El viaje del colibrí Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

—¡No lo soy! No voy a matar niños, maldita sea —dijo Red, listo para salir a buscar la bodega que había mencionado antes la anciana, pero cuando tenía la mano sobre el pomo de la puerta, Lylia dijo:

—No te gusta ver niños sufrir, puedo sentirlo, puedo verte a ti, sosteniendo el cadáver de un niño en el bosque.

Red se dio vuelta con los ojos bien abiertos.

—Elric, qué bonito nombre.

Furioso, Red se acercó a la bruja joven y la agarró por el cuello estrangulándola.

—¿Cómo? ¿Cómo lo sabes?

La bruja no dijo nada, solo le devolvió la mirada hasta que la soltó.

—La llave, te la daré luego de esta noche y solo entonces, puedes matarme si quieres, pero sé que no te irás sin ella, y solo yo sé dónde está.

Tras varios minutos de silencio en la casa, Red decidió salir a caminar y se reunió con Cenizas, aún estaba sorprendido, no tenía ningún rasguño.

El caballo dio un relincho y empezó a sobar su cabeza en la espalda de Red.

Por un momento Red cabalgó hasta la zona oeste de Campo Verde y tomó asiento a los pies de un árbol de manzanas, en este momento realmente lamentaba haber tirado la comida de la mesa, pero no pudo evitar reírse al recordar las caras de las brujas que sí estaban comiendo.

Red tomó una siesta para calmarse y despertó hambriento; por pura casualidad, miró hacia arriba y pudo notar múltiples frutos en las ramas de los árboles.

El colibrí dio un salto y agarró unas manzanas para pasar el hambre y el rato.

Mientras reflexionaba bajo la sombra del árbol, un cuervo llegó y se colocó a sus pies.

—¿Qué quieres? ¿Tienes hambre?

El cuervo se acercó dando pequeños saltos y sorpresivamente habló.

—Te encontré.

Red estaba perplejo, un cuervo que habla. Había escuchado que algunas aves podían imitar voces humanas, pero esto era ridículo.

—Definitivamente enloquecí.

—Soy yo, Hambre —dijo el ave, antes de revertir a su forma original.

—Es bueno ver que estás bien. Te estuve buscando, pero no era fácil verte. Las condenadas brujas levantaron una barrera mágica.

—Cambiar de forma… Puedes… ¿puedes hacer eso?

—Es lo que intentaba decirte, idiota. El caracol que sostenía era tu amigo, el mico ese.

El colibrí miró confundido al diablillo y le pidió una explicación. Cuando Hambre le contó con detalle, una sonrisa se formó en su rostro.

—Elara se disfrazó de una bruja y escapó —dijo en voz alta para convencerse a sí mismo.

—¿Y por qué no volviste a convertir al mono cuando estabas conmigo?

—Porque era más fácil lidiar con él así.

—¿Dónde está?

—¿Recuerdas al enano?

—Luego que te desmayaras, te juro que estaba muy concentrado en sacarte de aquí, pero me entró un hambre terrible. ¿Tienes idea de lo difícil que fue encontrar algo de comer después del desastre que hiciste en ese bosque?

—No te distraigas.

Hambre cambió su forma a la de un halcón.

—Esta forma es la mejor. ¿Sabías que algunos halcones inician incendios forestales para sacar a las presas más pequeñas de sus madrigueras?

Red miró al halcón frente a él en silencio.

—Cierto, cierto. Decidí convertirme en un humano por un momento cuando vi que se despertó el enano.

Fue difícil actuar; después de todo, estaba desnudo.

Dejé al mico con el enano, y fingí que había escapado de la olla de unas brujas que querían comerme.

El mico estaba un poco... trastornado luego de su cambio de forma, pero estoy seguro de que se pondrá bien. El enano se lo llevó.

—¿Qué dijo el enano?

—Parece que está a cargo de la guardia en un pueblo cercano.

Mystat... Mmm, Mystat, las mejores vacas que he probado —dijo Hambre divagando hasta que se dio cuenta de que lo estaba volviendo a hacer—.

Traerá a sus hombres aquí. Muy probablemente todo termine en un baño de sangre. ¿O qué crees que vaya a pasar?

¿Un baño de sangre, de verdad es esa la solución?, pensó el antiguo caballero con la sensación de que algo se movía dentro de su pecho, justo donde antes hubo un agujero.

—Hambre.

El halcón se dio vuelta y lo miró con atención.

—No nos habíamos presentado correctamente, me llamo Red Blades.

Hambre miró al hombre confundido.

—¿Qué te sucede? ¿Por qué te pusiste tan formal de repente? No me atraen los humanos, por si es por eso.

—¿Qué? Criatura horrible, solo intentaba ser amable contigo —dijo Red molesto. El ave retrocedió y continuó devorando una de las manzanas que Red derribó, pero Red se la desvió con los pies.

—Supongo que después de lo que he visto, me alegra no estar solo.

Hambre escuchó a Red y no dijo ninguna palabra. Ninguno de los dos lo hizo. Pero entendían. Hambre no pensaba que jamás volvería a considerar a un humano digno de captar su atención y, sin embargo, aquí estaba.

Red le explicó más de lo que había visto en la aldea y por qué no se podía ir. Después de unos minutos se colocó de pie.

—Falta una hora para el anochecer, ¿tienes alguna sugerencia?

—Debes concentrarte en tumbar esa barrera, ahora es tolerable, pero si cae la noche hasta yo tendré problemas para entrar, cuando te desmayaste y te arrastraron un velo oscuro cubrió toda la aldea. Podía sentirlo, era como estar en el abismo.

—¿Qué quieres decir?

Hambre de repente tomó un tono muy serio.

—Alguien aquí conjuró el mismísimo vacío en la tierra. Trajo el abismo a Azur. Por las últimas dos noches este lugar ha sido una puerta al más allá.

—¿Por eso la magia de sangre no funciona? Pero funcionó cuando estuve muerto... —Red se llevó la mano al mentón—. A no ser que Thuron lo permitiera.

Hambre se transformó en un cuervo y se colocó en la cabeza de Red.

—Exacto, eres muy listo.

—Cuidado, vas a cagarme ahí arriba —dijo Red, espantando al ave con la mano.

De repente, se dio cuenta de algo.

—Pero tú estás transformado.

—Quizá es porque soy un ser muy talentoso o porque en teoría vengo del abismo. O quizá los de tu especie no han terminado de entender muy bien qué es exactamente la magia de sangre.

—Las llamas no funcionan... pero he aprendido un par de cosas. Déjame intentar algo.

En la palma de su mano, con mucha concentración, Red encendió una llama, no era una llama como las otras, era una llama negra.

El cuervo miraba sorprendido la llama, totalmente absorto en su color, o falta de este. Algo en esta lo atraía. No fue hasta que Red apagó la llama que el diablillo disfrazado volvió a sí mismo.

—¿Qué más?

—Escucho voces, me dicen cosas, secretos de las personas.

—En el pasado le decían estar loco —dijo Hambre ya más relajado.

—Es en serio, las escucho de noche o cuando estoy cerca de la bruja a la que llaman maestra. Ella también puede oírlas. La insultan sin parar.

—Voces atrapadas por el abismo quizá. Debemos destruir esa barrera. Si se llega a salir de control...

—¿Qué sugieres? —preguntó Red mientras le daba de comer al caballo.

—¿Has visto una barrera mágica alguna vez?

—...

—Eso pensé.

—Sí.

—¿Qué? —preguntó sorprendido Hambre.

Red le explicó brevemente el principio de la barrera de Galavan, el druida de Belén. El principio era el mismo, bloquear el paso a seres no deseados, solo que al revés. Galavan mantenía afuera a los espectros, las brujas a los vivos.

—Siempre es igual, alguien mantiene la barrera arriba y si muere...

—La barrera se viene abajo —dijo Red.

—Exactamente. Solo hay un problema. La exposición prolongada al abismo en vivos... Olvídalo.

—¿Cómo que olvídalo?

—Un amigo, pensaba que una exposición al abismo podía cambiar a las personas, pero nunca lo probó así que lo que te diga no es cierto. ¿Notaste algo extraño en las mujeres?

Red terminó de alimentar al caballo y le acarició el cuello, luego miró a Hambre y respondió.

—Anoche parecía que estaban en un trance. Solo repetían un rezo una y otra vez. Solo fue hasta que una madre vio que el sacrificio era su hijo que se movió por separado.

—Es probable que no todas estén actuando totalmente conscientes, por lo menos no de noche.

—Ellas saben muy bien en qué están metidas —dijo Red seriamente, pero por dentro no estaba muy convencido. Después de todo él también había sido «controlado».

Hambre lo observó visiblemente enojado mientras las palabras salían de su boca.

—Las brujas iniciarán su ritual y, mientras están en lo suyo, acabas con la maestra. Así derribaremos la barrera, los guardias entrarán y las aniquilarán, recupero mi corazón de monstruo y luego podremos irnos de aquí.

—Y la llave.

El tiempo había pasado con la siesta y mientras el caballero y el diablillo se ponían al día.

Muy pronto anochecería. Red podía notar cómo a lo lejos un par de mujeres embarazadas lo observaban.

Fingiendo ignorancia y resignación, cabalgó con Cenizas hasta la salida este.

Las brujas sabían que no se iría hasta después de la ceremonia.

Hambre volaba encima de ellos disfrazado de cuervo.

Cuando llegó a cierto punto, se bajó del caballo y lo amarró.

—Volveré, te lo prometo.

Red se ubicó en una casa solitaria y Hambre descendió del cielo, parándose sobre un barril. El sol se estaba poniendo. Podía ver a las brujas salir de la cripta de antes y del templo. Estaban sacando las mesas, los cuadros, los materiales ceremoniales, el ritual empezaría pronto.

—Allí, el secreto —escuchó Red. El sol se había puesto y las voces habían regresado.

—Perra de mierda —dijo otro grupo de voces.

—Necesito entrar ahí —dijo Red, mirando el templo.

—A no ser que seas una de ellas no te dejarán entrar.

—¿Qué propones, que me disfrace?

—Yo puedo ayudarte con eso.

En ese momento Hambre tocó a Red y pudo sentir por un breve momento cómo se hacía más pequeño, delgado, su piel se tornaba pálida y su cabello negro crecía.

De repente, la ropa le quedaba muy ancha y todo era más grande a su alrededor.

Se sentía extraño, sus proporciones se sentían mal.

Algunas cosas sobraban y otra faltaba. Fue ahí cuando bajó la vista a sus manos, pequeñas, delicadas.

Finalmente, miró hacia abajo y su visión fue interrumpida por dos no tan grandes... obstáculos.

—¿Qué me hiciste? —dijo con una familiar voz aguda.

—Bonitos ojos, radiantes.

De repente volvió a sentir cómo volvía a su forma normal.

—Pensé en camuflarte para que entraras, pero...