Capítulo 35 #2
El rey dejó caer una copa y se levantó, molesto.
—¿Qué es esto? ¿Cómo se atreve, Polroc...? Guardias, escolten a este noble irrespetuoso fuera del castillo.
Los guardias se acercaron y llevaron al noble hasta la salida no sin que este los mirara nuevamente y dijera arrogantemente:
—Solo es cuestión de tiempo.
El príncipe del país de Sicco miró la escena sintiéndose victorioso. Las palabras de la realeza alcanzarían sus oídos próximamente. Las condiciones eran claras, Theresa sería la reina en el futuro y él se convertiría en el príncipe consorte de Bearnia. A partir de ahí su plan tomaría vuelo.
—Theresa, he decidido que te...
De repente la puerta de la entrada se abrió bruscamente y un hombre vestido totalmente de negro entró. Era alguien alto de cabello gris, ojos negros y orejas afiladas acompañado de una mujer elegante que vestía de rojo y usaba múltiples anillos en sus dedos.
—Den la bienvenida al barón Eryndor de Aelthiriel —anunció un hombre corpulento que obviamente era el guardaespaldas del elfo.
—¿Aelthiriel? No sabía que teníamos un invitado de Kala —dijo Callista a su esposo el rey.
Theo tenía una expresión en el rostro peculiar. Parecía que había visto a un muerto.
—No... No lo teníamos —susurró Theo.
—Theo, siempre es bueno verte. Ven a darle un abrazo a tu padrino.
El rey había perdido la compostura. Luego de unos segundos, se tranquilizó y dijo:
—Príncipe Rogier, mis más sinceras disculpas. Me temo que...
—Lo elijo a él —dijo Theresa señalando al príncipe.
Sorprendidos, todos en la sala real festejaron.
Flores llovían por doquier. La princesa se acercó a su futuro esposo, quien muy respetuosamente la besó en la mano y luego en los labios.
Era perfecto. Era como un cuento de hadas.
Callista derramó una lágrima de felicidad, Domarco veía a la princesa sonreír y no pudo evitar sonreír también.
El elfo Eryndor sonreía junto a sus acompañantes.
Finalmente, se había terminado. Pero a pesar de la felicidad que llenó el salón real aquel día, algunas personas pudieron ver pánico en el rostro del rey.
Dos meses después, la boda fue llevada a cabo.
Todos podían recordar a la princesa luciendo un elegante y hermoso vestido rosa mientras bailaba un particularmente bello vals en Re mayor con el príncipe Rogier.
La lista de invitados era larga. Miembros de la realeza de todo Azur, exceptuando Taronia, acudieron para felicitar a la nueva pareja.
En Bearnia, todas las casas fueron invitadas, menos los Polroc.
Los eventos no se habían desarrollado como Theo II esperaba, pero si algo podía seguir bajo su control era eso.
Mantener fuera a esos nobles sucios, corruptos.
—¿Estás feliz? —preguntó Rogier entre risas a Theresa.
—Lo estoy —dijo la princesa mientras bailaban.
Algo lejos, cerca de su padre, Theresa observó a aquel elfo extraño con curiosidad.
II
Un año después, Rogier y la princesa vivían sin preocupaciones en la ciudad de Orialis, al oriente de Ambrosía.
Eran jóvenes, apuestos, ricos. Theresa esperaba un hijo, pero por alguna razón no podía evitar sentirse triste.
Rogier no era el príncipe azul que había estado soñando.
Su amor no era hacia ella, sino a su posición política.
La mujer vivía sus días con una gran nube gris encima de su cabeza.
Domarco, su mayordomo, había sido la única persona del castillo que se fue con ella.
Theresa nunca había vivido por su cuenta y a pesar de tener lujos y decenas de nuevos sirvientes en la nueva mansión, un sentimiento profundo de depresión la seguía a cada esquina.
Rogier había revelado progresivamente sus defectos.
Bebía frecuentemente, se iba de casa por semanas, salía a cazar monstruos.
Después de todo, para alguien acostumbrado a conquistas, peleas y a navegar por el mar, una vida en la que permaneciera sentado en una casa todo el día mientras los sirvientes hacían todo por él no le parecía atractiva.
—Su majestad —dijo Domarco, rompiendo el silencio.
—Ya te dije que no hace falta que tú me trates con tanto respeto —respondió la princesa sin desviar la mirada de la luz de luna que resplandecía, ni quitando los brazos apoyados en el balcón.
—Solo quería asegurarme. ¿Está todo bien? ¿Estas... feliz?
Ahí estaba nuevamente esa pregunta. No, no lo estaba, pero por alguna razón sus labios se movieron solos y nuevamente respondió.
—Lo estoy.
Domarco sonrió y salió de la habitación llevando múltiples prendas de ropa encima para lavarlas.
Allí, en la soledad de su cuarto, permaneció unos minutos más hasta que de repente un violín empezó a sonar afuera de su cuarto.
No detrás de la puerta, sino afuera del balcón.
Al comienzo se escondió debajo de las sábanas con miedo.
Podía sentir el sonido detrás de las cortinas.
Lo cual era imposible pues se encontraba en un cuarto piso.
Pero luego de un tiempo, cautivada por la hermosa melodía, la princesa se levantó y salió.
No podía creerlo, era aquel elfo vestido de negro. Estaba flotando en el cielo afuera de su habitación con la luna a sus espaldas. Lo anterior le daba un aura mística, casi divina al misterioso hombre.
Luego de terminar su canción, Eryndor bajó y realizó una reverencia.
—Princesa Theresa. Ni siquiera esta noche es tan hermosa como tú.
—Usted estuvo en mi boda. Con todo el respeto que se merece alguien tan... distinguido como usted, permítame preguntarle: ¿qué está haciendo?
—He venido a pedir su mano en matrimonio. Eres la mujer que quiero para traer al mundo un heredero.
—Ya estoy casada —dijo la princesa cortantemente—. Vuelva por donde vino, no quiero que los sirvientes malinterpreten... esto.
Theresa se sentó de nuevo en su gran cama doble sin mirar al balcón.
—Pero no eres feliz, ¿verdad?
La pregunta llamó la atención de la princesa que miró hacia el balcón, pero el hombre ya no estaba allí. Estaba en el centro de la habitación.
—¿Qué sabe usted de ser feliz?
—Nada. No he tenido la oportunidad de tenerte. ¿Cómo podría saberlo?
—Por favor, váyase.
—Tú no quieres que me vaya —dijo el elfo seriamente.
—Mi esposo es el próximo rey del país de Sicco, el Matagigantes, el Conquistador de la Costa tormentosa de Taronia. El príncipe consorte de Bearnia. ¿Por qué lo traicionaría de esta forma tan rastrera? ¿Qué tiene usted que ofrecerme?
Eryndor se acercó y con un gesto en su mano creó una hermosa rosa de color negro azabache. Theresa, sorprendida, la aceptó para examinarla. ¡Era una flor real!
—Los títulos de tu esposo no se comparan al conocimiento que poseo ni a mi poder.
Theresa enfocó su mirada en las afiladas orejas del elfo. Sabía que era cierto, todos en Azur reconocían a los pocos elfos que quedaban como los seres más inteligentes. Su longevidad jugaba un gran papel en ello.
—¿A su poder? —preguntó la princesa retóricamente—. Es muy bonita la rosa, pero crear flores no parece un poder muy útil.
El elfo notó la provocación de la princesa y cerrando las manos, creó una pequeña ave blanca que entregó a la princesa.
—No dije que mi poder fuera crear flores —dijo el elfo a la boquiabierta Theresa.
El elfo se acercó aún más a ella y, con las manos, realizó una serie de símbolos en su cabeza.
—Intenta crear una flor.
—Yo no podría.
—Adelante.
La mujer hizo caso y creó una rosa roja, la cual, luego de unos segundos, se marchitó tomando un pálido color gris.
—Tranquila. Ven conmigo y ya habrá tiempo para... mejorar. Theresa, los secretos del mundo esperan.
La princesa estaba genuinamente intrigada por el elfo, pero, aferrada a los valores que le inculcaron, se rehusó.
Eryndor no se mostró decepcionado, simplemente cerró sus manos y creó un objeto peculiar, una campana plateada.
—Si cambias de opinión, toca esta campana tres veces y vendré a buscarte.
Inmediatamente después, el elfo salió al balcón y descendió, alejándose lentamente de Theresa.
Los días pasaron y la princesa tenía ya siete meses de embarazo.
Rogier había regresado hace una semana y estaba emocionado por la visita de su madre, la reina Signa Calvessio.
El hombre había cambiado en estos últimos meses y se había deshecho de todos los vicios: la bebida, la caza, los pleitos.
Quería demostrarle a su madre que su hijo era capaz de ser un rey.
Theresa había mejorado su estado de ánimo.
Había empezado a aceptar a su esposo con todo y sus defectos, los cuales trataba de mejorar.
Incluso podía decir que este la complacía, pero su mente no paraba de recordar aquella noche de luna llena en la que el misterioso elfo apareció en su habitación.
Las últimas semanas habían sido de descubrimiento, probando el misterioso talento que el elfo plantó en ella.
Podía generar flores que vivían por más tiempo, pero nunca se las enseñó a nadie.
Nadie debía pensar que la princesa Theresa de la familia real de Ambrosía era una bruja.
Había intentado crear animales: ardillas, tortugas, aves, pero siempre que abría las manos, lo único que observaba eran los restos desagradables de criaturas que no alcanzaban a tener vida.
Las flores eran su objetivo inicialmente.
El día que Signa llegó a la mansión real en Orialis la recibieron cálidamente.
Todo iba bien, era una mujer impecable en todo el sentido de la palabra.
Theresa había aprendido un par de cosas sobre cocinar y preparar té y bebidas calientes, pasatiempo que Domarco insistió que tuviera para distraerse.
Con el fin de impresionar a su suegra, la princesa se ofreció a traerles algo a Rogier y su madre.
Cuando las bebidas estaban listas, la joven princesa se acercó, pero, por una extraña razón, llámese destino, llámese casualidad o intuición, esperó detrás de la puerta y escuchó algo que no debía escuchar.
—Cuando el heredero nazca, asegúrate de desaparecerla sin hacer mucho alboroto. Es lo que menos necesitamos ahora.
—Así será, madre. Controlaremos Bearnia y con eso Azur. Nuevamente el país de Sicco recuperará lo que perdió hace tanto tiempo.
—A pesar de todo estoy segura de que el heredero será muy apuesto. Con ella o no —dijo Signa, riendo.
La princesa no podía creer lo que había escuchado. Destrozada por dentro, entró con su esposo y su suegra colocándose una falsa máscara alegre.