Hice algo peor: obedecí a una mujer que se rio de mí en una feria.
—¿Y os arrepentís?
—Tengo tres potros que dicen que no. —Grant inclinó apenas la cabeza—. Uno de ellos está en vuestras cuadras desde anoche.
—Un regalo caro para una respuesta que aún no tenéis —repuso Isla.
—Los regalos baratos no significan nada, milady , y yo venía a decir algo.
—¿El qué?
—Que no me equivoqué al haceros caso. —Grant no pestañeó—. Cuesta encontrar a quien vea lo que vos visteis en aquel tordo cojo. Llevo dos otoños buscándolo, y no lo he hallado en ningún hombre, ni en ninguna feria, ni en ningún clan. Solo en vos.
Isla abrió la boca para responder con algo afilado, como acostumbraba, y descubrió que el algo afilado no acudía. Era la segunda vez que aquel hombre la dejaba sin filo. Empezaba a ser una costumbre alarmante.
Callum, que asistía a aquel intercambio girando la cabeza de uno a otro como quien sigue una partida de algo cuyas reglas no conoce, carraspeó.
—El laird MacRhane —dijo, con la voz de quien recita un milagro por miedo a que se desvanezca— ha venido a pedir tu mano, Isla.
Trae una oferta de alianza generosa. Muy generosa.
—Miró a Grant casi con súplica, como rogándole que no cambiara de idea al ver a su hija de cerca—.
Sus tierras, sus caballos, la paz con la costa oeste, y emparienta a esta casa con los MacThane, los MacLorne y los MacRhane de una sola vez.
Yo... —Tragó—. Yo lo veo con muy buenos ojos, hija.
Y ahí estaba. Otra vez. Su padre y un hombre, frente al fuego, repartiendo su vida igual que una cosecha, decidiendo a qué tierra iba a ir trasplantada la última hija sin preguntarle a la hija qué tierra prefería.
Toda la vida le había hervido la sangre con aquello.
De niña había mordido a un primo que eligió por ella a qué juego jugaban; de moza había cruzado tres valles a galope para no asistir a un compromiso que su padre había apalabrado por carta sin contar con ella, y que por fortuna no llegó a nada.
La idea de que un hombre la mirara y, en lugar de a ella, viera un trozo de tierra que añadir al mapa, le revolvía las tripas desde que tenía memoria.
Era lo único, en el fondo, de lo que había huido de verdad siempre.
Esperó a que le hirviera la sangre.
No le hirvió.
Y eso —descubrir que no le hervía, que en lugar de rabia sentía una especie de vértigo cálido y desconcertante— la asustó mucho más que cualquier pretendiente.
—¿Y a la milady —intervino entonces Grant, antes de que Callum siguiera vendiendo el trato, y se volvió hacia ella, solo hacia ella— no le preguntáis qué le parece?
El salón entero enmudeció. Callum parpadeó, porque a Callum jamás se le había ocurrido que aquello se preguntara. Margaid, desde su rincón, escondió una sonrisa tras la labor.
Isla miró a aquel hombre grande y callado que acababa de lograr, sin esfuerzo aparente, lo que ninguno de los cuatro pretendientes destrozados consiguió: tratarla como a la dueña de su propia respuesta.
—Me parece —repuso despacio, midiendo cada palabra como él calculaba cada movimiento— que un hombre que cruza media Escocia para pedir la mano de una mujer a la que ha visto una sola tarde, o está muy seguro de su ganado, o está muy loco.
—De mi ganado estoy seguro —contestó Grant—. De lo demás, no tanto. Pero llevo dos años sin estar seguro de nada que mereciera la pena, milady , y empezaba a echarlo de menos.
El viento se removió fuera, contra los muros, e Isla rezó para que nadie más lo notara.
—No sé montar despacio —le advirtió, y no hablaba de caballos, y los dos lo sabían—.
No aguanto quieta. Soy incapaz de callar cuando algo me parece mal.
Espanté a cuatro hombres este otoño y dos de ellos eran de buena familia, y también dicen —siguió, porque si iba a asustarlo prefería hacerlo entera— que cuando me enfado pasan cosas raras.
Que se apagan las velas solas. Que el viento entra donde no lo llaman. La gente habla.
—La gente siempre habla. —Grant no se inmutó—.
En Dunvara el viento entra donde no lo llaman desde antes de que naciera mi abuelo.
Una mujer a la que el aire obedece me parece, milady , bastante menos preocupante que una a la que no le hace caso nadie.
—Sostuvo su mirada—, y lo demás también lo sé.
He preguntado. No he cruzado media Escocia a por una mujer que monte despacio.
Tengo cuadras llenas de animales mansos y me aburren todos.
He venido a por la que vio una estirpe entera en un caballo cojo.
—Una pausa—. Lo de montar despacio dejádmelo a mí, que para eso ya soy lo bastante lento por los dos, y oíd bien esto, milady , porque es la única cláusula que de verdad me importa del trato: en Dunvara los caballos serán vuestros.
No de adorno. Vuestros. Quien elija los cruces seréis vos, y a quien quiera discutíroslo tendrá que discutírmelo a mí primero.
A Isla se le paró el pulso un instante. De todo lo que aquel hombre había dicho —y había soltado cosas que le habían movido el suelo bajo los pies—, fue aquello lo que se le clavó hondo.
Ningún hombre, en veintidós años, le había propuesto jamás conservar lo que era suyo.
Le habían ofrecido protegerla, mantenerla, adornarla, corregirla.
Nunca dejarla seguir siendo la que mandaba en los caballos, y que se lo pusiera así, como quien menciona el detalle menos importante del trato, le dijo más de Grant MacRhane que cualquier galantería del mundo.
Y por primera vez desde el fuego, la comisura de Grant llegó del todo a su destino.
Fue apenas un instante —el laird del oeste no era hombre de sonrisas largas—, pero a Isla le bastó para entender que detrás de aquella quietud de piedra había alguien que también estaba arriesgando algo al cruzar media Escocia por una carcajada.
No era el único que tenía miedo en aquel salón.
Solo era el que mejor lo escondía, y descubrir eso —que los dos fingían, cada uno a su manera— le resultó más íntimo que si la hubiera tocado.
Isla MacLeod, que sabía leer a un caballo y a un hombre de un vistazo y casi nunca se equivocaba, miró a aquel laird del oeste y pensó, con una mezcla de alarma y de algo que no quiso nombrar, que era mucho más peligroso de lo que parecía, y que, por primera vez en su vida, el peligro no le daban ganas de evitarlo.
—Padre —dijo, sin apartar los ojos de Grant—. Acepta el trato.
Callum soltó de sopetón todo el aire que llevaba conteniendo desde el verano y estuvo a punto de abrazar al laird MacRhane allí mismo, cosa poco digna de un anfitrión, pero muy propia de un padre aliviado.
Se habló entonces de lo práctico, que era lo que a Callum se le daba bien: la boda se celebraría en Dun Ailean antes de que el invierno cerrara los caminos, y de allí los novios partirían a Dunvara para que Isla conociera su nueva casa antes de las nieves.
Grant aceptó los términos con su economía de siempre; y cuando Callum mencionó la dote y empezó a enumerar cabezas de ganado, el laird del oeste lo interrumpió con suavidad.
«No quiero ganado, milord. Tenéis una hija que vale más que cualquier rebaño de Escocia, y vos lo sabéis, aunque os paséis la vida temiendo no casarla.
Esa es toda la dote que pienso llevarme».
A Callum se le fueron las palabras por tercera vez en dos días.
Margaid, en su rincón, dio por fin la puntada que tenía a medias, sin sorpresa ninguna, y fuera, sobre los tejados de Dun Ailean, el viento amainó de improviso hasta enmudecer por entero, tan quieto como dos otoños atrás, en el preciso instante en que un laird del oeste apartó de la venta a un tordo cojo y a tres yeguas de tres capas distintas.
Isla lo advirtió, y, por primera vez en su vida, no rezó para que nadie más lo notara.
Solo pensó, mirando a aquel hombre grande y callado que acababa de decir sin alzar la voz que ella valía más que todos los rebaños de Escocia, que el viento, por una vez, parecía saber muy bien lo que se hacía, y que el problema, a partir de entonces, iba a ser ella.