Capítulo 34 #2
—Tendrás la llave después de esta noche.
Red aprovechó el descuido de la bruja y agarró la llave de la reja. Inmediatamente, encerró a la bruja y salió corriendo del lugar. Lylia, alerta, empezó a gritar y a meter los brazos entre las rejas mientras veía al hombre alejarse.
De vuelta en la superficie, múltiples mujeres embarazadas lo observaban mientras corría, algunas intentando golpearlo lanzándole piedras y otras persiguiéndolo con horcas y guadañas. Incluso las niñas de antes.
—¡Agárrenlo!
—¡Detrás de ti, imbécil!
Una gran multitud de las habitantes de Campo Verde lo seguían.
Estaban por doquier. Red corrió hasta llegar al oeste de la aldea.
A cada vuelta que daba encontraba más brujas.
Eventualmente, alcanzó un corral donde muchos cerdos, cabras y palomas convivían.
Decidió saltar la cerca, ensuciando su elegante nueva ropa, y mientras continuaba moviéndose miró hacia atrás.
Las mujeres, cuya condición les impedía seguirle el paso decidieron rodear el corral.
Finalmente, Red dio un brinco a la última de las cercas, alcanzando los establos, donde tres caballos estaban amarrados.
Allí, tuvo un inesperado encuentro con un amigo en los establos.
—Qué bueno que estás a salvo, muchacho. Es hora de irnos —dijo Red a Cenizas, alegre pero aún apresurado. Agarró una horca y se montó.
Reunidos al fin, el caballo y su jinete salieron rápidamente del establo.
Las mujeres taparon la salida. Estaban por todas partes. El caballero no se detuvo, continuó cabalgando hacia el lado opuesto, el este.
La ruta de escape no estuvo sin obstáculos, pero Red no frenó, incluso cuando dos de las mujeres se atravesaron. Cenizas se las llevó por encima. No fue hasta que alcanzó el borde de la aldea que algo lo hizo detenerse bruscamente.
—No, no... ¡No!
De aquel árbol en el borde de Campo Verde dos cadáveres colgaban, uno de un guardia y otro, Elara.
Su cuerpo estaba muy pálido, seco y con dos agujeros, uno en el vientre y otro en el tórax. Llevaba un vestido de tono naranja sucio, estropeado y en su cabeza, un cuervo picoteaba una y otra vez.
Enojado, Red agarró la horca y la lanzó al aire, cortando la cuerda y soltando el cadáver de su amiga la hechicera, a quien sostuvo en sus brazos.
Múltiples lágrimas de tristeza y de ira brotaron de sus ojos. Furioso, Red golpeó el césped.
—¡Ahí está! —gritaron unas brujas.
Iracundo, Red dejó el cadáver en el suelo y se volteó hacia las mujeres.
—¿Cuál de ustedes, malditas perras, hizo esto?
—¡Un traidor al divino no puede dirigirse a nosotras de esa forma!
Red intentó encender un fuego en su mano, pero no pudo. Esto, en lugar de intimidarlo, solo lo enojó más.
—Esa mujer era una espía. Y aquí no nos gustan los espías —dijo una de las mujeres embarazadas señalando al otro cadáver que colgaba del árbol, un hombre, muy probablemente era miembro de la guardia por su vestimenta.
—Silencio...
El resto de las mujeres de Campo Verde llegaron, todas mirando al hombre enojadas. Entre ellas, nuevamente se encontraba Lylia, quien de alguna forma se había liberado.
—No necesitamos a un falso profeta.
—¡Maten al hombre!
Una mujer obesa, la del día de ayer en el sacrificio, se acercó a Red con una guadaña, pero cuando estaba a punto de llegar donde él, un aura oscura se manifestó a espaldas del caballero.
—¡Atrás! —gritó.
En ese lugar, bajo la luz del sol de mediodía, las mujeres observaron cómo un vapor oscuro en forma de mano levantaba a Ulma y la colocaba boca abajo, mientras que otra la señalaba con el dedo índice.
—¿Fuiste tú?
—No, no, perdóname, perdónanos, por favor.
—Les voy a sacar a todos los que mataron del vientre de las brujas.
La mano juzgadora se acercó al rostro de Ulma y antes de que la tocara Lylia habló:
—La asesina fue una traidora llamada Isolde Benéfica. Mató a tu amiga y escapó. Seguimos buscándola para que pague por sus crímenes. Ahora por favor baja a nuestra hermana, hablemos.
—No tengo por qué hablar con brujas con tanta sangre en sus manos.
—Sacrificar a unos niños por traer algo más. Lo que hacemos es necesario.
Mientras Lylia discutía con Red, un extraño apareció a sus espaldas.
Un hombre corpulento, encorvado y con la piel roja que caminaba como si fuera un primate.
Cenizas se asustó y retrocedió de vuelta a la aldea.
Red observó al extraño, aun sosteniendo a Ulma con su nuevo «talento», pero no pudo sentir ni una pizca de razón dentro de ese hombre, era un cascarón vacío.
El extraño pasó al lado de Red y se lanzó hacia el grupo de mujeres, devorando el rostro de una de ellas para sorpresa de todos antes de ser eliminado por las horcas de las demás mujeres.
Inmediatamente, otra de las brujas empezó a actuar de forma errática, moviendo su horca de un lado a otro, cortando a otra de las brujas de la multitud en el brazo.
Las mujeres dudaron por un instante, pero cuando la bruja se lanzó frente a ellas también la eliminaron como al hombre rojo.
Después de su muerte, el vientre estalló.
No había nada, solo sangre; no había rastros de ningún feto.
—Ya está pasando, se nos acaba el tiempo.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Red—. ¡Responde!
—Baja a nuestra hermana, te contaremos todo, hablemos sin secretos —dijo Lylia.
Red soltó a Ulma y regresó a la aldea.
—¿Quieres hablar? Vamos a hablar —dijo muy molesto.
II
Media hora después, en el interior de una casa de piedra y techo de paja, Red estaba sentado en una mesa, observando cómo la mano izquierda le temblaba. Había exigido respuestas de la bruja, pero esta estaba muy ocupada cocinando el almuerzo mientras cantaba una melodía peculiar.
Cada paso suyo era una melodía,
un eco suave en la bruma fiel,
como un fantasma en la lejanía,
tejía sueños con su risa de miel.
Oh, Theresa, ¿a dónde fuiste?
¿Quién robó tu risa y tu calor?
—Ejem... —Red se limpió la garganta para llamar la atención de la bruja, y esta dejó de cantar.
—Un segundo, vas a ver que te va a encantar —dijo Lylia, casi olvidando todos los problemas del hombre con ella y sus «hermanas». Era obvio que la mujer no estaba en sus cabales.
Lylia acomodó los platos en la mesa y con una sonrisa en el rostro dijo:
—El almuerzo está listo.
Red miró seriamente a la bruja a los ojos grises, movió el plato hacia adelante como alguien que rechaza la comida y agregó:
—No tengo hambre.
En los otros puestos de la mesa dos mujeres comían con avidez, Drevna y Laura, quienes previamente lo habían cuidado y encontrado desmayado en el campo.
Red se levantó y arrojó todo lo que se encontraba encima de la mesa al suelo causando un desastre.
—Sé que te asusta lo que viste anoche, sé que no estuvo correcto mentirte y sé que estás molesto por tu amiga —dijo Lylia intentando colocar su mano sobre la mano de Red, quien apartó su mano y miró con una mirada asesina a la bruja. Era peligrosa. No iba a permitir que lo tocara, no otra vez.
—Es momento de que tengas respuestas, pero antes necesito que me cuentes lo que pasó en ese bosque. Es... necesario —dijo Lylia algo intimidada.
Luego de explicarle a la bruja con detalle su batalla, su muerte, el encuentro con Thuron y nuevamente otra pelea a muerte, habían pasado casi dos horas. Al finalizar su relato, algo en la bruja se quebró.
—Eryndor... Thuron, él... ¿no me mencionó?
—No. Solo me dijo que si yo abandonaba mi misión por oro al menos tenía otro plan.
Lylia se acercó a un jarrón de cerámica de agua para calmar los nervios, pero el jarrón se le cayó.
—Vuelvo enseguida —dijo con los ojos llorosos.
Inmediatamente al salir de la habitación, el viento aulló otra vez y un nuevo cúmulo de voces fantasmales resonó.
—Bruja estúpida.
—Te mereces todo lo malo, y más.
—Carneeeee.
—Devuélveme a mi hijo.
—Cuando mueras, iremos a buscarte.
—Te arrastraremos...
—Al vacío —dijeron finalmente todas las voces al unísono.
Tras haber escuchado múltiples veces las voces, Red pensó que alguna relación tendrían con su nuevo «talento». Inicialmente miró a Drevna y pudo escuchar a las voces revolotear.
—Se pregunta todas las noches si su difunto marido habría aprobado sus acciones.
Luego, decidió mirar a Laura.
—Le pareces atractivo, pero no más que su amada Mirelda.
Eran secretos, de alguna forma podía oírlos.
Lylia volvió repuesta y tomó asiento, esta vez la regente la acompañaba.
Red miró a la anciana y las voces susurraron:
—Antes habría sido cortejada por reyes y nobles, ahora los niños huyen de ella y le lanzan piedras. Bruja, bruja. Con cuidado, no es tan frágil como parece.
—¿Ya me vas a dar mis respuestas?
—Adelante.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Hoy serán tres noches.
Red se llevó las manos a la cabeza e intentó asimilarlo.
¿Dormí todo un día? Las cosas no cuadran, pensó.
—La mujer del árbol, mi amiga, ¿cuándo la asesinaron?
—Un par de horas después de que partieras a acabar con el Vile vine. La encontramos escuchando una de nuestras reuniones. Debían interrogarla, pero una de las nuestras nos traicionó y la asesinó —respondió Lylia diciendo la verdad.
Las horas no cuadran. Hambre la vio saltar al río. No tiene la misma ropa, ¿Será posible que...?, pensó Red.
—¿Por qué están matando niños? —preguntó Red.
—Un embarazo dura normalmente unas treinta y ocho semanas. Encontramos una forma de... acortar el proceso —respondió esta vez Marie.
—¿Por qué tú no estás embarazada? —preguntó Red a Lylia.
—Ya lo estuve —dijo Lylia con una voz tan suave como un susurro y dirigiendo una mirada vacía a Marie.
—El hombre de piel roja, ¿qué fue todo eso?
—Un mal ancestral se cierne sobre Bearnia y próximamente sobre Azur. Se propaga como una enfermedad, no será el último. Solo Dios puede salvarnos ahora —respondió Drevna, la curandera.
—¿Quién es el padre de los niños?
—...
Las mujeres guardaron silencio.
—Todas ustedes me dan asco. Denme mi llave y partiré.
—Pero no puedes... ¡Hiciste un trato!
—Hice un trato con tu señor, pero solo para abrir la puerta que abre esa llave. Y creo que ya me estoy arrepintiendo.
—Quizá tú no seas el caballero prometido.