Capítulo 34
Nacido de la sangre
I
—Buenos días, campeón —dijo una mujer de cabello blanco—. Soy Drevna. La encargada de tu recuperación.
Red abrió los ojos y nuevamente estaba acostado en la cama de antes.
—Desayuno —dijo Lylia en un tono cantado.
El desayuno se veía muy normal, huevos de corral revueltos con mantequilla, pan casero esponjoso, queso fresco, mermelada de frutos del bosque y leche tibia servida en un jarro de cerámica.
—¿Me vas a decir qué fue eso de ayer?
Lylia miró confundida al hombre, dejó el desayuno en una mesa de la habitación y ajustó su vestido gris más por reflejo que porque realmente estuviera desarreglado.
—¿Ayer? Te levantaste por el dolor en la noche y te dije que te volvieras a dormir. Fue gracioso, te quedaste profundamente dormido inmediatamente después.
Red la miró fijamente a los ojos y hubo unos segundos de silencio.
—¿Y qué hay de los niños que se comieron anoche?
Lylia miró confundida a Drevna y con un rostro indignado respondió:
—Por favor, señor Bredes, coma su desayuno. Si quiere marcharse puede hacerlo, solo no olvide hablar con la regente antes de hacerlo.
Red abrió la puerta y caminó descalzo hasta el lugar de ayer. Nada, completamente vacío, completamente normal.
Parece que son muy buenas para guardar secretos, pensó Red. Será mejor que finja ignorancia por ahora.
De vuelta en la posada donde se quedaba temporalmente, Red notó la ausencia de Lylia; agarró los cubiertos y desayunó mientras meditaba sobre los sucesos de anoche y pensaba en que Elara debía estar a días de distancia de su ubicación.
Luego de terminar de comer, se colocó una camisa de granjero que muy seguramente pertenecía al esposo de alguna de las mujeres de Campo Verde.
—Drevna —dijo calmadamente.
—¿Sí? —respondió la dulce mujer de cabellos blancos.
—Necesito mis pertenencias.
—¿A qué pertenencias se refiere, señor Dal?
—Llevaba una mochila con una llave azul y el corazón de monstruo que la regente demandó como trofeo.
—Ah, es verdad. Cuando lo encontramos en el bosque medio muerto, tenía unas cuantas cosas encima.
—Gracias por la comida.
—No es nada, no debe preocuparse. Usted se deshizo de ese monstruo que acabó con nuestros maridos.
—¿Qué nombre tiene?
—¿Qué cosa?
—Tu bebé.
La pregunta había agarrado desprevenida a la mujer, como si nadie se lo hubiera preguntado hasta ahora.
—...
Drevna guardó silencio, no por intentar ocultar un secreto, sino porque genuinamente no lo había pensado hasta ahora.
—Henry...
—Es un buen nombre —dijo Red abandonando la posada, vestido como todo un granjero.
Afuera, el ambiente era como aquella vez, un pueblo casi sacado de un cuento de hadas. Mujeres realizando las actividades diarias, animales caminando libremente y niñas jugando.
—¡Patty! No guardes toda la diversión solo para ti.
Eran dos niñas, que por su apariencia no podían pasar de los diez años.
Ambas perseguían a un perro de tamaño mediano mientras una de ellas sostenía un frasco.
Inesperadamente la niña con el frasco pasó frente a Red y se detuvo, posteriormente hizo una reverencia cordial.
En el frasco, Red notó a un colibrí verde volando desesperado dentro.
—¿Puedes darme ese frasco?
La niña accedió, le dio el frasco al hombre y siguió corriendo. Inmediatamente después, Red liberó a la pobre ave.
Después de quién sabe cuántos días estaba de vuelta en la casa más grande de la aldea, la casa de ladrillos rojos de Marie, la regente.
—Señora Marie, soy yo, el cazador de monstruos.
Ante la falta de respuesta en múltiples intentos, Red entró al salón con cabezas de animales disecadas y vio a la anciana profundamente dormida. Cuidadosamente, se acercó y tomó asiento en la silla de al lado, pero luego de unos minutos se desesperó y decidió tocarle el brazo.
—¿Qué? ¿Cariño, eres tú? —dijo confundida la anciana medio despierta.
—Soy yo, Dal.
La anciana Marie se llevó las manos anilladas a la cara y se frotó los ojos. Luego dio un fuerte bostezo.
—Oh. Te estaba esperando.
Marie se colocó de pie y caminó hacia un mostrador que abrió con una vieja llave de hierro. De su interior, sacó una bolsa y se la entregó a Red. Era oro. El pago acordado.
—No te preocupes por el corazón, ya lo tenemos asegurado. Será un placer tenerte presente en la festividad de hoy. Te lo ganaste, corazón.
—No puedo quedarme. Estoy buscando a mi compañera. Llegó aquí conmigo, pero nos separamos en el bosque. ¿La has visto? Es de esta estatura, pálida, cabello negro y ojos amarillos —dijo Red, indicando la estatura de Elara con su mano derecha.
—Dal, ese incendio en el bosque fue grande. Si tu compañera entró al bosque contigo tuvo que haber escapado o ser consumida por el fuego. En cualquier caso, creo que es improbable que la encuentres.
—Tengo que salir a buscarla.
Marie guardó silencio y se tronó el cuello y los dedos. Luego hizo una cara de disgusto.
—Te quedarás para el festival y luego podrás salir a buscarla. Mírate, eres un desastre —dijo señalando sus vendajes—. Debes estar en la mejor de las condiciones.
—Voy a salir. Quiero mi llave azul. La cargaba cuando me encontraron.
—¿Llave azul? No recuerdo que tuvieras una encima.
—Tenía una llave azul, es muy importante que la guarde yo. Es mi deber.
—Mmm. Ahora que lo pienso, sí tenías una. La guardaron en una bodega ayer cerca del templo. Tendrás que esperar luego del festival si la quieres de vuelta. Mis pobres huesos no me dan para hacer el esfuerzo de colocar esa bodega patas arriba solo por una llave.
—Entonces yo la buscaré por ti.
—¡No! —gritó Marie—. Solo yo puedo entrar allí.
—¿Acaso allí guardas los sacrificios humanos?
—¿De qué estás hablando? Joven irrespetuoso. ¿Cómo te atreves a insinuar eso?
—Ninguna de ustedes arpías me va a decir que lo que vi anoche fue mentira.
—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! —gritó repetidamente la anciana.
—Voy a coger mi llave y me iré de aquí, te guste o no.
Red agarró la bolsa de oro, pero decidió dejarla en la gran mesa, luego caminó apresuradamente con dirección al templo de Campo Verde.
Pero cuando pasó por la entrada de la puerta Lylia lo detuvo.
—Fuera de mi camino, bruja —dijo haciéndola a un lado.
—No quieres que las cosas se pongan mal entre nosotros —Lylia hizo una pausa—. ¿Verdad, Red Blades.
Sorprendido, el antiguo caballero se dio vuelta y la bruja le colocó un dedo en la frente.
—Te quedarás, serás muy obediente, ¿verdad?
¿Qué pasó? No puedo moverme, pensó.
—Eres un buen hombre, pero callado y obediente te ves mejor. Ahora júrame que te quedarás conmigo aquí —dijo la joven bruja tocándolo desde la cabeza hasta las partes nobles—. Ningún otro hombre. Nadie más es... digno; digno de presenciar su regreso.
Red seguía intentando moverse fútilmente. Lo único que podía hacer era ver directamente a los ojos grises de Lylia.
—Lo has visto. Yo también. El abismo... El vacío.
Lylia avanzó por todo el pueblo haciendo que Red caminara detrás de ella en contra de su voluntad. Todas las mujeres del pueblo observaban con intriga al único hombre del pueblo como si de un animal camino del matadero se tratara. Finalmente llegaron a una cripta en la zona norte de la aldea.
La bruja abrió la puerta y empezó a descender junto a Red por unas escaleras que se sintieron eternas. Durante el descenso, Lylia no dijo ninguna palabra.
Eventualmente, la luz se acabó e igual que ayer, susurros y voces fantasmales de todo tipo, hombres, niños y mujeres empezaron a hablarle al colibrí.
—Ella es su devota más grande.
—No te confíes, esa no es su verdadera forma.
—¡Bruja!
—Arpía sin alma, arpía sin corazón.
—Maldita perra.
—Una pobre niña corrupta por el abismo.
—Carneeee.
—Lylia duerme y sueña con él todas las noches... pero a Thuron no le importa en lo más mínimo su mascota.
—Ya la olvidó.
—¡Silencio! —gritó de repente Lylia, reaccionando a las voces, las cuales le dijeron un par de cosas más antes de disiparse.
Al llegar al fondo de la cripta, Lylia abrió una reja y entró junto a Red.
En su interior, decenas de cuadros elegantes del elfo de ojos oscuros con pelo y barba grises decoraban el lugar.
Una en particular llamó la atención de Red: un elfo anciano tocando el violín en un cuarto...
familiar, con una placa justo debajo que decía: «Eryndor».
En el resto del lugar había múltiples sepulcros de diseños desconocidos por Red. Claramente estaban en la tumba de alguien muy importante cuyo nombre fue olvidado por el paso inclemente del tiempo.
Lylia se acercó a un gran armario blanco, extremadamente lujoso y con un acabado dorado del cual sacó unas elegantes prendas negras y se las dio a Red.
—Se acabó el juego. Ponte esto. No puedes recibir a tu señor con esas fachas.
Red se cambió enfrente de la bruja y ahora portaba un elegante atuendo oscuro. Digno de un rey.
Finalmente, el control de la bruja se detuvo y Red pudo volver a moverse.
—¿Qué me hiciste?
—Tú... No escuchabas. Hombre tonto. ¿No eres acaso el campeón que Dios nos prometió?
—Yo... No soy el elegido de nadie.
—«Persevera, querida, pronto, un caballero que apesta a magia vendrá a lomos de un caballo plateado. Deben enviarlo a pelear con el monstruo. Si regresa, se convertirá en mi adalid y guiará a mis hijos a tomar su lugar en Azur». Esas fueron sus palabras. Hace ya tantos años.
Lylia empezó a sobar el rostro del elfo en las pinturas y empezó a besarlo. Luego, sintiendo la mirada desconcertada de Red, se dio vuelta.
—¿Sabes cuánto tiempo he esperado? ¿Cuánto he soportado? El ritual será hoy, y no voy a permitir que tú y tus ganas de perseguir a una zorra que ya está muerta lo arruinen todo.
—¿Adalid? —dijo Red—. Yo jamás accedí a eso. Solo le dije que abriría la puerta. No voy a convertirme en el general de unos engendros antinaturales para que dominen Azur.
Una imagen del rostro de Thuron con los ojos totalmente negros estaba frente a Red. Podía sentir su mirada.
—Eso no fue lo que te prometí —dijo Red, mirando fijamente el cuadro.
—Es lo que va a pasar quieras o no —dijo Lylia, sacudiendo el polvo de sus cuadros.
—Quiero la llave, déjame ir para poder abrir la puerta que tu amo quiere cuanto antes.