El viaje del colibrí Capítulo 34 #4
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Capítulo 34 #4

—No vuelvas a hacer eso —dijo Red espantando al cuervo—. ¿Qué te sucede?

El cuervo no respondió. Solo aguantó las ganas de reírse.

—Parece que en ti la transformación no dura lo suficiente, entonces yo debo entrar.

—Y ella era el peor disfraz posible...

Hambre se escondió entre las cercas de la solitaria casa sobre la cual múltiples prendas de ropa colgaban y cuando salió era una de ellas, una de las que vigilaban a Red mientras cabalgaba hacia la salida este.

El disfraz era indistinguible, pero Hambre tuvo que hacer un esfuerzo extra metiendo unos manteles cercanos en el vestido para imitar su globoso vientre.

Red se inclinó en una de las paredes de la casa y observó cómo Hambre entraba al templo, sorprendentemente, no tuvo problemas para entrar, solo pasó como si a nadie le importara, como si fuera su casa.

Luego de ver cómo cerraban las puertas y Hambre quedaba por su cuenta, unas brujas se acercaron a Red con antorchas en sus manos.

—Caballero de Thuron. Lylia quiere verte.

III

Hambre ingresó al viejo templo gris, más grande que cualquier otro edificio de Campo Verde, era un lugar que ya había conocido cuando estaba encerrado en una botella no hace mucho, con Elara.

—Qué horrible tener que caminar a todas partes como un mono. No entiendo cómo lo hacen —dijo Hambre acostumbrado a volar.

—¡Abran paso! —gritó una de las brujas. Eran varias mujeres cargando una estatua que Hambre también reconoció, la estatua de Thuron frente a la que Elara asesinó a la otra bruja, Isolde.

Hambre siguió avanzando por los pasillos largos del templo de piedra gris, la iluminación era muy pobre, había telarañas por todas partes y cada paso que daba resonaba por el eco del lugar.

Su instinto de diablillo le decía que algo se ocultaba debajo, pero no podía encontrar escaleras que no fueran de subida.

—Hermana Katya, ¿a dónde vas? La ceremonia está a punto de empezar.

—La maestra me pidió buscar un instrumento, saldré pronto —dijo Hambre, fingiendo ser una de las brujas.

—Apresúrate, la semilla de Dios pronto estará con nosotros —dijo la bruja antes de irse.

Hambre llegó a una de las esquinas y empezó a tocar las paredes, pero nada pasó. Cuando estuvo a punto de rendirse y abandonar el lugar, un nuevo coro se escuchó. Venía de abajo.

—Que la savia de la tierra alimente nuestra sangre, recibe nuestras ofrendas, toma la carne, toma su aliento y que los hijos que traemos al mundo caminen bajo tu sombra, por siempre.

La voz que cantaba era profunda, suave y seductoramente lenta, con un tono casi hipnótico.

El diablillo se acercó a una grieta en el suelo y se convirtió en una cucaracha, dejando caer toda la ropa al suelo; en su nueva forma, continuó descendiendo por lo que se sintió como una eternidad.

Finalmente, la cucaracha cayó a un nuevo escenario.

Era una enorme cripta. Su aspecto era ceremonial, imponente.

Si no fuera por la visión en la oscuridad natural de su especie, la oscuridad total le habría impedido presenciar las enormes salas con columnas, escaleras anchas y sarcófagos alineados.

El diablillo cambió a su forma original y tras varios minutos explorando el gran misterio que se escondía debajo de la aldea de Campo Verde, quizá más antigua que Dalhir o que él mismo,

encontró una gran fuente rebosante de sangre rodeada de talismanes de hueso y notó cómo los bordes de la fuente tenían una inscripción tallada que decía: «Para el nacido de la sangre».

Hambre notó un largo pergamino cerca de la fuente, evidentemente alguien o algo estaba viviendo en la cripta.

Alguien que había registrado materiales para la ceremonia, nombres de eventos, nombres de personas.

La lista era demasiado extensa para ser leída completamente.

Era obvio que la había realizado alguien con mucho tiempo. Alguien que había esperado demasiado.

Y cuando finalmente el diablillo leyó el último material del ritual, sus ojos se abrieron como nunca lo habían hecho en siglos y su sorpresa no se podía estimar.

—¿Quién... está ahí?

Era la voz del canto de antes.

El diablillo sintió genuino miedo, emoción que se le había olvidado que podía llegar a sentir. Agitó sus alas y empezó a volar hacia arriba. Algo lo estaba siguiendo, sabía que no debía mirar hacia atrás, solo seguir volando.

El movimiento de lo que lo seguía era rápido y estaba acompañado de un rechinar. El diablillo sentía que se le iba a salir el corazón. Eventualmente, Hambre alcanzó una columna y se escondió.

—Sé... que... saldrás.

El diablillo se convirtió en una araña y se mantuvo completamente quieto.

Eventualmente pudo sentir cómo algo se acercaba a su posición.

Cada vez estaba más cerca. Aun detrás de la columna podía notarse un gran resplandor azul creciente.

Los segundos se volvieron eternos. La presencia de aquel ser era fuerte, ruidosa, espantosa.

Hambre estuvo a punto de caerse de la pared, pero afortunadamente la cosa se devolvió, no sin que antes el diablillo observara cómo su brazo esquelético, largo y cadavérico, se había apoyado en la columna, y que, en su mano, cargaba la preciosa llave azul.