EPÍLOGO
El niño de Dunvara nació una mañana de primavera, mientras el viento del oeste, ese que toda la vida había acudido a la llamada de su madre, soplaba al otro lado de los muros sin que nadie lo gobernara, libre y ajeno, como un viento cualquiera.
Había sido un invierno largo, el del embarazo.
Isla lo había pasado cada vez más pesada y quieta, ella que no había estado quieta jamás, refunfuñando porque no la dejaban montar, ganándole al consejo discusiones que antes resolvía a campo abierto, y a medida que el vientre le crecía, algo más se hizo evidente, algo que al principio la asustó y que luego, despacio, aprendió a entender: el viento se le iba.
Cada semana acudía un poco menos a su llamada, un poco más tarde, un poco más débil, como una marea que se retira y no termina de volver.
Al sexto mes apenas movía una cortina. Al octavo, nada, y los dos, ella y Grant, recordando la Ley que Margaid le había explicado una vida atrás —que parir traspasa el don a la criatura—, supusieron lo evidente: que el viento se estaba mudando, hijo adentro, a la siguiente que ardería.
A Isla, aquello la había puesto melancólica de un modo que no confesaba.
Una cosa era saber, de cabeza, que la Ley funcionaba así, y otra muy distinta sentir cómo lo que había sido suyo desde antes de tener memoria se le escapaba semana a semana entre los dedos.
Algunas tardes salía al acantilado, sola, y llamaba al viento con todas sus fuerzas, solo para comprobar cuánto le quedaba, y volvía cada vez más callada.
Grant, que la conocía, no le decía nada: le calentaba leche con miel, le ponía las manos en los pies hinchados, y esperaba, porque había aprendido que a su mujer no se la consuela con palabras, sino estando.
«Cuando nazca lo entenderemos —era lo único que decía—.
Lo que tenga que ser, será, y sea lo que sea, lo será con nosotros dos delante».
Se equivocaban. Pero eso no lo supieron hasta que el niño nació.
Porque el niño nació varón. Un crío grande, colorado, con un par de pulmones que hicieron reír a la partera —«este sí que sabe armar viento», dijo, sin sospechar lo que decía—, y con los ojos, cuando al fin los abrió, de un avellana cálido idéntico al de su padre.
No verde transparente. No del color del viento.
Avellana. Ojos de Grant. Ojos de hombre normal.
Y el don de Isla, desprendiéndose al parir como mandaba la sangre antigua, fue a buscar a la criatura para asentarse en ella.
Pero la criatura era un varón. No tenía dónde agarrarse.
Ni a quién, y así, sin drama, sin tormenta, sin que cayera un rayo ni temblara la tierra, el viento que tres niñas habían heredado al nacer, triples, veintidós años atrás, salió del mundo por donde había entrado, encontró la puerta de un niño cerrada, y se marchó.
Para siempre. Igual que el fuego en un castillo del este, tres años antes, en el fogonazo de una chimenea apagada que su madre había tomado por un salto y que no era un salto, sino una despedida.
Igual que el agua en una costa del norte, unos meses después, en una jofaina que tembló sola y se quedó quieta para siempre.
Tres hermanas. Tres varones. Tres dones que se apagaban.
Se acabó.
Isla lo supo en cuanto tuvo fuerzas para buscarlo.
Tendida en la cama grande que olía a cuero, con el hijo dormido sobre el pecho, estiró los sentidos hacia el aire de la alcoba como había hecho miles de veces desde niña, y llamó al viento, y por primera vez en su vida, el viento no contestó.
No es que estuviera lejos, o cansado, o agotado como tras la torre.
Es que ya no era suyo. Era solo aire. Golpeaba la ventana porque sí, no porque ella lo llamara, indiferente y hermoso y libre, un viento del oeste como cualquier otro, que ya no la conocía.
Esperó la pena. La pena no vino.
Vino, en su lugar, algo que no esperaba: una ligereza enorme, como si le hubieran quitado de los hombros un peso que cargaba desde que alcanzaba a recordar.
Toda su vida había sido la mujer del viento: la rareza, el secreto, el prodigio, la presa.
Toda su vida había vivido sabiendo que su don tenía un precio —un dedo de vida por cada uso, el abismo al fondo del pozo— y que tarde o temprano irían a por él, como fueron a por su abuela, como estuvieron a punto de encontrar a su madre, como habían venido a por ella misma hasta una torre del fin del mundo, y ahora, de repente, en una mañana de primavera, todo aquello se había terminado.
No habría más usos. No habría más precio.
No habría más cazadores, porque ya no quedaba nada que cazar.
El niño que dormía sobre su pecho no ardería nunca.
Nadie lo rastrearía jamás por las lomas.
Nadie le pondría una venda en los ojos para robarle lo que llevaba dentro, porque no guardaba dentro más que cualquier niño: un nombre, una casa, un padre y una madre que lo querían.
Sería un crío normal. Crecería, daría guerra, rompería cosas, se caería de los caballos, se enamoraría algún día de quien no debiera.
Un crío normal, en un mundo normal, a salvo.
Isla MacLeod, que había doblado tormentas y vencido ejércitos a ciegas, miró a su hijo dormido: aquella —un niño corriente que jamás tendría que esconderse— era la mayor victoria de toda su estirpe, y que la había ganado no usando el don, sino dejándolo marchar.
Pensó en su abuela, a la que no había conocido, encerrada de joven en una torre del norte por aquel don que ahora salía del mundo sin estruendo.
Pensó en su madre, que había crecido escondida y había perdido a la suya por la misma sangre, para acabar entregándola, sin saberlo, a sus tres hijas.
Pensó en sus hermanas: en Fiona, que lo había perdido tres años atrás al traer al mundo a su propio varón; en Roselyn, que había parido un segundo varón y se había vaciado igual.
Las tres trillizas, las últimas mujeres de una estirpe que había ardido durante siglos, eran ahora tres madres de criaturas corrientes, y con ellas, en silencio, en tres costas distintas de Escocia, el fuego, el agua y el viento volvían al lugar de donde habían salido.
No quedaba ya nada antiguo en su sangre.
Solo sangre, y a Isla, que había estado a punto de morir dos veces por aquel don, le pareció el mejor regalo que la Ley podía hacerle a un hijo: nacer sin nada que esconder.
—¿Lloras? —Grant, sentado en el borde de la cama, le rozó con el pulgar una lágrima que ella ni había notado.
—No es lo que crees —repuso Isla, sonriendo entre el agua—.
El viento se ha ido, Grant. Del todo. Esta vez no vuelve.
Se lo ha llevado él, solo que él no puede quedárselo, así que no lo tiene nadie.
Se acabó. La sangre antigua muere con nosotras tres y con nuestros críos.
—Buscó la cara de su marido—. Ya no soy la mujer del viento. Soy solo... yo. ¿Te sirvo así?
Grant la miró un largo rato, con aquella cara de palo suya tras la que escondía todo lo que sentía. Luego se inclinó, le dio un beso en la frente a ella y otro en la cabecita al niño, y añadió lo que llevaba diciéndole desde un despertar en aquella misma cama, tiempo atrás:
—Nunca me casé con tu viento, Isla. Te elegí a ti. El viento siempre fue lo de menos. —Y, porque era Grant, añadió, mirando al crío—: Además, fíjate qué pulmones. No necesita ningún don para armar escándalo. Ha salido a su madre.
Lo llamaron Eachann.
Isla lo había decidido en un cementerio bajo un cielo gris, arrodillada ante la tumba de un hombre que había muerto guardando un portón y un secreto; y un hombre que cae defendiendo una puerta, había pensado, merece que su nombre siga cruzándola.
Nadie en Dunvara discutió la elección. Beathag lloró.
La vieja Mòrag opinó que era un buen nombre, fuerte, de los que aguantan, y, lejos, en Dun Ailean, cuando le llegó la noticia por un jinete, Margaid MacLeod —que andaba ya enredada en su lista de hermanas, escribiendo cartas a estirpes perdidas por toda Escocia— sonrió sola junto al fuego, y ocurrió algo que llevaba veintidós años sin ocurrirle.
Por primera vez en toda su vida, Margaid MacLeod entendió a su madre.
Sorcha no le había dejado en herencia una advertencia, ni un rito, ni un puñado de hierbas secas.
Le había dejado una oración. La que rezaba cada noche de sus veintitrés inviernos de cautiverio, arrodillada en una torre de piedra negra, con el vientre lleno de un hijo que no había pedido: que la sangre se partiera.
Que no volviera a caer entera sobre una sola mujer, porque una mujer entera vale un rapto, un castillo y una vida encadenada.
Que se dividiera, y se gastara, y se fuera apagando hasta que ninguna nieta suya valiese lo bastante como para que fueran a buscarla.
El Cielo, o lo que fuera que escuchase en aquella torre, la había oído.
Tardó dos generaciones, pero la había oído.
La sangre se partió: tres elementos en un solo parto, tres niñas, tres tercios de lo que Margaid había gobernado entera y sola, y ahora se apagaba: tres hermanas, tres varones, tres puertas cerradas.
«Lo rezaste tú, madre», pensó Margaid, con los ojos secos y la garganta no tanto.
«Nos has costado a todas media vida, y has ganado».
Su madre, la que la parió a ella y al monstruo de su hermano, habría dado cualquier cosa por ver aquello: el final manso de una historia que empezó con sangre en la nieve, cerrándose con un niño sano que no tendría que huir de nadie.
Esa misma tarde, ya con la casa en calma, Grant salió al patio nuevo, miró hacia el acantilado donde una vez treinta caballos estuvieron a punto de despeñarse y donde su mujer había estado a punto de morir por salvarlos, y llamó al carpintero.
—Las barandillas del filo —ordenó—. Las quiero más altas. El doble de altas, y otra en lo alto de las almenas, y revisad el pozo, y tapad ese hueco de la cuadra.
—Señor —dijo el carpintero, extrañado—, si la señora ya no... si ya no hay viento que la tire, ¿para qué...?
—No es por el viento —gruñó Grant, mirando hacia la ventana de la alcoba donde dormían su mujer y su hijo—.
Es por el crío. Va a ser igual de cabezota y de salvaje que su madre, igual de incapaz de quedarse quieto, y va a querer subirse a todo lo que tenga borde.
La diferencia es que él, cuando se caiga, no va a poder doblar el viento para no estamparse.
—Se cruzó de brazos—. Así que las barandillas, altas.
Esta familia ya ha pasado bastante miedo en los filos.
A este lo vamos a criar lejos del borde.
El carpintero se rascó la cabeza, miró hacia la ventana de la alcoba, y luego alzó los ojos a su laird —aquel hombre seco y temible que regateaba caballos con cara de piedra y que ahora encargaba barandillas dobles por un recién nacido que aún no sabía ni levantar la cabeza— y comprendió, como todo el clan a lo largo de aquellos dos años, que el frío señor de Dunvara se había derretido por completo y para siempre.
«Altas, señor —dijo—. Las más altas de Escocia», y se fue a por la madera, sonriendo por dentro.
Y así fue como, en Dunvara, sobre una costa del oeste donde el viento volvía a ser solo viento, se cerró la historia de la sangre antigua y empezó otra mucho más sencilla y mucho más feliz: la de una mujer que un día tuvo un don y lo dejó marchar sin pena; la de un hombre que nunca quiso domarla y que construyó un barco para no rendirse; y la de un niño de ojos avellana que crecería corriendo por las lomas sin esconderse de nadie, sin arder por nada, sin más prodigio en la vida que el de ser querido hasta el hueso.
El viento siguió corriendo sobre Dunvara, como desde el principio de los tiempos y como soplará siempre.
Solo que ya no buscaba a nadie, y a nadie, en aquella casa por fin a salvo, le hizo ninguna falta.
Porque hay una clase de magia que no se hereda en la sangre, ni se paga con dedos de vida, ni se la puede robar ningún cazador, y es la única que de veras sostiene una casa en pie: la de quererse, sin más, todos los días, hasta el final, y de esa, en Dunvara, había de sobra.