Capítulo 36
Telón
—¿Querías verme? —preguntó Red.
Lylia permaneció en silencio, como si su mente estuviera pensando en otra cosa.
—Maestra —dijo una de las mujeres, Myriam, la posadera.
La bruja salió del trance y se dio vuelta.
—Vas a tener que volver a cambiarte. Tu pequeño berrinche hizo que ensuciaras esas elegantes prendas.
Nosotras también nos cambiaremos —dijo esta vez dirigiéndose a las otras mujeres que estaban en aquel edificio de ladrillos rojos—.
Vamos a recibir a nuestro señor de la única forma correcta, elegante y solemnemente.
Red se sentó en una de las sillas cercanas frente a una ventana. Las mujeres de afuera cargaban retratos, estatuas y mesas ceremoniales y las llevaban al centro del pueblo donde hacía una noche había presenciado los horribles sacrificios que hacían estas brujas.
Pequeño berrinche... ¿Cómo se atreve esa perra?
, pensó Red. Luego la vio tomando un elegante vestido blanco y no pudo evitar pensar que algo estaba muy mal con ella.
Su comportamiento fluctuaba demasiado, a veces se comportaba de forma dócil, amable, en otras ocasiones temerosa, y la noche anterior y esta se comportaba posesiva, imperativa, demandante.
La mujer estaba rota, pero eso no era problema suyo.
Luego de unos minutos las mujeres regresaron cambiadas con elegantes vestidos dignos de un evento real y Lylia se acercó a él.
—Colócate esto.
La ropa que le entregó era igual de elegante que la que llevaba puesta. Ropa digna de un rey de color negro y ornamentos dorados. Esta vez, además, le entregó una capa, también elegante.
—Hará frío.
El colibrí hizo caso y se cambió. Nunca se había colocado ropa tan elegante, ni siquiera de vuelta en Mazavid donde solía lucir su armadura.
Lylia era la única de las mujeres que vestía de blanco. Marie vestía de rojo oscuro y todos los demás, incluyéndolo, vestían de negro.
La noche era hermosa y una gran media luna se alzaba en el firmamento.
Todas las cosas estaban en su lugar. Las brujas se arrodillaron en mitad del césped mientras el frío viento soplaba fuertemente.
Red seguía de pie hasta que la bruja Ulma a quien previamente había amenazado le trajo una elegante silla.
Aquel asiento era tan elegante que parecía incluso un trono y por la ubicación cerca al altar sabía que tendría una buena vista de lo que iba a acontecer.
A unos cuantos minutos de Campo Verde, el enano Thrain Forjamontañas dirigía un grupo numeroso de guardias y personas comunes que estaban hartas de que los rumores de brujería en la región de Nygrat mancharan el buen nombre de Mystat, el pueblo aledaño que intentaba ser ciudad.
Thrain recordó cómo apenas hace unos días se levantó luego de ser congelado y tras recuperar la conciencia un hombre desnudo se acercó a él corriendo.
—Señor, señor, ¿es usted un guardia? —dijo el extraño.
—Agh... ¿Qué? ¿Quién es usted? ¿Dónde? ¿Vinland? —dijo confundido antes de mirar al hombre que se había acercado justo en ese momento.
—¡Necesito ayuda!
—Oiga amigo, ¡no venga mostrando sus miserias!
—¡Brujas! ¡Brujas!
El enano se levantó rápidamente y agarró su hacha.
—¿Dónde?
—¡Vienen de por allá, convirtieron a mi amigo en esto! —dijo el hombre desnudo con un caracol en la mano.
—Amigo, acabo de despertarme, no estoy para bromas.
Thrain se dio cuenta de lo que había dicho y se dio vuelta para revisar a sus compañeros. Estaban muertos. Lleno de ira el enano avanzó hacia el extraño desnudo y con un movimiento de sus pies lo hizo caer.
—¿Cómo sé que no eres el responsable de esto?
El hombre se encontraba aterrado de la afilada hacha en su mano, pero luego de unos segundos de silencio y tragar saliva dijo:
—Mira el bosque, es un desastre... ¿Cómo podría yo hacer esto?
El guardia alejó su hacha y miró el desastre a su alrededor. Fuego y hielo cubrían el bosque casi completamente.
El extraño desnudo, Hambre disfrazado, no vio muy convencido al enano y mientras este seguía asimilando el desastre transformó de vuelta a Ondrej.
El semimono dio un grito y empezó a arrastrarse por el suelo.
Forjamontañas lo vio y oleadas de incertidumbre empezaron a llegar a su mente.
—¡Se transformó de vuelta!... ¡Lo viste! Brujas, brujas, ellas hicieron esto. Van a conquistar el país.
—¿De dónde vienen estas brujas?
—¡Vienen de allá!
El capitán de la guardia miró la dirección y supo que se trataba de Campo Verde. No llevaba mucho tiempo apostado en Nygrat, pero estaba plagado de problemas. Primero bandidos, luego el Vile vine y ahora esto.
—Tenemos que irnos...
Antes de que el hombre desnudo terminara su frase, el enano pudo ver cómo este se transformó en un gusano de tierra y se fue reptando a un árbol cercano.
Hambre lo sabía, lo había convencido. Cuando este se fue cargando al semimono en la espalda, tenía la certeza de que regresaría con refuerzos. De vuelta en su forma original, el diablillo rio antes de convertirse en un halcón listo para vigilar desde arriba.
Ahora, en el camino hacia Campo Verde, los guardias estaban emocionados e igualmente aterrados. El trabajo como guardia era peligroso, pero nunca aburrido. Algunos de sus compañeros habían marchado hasta Ambrosía para auxiliar al rey y ellos también tendrían su propia historia.
—¿Seguro que quieres entrar allí? —preguntó Thrain a Ondrej, el mico.
—Algo que necesito está ahí. Esas brujas me las pagarán.
Con antorchas, arcos, lanzas y espadas el grupo de trescientas personas marchaba hacia el origen de todo, la aldea de las brujas.
—¿Por qué las caras largas, muchachos? ¡Vamos a matar a esas brujas!
—¡Por Zhonos!
—¡Por Bearnia!
—¡Por Mystat!
Algunos miembros del grupo incluso fueron totalmente ebrios, Thrain podía notarlo en su andar. Habían pasado años desde que había estado en una incursión así. Hoy Nygrat recuperaría su resplandor.
De vuelta en Campo Verde, Red miraba cómo las brujas continuaban con el sacrificio de animales de granja, no podía evitar pensar que si no regresaba las asquerosas brujas se habrían devorado a Cenizas.
Sus pensamientos fueron disipados momentáneamente por la aparición de la regente con una caja ceremonial.
Red había visto algunas parecidas antes.
Un sagrario. La bruja anciana colocó el objeto en la mesa y de su interior sacó el corazón del Vile vine, aún latente.
La bruja anciana miró el corazón con fervor, no, no lo miraba, lo contemplaba. Su mirada era enfermiza, su sonrisa era grande, Marie se lamió los labios y luego se colocó frente al altar como si fuera una sacerdotisa.
—Hermanas mías, nos reunimos aquí bajo el manto eterno de la noche en torno a todas estas ofrendas consagradas por una última vez para sellar el pacto que nos une con el verdadero Dios de estas tierras.
Que cada gota de sangre que se ha derramado sea semilla de poder, que cada vida entregada en su nombre traiga cien más.
Hoy abrimos el umbral al abismo y clamamos a lo profundo.
Escucha nuestras voces, recibe esta carne y sangre.
Permite que aquel que engendramos camine entre los vivos bajo tu mirada que nunca duerme.
Red vio a Lylia realizar una inscripción en el suelo con la sangre de un cordero y a Marie colgar algo en un árbol cercano. Su memoria lo llevó a un par de meses atrás cuando el viejo Galavan colgaba de los árboles de Belén unos amuletos con forma familiar. Los espantaespíritus.
La barrera. No la está levantando Lylia, ¡la está levantando la vieja!, pensó Red.
Las mujeres caminaron una a una hacia el altar y con una daga antigua se cortaron las palmas y derramaron la sangre de sus manos en una vasija.
Hambre, ¿dónde estás?, se preguntaba Red.
Todas las brujas realizaban su ofrenda, tras un tiempo se dio cuenta de que habían hecho una fila y que la fila terminaba con él.
La fila seguía avanzando.
El grupo de guardias y civiles había llegado a la barrera. En ese día, la barrera tenía tal fuerza que una gran niebla negra podía verse obstaculizando el paso físicamente. Algunos borrachos intentaron entrar solo para desmayarse.
Marie abrió los ojos ampliamente y miró en aquella dirección.
La astuta anciana dejó su ofrenda en la vasija y se dirigió hacia aquella dirección.
—¡Alto! —exclamó Thrain rascándose la barba, intentando pensar.
—¡Nadie más de un paso!
El enano estiró su hacha y notó cómo esta sí podía atravesar la niebla.
—¡Arqueros!
Los guardias de Mystat prendieron una pira con la cual encendieron sus flechas en llamas. Luego, ubicados en una fila de cincuenta hombres esperaron la señal.
—¡Fuego!
Red era el próximo en la fila cuando subió la mirada al cielo.
Una lluvia de flechas en fuego empezó a caer sin objetivos aparentes.
Podía hacerse una idea de lo que querían hacer.
Encender en fuego la aldea quemando los techos.
Inmediatamente después de la lluvia inicial, una nueva lluvia de flechas volvió a caer.
Las mujeres, asustadas, empezaron a buscar refugio.
La fila se desordenó. El fuego empezó a propagarse.
En medio de la confusión Lylia agarró la vasija y caminó con ella. Red miró hacia Marie y luego hacia Lylia. Debía decidir qué hacer y rápido.
Las lluvias de flechas seguían cayendo, llevando incluso a varias brujas. Red persiguió a la anciana de los dedos anillados y la tumbó.
—¿Qué demonios crees que haces, niño tonto? —dijo la anciana quitándoselo de encima y levantándose con una fuerza sorprendente—. ¡Vuelve a tu lugar!
—Quita la barrera —dijo Red, conjurando un sable oscuro, el cual apuntó a la anciana.
—¡Ja, ja, ja! ¿Tu madre no te enseñó a respetar a tus mayores?
Las lluvias de flechas no dejaban de caer. Thrain ordenó continuar con aquel plan. Los gritos de las mujeres dentro de la niebla eran suficiente para indicarle que su plan estaba funcionando.
—¡Quítala!
La anciana nuevamente se rio de él y de repente se calló.
—Tienes razón, es momento de igualar las probabilidades.
La anciana alzó su mano para luego descenderla bruscamente y la niebla oscura se disipó.
Inmediatamente, múltiples de las brujas caminaron hacia el origen de la lluvia de flechas. Los soldados caminaron con las armas en mano mientras los arqueros seguían disparando constantemente lluvias de flechas.