El viaje del colibrí Capítulo 33
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Capítulo 33

En las montañas de Morne - Parte III

I

Vilhiam y Melavan tenían vía libre para acercarse a Mur’min.

Los guerreros de Mazavid se quitaban del medio.

Nulio les ordenó obedecer a Polroc e intentar hablar con el dragón una vez más.

Los guardias estaban cansados, pero la posibilidad de terminar el conflicto con vida y volver a casa les dio algo de esperanza.

Sin embargo, algunos de los guardias cercanos notaron que algo anormal se había asentado en sus mentes y las había nublado, justo como le pasó a Chavorn.

Vilhiam caminó junto a Phila y Melavan hasta que llegaron donde el grupo esperaba el próximo movimiento del dragón.

—¡Altooooooo!

El grupo se volteó a ver a Vilhiam confundido.

—¡Que nadie dé un paso más, que nadie lance un ataque más! —gritó mientras subía con esfuerzo la abundante nieve hacia el dragón.

—Mur’min, zor matr a la tiev drakon, vur se, kros nus resper lak, vur castik ces erner a nos. ¡Reverse a estar! —exclamó Melavan mientras continuaba subiendo.

El dragón estiró las alas y miró con lástima al druida. Desde aquella colina podía ver todo el campo de batalla, incluso las manchas rojas en la nieve que no eran sangre acercarse.

—¿Guar Chut me copryr a vur human? —respondió el dragón.

¿Qué rayos dicen? pensaban los sobrevivientes, mirando confundidos al extraño druida.

Mientras todos estaban ocupados mirando la curiosa escena, Drogvar alcanzó el cuerpo inconsciente de Ser Tristan, que estaba siendo atendido por Ser Dareth. El cuerpo de Ser Dareth tenía el brazo y la pierna izquierdas torcidas.

—¡Atrás, bárbaro! —gritó Ser Dareth con el arma en mano y colocándose delante de su amigo.

—Las escamas, dame las escamas... —dijo el bárbaro cubierto de nieve, sangre y cenizas.

Ser Dareth miró los ojos de Drogvar y se hizo a un lado permitiéndole que agarrara dos escamas desprendidas de la espalda del dragón las cuales agarró como si fueran dagas. Inmediatamente después el bárbaro cambió el curso hacia el dragón una vez más.

Al mismo tiempo, cerca de la zona donde Mur’min lanzó el primer ataque, el clérigo Rodas pronunciaba unas palabras fúnebres para los fallecidos.

El miembro de la iglesia del sol verde no se había percatado que no estaba solo.

Allí, por unos escombros cercanos, Ashen Vilehowl, el semihalcón, yacía tirado en el suelo.

El semihalcón había perdido la conciencia luego del primer ataque y se vio atrapado en los restos de una de las torres de asedio de la caravana.

—Ayud... —intentaba decir el semihalcón, pero el ruido que podía hacer era apenas un susurro. Una lámina de hierro había caído sobre su pecho, no podía mover su ala derecha.

Ashen se quedó totalmente mudo tras ver cómo múltiples soldados enfermos con el furor ardiente se acercaban al clérigo, pero este no hacía nada. Solo seguía rezando.

Quizá estoy más a salvo aquí, pensó el semihalcón.

Los guardias infectados, armados, llegaron junto al clérigo y lo empalaron sin dudar. Sin embargo, Vilehowl pudo observar a Enio Rodas fallecer con una sonrisa en el rostro.

Ashen contuvo la respiración un tiempo hasta que sintió el suelo temblar.

No... No puede ser..., pensó para sí mismo.

El semihalcón no podía creerlo: Cuerno de guerra el semirrinoceronte, había sido infectado. Pero eso no era todo, estaba moviendo los escombros. Era como si supiera que estaba allí. El semihalcón empezó a moverse, intentando zafarse movido por la adrenalina.

Cuerno de guerra bajó la cabeza hacia Ashen bajo los escombros y, con una increíble muestra de fuerza bruta, apartó los restos de la torre como si no fueran nada.

Vilehowl empezó a arrastrarse tras varios intentos fallidos de colocarse de pie, pero el rinoceronte lo agarró por el pie. Lo levantó unos metros y, tras un breve forcejeo con el semihalcón, el cual le causó múltiples arañazos en los brazos, le arrancó el ala lastimada y lo lanzó por los aires.

Luego, el grupo de infectados avanzó hacia el grupo de sobrevivientes con las peores intenciones.

Ashen Vilehowl falleció solo, cubierto por la nieve, recordando su hogar y a sus amigos semihumanos.

II

En el interior del santuario, Jorek e Izen nadaban en montañas de oro, reliquias y joyas.

Los ladrones habían llenado tres sacos cada uno.

El novato Jorek abrió su tercer saco con el fin de meter más tesoros, pero era imposible.

Ya no había espacio. Izen lo llamó, listo para volver a subir cuando este se tropezó con un objeto bastante duro.

El ladrón se levantó con dificultad entre tanto metal dorado.

—No seas codicioso, Jorek. Tenemos suficiente aquí para varias vidas.

Jorek empezó a limpiar el montículo de oro buscando el objeto con el que tropezó y al encontrarlo Izen soltó los sacos.

—Maestro, qué... —dijo Jorek, quien se detuvo al ver la cara de asombro absoluto en la cara de Izen.

—¿Qué hace?... ¿Qué hace esto aquí? —pensó en voz alta Izen.

El objeto era una mediana llave de aspecto élfico que brillaba en un hermoso azul turquesa.

—Novato... Jorek. Muy buen hallazgo. ¡Tenemos que irnos de aquí! —exclamó Izen con una sonrisa en el rostro.

Los ladrones corrieron a las escaleras, pero de repente escucharon un ruido extraño. Era como si el mismo aire se cerrara. Inmediatamente después, pudieron escuchar los pasos de alguien bajando las escaleras. Izen se aferró a los sacos de tesoros y a la llave.

—Diez gotas de sangre... y dos de vinagre —dijo una voz desconocida.

—¿Quiénes rayos son ustedes? —preguntó Izen.

—Mi nombre es Damien, ella es Riga —dijo el extraño señalando con el pulgar a la mujer rubia vestida de negro.

—Ahora que ya respondí tu pregunta, nuestra llave, por favor —dijo Damien extendiendo la mano.

Izen soltó los sacos, apretó con fuerza la llave con la mano izquierda y con la mano derecha sacó su daga y tomó una posición defensiva.

—El que se la encuentra se la queda... Puedes agarrar todo lo que dejamos. Hay tesoros de sobra.

—¿Y qué pasa si queremos ese? Danos la llave y los dejaremos ir.

—No lo creo, le cogí un gusto a esta llave, me costaría mucho separarme de ella.

—¿Y tu vida? ¿Te costaría mucho separarte de ella?

—Bastante.

Izen se agachó rápidamente y lanzó los sacos a los dos extraños, luego se volvió invisible junto a Jorek.

Damien conjuró varias piedras que comenzaron a girar y eventualmente se unieron en espiral formando un cono rugoso de piedra.

Armado con varias piedras con forma espiral, el aguijón del escorpión empezó a buscarlos.

Escondido por la magia, Izen se colocó detrás de Riga que al sentir al hombre invisible acercarse por el sonido del oro a sus pies conjuró un portal y se ubicó en una lámpara colgante del santuario.

Desde arriba, la tercera pata del escorpión creó un portal debajo del oro y creó otro en las escaleras tapando cualquier escape de los ladrones con este.

Jorek se ubicó a espaldas de Damien y en un movimiento hábil lo hizo tropezar para después darle un corte en el corazón y en el cuello.

Damien Astaroth dejó de moverse mientras su sangre y un fluido oscuro empapaban el suelo.

Riga comenzó a crear decenas de portales por los cuales enormes cantidades de oro salían enviadas como si fueran bolas de cañón. Los ladrones esquivaban los lanzamientos y avanzaban hacia la mujer.

La miembro del escorpión empezó a sangrar por la nariz y sus ojos tomaron un color hemático.

De repente, desde la lámpara colgante, Riga abrió un gran portal abajo de la gran habitación y otro arriba justo después, haciendo que todos los tesoros de la habitación llovieran sobre ellos.

Izen se dio prisa y subió a una gran estantería llena de libros polvorientos. Jorek pensó en lo mismo.

Pero los ladrones no contaban con que los fluidos de Damien también fueran transportados y los bañaran lo suficiente para ser detectados.

Inmediatamente, la espiral de piedra de Damien pasó junto a Izen y le cortó la oreja derecha llenándolo de más sangre.

Sintiéndose amenazado, el maestro ladrón lanzó un cuchillo directo a la lámpara, cortando profundamente la mejilla de Riga, quien se vio forzada a entrar a otro portal e incluso la lámpara se fue en este.

Izen volteó a ver el cuerpo del hombre, pero ya no estaba allí. En ese instante Damien lo agarró y lo apuñaló en el abdomen con una espada de piedra que también tenía forma de espiral.

—Nada mal para un par de ladrones —dijo Damien antes de tomar la llave y entrar a un portal.

El maestro se había vuelto totalmente visible, Jorek se acercó. Evitó quitarle la piedra de la herida. No parecía un golpe mortal. Izen se levantó a seguir al hombre al portal que aún seguía abierto pero su estudiante lo detuvo.

—No sea codicioso, maestro.

E Izen se tiró al suelo.

Jorek cargó al maestro, y tras buscar los sacos llenos de tesoros y tardar más de lo planeado quitando el oro del camino, los ladrones de Mazavid llegaron arriba,

justo a tiempo para abordar el globo antes de que infectados los alcanzaran mientras el dragón observaba a los ladrones partir con una expresión que indicaba que no le sorprendía el delito.

—Renzo... —dijo el novato al abordar el transporte y ver el cuerpo de uno de sus colegas.

Izen se acostó en la cesta del globo mientras se alejaban lentamente de las montañas de Morne en medio de la extraña lluvia.

III

Fushen y Hanzo alcanzaron al grupo principal y se detuvieron confundidos por la ausencia de acción.

—Enano, ¿qué pasa?, ¿por qué no están peleando? —preguntó Hanzo.

—¿Dónde demonios se habían metido? El comandante Polroc ordenó detener los ataques.

—¿Tenemos ra sangre?

—No, subió con el druida a hablar con el dragón. Es una mala idea si me lo preguntas.

—¿Qué re pasa a ese? —preguntó Fushen señalando a Kremt de la tormenta.

—No lo sé, entró en un trance poco antes de que empezara a llover —respondió Nuldar.

—Que tu ira caiga sobre mis enemigos. Que tu tormenta consuma el caos y lo convierta en orden... —repetía una y otra vez Kremt, casi hipnotizado.

El grupo empezó a ver cómo una numerosa horda de infectados, entre la cual sobresalía el semirrinoceronte, se aproximaba a ellos.