Capítulo 32 #3
Fushen dio una voltereta para evadirlo, pero la criatura era más inteligente de lo que parecía: se detuvo en el momento preciso y agarró a Fushen de la pierna.
Fushen le dio un corte en la mano al oso y este lo soltó por un segundo.
Fushen se alejó, pero el oso lo agarró de la cola izquierda de su bigote.
El guerrero de Tianzhou pensó rápido y con un movimiento de su espada cortó su bigote y retrocedió.
Fushen respiraba agitado, miraba a todas partes para buscar una salida, pero Morne no era más que un desierto nevado.
Pudo ver al dragón sobre una loma y a Naeya corriendo a lo lejos.
Para él no había escapatoria. El oso empezó a caminar lentamente hacia atrás y la sorpresa ensanchó la mirada rasgada de Fushen. El infectado había agarrado un hacha.
Gorrak ahora se acercó e, igual que el infectado que mató a Zura, blandía el hacha con una destreza impresionante.
El semioso atacaba sin parar. Fushen estaba agotado.
Tras unos dos minutos esquivando, este contraatacó clavándole la espada en el costado izquierdo al infectado, pero el semioso simplemente retrocedió un segundo, se la sacó y la arrojó a la pierna del guerrero.
Fushen estaba tirado en el suelo y agotado, el guerrero de Tianzhou miró al oso cuyo pelo ahora era más rojo y aceptando su destino cerró los ojos.
De repente el semioso se tambaleó y pudo escuchar a alguien gritar.
—¡Comandante Fushen! ¡Hanzo, rápido, ro encontré! —gritó Kojiro luego de apuñalar al oso por la espalda y tomar distancia.
Hanzo corrió con su espada en mano y, mientras la bestia se tambaleaba, le cortó la pierna derecha, haciendo que cayera a un pequeño desnivel en la nieve.
Levantó a Fushen y lo apoyó en su hombro.
Estaba determinado a evacuarlo, a ponerlo a salvo, pero el bigote largo pudo notar que Kojiro no los seguía y se detuvo.
—Kojiro, no te atrevas a quedarte atrás. Orvidate der oso, ya no puede perseguirnos, debemos ponernos a sarvo. ¡Es una orden!
Pero el apodado asesino de semihumanos vio al oso rojo en la nieve gruñendo fuertemente y, con determinación, o más bien estupidez, bajó a aquel desnivel mientras Fushen gritaba para terminar lo que empezó.
—¡Esos gruñidos, ese comportamiento... no son normares... está a punto de hacer argo! ¡Kojiro!... ¡Regresa ahora mismo!
Hanzo y Fushen vieron cómo antes de apuñalar la cabeza de Gorrak, Kojiro soltó la espada, vomitó, segundos después su piel empezó a sangrar y su cuerpo a revolcarse en la nieve.
Hanzo intentó ir hacia él, pero Fushen le agarró el brazo fuertemente.
—Ese ya no es Kojiro, su sed de sangre... finarmente ro consumió. Debemos seguir sin él.
Y Kagemori le hizo caso.
IV
De vuelta a las puertas del santuario Fiona Blackridge halló a una irreconocible Aeyla con la mirada perdida, intentó sacudirla y darle unas palmadas en la cara, pero esta seguía en aquel estado lamentable.
Fiona ordenó a una de las dos máquinas que le quedaron que agarrara a su camarada y ambas lentamente se retiraron hacia uno de los globos flotantes.
—Aeyla, ¿qué pasó allá adentro?
—Perdimos... Vamos a... Vamos a morir, todos, Fiona, perdimos, perdimos.
Fiona miró a la colina de nieve donde se había ubicado el dragón y luego de tragar saliva al ver a la criatura continuó caminando hacia el globo.
—Boyle tenía razón... Fuimos unas tontas... Nuestra tecnología, inútil, no importa si tenemos acceso a la biblioteca, seguiríamos inventando mierda inútil.
—Solo dices eso porque un ser mitológico nos pateó el trasero. Tranquila, no le diré a Boyle que le diste la razón. Hablaría de eso por semanas, no la soportaría —respondió Fiona.
—Deberías dejarme aquí —dijo Aeyla moviéndose, forzando a que la máquina de Fiona la bajara—. No puedo volver a Khorvalen, no quiero.
Aeyla se tiró al suelo llenándose la roja cabellera y el uniforme de nieve e hizo una pausa.
—Los fondos, todos estos gastos. Sería mejor morir que tener que pagarlos.
—El consejo decidió. Conocían el riesgo. Si volvemos con las manos vacías no es nuestro problema. Probamos las armas y no funcionaron. Eso solo hará que el gremio haga mejores.
—Los autómatas de Mazavid... Esos si son inventos... —dijo Aeyla mirando las máquinas de Fiona.
Aeyla se colocó de pie y caminó sin ganas hacia el globo junto a Fiona.
Las inventoras caminaron sin volver a decirse una palabra mientras el ruido del campo de batalla cada vez era menos fuerte y tras revisar varios globos encontraron uno con daños mínimos.
Sin embargo, al prepararse para abordarlo, Khessa y Renzo las agarraron y les colocaron un puñal en el cuello.
—Damas, tranquilas, todos somos amigos acá. Los amigos comparten cosas —dijo Renzo.
—Y viajan juntos... —agregó Khessa, acercando aún más el puñal al cuello de Fiona—. Sabemos manejarlo, pero no encenderlo.
La pareja de ladrones lanzó a las inventoras dentro de la cesta del globo flotante y luego abordaron el novedoso transporte.
—¡Mis máquinas! —gritó Fiona.
No tenemos espacio para chatarra, amiga —dijo Khessa—. Tenemos que pasar por nuestros otros amigos. Ya sabes lo que dicen: el amigo de mi amigo es mi amigo.
—Son una pieza de tecnología importante, no pueden ser tirad...
—¡Silencio! —exclamó Renzo.
Luego se volteó hacia Aeyla y la acercó halándola del hombro.
—Tú, despega esta cosa.
Aeyla miró a Renzo con disgusto y le lanzó un escupitajo en la cara. El ladrón se quitó la saliva de la cara y le dio un puñetazo en el rostro que la hizo caer. Aquello fue un error.
Las máquinas de Fiona, autómatas similares a un soldado, detectaron el ataque a una de las inventoras y, alzando los brazos, dispararon virotes contra los ladrones.
Acertaron múltiples impactos en el brazo derecho de Renzo, haciéndolo caer en la cesta del globo.
Los pequeños autómatas se acercaron, pero Khessa agarró a Fiona y la usó como escudo humano forzándolos a detenerse.