El viaje del colibrí Capítulo 35 #3
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Capítulo 35 #3

Esa noche fue terrible. Theresa no pudo pegar un ojo en toda la noche. Esperaba que Rogier durmiera junto a ella esa noche para apuñalarlo en el cuello mientras dormía, pero nunca llegó.

A la mañana siguiente, Domarco llegó a la habitación de la princesa y le comunicó las terribles noticias.

Theo II y Callista habían sido víctimas de un ataque.

Se habían ido. Nadie supo dar explicaciones.

¿Quién fue? ¿Cómo lo hizo? ¿Por qué lo hizo?

La familia real se encargó de hacer que la cabeza de todos los guardias que estaban aquella noche rodaran por fallar en su único propósito.

Theresa, que aún intentaba asimilar todo, acudió al funeral de sus padres.

La ceremonia tuvo lugar en la cripta de la familia De Ambrosía a unos días de la capital de Bearnia que recibía el mismo nombre.

Los miembros de todas las familias reales de Bearnia, incluida la casa Polroc, dieron sus condolencias a la princesa.

Todos los invitados estaban elegantemente vestidos de negro.

El sacerdote que hacía unos meses había oficiado la boda de la princesa sería el mismo que hoy despediría a sus padres.

—Hoy, en este templo sagrado, velamos el descanso de nuestros soberanos, el rey Theo II y la reina Callista, arrebatados de entre nosotros por una mano oscura y desconocida.

Sus coronas no fueron solo oro y poder, sino un pacto de deber y cuidado por su pueblo.

Y ese pacto ha sido quebrantado no por su voluntad, sino por el velo del misterio y la violencia que los arrancó de la vida.

Que los dioses, cuyo juicio es más alto que el nuestro, los reciban en los salones eternos donde reposa la realeza justa.

Que la luz los envuelva, y que sus nombres nunca se apaguen en la memoria de los hombres.

No preguntéis solo por qué murieron, sino qué debemos hacer los vivos con la herencia de su sacrificio.

Que su muerte no se pierda en el silencio, sino que despierte en nosotros la fuerza para resistir a la sombra que los tomó.

El sacerdote hizo una pausa mirando a la multitud y luego dijo:

—Justicia, estoy seguro de que ellos nos la darán.

Theresa derramó lágrimas silenciosamente.

Fueron ellos, lo sé, pensaba para sí misma.

La paranoia la consumía. Si creen que voy a dejar que me quiten este reino de las manos, van a ver, pensó mientras miraba con un odio perverso a Rogier y Signa, quienes estaban de pie junto a ella con evidentes expresiones de tristeza.

Un mes después, Theresa De Ambrosía, primera en su nombre, sería coronada.

Ella lo sabía. Rogier había vuelto a dormir con ella, pero la futura reina ni siquiera se molestaba ya, que la desaparecieran, acabar con todo quizá sería lo mejor para ella.

Los días pasaban y ni siquiera dejó su habitación.

Theresa se había convertido en una muerta en vida.

Su única interacción era con el mayordomo Domarco, que entraba a llevarle las comidas, las cuales dejaba casi enteras, y con las sirvientas que entraban a asearla.

Un día, harto del estado de su esposa, Rogier la encaró en la habitación real durante una noche.

—¿Qué crees que haces? ¿Piensas matar a nuestro hijo de hambre?

—...

—Te acabo de hacer una pregunta.

—Déjame en paz. No estoy haciendo nada.

—Exactamente —dijo frustrado el príncipe—. Sé que atraviesas un momento difícil. Mira, sé que no soy perfecto, que no soy lo que quieres, pero puedes hablarme de esto.

—No estoy haciendo nada. Es eso lo que les conviene a ti y a tu madre. ¿No es así? Su plan está saliendo a la perfección... ¿Era necesario que los asesinaran? —Theresa empezó a llorar—. Habría hecho todo lo que me pidieran. Yo jamás pedí esto.

Rogier se acercó rápidamente a la mujer y le dio vuelta. Luego le dio una fuerte cachetada.

—¿De qué demonios crees que hablas? ¿Insinúas que fuimos nosotros? ¡¿Te volviste loca?!

La cachetada había derrumbado a Theresa, que se sobaba la mejilla y continuaba llorando en el suelo.

—«Cuando el heredero nazca asegúrate de desaparecerla sin hacer mucho alboroto» —dijo Theresa citando a la reina del país de Sicco en aquella ocasión.

Rogier se llevó las manos a la cabeza con desesperación, dio una vuelta mirando hacia todos lados como si no supiera qué hacer y luego volvió a mirar a su esposa.

—De eso se trata, eh... No es más que un simple malentendido.

La futura reina seguía llorando sin mirar al hombre a los ojos.

—Déjame explicarte.

—Aléjate de mí —dijo Theresa, agarrando sigilosamente un cuchillo que siempre había guardado debajo de la cama desde aquella vez que escuchó la conversación.

Rogier se acercó lentamente y la mujer le hizo un corte en el brazo. El príncipe observó la cantidad de sangre que se derramaba desde su brazo. Realizó presión en la herida y se cubrió con una venda improvisada de las sábanas de la cama doble real.

Theresa se levantó y corrió hacia la puerta, pero se encontró con la desagradable sorpresa de que esta estaba cerrada con llave.

—¡Domarco! —gritó asustada la princesa.

Rogier se acercó a ella y le dio un fuerte empujón, derribándola por unos segundos.

—Escúchame de una vez, maldita sea.

La princesa se arrastró por la habitación hasta una mesa de noche y el príncipe se percató de que había agarrado otro objeto.

Ese día, un extraño suceso ocurrió. La noche pasó de ser una de medialuna a una de luna llena, como si fuera casualidad.

—Hay que desaparecer la marca. No a ti... ¡Debemos desaparecer la marca cuando nazca o si no será como yo!

El príncipe cayó al suelo repentinamente, Theresa miraba asustada la ausencia de movimientos del hombre. Sabía que sería muy difícil explicarle al país de Sicco que había acabado con el príncipe, incluso por defensa propia.

Unos segundos después, de la herida del hombre, una gran cantidad de pelo empezó a brotar.

El hombre convulsionaba y gritaba mientras sus huesos se quebraban con un chasquido grotesco.

Sus músculos se estiraron desgarrando su piel y su grito humano se quebró en un aullido animal.

La mandíbula se alargó, los dientes se volvieron cuchillas, y sus ojos brillaron con hambre salvaje.

En cuestión de segundos, el esposo se había perdido.

En su lugar jadeaba un lobo monstruoso, aún temblando por la violencia de la transformación.

La mujer, totalmente aterrada, abrió la mano, revelando el objeto que había agarrado, otro cuchillo, uno de plata. Se arrastró hacia el balcón y miró con miedo a ese horripilante ser acercarse despacio, pero antes de que llegara donde ella, múltiples golpes detrás de la puerta lo distrajeron.

—¡Princesa!... ¿Qué está pasando ahí dentro?

—Domarco… —susurró Theresa con las manos tapando su boca.

—¡Voy a entrar!

El lobo que había sido su esposo retrocedió encarando la puerta, listo para la apertura de esta.

El mayordomo entró con una lanza y escudo que había agarrado de una de las estatuas del tercer piso y quedó temporalmente paralizado por ver a la criatura.

El lobo Rogier saltó encima del mayordomo, arrebatándole el escudo sin esfuerzo. En un pobre intento por defenderse, Domarco le atravesó la lanza en el costado izquierdo, pero la bestia ignoró el dolor y, con una serie de zarpazos, acabó en instantes con la vida del mayordomo.

Theresa seguía llevándose las manos a la boca.

Decidida a frustrar los planes del país de Sicco, fueran los que fueran, la princesa se acercó a apuñalar al monstruo, mientras devoraba a Domarco, pero este se dio vuelta al escuchar el ruido de sus pasos.

Theresa se escondió rápidamente detrás de la cama mientras escuchaba los ruidos salvajes de su esposo acercándose.

En esos eternos momentos, la princesa sintió una patada de su bebé.

Fue ahí cuando la realización llegó. Otro de estos monstruos crecía dentro de ella.

El monstruo continuaba acercándose. Entendiendo que no podría hacer nada contra aquel ser, la princesa se llenó de valor y, como último acto de valor, dirigió el cuchillo de plata hacia su propio vientre, apuñalándose múltiples veces.

El lobo, al ver esto, como si tuviera una pizca de humanidad en sí, empezó a aullar y, en posición bípeda, empezó a arruinar la habitación, como si estuviera triste y enojado.