Capítulo 33 #2
En la cima de la montaña, un determinado Melavan seguía hablando con el dragón mientras Vilhiam vigilaba que ninguno del grupo levantara sus armas contra el ser divino.
—¿Mis cogitio de humans? ¡JAH! —respondía el dragón a la pregunta del druida, quién tras ver al grupo de infectados acercarse aún más decidió repetirse para que todos le entendieran extendiendo el cuello hacia abajo.
—¿Mi opinión de los humanos? Creo que son banales...
Tan orgullosos, pero tan frágiles. Verás...
Corren como animales callejeros lamiéndose las heridas y huyendo de los problemas.
Piensan, sufren... Aman, odian. Pero algunas heridas no se curan, se infectan, así que buscan una cura —dijo Mur’min llevándose la garra prensil al pecho.
Los sobrevivientes miraban paralizados al dragón mientras continuaba con su monólogo.
—Pero frecuentemente esta... cura... no es más que veneno que solo calma el dolor y lentamente sus heridas se convierten en abscesos que eventualmente revientan.
—El dragón hizo una pausa y se levantó—.
Así que, ¿qué pienso de tu clase? Me dan lástima, la condición humana es una miseria —dijo Mur’min mirándolos a todos.
Justo allí, los sobrevivientes empezaron a correr hacia los infectados que ya estaban muy cerca de ellos. Inexplicablemente múltiples rayos empezaron a caer al suelo golpeando a decenas de infectados y el último de estos golpeó al dragón directamente en el ala haciéndolo tambalear.
—Que tu ira caiga sobre mis enemigos. Que tu tormenta consuma el caos y lo convierta en orden... —seguía repitiendo una y otra vez Kremt, el heraldo de las tormentas. Mientras caminaba con los ojos cerrados al dragón que luego de verlo acercarse dio un salto y lo aplastó.
—¡Nooooo! —gritó Melavan.
Mur’min voló hasta otra colina cercana mientras veía a los sobrevivientes y a los infectados matarse entre ellos sin darse cuenta de que al aplastar a aquel hombre, Drogvar el bárbaro se había agarrado de su cola y avanzaba determinado hasta la grieta en su armadura del duelo contra Ser Tristán.
Vilhiam perdió el equilibrio luego de que el dragón se tambaleara y saltara moviendo la nieve de la colina y había caído de vuelta al campo de batalla donde los sobrevivientes caían sin parar.
En aquella situación, el antiguo colibrí pudo ver a su padre nuevamente.
Entendiendo que el dragón no volvería a hablar con ellos, Vilhiam Polroc miró la manifestación de su padre y se colocó de rodillas.
—Perdóname, hijo.
—Tienes valor de mostrarte aquí.
—Vilhiam...
El antiguo colibrí abrió los ojos y alzó la cabeza para ver a su padre.
—Tú, tú...
Vilhiam no tenía palabras. La manifestación de Aldauren nunca había dicho su nombre. Algo esta vez se sintió real.
—¿Por qué viniste a este lugar? ¿Qué esperas conseguir aquí que no pudieras encontrar en tu corazón?
—¡¿A qué vienen esas preguntas?! ¡Estoy aquí! —gritó lleno de ira—. ¡Estoy aquí por ti!
El colibrí había recibido las noticias de que Aldauren estaba muy enfermo hace ya tres años, pero se había rehusado a visitarlo.
No sabía mucho del mal que afligía a su padre.
Le habían comentado que no podía hablar, moverse bien y que olvidaba mucho las cosas.
La verdad era que el hijo no estaba muy interesado en lo que le pasara a su padre, solo pensaba una cosa, se lo merecía.
La manifestación de Aldauren caminó y se ubicó frente a Vilhiam.
—Esta... No fue mi última voluntad —dijo Aldauren.
—¿Entonces cuál fue? ¿Maldecirme? ¿Aparecer enfrente de mí a cada rato? ¿En mis sueños? ¡¿Aparecerte incluso cuando estoy cagando?!
—Quería liberarte. Quería que te deshicieras del odio que llevas encima.
—¡Jah! Qué buena puta broma.
Aldauren se colocó en cuclillas para estar al mismo nivel de su hijo.
—Me negaste mi derecho de nacimiento. Me negaste mi destino. ¿Por qué a mí de todos tus hijos? ¿Por qué me odiaste tanto?
—¿Es eso cierto o es lo que te dices a ti mismo?
—No me vengas con eso.
—Ese no era tu destino, hijo... Quizá mis acciones no te lo parezcan, pero fueron necesarias. Puede que algún día lo entiendas. Te pareces a mí más de lo que crees. Sé que algún día… comprenderás.
Vilhiam vomitó y empezó a temblar.
Mur’min miraba al caballero con interés, esperando a que en cualquier minuto se le empezara a caer la piel.
—Ya lo hice, ya... te lo he dicho cientos de veces, te perdono. ¡Puedes irte!
Los infectados se acercaban al arrodillado Vilhiam, no podía ver a Phila por ninguna parte.
Solo al gran rinoceronte rojo acercarse lentamente a su posición.
El aspecto del semirrinoceronte se había vuelto incluso más amenazante al amarrarse el ala de Ashen Vilehowl en la espalda como si fuera una especie de trofeo.
—...
Aldauren miraba en silencio como si supiera que no lo decía en serio.
—No puedo hacerlo, padre. Te mentiría si te dijera que solo con pensar en hacerlo y decir las palabras la ira saldría de mí —dijo calmadamente Vilhiam.
El padre cerró los ojos y su expresión se tornó triste.
—Pero lo intentaré... Con cada día que pase.
Tras las palabras de Vilhiam la manifestación de Aldauren sonrió y se desvaneció. Finalmente, el antiguo colibrí se colocó de pie.
—¡Oooh! —exclamó el dragón sorprendido.
El infectado cuerno de guerra avanzó hacia Vilhiam.
Era demasiado tarde para moverse. Por fortuna, Melavan conjuró raíces mágicas y lo lanzó al lado opuesto.
Retomando la calma, Vilhiam sacó su estoque y lo apuntó a la bestia roja.
El colibrí corrió de frente hacia el semirrinoceronte y al llegar se deslizó por el espacio entre sus piernas.
Luego, dio un aluvión de embestidas en la espalda del enemigo que se retorció del dolor y con un brusco y rápido giro lo golpeó.
El ataque del semirrinoceronte envió a Vilhiam por los aires varios metros atrás.
—¡Ah! —gritó el caballero al levantarse y notar que se había fracturado la mano izquierda.
—Ma... ¡Matar! —gritó el infectado, lanzándose entre por lo menos una docena de soldados de Mazavid desprevenidos tras sorprenderse por la capacidad del infectado de articular una palabra.
Vilhiam colocó su mano rota en la espalda y con una pose elegante apuntó nuevamente al semirrinoceronte.
—¡Por aquí, bestia horrible! ¡No necesito dos manos para acabarte!
El rinoceronte rojo apretó su mazo con más fuerza y corrió hacia el caballero.
Al encararse de nuevo, Cuerno de guerra lanzó un golpe de derecha a izquierda.
Vilhiam se agachó y le propinó varios cortes en la pierna, pero la bestia lazó un tajo vertical forzándolo a evadir con una voltereta.
Inmediatamente, el semirrinoceronte continuó con otro golpe horizontal.
Vilhiam siguió esquivando, pero el rinoceronte seguía encadenando ataques sin parar.
Sus golpes con el estoque no parecían tener efecto, era como si utilizara un alfiler para destruir una piedra.
Vilhiam dejó de esquivar y se lanzó de frente, saltó un golpe horizontal y esquivó uno vertical saltando sobre un pie. Mientras el semirrinoceronte sacaba su mazo de la nieve, Vilhiam subió por el mango del arma y clavó el estoque en el ojo derecho de la criatura.
—¡MATAR! —gritó Cuerno de guerra levantando el mazo y enviando a Vilhiam hacia arriba y hacia atrás.
El arma de Vilhiam seguía en el ojo del rinoceronte dándole un aspecto más demoníaco. El caballero intentó levantarse, pero al hacerlo se dio cuenta de que se había lastimado el tobillo izquierdo.
Cuerno de guerra se acercó intimidantemente y alzó el mazo para aplastarle el cráneo a Vilhiam cuando inesperadamente Rakkar se metió en el medio y desvió el mazo hacia el suelo.
Sin dudar ni un segundo, el semilobo empezó a clavar sus garras en la piel gruesa del semirrinoceronte haciéndolo perder el equilibrio.
—¡Fuera, humano! —gritó Rakkar mirando enojado el ala que la bestia se amarró en la espalda.
Los semihumanos peleaban encarnizadamente, el gran lobo negro evadía, atacaba y volvía a atacar.
El semirrinoceronte rojo le devolvía golpes extremadamente fuertes.
La pelea estaba muy pareja hasta que dos guardias infectados se acercaron al semilobo, quien, al voltearse a acabar con los humanos, fue agarrado por Cuerno de guerra y levantado en el aire como previamente había hecho este con el semihalcón pero antes de enviarlo por los aires Rakkar Garras
Sangrientas se sorprendió al ver cómo los dos enanos Nurmak restantes lanzaron sus hachas y cortaron las cabezas de los guardias enfermos y, motivado, abrió la mandíbula y mordió el brazo del rinoceronte rojo, forzándolo a soltarlo, pero al pisar el suelo nuevamente,
Cuerno de guerra le lanzó un puñetazo en el hocico al semilobo.
Los enanos se acercaron a ayudarlo, pero el semilobo, con un gesto los detuvo.
—Este es mío... —dijo antes de saltar sobre el rinoceronte y sacarle el ojo izquierdo, dejando al monstruo rojo ciego.
—Este es mío... —dijo antes de saltar sobre el rinoceronte y sacarle el ojo izquierdo, dejando al monstruo rojo ciego. Allí, en el furor ardiente de la batalla, Phila lo encontró y gritó su nombre.
—Debemos irnos, no sobrevivirás así —dijo Phila preocupada.
—No, debemos ayudarlos —dijo Vilhiam mirando al semilobo ser apaleado por los golpes salvajes desesperados del infectado ciego.
—¿Estás loco? ¡¿Qué demonios crees que vas a hacer en ese estado, Vilhiam?!
—¿Aún tienes tu cuchillo?
—Sí, pero ¿por qué?... —Phila se detuvo al darse cuenta de lo que planeaba su compañero.
El caballero dejó que la vidente guiara su mano y cuando ella le indicó actuó.
Rakkar era pisoteado por el semirrinoceronte hasta que de la nada un cuchillo golpeó el estoque clavado en el ojo derecho de Cuerno de guerra, perforando hasta el cerebro del animal y haciéndolo caer finalmente.
El semilobo se colocó de pie y con un gesto de agradecimiento miró a Phila y a Vilhiam, quienes se alejaron tras devolverle el gesto.
Mientras el dragón continuaba mirando el baño de sangre, Drogvar alcanzó finalmente la grieta en su armadura e invocando el valor de sus ancestros y amigos gritó:
—¡Por Zrulgar, por Rulgar, pero especialmente por mí!
Justo después de revelar su posición al gritar, el bárbaro clavó la escama en la descubierta piel del dragón.