El viaje del colibrí Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—¡GRUOOAAARHHH! —rugió el dragón, llamando la atención de los sobrevivientes e inspirándolos a acabar con el resto de la horda.

Mur’min intentó alzar el vuelo para sacarse de encima a Drogvar, pero el paciente Alenwyn lanzó su última flecha a la cara del dragón, aturdiéndolo de nuevo.

—¡Aaaaaaaaagh! ¡Aaaaaaaagh! ¡Aaaaaaaagh! —gritaba el enloquecido bárbaro mientras continuaba apuñalando al dragón, haciendo salir cada vez más sangre—. ¡¿Quiénes dan lástima ahora?!

Después de desahogarse, Drogvar agarró un recipiente como el que llevaban todos los miembros de la caravana y con prisa lo llenó de la sangre del terror alado.

Mur’min se levantó, dio un coletazo al bárbaro derribándolo y haciendo que se le cayera el recipiente con sangre en la nieve y con prisa voló hacia la montaña de donde vino la flecha, devorando a Alenwyn el arquero maestro quien murió con una gran cara de satisfacción.

Sin perder tiempo, Mur’min saltó al campo de batalla y con su aliento de fuego calcinó a cientos de soldados e infectados.

—¡GRUOOAAARHHH! —rugió de nuevo el dragón, escupiendo fuego hacia el cielo mientras observaba cómo los humanos se separaban.

IV

Luego del último ataque, los guerreros corrieron con la cola entre las patas hacia la zona en la que entraron. Todos se retiraron, menos una persona, Malrok, el devoto, quien corría hacia el cuerpo de Drogvar que había caído sin control desde la montaña donde hizo sangrar al dragón.

Mur’min miró al sacerdote y lentamente se acercó a mirarlo con curiosidad, como si una hormiga viera morir a sus compañeras aplastadas y no se moviera frente al gigante que las había aplastado.

—Ya está... —dijo Malrok—. Sobrevivirá.

El dragón estiró el cuello hacia abajo para ver al sacerdote, forzándose en su campo de visión colocándose en el medio. Luego mostró los dientes y empezó a rugir.

Malrok no se movió. Terminó de conjurar su hechizo analgésico en el bárbaro sin ser intimidado.

Esto enojó a Mur’min que antes de abrir sus fauces fue interrumpido por el sacerdote.

—Lo que dijiste antes. Estabas equivocado.

Mur’min se sorprendió ante las palabras de Malrok. Este humano estaba subestimándolo.

—No es muy inteligente no reconocer el poder de un dragón. Tampoco es muy inteligente enviar a un sacerdote a acabar con uno.

—«La condición humana es una miseria». ¿Entonces qué es la condición de un dragón?

—Las vidas humanas no valen lo mismo que las de un dragón —dijo fríamente Mur’min.

—No es muy inteligente ponerle precio a una vida.

Mur’min alzó la cabeza y tomó una posición más tranquila frente a Malrok.

—Sacerdote humano... ¿Cuál crees tú que es el valor de una vida humana?

—Todas las vidas son sagradas —dijo el devoto, caminando hacia otro grupo de heridos.

—Tu respuesta no me satisface —dijo Mur’min viéndolo alejarse lentamente.

—No me satisface, peca de genérica, y suena como algo influenciado por la ética y lo que es correcto para la sociedad. ¡Vahifarak! —gritó el dragón en su incomprensible lengua—. Quiero una verdadera respuesta.

Malrok llegó hasta un par de soldados de Kala que ya habían pasado a mejor vida y empezó a rezar a los pies de sus cuerpos. Luego, antes de que el dragón volviera a abrir las fauces dijo:

—De algo estoy seguro: un poco de sangre dracónica no vale tres mil vidas humanas y semihumanas.

Mur’min gruñó y se acercó al humano con una mirada intimidante.

—El valor de una vida depende de las acciones que esa persona hizo con su vida o quizá ninguna vida tiene valor y cada persona le pone uno a la suya... No espero que mis respuestas te satisfagan, dragón, solo respondí tu pregunta.

El dragón miró al sacerdote con una expresión más tranquila y satisfecha.

—A los humanos les gusta el oro.

—También a los dragones.

—Mover un grupo tan numeroso debe costar una fortuna. Dime, sacerdote, cuánto le iban a pagar a cada uno por enfrentarme.

—El rey les ofreció a los guerreros diez mil monedas de oro... veinte mil al que lograra conseguir la sangre.

Mur’min miró el cuerpo de Drogvar el bárbaro en la nieve y rio para sí mismo.

—Debo admitir que algunos de ustedes son muy valientes —agregó el dragón reconociendo a los pocos que le hicieron frente—. ¿Qué hay de ti? ¿Por qué un hombre de fe necesitaría oro?

—Malrok, Enio y yo no vinimos aquí por dinero —dijo Melavan, quien bajaba una pequeña montaña de nieve.

—Druida... Sobreviviste.

—Aunque no me lo dejaras fácil.

El dragón estiró el cuello para ver a los sobrevivientes, quienes se habían juntado a la distancia y se ayudaban unos a otros a colocarse de pie o se unían para cargar heridos. La lluvia se había disipado y el sol de mediodía bañaba la nieve de Morne.

—Estábamos teniendo una conversación de lo más interesante —dijo Mur’min—. Como una muestra de cortesía ante un draco parlante te dejaré unirte.

Melavan no perdió el tiempo y de una vez empezó diciendo:

—Tu opinión sobre los nuestros es errada.

—Yo no lo veo así, dije que huirían lamiéndose las heridas y precisamente eso hicieron.

Piensan, sufren, odian... Tú eres el que está equivocado, druida.

¿Acaso no hay un balance que proclaman los de tu clase?

La enfermedad que los aflige es un fenómeno de la naturaleza.

¿Por qué te opondrías a ella? Nunca me imaginé a un druida que temiera a la muerte.

—La enfermedad rompe el balance, dragón. No puede haber muerte si no hay vida y esa es la única razón por la que estoy aquí. Todo lo que dijiste de nosotros, podría aplicarse a ti, dragón.

Mur’min acercó su cabeza a los dos humanos y con ira en sus ojos dijo:

—Tengan cuidado con sus próximas palabras.

—Eres codicioso como nosotros y orgulloso, pero tras tu coraza de escamas hay fragilidad —dijo Melavan señalando la parte de la espalda del dragón donde Drogvar lo hizo sangrar—.

Tras cada flecha del arquero volabas a otra montaña como un animal herido.

Piensas, sufres, odias. Muchas cosas que dijiste de nosotros podrían aplicarse a ti, mas no te culpo.

Los nuestros te odiaron y tú nos odiaste de vuelta y no sé si eres capaz de amar, pero el que no acabaras con nosotros inmediatamente me dice que por lo menos serás capaz de perdonarnos.

El dragón miró a los humanos con una visible confusión y luego recordó a aquel humano que se resistió al furor ardiente. Quizá no toda la gente en Azur fuera una causa perdida.

—Quizá estoy parcialmente equivocado... Muy bien, me convencen —dijo Mur’min haciéndose una punción en la garra y extendiéndola para darle a Melavan la sangre por la que miles habían perdido la vida.

Mur’min se despidió de los hombres y tras una reverencia de estos se alejó volando sin explicaciones, hacia el norte.

Malrok agarró al bárbaro y junto a Melavan se reunió con los sobrevivientes del grupo, listos para volver a Ambrosía. Sin embargo, un grupo de soldados liderados por Malrok se quedó atrás para ayudar a enterrar a los caídos.

V

A cuatro horas de Morne, durante el atardecer, un carromato de rejas montado sobre ruedas de madera fortalecidas con hierro era arrastrado por dos caballos cansados en la carretera hacia el puerto de Myrkaven.

El carro era más adecuado para el encierro que para el viaje.

La cabina era una caja rectangular tachada, con barrotes en los costados que permitían apenas entrever a los prisioneros en su interior.

El cochero iba sentado al frente, en un banco estrecho, con las riendas firmemente en las manos, cuando de repente una mujer pálida del miedo descendió de la montaña cayendo en la mitad del camino, forzándolo a bajarse.

—Ey tú, ¿estás bien? —preguntó Garrick.

Naeya estaba paralizada del miedo, pero ver al extraño en mitad de la nada la tranquilizó un poco.

—Dragón, dragón...

—Por Zhonos... —dijo Garrick al ver volar a la criatura alada oscura por los aires poco después.

Naeya gritó y Garrick se colocó frente a su campo de visión para que no viera a la criatura.

—Pareces alguien que necesita un aventón. ¿Vas a algún lugar en específico?

—Yo... no tengo a nadie, por favor, sáqueme de aquí, lléveme a donde sea que vaya.

—La compañía no me vendría mal, pero el banco es para una sola persona, aunque hay espacio allá adentro —dijo Vinland, señalando la celda del carromato—. Quizá hables más que la prisionera que llevo ahí dentro.

—Lo que sea, por favor, solo sáqueme de aquí.

—¿Cuál es tu nombre?

—Naeya... —dijo la antigua autoproclamada hechicera mientras se montaba en el interior del carro celda—. ¿Y cuál es el suyo? —dijo secándose unas cuantas lágrimas de los ojos con la manga de su vestido.

—Garrick Vinland —respondió el antiguo colibrí, haciendo un gesto con su sombrero.

Naeya terminó de montarse en la celda y quedó sin habla al ver a la mujer de ojos amarillos con un atuendo hecho harapos contenida con dos cadenas azules en sus manos.

La prisionera ni siquiera había notado su presencia, era como si hubiera perdido toda esperanza.

Garrick cerró la jaula y volvió a tomar asiento en el banco del cochero.

—Dime, Naeya, ¿has estado en Kala?