II
En Dunvara el viento no paraba nunca. Llegaba del mar, golpeaba el acantilado sobre el que se alzaba la fortaleza y se colaba por cada tronera y cada cuadra con un silbido bajo y constante que los forasteros tardaban semanas en dejar de oír y que los MacRhane ya no oían desde generaciones atrás.
Había moldeado la piedra, torcido los árboles, que crecían todos inclinados tierra adentro, y esculpido a la gente, que hablaba poco y fuerte para hacerse escuchar por encima de él.
Grant MacRhane había nacido con aquel silbido en los oídos y jamás había conocido el silencio.
No lo añoraba. Uno no echa de menos lo que ignora que existe.
Aquella madrugada, sin embargo, no fue el viento lo que lo sacó de la cama antes del alba. Fue una yegua de parto.
Bajó a las cuadras grandes con la camisa a medio atar y se detuvo en el umbral, sin estorbar, porque para parir las yeguas no necesitaban lairds , sino paz. El viejo Domhnall, arrodillado en la paja con las mangas subidas hasta el codo, levantó la vista un instante y volvió a lo suyo.
—Podéis pasar, mi señor. O quedaros ahí, que ya lleváis tres noches de portero.
—Me quedo.
—Como gustéis.
Grant se apoyó en el portón. Era la tercera y última de las yeguas preñadas de aquel cruce raro que había forzado casi por terquedad, y llevaba tres madrugadas seguidas bajando a verlo nacer sin admitir ante nadie —ni ante sí mismo— por qué le importaba tanto.
El potro llegó con el primer gris del cielo. Se puso en pie pronto, demasiado pronto, con unas patas largas que ya prometían lo que iban a ser. Domhnall se apartó despacio, se limpió las manos en el mandil y soltó lo que un mozo de cuadra con cuarenta años de oficio no dice casi nunca.
—En toda mi vida, mi señor, no he visto nacer tres como estos tres.
—Es pronto para decirlo.
—Es pronto para decirlo —concedió el viejo—. Lo sostengo igual.
Grant entró por fin. Los tres potros estaban en boxes contiguos, cada uno con su madre: el de la alazana, el de la ruana, el de la baya oscura.
Tres capas distintas, tal como ella había dicho, y los tres llevaban, pese a la diferencia del pelo, la marca inconfundible del tordo cojo que pacía ahora, ajeno y feliz, en el cercado de los sementales retirados: la misma cabeza fina y noble, el mismo pecho hondo, la misma manera de plantar las patas en el suelo como si el suelo les perteneciera.
No eran tres potros buenos. Eran el principio de algo.
—Domhnall.
—Mi señor.
—El de la baya. Ponle la mano en la cuartilla.
El viejo obedeció, palpó, se inmovilizó. Después alzó la cara, y había en ella algo que Grant no le había visto en veinte años: asombro puro, sin adornos.
—No cojea —murmuró Domhnall.
—Ninguno.
—Con un padre cojo.
—Con un padre cojo. —Grant se agachó junto al box y dejó que el potro le olfateara los dedos con esa curiosidad temblorosa de las primeras horas—. Sacó lo demás. Solo lo demás.
—Eso... —Domhnall se rascó la nuca, incómodo, buscando la palabra—. Eso no lo sabía nadie, mi señor. Ni vos.
—No.
—Entonces, ¿quién lo sabía?
Grant no contestó. Se levantó, se limpió la paja de las rodillas y salió al pasillo de las cuadras, entre el olor a paja limpia y a yegua parida, hacia la luz gris que empezaba a entrar por el portón.
Lo había hecho por terquedad. Esa era la verdad incómoda.
Aquel tordo magnífico y cojo lo apartó de la venta en Cairnmor sin más motivo que una desconocida que se rio de él en mitad de una feria y le dijo, con un descaro que aún le calentaba las orejas, que un caballo cojo de una pata no es un caballo inútil para engendrar, igual que tampoco lo es un hombre cojo.
Volvió a casa con el semental que ya no pensaba vender, con tres yeguas que tampoco, y con la firme intención de demostrarle a aquella mujer —que jamás se enteraría— que se equivocaba.
Ahora tenía delante a los tres potros más prometedores nacidos en Dunvara en cien años.
La recordaba. Demasiado bien para alguien a quien había visto una sola tarde.
Le volvía la carcajada que giró media feria, y el mechón cobrizo levantándose contra la brisa en la dirección equivocada, como si el aire la obedeciera a ella y no al revés, y que se hubiera marchado sin esperar respuesta, dejándolo plantado, y que él, que no perseguía a nadie, hubiera mandado a Tàmhas a averiguar su nombre antes de que se asentara el polvo de su marcha.
Tàmhas apareció en el patio a media mañana con un cubo en cada mano, como si no llevara dos años esperando aquella conversación.
—Tàmhas.
—Mi señor.
—Lo que me trajiste de la feria de Cairnmor. Repítemelo.
El mozo dejó los cubos en el suelo, muy despacio, para ganar tiempo.
—¿El de la muchacha?
—El de la muchacha.
—Isla MacLeod —recitó—. La pequeña de Dun Ailean, del clan del viejo Callum.
Lleva ella sola los caballos de su casa, y eso me lo contó todo el que pregunté, no uno ni dos.
Que tiene un ojo para el ganado que ya quisieran los tratantes viejos.
—Se removió—, y algo más, dicen. Pero eso ya no me lo supieron explicar.
—¿Algo más como qué?
—No sé, mi señor. —Tàmhas bajó la voz—. Cosas de aldea. Que donde ella pasa, el aire hace lo que no debe.
Grant no movió un músculo.
—¿Soltera?
—Soltera. —El mozo carraspeó—, y peleona, por lo visto. Espantó a cuatro pretendientes este otoño. A uno le rompió la nariz.
—Ya.
—¿Recojo los cubos, mi señor?
—Recoge los cubos.
Grant subió a la sala de mapas y colocó las cosas como las ordenaba siempre: en columnas, una al lado de la otra. A media mañana mandó llamar a Eachann.
—Los MacLeod —espetó, sin preámbulo—. Dime lo que sepas.
El veterano se plantó ante la mesa con las manos a la espalda.
—Casa vieja. Tierras buenas al este. El viejo Callum es duro, pero no traicionero, que ya es más de lo que se puede decir de la mitad de esta costa.
—Yernos.
—Dos, y de peso. El MacThane de Ironhold. El MacLorne de la costa norte.
—Emparentar con ellos.
—Emparentar con ellos —repitió Eachann, despacio, y silbó por lo bajo— sería comprar paz por tres flancos de una tacada, mi señor. Cualquier laird con cabeza lo firmaría mañana.
—Ya.
—Pero vos no me habéis llamado por eso.
Grant levantó la vista del mapa.
—Explícate.
—Que llevo cuarenta años sirviendo a esta casa —repuso el viejo, sin bajar los ojos— y que a vos no os hace falta consejo para una alianza. Vos os la sabéis de memoria. Me habéis llamado para que la diga yo en voz alta, a ver si suena razonable.
Hubo un silencio muy largo.
—Hay algo más —admitió Grant al fin.
—Sabía yo que lo había.
—Esa mujer tiene un ojo para el ganado que no he visto en ningún hombre.
Ni en toda una vida entre caballos. —Golpeó el mapa con dos dedos—.
Con ella eligiendo los cruces, en diez años Dunvara será el criadero más rico y temido de Escocia.
No poderosos, Eachann. Ricos de una manera nueva.
Ricos de algo que nadie sabría copiarnos, porque el secreto no estaría en los animales, sino en su cabeza.
Eachann se rascó la barba gris.
—Con vuestro permiso, mi señor: eso que acabáis de describir no es una esposa. Es un activo.
—Exacto —soltó Grant, demasiado deprisa—. Un activo.
El viejo se guardó lo que pensaba, que era lo que llevaba haciendo cuarenta años, y se retiró.
Activo. Grant se repitió esa palabra. Se obligó a decírsela, porque resultaba más cómoda que la otra, la que no se pronunciaba, la que tenía que ver con una carcajada y con el viento en un mechón cobrizo.
Iba a casarse por los caballos, por la alianza, por la cuenta que cuadraba.
Se lo juró con la misma convicción con que un año y medio atrás se había prometido que cruzaba aquel tordo solo para demostrar que ella se equivocaba.
Salió a la explanada. El viento del mar le dio en la cara, frío y limpio, y por un instante —solo uno— Grant MacRhane habría jurado que soplaba del este, tierra adentro, en dirección a Dun Ailean, cuando en Dunvara el aire de la mañana venía siempre, siempre, del oeste.
No le dio importancia. Aún ignoraba que tendría que aprender a dársela.
Grant no salió aquella primavera. Un hombre que se presenta en casa ajena a pedir una mano no se planta allí con las manos vacías, y él quería llegar con algo que ninguna dote pudiera comprar: los tres potros de pie, destetados y sanos, la prueba viva de que aquella mujer había tenido razón.
Así que esperó. Pasó el verano cerrando la cría, cuadrando las cuentas del año y contando los días con la paciencia que gastaba para todo, y una mañana de finales de septiembre, con la primera helada blanqueando el patio, bajó a las cuadras, miró largo rato a los tres potros y subió a vestirse.
Sus hombres andaban ya por el patio con las primeras tareas del día.
Eachann, el veterano de barba gris que servía a los MacRhane desde antes de que Grant naciera, se acercó al verlo salir con esa cara con la que el laird tomaba las decisiones que no se discutían.
—¿Ensillamos, mi señor? —Ya lo daba por hecho—. ¿Salida larga o corta?
—Larga. Seis hombres, los caballos buenos, provisión para cinco jornadas. —Grant miró hacia el este, hacia las colinas pardas tras las cuales, mucho más allá del horizonte, estaba Dun Ailean—, y mis mejores galas. Las de mi padre.
Eachann arqueó una ceja.
—Las galas del viejo laird no salen del arcón más que para bodas y entierros.
—Lo sé.
—Y que yo sepa, no se ha muerto nadie.
—No se ha muerto nadie.
El veterano lo miró de reojo, con la desconfianza de quien lleva cuarenta años oliendo el peligro antes de verlo.
—¿Hacia dónde vamos, mi señor?
—Dun Ailean. Tierras MacLeod.
—Eso está a cinco jornadas.
—Cinco largas.
Eachann asintió despacio, dio media vuelta para empezar a repartir voces, y entonces, porque la curiosidad pudo más que el respeto y porque llevaba toda la vida con aquella familia, se volvió a medias.
—¿Para qué, mi señor, si se puede saber?
Grant MacRhane clavó los ojos en el horizonte un momento más, con los tres potros recién nacidos a su espalda y una carcajada de hacía año y medio sonándole todavía, terca, en algún rincón al que no dejaba entrar a casi nadie.
—Voy a casarme —dijo.
Y entró a vestirse con las galas de su padre.