El viaje del colibrí Capítulo 32 #4
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Capítulo 32 #4

—¡Despega esta cosa o te juro que la mato! —gritó Khessa presionando el puñal, causando que la sangre brotara del cuello de Fiona.

Aeyla obedeció y tras un minuto muy largo el globo empezó a ascender.

Una vez elevados varios metros del suelo, Khessa volteó a ver a Renzo, quien estaba perdiendo mucha sangre, pero la miraba con una mirada confiada.

La preocupación desconcentró a la ladrona y Fiona, aprovechando el momento, agarró un tubo de hierro afilado que se encontraba dentro para darle un golpe, pero Renzo la movió en el último momento, recibiendo el golpe, tras lo cual finalmente perdió la vida.

Enojada, la ladrona agarró el puñal y lanzó un corte al cuello de Fiona.

En el campo de batalla algunos de los pocos sobrevivientes vieron caer del cielo el cuerpo de una mujer, manchando de rojo otro pedazo de blanca nieve.

Thurnak, moribundo, se arrastró varios metros hasta Kremt de la tormenta, que lloraba viendo el caótico campo de batalla. Thurnak subió la mirada para encararlo, y sosteniéndolo por la bota con dificultad para respirar le dijo unas últimas palabras que hirieron al guerrero.

—¿Ese es el tipo de tormenta que eras? Una tormenta de lágrimas... Ja...

En ese momento, del cielo de Morne, siempre blanco y seco, gotas de lluvia caían por primera vez, volviéndose cristales al tocar la tierra helada, como si el desierto gélido que era Morne no supiera cómo recibirlas.

—Que tu ira caiga sobre mis enemigos. Que tu tormenta consuma el caos y lo convierta en orden... —dijo tranquilamente Kremt tras secarse las lágrimas.

Mur’Min vio el globo en el aire y la caída del cuerpo, pero el dragón no se movió, sentía que no valía la pena atacar al globo. Seguía buscando al arquero.

Alenwyn era un arquero inteligente. Sus cacerías no solo requerían paciencia, sino también la capacidad de sobrevivir en entornos extremos.

Cuando tenía quince años sobrevivió a un asalto en su aldea, escondiéndose en la nieve por dos horas.

Ahora, casi veinte años después, se escondía bajo la nieve de un ser divino esperando el mejor momento para atacar.

Chavorn Hughhar daba órdenes a los soldados de Mazavid desde un centro de mando improvisado a varios cientos de metros del grupo que miraba al dragón. Phila y Vilhiam se acercaron junto a Melavan e intentaron hablar con él.

—Comandante Hughhar, por favor, retire a sus hombres. Deje al druida intentar hablar con el dragón una vez más —dijo Vilhiam.

—Vilhiam Polroc, si no desea pelear allá está el camino de vuelta —dijo Chavorn señalando el camino por donde vinieron con una falsa tranquilidad, pero por dentro estaba inquieto.

—El dragón solo atacó defendiéndose. ¿Por qué cree que no nos ha matado a todos? ¿Duda que no pueda hacerlo? ¡Abra los ojos!

Chavorn se acercó a Vilhiam intentando intimidarlo, pero el colibrí no retrocedió.

—Las guerras se ganan acabando con el enemigo, no invitándolo a una fiesta de té con galletas.

—Mire a su alrededor: sangre, fuego, muerte. ¿Cuántos de sus camaradas perdieron la vida hoy? ¿Cien? ¿Quinientos? ¿Mil? No eran números, eran personas. ¿Acaso no le importan? ¡Yo soy el comandante de este grupo! ¡Soldados, deténganse, retrocedan! —gritó Vilhiam.

—Así que tú eres el comandante, ¿eh?...

Por la mente de Hughhar un pensamiento pasó en ese momento.

¿Por qué el rey Alezar enviaría a su propio sobrino a pelear con un dragón?

¿Acaso hay problemas en la familia? Hughhar se dio cuenta de que la presencia de Vilhiam no era para ensalzarlo como un líder valiente, sino que quizá lo había enviado al vientre de la bestia para deshacerse de él.

Era un plan perfecto, nadie sospecharía nada si algo le pasara.

—¡Soldados, retírense! —gritaba Vilhiam todavía.

Es un saboteador, un cobarde, pensó Chavorn. No eran pensamientos que el comandante de Mazavid tuviera normalmente. Algo anormal se había asentado en su mente y la había nublado.

Confundido, pero reconociendo que estaba harto del denominado comandante de la caravana, Chavorn sacó rápidamente su espada y lanzó un ataque.

—¡Izquierda! —gritó Phila.

E inmediatamente, como un acto reflejo, el colibrí se movió esquivando el golpe.

—¡¿Qué rayos le pasa?!

—¡Ustedes!... Ustedes… ¡Siempre son ustedes! ¡Malditos colibríes! —gritó Hughhar mientras Melavan, Phila, Vilhiam y otros soldados lo escuchaban—. Todo tiene que girar en torno a ustedes. ¡Yo mando!

La lluvia empezó a hacerse más fuerte.

—¿De qué mierda habla?

—¿Acaso no respetas el sacrificio de estos hombres? —gritó señalando a Vilhiam mientras miraba a los demás guardias como si intentara decir: «Tengo la razón».

—¿Vamos a irnos sin más? ¡Dejen de quedarse viendo y corran hacia el dragón!

—Señor, si me permite... —dijo Nulio.

—¡Silencio! —gritó Chavorn, interrumpiéndolo. El comandante hizo una pausa y luego, lleno de ira, lanzó una mesa por los aires—. No retrocederemos, no... no va...

Chavorn soltó la espada o más bien se le cayó y segundos después un fuerte rayo cayó en Morne. Luego del ruido, el hombre vomitó y su piel empezó a sangrar.

—¡Todos atrás! —gritó Melavan amarrando al comandante con raíces. Acto seguido, Nulio lo puso a descansar como a un perro rabioso.