Capítulo 32
En las montañas de Morne - Parte II
I
—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Está por todas partes! —escuchó decir Gorrak, el semioso, sin saber de dónde provenía aquel grito despavorido.
El semioso caminó en la nieve derretida lentamente, presenciando la destrucción que el dragón había causado. Estaba muerta la mitad del grupo, arrasada con un solo ataque. Se miró las manos y vio cómo le temblaban.
—Gorr...ak... —escuchó decir. Volteó hacia una catapulta destrozada de donde provenía el sonido y pudo ver a Gloyd, el semigorila, aplastado por esta, pidiéndole ayuda con un gesto de la mano.
El sanguinario semioso aceleró el paso e intentó sacar a uno de sus pocos amigos.
—Gorrak. No puedo... No puedo respirar. Quítamela...
La fuerza del oso le permitió levantar la catapulta, pero era demasiado tarde. Gloyd estaba muerto.
El campo de nieve se había convertido en una gran fosa común. Gorrak siguió caminando hasta que perdió la noción de sí mismo y entonces, algo le ocurrió.
II
Phila bajó las escaleras a toda prisa mientras aún se escuchaban rugidos desde afuera y escombros caer adentro del santuario. Era un descenso largo que afortunadamente no tuvo que hacer, mientras bajaba se topó con Vilhiam y los demás.
—¡Phila! ¿Qué demonios pasó allá afuera?
—Esto es malo, Vilhiam. ¡El dragón! No podemos salir de aquí.
—¡Tranquilízate, mujer! —gritó Chavorn—. ¡Debes decirnos! ¿Quién es el responsable de esto?
—No lo sé. Fue todo muy rápido, una de las balistas...
—¡Dinos quién inició el ataque! —dijo acercándose a la vidente.
Vilhiam estiró la mano y alejó al comandante de la cuarta legión de Mazavid de su compañera.
—Eso ya no importa, comandante. Debemos recordar por qué vinimos. Tenemos que hacer sangrar al dragón.
Hughhar se rio y apartó la mano de Vilhiam.
—Los tuyos ya no nos dan órdenes en Mazavid, colibrí.
—¡Basta! Debo volver con el dragón, déjenme intentar explicarle —dijo Melavan.
—Se acabó el diálogo, señor druida. Esa cosa solo entiende el idioma de la violencia —dijo Ser Tristán. Fushen, Aeyla y Hughhar lo siguieron.
Melavan miró a Phila y a Vilhiam con una mirada de resignación y se sentó en las escaleras.
—¿Eso es todo?
—Lo intentamos, Vilhiam Polroc. Hemos fallado. Nadie va a venir a ayudarnos.
—Melavan.
El druida se estiró la espalda, se tronó el cuello y luego lo miró.
—¿Sí?
—¿Qué pasará con Bearnia?
—La verdad es que el furor ardiente es una enfermedad mágica, no se va contagiando por una mordida o contacto con los fluidos de los enfermos.
—¿Pero si se está cerca de alguien con la enfermedad no habrá más riesgo? —preguntó Phila.
—Claro, pero la forma en la que se contagia es independiente de eso. Incluso si nunca ves a algún infectado podrías terminar como los pobres desafortunados de color rojo que vieron antes.
Vilhiam apretó el estoque frustrado.
—Phila, druida. Debemos regresar allá arriba.
—Quizá tengas razón.
Los tres se dieron vuelta y empezaron a subir las escaleras hasta que se toparon con algo invisible, unos escalones arriba.
—¿Qué es esto? ¿Una persona? —dijo Vilhiam tocando el obstáculo invisible.
De repente, Izen se reveló.
—Así es, ¿podrías hacerte a un lado? —dijo Izen molesto, acababa de esquivar exitosamente a otro grupo que estaba subiendo las escaleras y no esperaba más gente.
Los tres miraron al ladrón desconcertados.
—¿Qué demonios haces aquí?
—Lo mismo que ustedes, me escondo del dragón. ¿Acaso no vieron lo mal que se ve todo allá afuera?
—Es hora de volver allá. Puedes hacerte invisible, eso sería muy útil para atacarlo por sorpresa —dijo Vilhiam.
—¡Ja, ja, ja! Yo no volveré allá arriba, les recomiendo que hagan lo mismo —dijo Izen antes de apartar al druida y seguir bajando las escaleras hasta el tesoro. Inmediatamente después, Jorek dejó de ser invisible y siguió a su maestro.
Nuldar lloraba junto a los cadáveres de seis de sus hermanos incinerados, con el hacha en la mano y el cuerpo hirviendo en una mezcla de ira y tristeza. Luego alzó la mirada y vio cómo Rakkar estaba haciendo justo lo mismo que él, junto a los cadáveres de sus dos hermanos.
—¡GRUOOAAARHHH! —gruñó Mur’Min. Su rugido bestial resonó en todo Morne y algunos dicen que en otras regiones aledañas.
Los sobrevivientes observaron cómo uno de los globos flotantes de los inventores de Khorvalen caía del cielo, encendido en llamas.
Drogvar recobró la conciencia y se estremeció del dolor. Había sufrido múltiples quemaduras a pesar de esconderse detrás de uno de los pilares que rodeaban el santuario.
—O... oh... oh... ¡Ohhhh! Me duele... Duelen...
Mis brazos, mis piernas... ¡Gahhh! Mur’Min, Terrible Mur’Min.
No pudiste acabar conmigo, pronto me haré un festín con tu corazón.
Grábate mis palabras. ¡Tú también conocerás la perdición!
—gritó el bárbaro, mientras se colocaba de pie y soltaba frecuentemente carcajadas—.
Drogvar, patético Drogvar, recuerda por qué peleas.
¿Acaso lo olvidaste? ¡Sacúdete el polvo!
¡Recuerda cuando no tenías miedo a nada! ¡JA, JA, JA!
Alenwyn Velorojo observaba al bárbaro lunático desprender toda esa energía y se colocó de pie junto al bárbaro agarrando su gran arco.
—¡Maldito seas, Mur’min! ¡Te aseguro que no vivirás otro día!
... ¡Contempla un verdadero guerrero dragón y yo, Alenwyn!
Tus miedos encarnados... Puede que seas un gran dragón.
Pero te arrancaremos las escamas y los ojos.
¡Te acabaré con una de mis flechas! ¡Aunque tenga que derramar toda mi sangre!
! —exclamó el mercenario de Khorvalen sosteniendo su gran y pesado arco.
El bárbaro rio junto a su inesperado aliado y corrió hacia el dragón mientras Alenwyn preparaba una gran flecha en la retaguardia. Mur’min, colgado sobre el pico de Morne, escuchó los gritos de los hombres a cientos de metros de distancia y se limitó a mirarlos con indiferencia.
Los caballeros de Mazavid restantes, una fuerza de ochocientos hombres, la mitad en monturas, observaron a los dos lunáticos gritar y al bárbaro correr de frente.
Nulio, el segundo al mando de las tropas de Mazavid, conmovido, empezó a hacer señas.
Rápidamente los soldados se organizaron en filas, se sacudieron la nieve de sus armaduras y empezaron a separarse.
Las fuerzas de Bearnia restantes, unos cincuenta hombres, admiraban la organización de aquellas tropas y decidieron seguir las órdenes de Nulio.
Mur’min volvió a mirar a los humanos con menos indiferencia esta vez, estiró el cuello y lanzó su ardiente aliento, eliminando a una de las filas de cincuenta hombres y reduciéndolos a cenizas.
Los caballeros seguían corriendo sin mirar hacia atrás. El dragón, fastidiado, volvió a lanzar una llamarada y redujo a cenizas otra fila. Pero los humanos no se detenían.
En la retaguardia, algunas de las armas de artillería que continuaban intactas empezaron a disparar contra el dragón y lo forzaron a bajar al suelo.
—Zom vul dez falcy... —dijo el dragón en su incomprensible lengua—. Ift dur son quel vur quun. ¡COM DER GOR MI SANGUINE!
El dragón estaba enojado, nuevamente había tomado una posición ofensiva.
Los caballeros de Mazavid formaron una estrella para rodear al dragón y empezaron a golpear sus patas, la única parte del cuerpo de la criatura que podían atacar.
Era inútil, las armas rebotaban sin hacerle daño.
El dragón comenzó a pisar el suelo con sus patas traseras, acabando con unos cuantos incautos que no pudieron salir del lugar a tiempo.
Mur’min dio un salto y nuevamente en el aire se preparó para lanzar su aliento de muerte.
Lo que ocurrió después fue cantado en leyendas por la gente de Azur por mucho tiempo.
Alenwyn Velo Rojo amarró una bomba de humo negro a una flecha justo después de que Drogvar cargara de frente hacia el dragón.
Apuntó justo al aire, esperando que el dragón se alzara nuevamente.
El arquero siempre había tenido fama de ser alguien paciente, sus cacerías duraban incluso semanas, pero nada se comparaba con la paciencia y la fuerza que tuvo que realizar para tensar el arco y apuntar precisamente a ese lugar,
cerrándole las fauces a la bestia y haciéndolo caer de vuelta al suelo.
Alenwyn había superado los límites de lo humano. Su tiro había salvado a cientos.
Los guerreros empezaron a atacar al dragón en el suelo, aunque sus armas aún no le hacían daño a la criatura. Mur’min se levantó tras unos segundos y de un coletazo segó la vida de por lo menos cien guerreros.
El grupo que bajó al santuario estaba de vuelta en la superficie.
Hughhar corrió junto a Nulio y los demás vieron cómo le gritaba sin parar.
Ser Tristán empezó a correr para agarrar un caballo errante en el campo de batalla y se apresuró en llegar hacia el dragón.
Fushen gritaba los nombres de sus camaradas de Tianzhou sin respuesta y Aeyla miró con resignación cómo los globos de los inventores de Khorvalen estaban en el suelo, derribados.
Un par de minutos después, Vilhiam, Phila y Melavan subieron y presenciaron el caos. La nieve derretida y el olor a carne quemada les decían más de lo que las palabras podían.
—Aeyla, ustedes, los inventores, deben tener algo bajo la manga, un arma o algo. Sería un buen momento para usarla.
La inventora empezó a reírse en la cara de Vilhiam entre lágrimas.
—Estamos...perdidos. ¡Ja, ja, ja!... Polroc, no debimos venir aquí...
El antiguo colibrí miró a la mujer consternado. Luego miró a Phila y finalmente al druida.
—Todavía podemos irnos. Alezar no dirá nada... Dejaremos esto, dejaremos Bearnia. Debe haber otra forma, debe haber más dragones... dispuestos a hablar.
En ese momento Phila vio a un par de Scarks salvajes devorar a la famosa domadora de Scarks y recordó que el fuego volvía loca la visión de aquellas bestias y que al haber fuego por todas partes probablemente no reconocieron a su ama antes de matarla.
—No hay más tiempo... —dijo Melavan caminando hacia el dragón—. Ustedes dos, cuídense.
Vilhiam miró a la bestia volver a alzar vuelo y luego Phila y él corrieron para alcanzar al druida.