El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) III
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III

El verano había dado paso al otoño cuando llegó el jinete de Dùn Lorne, y con él la noticia que puso a Dun Ailean patas arriba: Roselyn había parido. Un varón, sano, con un llanto de mando. Madre e hijo, bien.

Callum hizo leer la carta tres veces, en voz alta la primera y para sí las otras dos, y a la tercera tuvo que sentarse, porque las rodillas de un hombre que acaba de ser abuelo por segunda vez no siempre están a la altura de la ocasión.

Mandó abrir una cuba de la buena. Ordenó que se lo dijeran a las cocinas, a los establos y a la capilla, en ese orden, y que se sacara aquella misma noche el cordero que guardaban para San Andrés, porque pocas cosas merecían un cordero como un nieto.

Dun Ailean, que llevaba todo el otoño demasiado callado, se llenó de pronto del bullicio bueno de los días de fiesta: las criadas se peleaban ya por el nombre, los hombres brindaban en el patio por el laird MacLorne y por aquel valle suyo medio resucitado, y hasta los perros, contagiados, ladraban sin motivo.

Isla alzó la copa con todos, abrazó a su padre —que tenía los ojos húmedos y no lo disimulaba— y se alegró de corazón por la hermana a la que más se parecía en lo callado y menos en todo lo demás, y solo cuando el primer alboroto se calmó, ya entrada la tarde, reparó en que su madre no había compartido del todo la alegría.

Margaid estaba junto a la ventana del salón, mirando hacia el sur sin verlo, con la carta de Roselyn entre las manos como quien sopesa algo más que un pliego.

—¿Madre? —Isla se acercó—. Es una buena noticia. La mejor.

—Lo es. —Margaid no se volvió—, y aun así no puedo dejar de contar.

—¿De contar qué?

—Fiona parió un varón y, el día que lo trajo al mundo, el fuego la dejó.

Lo noté desde aquí, igual que se apaga una lumbre en la casa de al lado.

—Margaid bajó la carta—. Yo di por hecho que el don le había saltado al niño; hubo un fogonazo en una chimenea apagada, y las parteras se santiguaron.

Pero ha pasado un año, Isla. Ese crío no ha encendido ni una brasa.

No arde. Es un niño y nada más. —Apretó el pliego hasta arrugarlo—, y ahora Roselyn ha parido otro varón, y el agua también se le ha ido.

Dos hijos. Dos dones apagados. Eso no es la sangre pasando de madre a hijo. Es la sangre marchándose.

Un vello helado se le erizó a Isla en la nuca.

—¿Marchándose adónde?

—Ojalá lo supiera. —Margaid se volvió hacia ella, y había en sus ojos una sombra que Isla no le había visto nunca—. Llevo toda la vida creyendo que la ley era una ley. Ahora resulta que se está deshaciendo delante de mis narices, y de las tres, hija, ya solo queda una entera.

Isla enmudeció. No era de las que callan.

—Quedo yo —repuso a la postre—. A mí no se me ha ido nada.

—No. —Margaid le tomó la cara entre las manos, un gesto que reservaba para las cosas serias—.

Eres la última que lo lleva entero, mi viento.

Desde ayer. Tus hermanas ya han entregado lo suyo a la siguiente camada.

Tú no. Tú lo tienes todo, y solo, y un don que se queda solo en una casa, Isla, es como una hoguera encendida en mitad de un páramo de noche.

Se ve de muy lejos, y no siempre acuden los que uno querría.

—¿Y quién va a venir a verla, madre? —Isla frunció el ceño—. Hablas como si supieras algo.

—Hablo como una vieja que ha visto arder demasiadas cosas. —Margaid le soltó la cara y volvió a la ventana—. No me hagas caso, que hoy es día de alegría y yo lo estoy estropeando. Anda, baja a celebrar a tu hermana.

Lo dijo sin convicción, y a Isla no se le escapó que su madre, antes de volverse del todo hacia el sur, hacia Dùn Lorne y la buena nueva, había mirado un instante largo hacia el norte, hacia las montañas.

Hacia el norte no había buenas nuevas en Dun Ailean.

Hacia el norte solo había viejas historias que nadie contaba en voz alta y un nombre que su madre no pronunciaba jamás.

Isla no entendió del todo aquellas palabras —no las comprendería hasta mucho después, en un patio de piedra, con los ojos vendados—, pero las retuvo, porque a su madre se le guardaban las cosas aunque no se entendieran.

Para sacudirse el frío que le habían dejado, bajó a los establos, que era donde Isla iba siempre a quitarse los fríos del alma.

Su don era el menos lucido de los tres, y ella lo sabía y nunca le había importado.

El fuego de Fiona deslumbraba; el agua de Roselyn salvaba cosechas y vidas.

¿Y el viento? El viento movía hojas, apagaba velas, cerraba puertas y, cuando ella se esmeraba mucho, sostenía una flecha o calmaba a una yegua nerviosa.

Nada que cantar en las baladas. Pero a Isla le bastaba, porque el viento era lo único que había sido suyo desde niña, lo único que no tenía que compartir con dos hermanas, y porque, cuando galopaba al alba y el aire se torcía para correr con ella, sentía algo que se parecía mucho a no estar sola.

Aquella tarde, sin embargo, el viento de las cuadras no le bastó por completo.

Cepilló a la torda más despacio de lo necesario, dándole vueltas a cosas que no solía pensar.

En que Fiona tenía un hijo y un marido que la miraba como si fuera el fuego que era.

En que Roselyn tenía ya dos hijos y un valle entero que le debía la vida, y en que ella, la pequeña, seguía durmiendo en la misma alcoba de siempre y galopando las mismas lomas de siempre, la última flecha en el carcaj de su padre, esperando un blanco que no terminaba de aparecer.

No tenía prisa por casarse; los cuatro pretendientes destrozados daban buena fe de ello.

Pero empezaba a asomarle, por primera vez, una pregunta incómoda: si lo que espantaba de cada hombre no eran los hombres, sino la idea de cambiar el viento conocido de las lomas de Dun Ailean por el viento desconocido de la casa de otro. No sabía la respuesta. Todavía.

Estaba cepillando a la torda cuando sonó el cuerno de la muralla.

Una comitiva subía por el camino del oeste. Seis hombres a caballo, bien montados, con un tartán de azules y verdes apagados que nadie en Dun Ailean supo reconocer, y, entre ellos, llevado del diestro con un cuidado que no se gasta con un animal cualquiera, un potro.

Isla salió al patio limpiándose las manos en el delantal, como medio castillo, a ver quiénes eran. Pero, a diferencia de medio castillo, ella no miró a los hombres. Se fue derecha al potro.

El aire se le atascó en el pecho.

Era un potro de medio año, recién destetado, de capa baya oscura.

Pero Isla no veía la capa. Cruzó el patio sin oír lo que decían los hombres, sin oír siquiera a su padre, y le puso la mano en el cuello al potro.

El animal no se espantó: volvió la cabeza y la olfateó como si ya la conociera, aunque eso era imposible.

Le recorrió con los dedos la línea del cuello, el arranque de la espalda, el corvejón, y a cada palmo se le iba cerrando más la garganta.

Veía la cabeza fina y noble, de orejas pequeñas y ojo tranquilo; el pecho hondo; la manera de plantar las cuatro patas en el suelo como si el patio le perteneciera.

Conocía esa estampa. La reconocía porque la había imaginado ella, en voz alta, en mitad de una feria, hacía dos otoños, delante de un laird ojiplático al que le había dicho que cruzara un tordo cojo con tres yeguas de capas distintas.

Aquel potro era el hijo de aquel cruce. Era su consejo hecho carne, criado, destetado y traído hasta su puerta.

El viento se levantó de golpe en el patio cerrado, sin venir de ninguna parte, y arrancó el delantal de las manos a una criada y apagó las antorchas que empezaban a encender para la noche.

El hombre que encabezaba la comitiva, un veterano de barba gris, desmontó y se inclinó ante Callum, que ya bajaba la escalinata.

— Laird MacLeod. Soy Eachann, de la casa MacRhane, de Dunvara.

—Tenía la voz acostumbrada a gritar por encima del viento del mar—.

Mi señor, el laird Grant MacRhane, os manda este potro como presente para vuestra tercera hija, y os ruega que lo aceptéis como muestra de su respeto.

—Hizo una pausa, buscó a Isla entre la gente y la reconoció al instante, porque era la única que miraba al caballo y no a él—.

Mi señor llega tras de nosotros, a una jornada escasa.

Viene a pediros, con todo el honor, la mano de la milady .

Se hizo un silencio en el patio que ni el viento se atrevió a romper.

Callum abrió la boca para decir algo digno de la ocasión y no le salió nada.

Margaid, a su lado, sonreía con una calma de lago a primera hora, como quien ve asomar al cabo lo que llevaba meses esperando, y en medio de todos, con la mano apoyada en el cuello del potro que ella misma había soñado, Isla MacLeod entendió, dos otoños tarde, por qué había vuelto distinta de aquella feria y por qué se pasaba las tardes con los ojos clavados en el camino del oeste sin saber a qué.

—Conque me hiciste caso —le dijo al potro, muy bajo, para que no la oyera nadie, y el potro, que no sabía nada de lairds ni de profecías, le buscó la palma con el belfo, igual que aquel castaño de la feria, igual que hacían siempre con ella.

Margaid se acercó por detrás y le posó una mano en el hombro, mirando también al animal.

—Es bueno —dijo Isla, sin volverse, porque hablar del caballo era más fácil que abordar lo otro—. Es el mejor que he visto nacer fuera de esta casa.

—No te ha mandado un caballo bueno, hija.

Te ha enviado la prueba de que te escuchó.

—Margaid le apretó el hombro—. Hay hombres que regalan joyas para que una mujer se mire en ellas y se olvide de pensar, y hay otros, muy pocos, que te ponen delante la única cosa que dice: «tenías razón, y lo recordé dos años».

¿Cuál de los dos te parece más peligroso?

Isla no contestó. Sabía la respuesta y no le gustaba.

Aquella noche no durmió. Subió a las almenas, donde soplaba el viento franco y conocido de toda su vida, y clavó los ojos en el camino del oeste por el que al día siguiente llegaría un hombre al que había visto una sola tarde y que, en una sola tarde, había entendido de ella lo que cuatro pretendientes de buena cuna no captaron en un otoño entero: que a Isla MacLeod no se la conquistaba con halagos, sino escuchándola.

El viento, esa noche, no sopló hacia el oeste ni hacia el este.

Dio vueltas alrededor de las almenas, inquieto, sin decidirse. Igual que ella.