Capítulo 35
Eco del pasado
I
—Princesa, los pretendientes están aquí, la estamos esperando.
—¿En serio? ¡Bajaré de inmediato! —gritó emocionada la joven princesa mientras se dirigía a las escaleras del gran castillo de Ambrosía.
La princesa bajó luego de colocarse torpemente sus zapatillas verdes como su vestido.
El sonido de los tacones podía ser escuchado por todos los sirvientes del castillo, quienes la miraban emocionados.
Ella siempre había sido muy animada pero cuando los pretendientes llegaban lo celebraba como si fuera una festividad.
Herencia de su madre, la reina Callista, oriunda de Kala, país de caballería, honor y la cuna de las historias de fantasía de Azur.
—¡Domarco! —exclamó la princesa, saludando al mayordomo con un fuerte abrazo.
La princesa consideraba al hombre mayor como su segundo padre, pues había pasado más tiempo cuidándola que su padre, el rey Theo II, que siempre salía de viaje y al que no había visto desde hacía unos dos meses, a pesar de que había llegado al castillo el día de ayer.
—Hola, mi señora —dijo Domarco riendo un poco ante la muestra de afecto.
—La estábamos esperando, los de hoy se ven muy bien, quizá esta vez encuentre uno que le guste.
—Si tú lo dices... —dijo la princesa poco convencida mientras bajaba las escaleras con Domarco agarrando la cola de su vestido.
La princesa de piel de porcelana, cabello castaño, ojos verdes y rasgos finos era codiciada por los reyes de países vecinos.
Khorvalen había enviado a pretendientes de todas las casas reales, pero la princesa había rechazado a todos.
El rey de Kala envió a sus dos primeros hijos, pero el resultado fue el mismo y Zahramar no se había quedado atrás, sin embargo, este último fue rechazado por su conocida propensión a maltratar mujeres que era totalmente desaprobada por Theo II y Callista.
Luego de bajar las escaleras, la princesa tomó lugar en uno de los tronos junto a su madre y el trono vacío de su padre. Frente a ella, múltiples hombres apuestos se encontraban alineados, dispuestos a verla.
Luego de las aburridas palabras previas a la presentación de los caballeros, la princesa no podía evitar bostezar.
Era una persona amable, bella, inteligente y servicial, pero sus estándares eran demasiado altos.
El rey amaba a su hija, pero estaba harto, no podía dejar de condenarse por no haber podido tener un solo varón.
Para evitar la probable usurpación del trono por las demás casas nobles de Bearnia, organizaba invitaciones con pretendientes todas las semanas.
Luego de que el sirviente personal de la reina, Mícolas, terminara de saludar a todos los invitados, los hombres empezaron a presentarse.
El primero de ellos era un hombre alto, de pelo negro, ojos azules y un físico de gladiador.
Aparentaba unos cuarenta años, y su ropa era muy elegante, un jubón café con ornamentos dorados, pantalones negros y botas también doradas.
A sus espaldas lo acompañaba una figura imponente, un hombre encapuchado.
Su altura fácilmente superaba los 190 cm, pero eso no era lo que más llamaba la atención, ni siquiera lo era que fuera la única persona del salón real armada.
El sujeto llevaba colgado un medallón dorado con la figura de un colibrí.
—Princesa, mi nombre es Randall Croft, barón de Lerion, del reino de Mazavid —dijo el barón, dando una reverencia—. Escuché que su mano estaba libre en una reunión que tuve hace unas semanas. Tuve la fortuna de ver uno de sus retratos y su belleza es incluso mayor en persona que en la pintura.
La joven miró con intriga al sujeto, era bastante apuesto y bien portado, luego miró a su acompañante y no pudo evitar sentirse incómoda.
—¿Se puede saber quién dejó entrar a ese hombre? Y por Lun... ¿por qué demonios tiene un arma cerca de la princesa? —dijo uno de los guardias del castillo, observando la escena a lo lejos.
—¿Ese de ahí? Es un colibrí. Son intocables, política y figurativamente hablando. Te metes con uno, te metes con Mazavid —respondió el guardia.
De repente la puerta se abrió y decenas de personas con bandejas llenas de joyas, oro, peines y prendas de ropa se acercaron a mostrar los obsequios a la princesa.
La reina Callista miraba sorprendida la escena y por un momento no pudo evitar dar unos pequeños aplausos de la emoción que afortunadamente para su imagen no fueron notados.
Luego de un rato, la princesa se acercó tímidamente al barón y dio una reverencia.
—Debo pedir disculpas.
Todo el personal del castillo se sintió frustrado. En especial la reina, quien consideraba más que digno al pretendiente.
—Estoy interesada en alguien más joven —dijo la princesa, mintiéndose a sí misma, simplemente no encontraba lo suficientemente interesante al hombre.
Luego de la partida del primer pretendiente, que elegante y educadamente se despidió de la princesa, la reina y los sirvientes, varios pretendientes salieron del castillo, exceptuando a dos hombres, ambos muy apuestos.
Antes de que el primero de ellos se presentara, un fuerte estruendo se escuchó en las afueras del palacio.
Venía de afuera, de las calles de Ambrosía.
Todos se levantaron a mirar rápidamente, intentando descartar que fuera un ataque sobre Bearnia.
La princesa fue la última en llegar al ventanal.
La imagen la sorprendió. Un hombre con apariencia de la realeza montaba un elefante, detrás de él, un desfile lleno de animales exóticos, joyas, oro y pinturas andaban acercándose al castillo.
El desfile era complementado por un sirviente del pretendiente, muy animado, que cantaba una pegajosa canción.
Sin embargo, la princesa se devolvió y tomó asiento nuevamente en el trono.
Los guardias se encargaron de retirar al pretendiente.
El hijo del sabio de la casa Zafim de Zahramar, Rami Alí Zafim, escuchó la explicación de los guardias de cómo la princesa no deseaba consumar matrimonio con ningún monarca de Zahramar.
Rami estaba indignado, pero decidió retroceder de vuelta al barco en el que llegó.
La relación de Bearnia y Zahramar siempre había sido buena y él no iba a ser quien la arruinara.
Sus otras seis esposas lo esperaban en casa.
Después de aquella interrupción, cuando todos habían retomado sus puestos, uno de los sirvientes de uno de los dos pretendientes restantes dio un paso al frente.
—Mi lady, con todo el honor que merece vuestra gracia, permitidme presentaros a su ilustre pretendiente: conquistador de la costa tormentosa de Taronia, Matagigantes y padre indiscutible de la navegación moderna, el príncipe Rogier Calvessio Sico III.
El príncipe Rogier era un hombre de unos treinta y cinco años de porte regio y figura imponente, más alto que la mayoría de los nobles de su corte.
Su complexión era atlética; era ancho de hombros, con la firmeza de alguien acostumbrado tanto a las armas como al mar.
Su piel tenía un tono ligeramente bronceado, marcado por viajes bajo el sol en la costa tormentosa de Taronia.
Su mirada y su expresión eran un tanto pícaras.
La princesa había escuchado su nombre: tenía muy buena fama tanto en batalla como con las mujeres.
Es... impresionante. La costa tormentosa de Taronia, la única región conocida de aquel misterioso continente. Él la conquistó, pensó la princesa, quién volteó a ver a su madre, la cual le sonreía.
Las puertas se abrieron y varios sirvientes del príncipe entraron cargando regalos a la sala real. El más impresionante fue un barco mediano cargado de tesoros del cual un bardo rubio bajó y se presentó.
—Como segundo obsequio, una serenata que el príncipe Rogier escribió para mi lady —dijo dramáticamente el bardo.
—¡Oh!
Princesa Theresa,
luz que alumbra mi andar,
tu nombre es la brisa,
que me hace soñar.
Eres la estrella
que me guía en el mar,
mi alma destella
cuando te quiere cantar.
Si el cielo cayera,
mi voz no callará,
pues mi vida entera
a tus manos va.
Por ti cruzaría montañas de fuego,
sin miedo, sin dudas, sin ningún recelo,
si el mundo se opone, lo haré temblar,
¡pues solo en tus ojos yo quiero habitar!
Princesa Theresa, mi fuego y mi verdad,
contigo mi alma no teme luchar.
Princesa, mi canto es por ti,
nuestras nuevas vidas comienzan aquí.
El bardo finalizó extendiendo el «aquí» melodiosamente.
—El príncipe usó el segundo nombre de la princesa, alguien culto en las costumbres de Bearnia por lo que veo —dijo la reina.
Rogier simplemente sonrió.
La reina Callista había visto suficiente.
Un príncipe del país de Sicco que, aparentemente, lo tenía todo.
La novela debía acabar aquí. Sabía que la belleza de su hija era comparable a la de un ángel, pero también sabía que los pretendientes no soportaban el rechazo así porque sí.
La posición estratégica de Bearnia, en el centro de las demás potencias de Azur, era el verdadero premio.
Quien controle Bearnia controla Azur» fueron palabras de Mazav Avid el Grande hace ya varios siglos y por eso mismo sabía que si Theresa no acababa con esto pronto, alguien tomaría el país por la fuerza.
—Voy a considerarlo —dijo la princesa mirando al último pretendiente.
El último hombre era un sujeto de estatura media, ni alto ni bajo, vestido elegantemente de azul.
Su complexión era delgada. Su rostro era apuesto, decorado por un cabello rubio y ojos verdes, como los de ella.
Venía solo, no había traído nada consigo.
Cuando estaba a punto de presentarse, las puertas que llevaban al ala real se abrieron y el rey Theo II entró tranquilamente, tomando asiento en el trono del centro mientras todos se arrodillaron.
—Querida hija, invitados, no permitan que mi presencia os moleste —dijo el rey.
El último de los pretendientes del día se acercó y habló.
—Mi nombre es Vilhiam Polroc De Fragante. Primero en nombre, heredero de la casa Polroc, también de Bearnia.
Theo miró con desaprobación al sujeto inmediatamente. Callista no se vio impresionada. Theresa no sabía cómo reaccionar ante la simple presentación del joven noble.
—Princesa, rey, reina, mi regalo es lo que ustedes de verdad desean —dijo Vilhiam. El joven noble sonrió con una sonrisa burlona y continuó—: Si una casa noble de Bearnia consuma matrimonio con la princesa, el reino seguirá siendo suyo.