Capítulo 32 #2
Decenas de catapultas y balistas disparaban al dragón que a pesar de tambalearse se mantenía en el aire hasta que, harto de los ataques, voló hacia la retaguardia acabando con las armas de artillería restantes.
El terror alado acercó su cara a uno de los soldados jóvenes que disparaba el arma y luego de mirarlo un rato abrió sus fauces y lo devoró.
Al lado de aquel joven de Zahramar, Malrok estaba arrodillado, con los ojos cerrados rezando y llorando sin parar. El dragón se acercó al devoto también, pero al ver que el sacerdote no dejaba de rezar, se dio vuelta.
—Human, ¿quun vur une mortea pir? ¡COM! —gritó el dragón. El grito fue tan fuerte que igual que el rugido de antes pudo ser escuchado en todo Morne.
—¡Basta dragón! —gritó Ser Tristán.
—¿Mmm? —reaccionó con duda Mur’min, que inmediatamente voló y se colocó frente al caballero de Kala.
Los guerreros restantes miraban asombrados al dragón estirar el cuello hacia abajo para ponerse a la altura del caballero.
—Yo, ser Trestan Veldor, caballero de Kala, ¡te reto a un duelo!
El dragón miró inicialmente con agresividad al caballero, pero nadie esperaba su respuesta.
—Caballero de Kala... Yo, Mur’min, la sombra sobre la escarcha, acepto tu duelo.
Los guerreros miraban sorprendidos al dragón hablar en su lengua una vez más, pero aún más asombrados por el caballero que había retado al dragón. Nunca habían visto a alguien tan estúpido como valiente.
Tristán miraba al dragón fríamente, pero sus brazos y piernas temblaban y apenas podía moverse.
Afortunadamente para él pelearía a caballo.
Nuldar el enano lo reconoció, era el caballero de la fogata.
El que decía que no había mayor hazaña para un caballero que pelear contra un dragón.
El enano se sentó en la fría nieve a recuperar el aliento hasta que sintió una mano tocarle el hombro.
—Hermano... ¡Estás vivo!
—¡Norik! Me alegro tanto... ¡Hermano! —respondió Nuldar abrazándolo.
—Oigan, ustedes, enanos, silencio, ¡Ya van a empezar! —dijo Ser Dareth, orgulloso de su comandante.
Drogvar miraba el duelo tirado en el suelo, descansando para lanzarse de frente al dragón apenas el caballero perdiera el duelo.
—¿Unas últimas palabras, caballero? —dijo el dragón.
—¡Ser Dareth!... ¡Al final también sé lo que en verdad puede lograr el amor, guerreros, traten de vivir lo mejor que puedan! Cabalguen del sol a la luna —dijo Tristán.
En una montaña lejana, Riga miraba al caballero tonto enfrentar a la bestia y no pudo evitar sentir algo de lástima, pero siguió caminando junto a Damien hasta la parte trasera del santuario.
—Interesantes palabras... —dijo Mur’min—. Atácame —agregó calmadamente.
Tristán cabalgó hacia el colosal dragón sosteniendo su alabarda. Mur’min levantó sus patas delanteras e intentó pisar al caballero, pero este evitó las pisadas. Se acercó a la pata izquierda y lanzó un golpe digno de un caballero.
Las escamas del dragón lo protegieron, el golpe no le hizo absolutamente nada. Tristán siguió de largo hacia las patas traseras de Mur’min, pero su golpe nuevamente no tuvo efecto. El dragón lanzó un coletazo sin voltear la mirada y nadie pudo ver donde quedó el caballo.
¿Lo mandé por los cielos?, pensó el dragón.
Pero la realidad era muy diferente, Tristán estaba montado en la cola del dragón, avanzando. Agarrado de las escamas de este.
—¡Jah! —rio el dragón—. ¡Ne Sull Mi anz, ni ceses vuaj un human esis! —exclamó el dragón alzando las alas y levantándose en el aire.
Tristán se agarró fuertemente de las espinas que protruían de la espalda del dragón mientras seguía avanzando lentamente por el dorso de la criatura.
El grupo miraba impresionado al caballero de Kala, escalando un ser tan grande como un edificio.
Mur’min, cansado del caballero, aterrizó bruscamente.
Tristán se agarró fuertemente de las escamas del dragón, pero salió lanzado, por fortuna, más cerca del cuello del dragón.
El dragón empezó a sacudirse y con sus garras prensiles delanteras intentó quitarse al caballero de encima pero no lo alcanzaba.
Eventualmente una de las zarpas del dragón lo rozó, y entonces, el caballero tuvo una idea.
—¡Aquí estoy, bestia horrenda, lánzame tu mejor ataque!
El dragón lanzó un ataque muy cercano al caballero, que no causó más que la bestia se quitara un par de escamas a sí misma.
Tristán agarró las escamas con su mano derecha y el contacto con estas inmediatamente hizo su mano sangrar.
Rápidamente, el caballero se acercó a la zona donde el dragón se quitó sus propias escamas y se preparó para lanzar una puñalada con la escama del dragón, pero como si supiera lo que Tristán tramaba, el dragón dio un salto hacia atrás y empezó a volar,
haciendo que el caballero finalmente cayera de vuelta a la nieve y cayera inconsciente.
—Tristán Veldor de Kala, recordaré tu nombre —dijo acercándose al cuerpo para devorarlo.
De repente, un nuevo impacto le dio al dragón en las fauces, causando que cayera al suelo. Nuevamente Alenwyn había esperado el momento preciso para atacar a la criatura con humo negro aturdiéndola brevemente.
Los guerreros se abalanzaron sobre el dragón haciendo lo mismo que el caballero de Kala, pero Mur’min empezó a revolcarse, aplastando hasta la muerte a unos cien guerreros, entre los cuales se encontraban Geiser el maldito y Thurnak, el caudillo.
Luego, el dragón alzó el vuelo y se ubicó en la cima de una mediana loma de nieve.
Era astuto, estaba buscando al arquero que le había propinado dos golpes. No se movería hasta encontrarlo.
III
Fushen buscaba a Kojiro y Hanzo en los restos del campo de batalla a una distancia considerable de la batalla, mientras el grupo combatía al dragón. Se había alejado demasiado. Nadie podría escuchar sus gritos estando tan lejos.
—¡Kojiro! —El bigote largo de la hermandad escarlata de Tianzhou se frotó las manos y exhaló una niebla fría—. ¡Hanzo!
—Silencio... —dijo alguien susurrando. Fushen miró hacia abajo. Alguien le había agarrado la pierna derecha.
—¿Zura? —preguntó el guerrero antes de frotarse los ojos y mirar nuevamente.
No era ella, era aquella hechicera joven de pelo castaño que vio disparar bolas de fuego en el campo de batalla.
Recordó el día anterior, recordó a aquel infectado grande cortándole la cabeza de un golpe a Zura.
Llevaban el mismo peinado. Fushen frunció el ceño.
—No puedo escucharte... Tírate al suelo —dijo la mujer.
Fushen miró a la mujer confundido y siguió avanzando hasta que se dio cuenta. Cerca de una de las armas de asedio destrozada por la batalla, la nieve estaba pintada de rojo y el gigante semi oso se alimentaba vorazmente de unos guardias de Zahramar.
—¿Ah? —dijo Fushen acercándose.
La hechicera Naeya corrió y se lanzó sobre el guerrero, quien, al estar desprevenido, fue derribado fácilmente.
—¡Demonios, mujer!
—Cierra la boca, no puede encontrarnos —dijo nuevamente susurrando.
—¡Exprícate!
El par vio en ese momento a uno de los miembros del grupo acercarse cojeando, era Zio, el herrero. Apenas el oso lo vio, salió corriendo hacia él y una vez lo alcanzó lo despedazó en cuestión de segundos.
Fushen sabía que el semi oso era una criatura problemática y sanguinaria, pero esto era diferente.
No podía entender por qué estaba haciendo esto.
Hasta que Gorrak se volteó hacia su dirección y observó los mechones rojos en su pelaje.
El animal estaba cubierto de sangre, pero el color en su pelaje no era ese de la sangre: era aquel del furor ardiente.
—¡Groarrrrhh! —gruñó el oso, pareciendo más un animal salvaje que un orgulloso semi humano.
—No, no es posibre, ros semihumanos son... inmunes —decía el bigote largo más para sí mismo que para Naeya, tratando de convencerse.
El oso rojo, salvaje, avanzó hasta otra mujer en el campo de batalla.
Naeya la reconoció: aquella monja, la del valle de los lamentos mudos.
La mujer corrió y se escondió dentro de los restos de un carruaje de la caravana, lo que había sido Gorrak agarró la puerta y con fuerza bruta la arrancó, lanzándola cerca de Fushen.
Iltha lanzó una especie de onda expansiva haciendo retroceder al infectado varios metros y luego subió al techo del carruaje.
No era muy alto, pero era lo suficientemente alto para que el oso no pudiera alcanzarla.
El oso regresó y se aferró al carruaje, sacudiéndolo.
Iltha agarró su látigo con espinas y empezó a pegarle a la criatura en la espalda e incluso alcanzó a propinarle varios golpes en el hocico, pero lo único que consiguió fue darle un aspecto más terrorífico al oso que ahora tenía la carne expuesta.
El oso infectado, enojado, dio un golpe fuerte al carruaje destrozándolo y tumbando a Iltha en la nieve.
Fushen pensó en salir tras el oso rojo, pero Naeya le sostuvo la pierna y antes de volver a subir la mirada Gorrak había despedazado a la monja que en sus últimos momentos había roto su voto de silencio soltando un grito desgarrador.
El oso había eliminado a otro del grupo y, sobre la niebla, la figura roja se levantaba, observando al guerrero de Tianzhou.
Fushen desenvainó su espada, una hoja afilada, delgada, letal, pero frágil, y tomó la postura que su maestro le enseñó.
—¡Corre! —gritó Naeya retrocediendo, tropezándose con cada paso.
—Hechicera, toma un buen vistazo a donde estás. No hay escapatoria.
Naeya agarró su báculo y lanzó una pobre bola de fuego al oso.
La hechicera no supo si era porque su herramienta falló o si fue su mente, pero el daño de su ataque fue nulo.
Su magia no podía compararse con aquella de los magos de sangre.
Sabía que era un fraude, no sabía cómo había llegado hasta aquí.
El oso corrió hacia ella y pudo ver su vida pasar por delante de sus ojos, pero Fushen corrió y antes de que la alcanzara le cortó una oreja al animal.
—¡Er campo de batalla no es rugar para cobardes! ¡Mujer, corre, corre rejos de aquí y ten una vida normal. ¡No vuervas a pisar un campo de batalla nunca!
Naeya soltó el báculo y corrió entre la neblina gélida, hacia atrás, alejándose de las montañas.
Fushen encaró al semi oso y con un golpe sacudió la sangre de la bestia de su espada en la nieve.
El semioso infectado se acercaba a toda velocidad.