Capítulo 35 #4
Allí, a espaldas de la cama y desangrándose, Theresa sonrió al ver una pequeña campana plateada rodando hacia su pierna. Como por reflejo o quizá totalmente consciente, la princesa agarró aquella campana y la sonó tres veces.
De repente, aquel elfo apareció nuevamente y, con levantar una mano ante la criatura, esta desapareció.
—No tienes de qué preocuparte. Ya estoy aquí —se expresó el elfo de tal forma que Theresa olvidó el dolor, pero por dentro estaba furioso: su juguete se había roto.
III
Nadie volvió a encontrar a Theresa, Rogier fue encontrado unos meses después de vuelta en su país, desnudo y confundido.
Las casas reales de Bearnia cancelaron la unión con el país de Sicco y decidieron que la familia Polroc se mudaría a Ambrosía y gobernaría Bearnia.
El heredero, Vilhiam Polroc De Fragante I, se convirtió en el primer monarca de ese linaje y al final de su reinado decidió que el gobernante de Bearnia debía ser elegido por su pueblo; sin embargo, nunca nadie logró arrebatarle el trono a aquella dinastía,
ya sea por popularidad o quizá por algo más.
Theresa vivió por mucho tiempo junto a Eryndor en el ducado de Aelthiriel en el reino de Kala, solo que en otro plano diferente. Tiempo después el elfo le reveló su verdadera identidad.
En realidad, solo estuvo allá unos años, pero el tiempo con el elfo se sintió como una eternidad, una donde verdaderamente fue feliz.
Sabía que nunca sería la misma, que su vida como la conocía había acabado.
A pesar de haber sido arreglada por su nuevo amante, Theresa siempre fracasó en sus intentos por darle un heredero.
La princesa ya no cumplía las condiciones de ser el recipiente de la magia de raíz.
Era la única forma de concebir un heredero divino.
Decidida a cumplir su nuevo propósito, Theresa le solicitó al dios que la devolviera a Azur, donde llevaría a cabo un ritual que tomaría mucha preparación.
Un ritual para generar vida a costa de muchas muertes.
El elfo aceptó y le dio el don de invocar y manipular el vacío, además, envió a una de sus devotas con ella, la bruja Marie de Aelthiriel quién se aseguraría de que su amada tuviera todo lo necesario.
Inicialmente, las dos mujeres se asentaron en la región rural de Bearnia, en la región del monte Nygrat.
Las brujas empezaron controlando a la gente, guiándolos hasta que la población creciera lo suficiente.
Ambas vivieron en muchas aldeas. En algunas de ellas el nombre de Theresa todavía sonaba en canciones locales.
Tras muchos años de vuelta, ambas empezaron a envejecer.
Marie envejecía como el vino, los anillos de sus diez dedos, obsequio del dios, le otorgaban años de vida, cincuenta años cada uno.
Algunos ya se habían vencido, pero su retiro tendría efectos no deseados, por lo cual la bruja jamás lo hacía.
Theresa recibió lecciones de magia de la bruja.
Con el paso de los años, se volvió experta manipulando el vacío, pero aquel arte prohibido tenía sus propias consecuencias.
Inevitablemente, la antigua princesa sufrió alteraciones corporales que le dieron un aspecto grotesco.
Inicialmente su cuerpo y extremidades se alargaron, su piel se volvió pálida, pétrea y sus ojos perdieron el color.
Cuando Theresa podía ser considerada una maestra de la magia abisal, su aspecto le impedía habitar en la superficie, pues habría sido atacada a primera vista. Marie lo sabía.
Luego de varias décadas de haber regresado, las brujas se mudaron a un pueblo llamado Campo Verde. Theresa escogió el lugar: era el lugar donde habían sido enterrados sus padres, en la cripta de los de Ambrosía.
Las brujas controlaron el lugar desde las sombras, instaurando una religión.
Theresa llevaba un registro de todo lo que pasaba desde la oscuridad de la cripta y Marie manipuló su posición hasta alcanzar el poder.
Con el tiempo, Marie informó a Theresa de la aparición de un Vile vine cerca, lo cual sabía que sería fundamental para el plan, pero, no importaba cuántos hombres manipulara para batallar con el monstruo, nadie podía.
Los rituales que se llevaban a cabo en aquella aldea eran perversos, como todo lo que venía del vacío, y eventualmente Theresa y Marie se convirtieron en las segadoras de muchas vidas de hombres, mujeres y niños.
La conjuración abisal causaba que cientos de voces de fallecidos susurraran en los oídos de la antigua princesa todo el tiempo.
Eventualmente, Theresa debía tomar siestas que duraban incluso años.
La princesa esperó. Resistió tanto tiempo que, cuando el ser en el que se había convertido casi había olvidado por qué hacía todo esto, la voz de su amado elfo sonó en su cabeza.
—Persevera, querida. Pronto, un caballero que apesta a magia vendrá a lomos de un caballo plateado. Deben enviarlo a pelear con el monstruo. Si regresa, se convertirá en mi adalid y guiará a mis hijos a tomar su lugar en Azur.
Mucho tiempo después de aquellas palabras, el caballero prometido había llegado y no era lo que pensaba. Theresa sabía que debía invocar el abismo una vez más, a pesar de que cada nueva ocasión en que lo hacía un rastro más de humanidad se perdía para siempre.